Un hombre de honor XII #7
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XII #7

—Estoy seguro de que nos lo contarás tú solito —le dijo Kravitz con sorna—. Sube al coche. —Le empujó al interior del asiento de atrás mientras leía sus derechos al detenido.

Ya en la comisaría, lo llevaron a la sala de interrogatorios.

Frank y Kravitz hablaron antes de interrogarlo.

—Tenemos que intentar llegar a un acuerdo con él —apuntó Frank—. Convencerlo de que si colabora podríamos ayudarlo, y lo tenemos que hacer antes de que solicite un abogado que meta las narices en el asunto. ¿De acuerdo?

—Entiendo... Hay que acojonarle antes de que se aferre a sus derechos.

Frank dejó escapar una media sonrisa.

—¿Cómo has podido sobrevivir en Asuntos Internos?

Kravitz también sonrió.

—Ya te lo explicaré otro día, ahora tenemos trabajo que hacer.

Entraron en la sala en la que los esperaba Fogerty. Parecía tranquilo, incluso desafiante ante los dos agentes, repantingado en la silla y con una expresión burlona en el rostro. Ya había pasado por aquello antes, se conocía muy bien el procedimiento.

Se oía el zumbido sordo del fluorescente del techo en la desangelada sala; una mesa metálica en el centro, atornillada al suelo con cuatro sillas desvencijadas alrededor; en una de las paredes, una ventana oscura, como un ojo ciego. Hacía frío y en el aire flotaba un olor retenido a sudor rancio.

Lo primero que hizo Fogerty fue pedir un café.

Frank echó una mirada a Kravitz, quien le hizo una señal.

—El señor quiere un café... —musitó con sorna.

—Tráelo doble y bien cargado —dijo Frank—, queremos que esté despejado.

Kravitz salió de la estancia, mientras Frank se sentaba frente al detenido.

—Escúchame bien, Tonny... —Frank empezó a hablar en tono relajado, con gesto serio, los brazos sobre la mesa, los dedos enlazados—.

El detective Corsini era mi compañero, era un buen policía y un buen hombre.

Su madre está destrozada, sus hermanos lloran su muerte.

—Inclinó el cuerpo hacia delante, tratando de acercarse más a él por encima de la mesa—.

Y, ¿sabes una cosa?, le prometí a su madre que encerraría de por vida al capullo que mató a su hijo...

—Pues vete a buscarlo ahí fuera, porque yo no tengo nada que ver con ese compañero tuyo —replicó bravucón.

—Fuiste tú, Tonny. Sabemos que estuviste allí, hay testigos que te han identificado.

—Mienten...

—Te vieron subir al coche de tu cuñado. Muy discreto —añadió burlón—. Podrías complicarle la vida a él también, a tu hermana, a tus sobrinos... Una tragedia.

—Ellos no tienen nada que ver en esto... —La frase se le quebró en la garganta y el silencio que siguió fue peor al abrir una vía de culpabilidad. Se dio cuenta al instante de que había hablado de más.

Frank se removió, arrugó el ceño y dio un largo suspiro.

—Dos muertos, uno de ellos policía, dos cargos por asesinato en primer grado... Esta vez la cosa es grave, Tonny. Podría caerte la perpetua... A no ser que...

Los dos hombres se sostuvieron la mirada, apenas sin pestañear, desafiante. Frank continuó con voz calmada y contundente.

—Sabemos que no lo planeaste tú. Alguien te llamó para que lo hicieras. ¿Piensas cargar tú con toda la culpa?

Fogerty no pudo evitar una mueca. Frank se dio cuenta de que confiaba en que, también esta ocasión, sus jefes le salvaran de una posible condena.

—Te has cargado a un policía, Tonny, nada ni nadie te va a librar de la trena. Acabarás tus días en el Centro Correccional de Attica... ¿Lo conoces? Tengo entendido que lo llaman la cúpula del terror. ¿Tú sabes por qué?

La pregunta quedó en el aire sin respuesta. Tonny Fogerty sabía que cualquier cosa que dijera se podría volver en su contra. Sin embargo, no podía evitar que se le acelerase el corazón.

En ese momento entró Kravitz con un vaso de café en la mano. Lo puso delante de Fogerty y habló sin ocultar la mofa.

—Café para el caballero...

Tonny aferró el vaso de cartón entre las manos, pero no bebió.

Frank se reclinó en la silla, observándolo con arrogancia impostada.

—He visto a muchos como tú, Tonny. Los jefes siempre salen limpios de polvo y paja; siguen con sus cómodas vidas, entrando y saliendo a sus anchas...

Sin embargo, los peones que aprietan el gatillo, como tú, acaban en la tumba o en la cárcel.

Piensa en tu familia, tu mujer y tus hijos.

El responsable de esa llamada te habrá convencido de que se encargará de ellos si vas al trullo...

Pero déjame decirte una cosa, Tonny, esa gente no suele cumplir ese tipo de promesas en casos como este.

La has cagado, Tonny, has cometido un error, te ha identificado un testigo y eso no te lo van a perdonar.

Crees que, si callas como otras veces y te condenan, te sacarán en unos meses.

Pero la cosa funciona así: la condena será larga, tú sabes demasiado y eso supone una amenaza constante.

—Agitó la mano en el aire—. En prisión pueden ocurrir accidentes...

, peleas, sobredosis..., resbalones en la ducha...

—alzó las cejas—, un golpe certero y se acabó el problema.

Algo en la expresión de Fogerty había cambiado, y Frank lo sabía. Se mantuvo en silencio.

—Si hablo, no saldré vivo... —balbució al cabo con un hilo de voz.

Frank miró a Kravitz. Era evidente que la muralla del silencio había empezado a resquebrajarse. Ahora debían recomponer la trama a partir de una declaración completa de Fogerty. Solo hacía falta tiempo.

Siguieron presionándolo durante horas. Frank y Kravitz se turnaban, el paso de los minutos era clave para erosionar la resistencia del detenido.

Poco a poco su voluntad fue cediendo, estaba cansado, hambriento y cada vez más nervioso.

Era consciente de que, si se enteraban de su detención, saltarían todas las alarmas.

Frank le explicó el futuro que le aguardaba, en función de la decisión que tomara.

—Ahora mismo, con las pruebas que tenemos, el fiscal solicitará, en el mejor de los casos, cadena perpetua; aunque también podrías enfrentarte a la pena de muerte...

En cambio, si decides ayudarnos a llevar ante la justicia al verdadero responsable de esas muertes, todo se volvería más favorable para ti.

Kravitz puso en la mesa un cuaderno y un bolígrafo y lo deslizó hasta dejarlo al alcance de Fogerty.

—Dinos para quién trabajas —insistió.

Tonny Fogerty los miró, primero a uno y después al otro, cogió el bloc y masculló:

—Acabemos con esto de una vez.

—Llamaré al fiscal.

Frank salió de la sala de interrogatorios, y dejó que Kravitz siguiera con el detenido.

En ese momento vio llegar a la madre de Corsini.

Le pareció más menuda, como si el duelo hubiera encogido su cuerpo.

Llevaba unas gafas de sol, pero se las quitó al verle, dejando al descubierto unos ojos consumidos por el desconsuelo.

A Frank se le partió el alma una vez más.

En apenas unos días había envejecido diez años, enjuta, consumida por la pena y la impotencia ante la pérdida definitiva de su hijo.

Frank se acercó hasta ella.

—Señora Corsini —le cogió las manos y se las besó, en un gesto de respeto y cariño—, doña Teresina... ¿Cómo está?

Ella negó con la cabeza. Un hilo de voz salió quebrado de sus labios temblorosos.

—¿Cómo puede estar una madre que acaba de enterrar a uno de sus hijos? —Dio un largo y penoso suspiro—. Muerta en vida, así es como me siento.

—Venga, acompáñeme. —Delicadamente, la llevó hasta un banco de madera y se sentó con ella—. ¿Qué hace aquí? —le preguntó atento—. ¿Necesita algo?

—Vengo a recoger las cosas de mi hijo. —Su voz era ronca, débil, casi quebrada—. Me han llamado... Me han dicho que las tenían preparadas.

—No tenía que haberse molestado, doña Teresina. Yo mismo se las habría acercado...

—No importa... Necesito salir... —Hablaba al borde del llanto, sumida en tantos recuerdos—.

Me falta el aire, es como si no pudiera respirar...

—Se puso la mano en el pecho—. Duele, detective Bernstein...

, tanta pena duele... —Su rostro se contrajo en un vacío infinito—.

Mi Carlo lo llenaba todo... Santo cielo...

Está todo tan vacío, tan triste... Se nos ha ido la alegría de la casa...

El llanto anegó sus ojos, ya enrojecidos. Frank la abrazó con impotencia, como si sostuviera algo a punto de quebrarse.

Ella trató de recomponerse, como tantas otras veces en los últimos días. Se desprendió del abrazo, esbozó una sonrisa agradecida y se secó las lágrimas con un pañuelo empapado.

Justo entonces, apareció un agente con una pequeña caja de cartón entre las manos. En su interior, se veían los efectos personales de Corsini. A Frank se le hizo un nudo en la garganta.

—Aquí tiene, señora —dijo el agente uniformado—. Creo que está todo. Si quiere comprobarlo...

Frank lo fulminó con la mirada.

La señora Corsini hizo un amago de tocar aquella caja. Estaba temblando. Frank se levantó de golpe, airado, le arrancó la caja de las manos al agente y, con un gesto seco, le indicó que se apartara, irritado por aquella frialdad burocrática.

Se volvió a sentar junto a la mujer, que mantenía la cabeza inclinada hacia su regazo. Entonces, ella metió la mano en la caja y sacó la cadena de oro con la medalla. Frank se estremeció al verla de nuevo.

La señora Corsini le tendió la joya.

—Quédesela... —le dijo con voz ahogada—. A mi hijo no le protegió... Puede que a usted...

Frank cogió entre sus dedos la cadena sin poder evitar que la emoción se desbordara en sus ojos.

—Doña Teresina..., no sé si yo...

—A Carlo le habría gustado que la tuviera usted. Le apreciaba mucho... Era un ejemplo para él.

Con la cadena entre las manos, agarró la de la señora Corsini y se la besó. Luego la ayudó a levantarse y le habló con dulzura.

—Vamos, la llevaré a casa.

Alzó la cara hacia él. La angustia y la preocupación se filtraron en su voz.