XII #6
—Siempre podrás venir a visitarme.
—No quiero que te vayas, Dolores.
—Lo tengo casi decidido, pero no le digas nada a tu madre todavía, deja que yo gestione esto a mi manera, será un secreto entre tú y yo.
—Le guiñó un ojo, sonriente—. Necesito que me hagas un favor.
En el primer cajón de la cómoda hay una carta para mi hijo.
¿Podrías echarla al correo? ¿Lo harás por mí?
—Claro.
Nicole se levantó, rodeó la cama y se acercó a la cómoda.
Abrió el primer cajón, vio el sobre con la dirección escrita a mano y el franqueo; la cogió y, al cerrar, no pudo evitar echar un rápido vistazo al oropel de abalorios que Dolores acumulaba sobre el mueble, cajitas de diferentes tamaños y colores, cestos con baratijas, una figura de la Virgen de Guadalupe con unas flores secas en la base y un cuadro con un Sagrado Corazón de Jesús.
Pero sus ojos quedaron clavados en una fotografía en la que Dolores abrazaba a un hombre algo más alto que ella, los dos muy sonrientes ante el objetivo de la cámara.
Cogió el marco y lo llevó hasta la ventana para poder verlo con más luz. La imagen le impactó como una bofetada.
A su espalda, oyó la voz de Dolores deslizarse en sus oídos.
—Es César. Esa foto es de la última vez que estuvo por aquí, lo menos hace... Ufff, seis o siete años. Apenas estuvo un par de horas.
Nicole sintió que se le paralizaba el corazón; el mismo rostro, los mismos ojos, la misma mirada, algo más joven en la imagen, pero sin duda era él.
—¿Qué pasa? —preguntó Dolores divertida al notarla tan concentrada en la fotografía—.
¿Es que no me reconoces? ¿Tanto he cambiado?
He engordado un poco, eso sí. El médico me ha dicho que tengo que perder peso, como si fuera tan fácil, a esta edad, te suben los kilos como si nada, pero para perder uno tienes que sufrir lo indecible.
Nicole no escuchaba la retahíla de Dolores. Se volvió hacia ella, tratando de controlar su consternación. Se acercó con el sobre en una mano y el marco en la otra, el ceño fruncido, la expresión de extrañeza.
—¿Tienes alguna foto más reciente de César?
La mujer estiró el brazo para alcanzar el cajón de la mesilla que tenía junto a la cama. Lo abrió y sacó un sobre dirigido a ella. Del interior extrajo una fotografía y se la tendió. Nicole la tomó en su mano y ambas fijaron los ojos en la imagen.
Dolores habló con cierto deleite.
—Esta me la envió con su última carta, cuando me anunció que van a ser padres...
—Señaló con el dedo—. La chica es muy jovencita, por lo visto están juntos desde hace dos o tres años.
—A continuación, protestó entre dientes sin apartar los ojos de la imagen—.
A ver si consigue que siente la cabeza de una vez; no es bueno que un hombre esté solo.
—Sonrió orgullosa—. Parecen muy felices, ¿verdad?
Nicole no contestó, absorta en aquella imagen que mostraba al hijo de Dolores agarrando por los hombros a una mujer que exhibía su evidente embarazo.
Tuvo que reprimirse, porque reconoció de inmediato a la pareja.
Sin lugar a dudas, se trataba del hombre al que había visto disparar en la cabeza a Robert F.
Kennedy, y la que posaba a su lado era la misma mujer del vestido de lunares que salió con él de aquella maldita cocina del Ambassador.
—¿A qué se dedica tu hijo? —preguntó intentando disimular su turbación.
Dolores apretó los labios con gesto vacilante.
—Sé que lleva negocios de tu padre en la costa oeste, pero no me pidas detalles, porque no sé nada de eso.
—No sabía que mi padre tuviera negocios en la costa oeste.
—Tu padre tiene negocios por todo el país. ¿Por qué lo preguntas?
Nicole le sonrió.
—Por nada. —Intentó ocultar su nerviosismo y dejó las fotos sobre la mesilla—. Me encargaré de que tu carta llegue a su destino, pero tú tienes que prometerme que te vas a tomar en serio lo de descansar. Y respecto a esa idea de marcharte, ya hablaremos, ¿de acuerdo?
Nicole le dio otro beso en la frente, sintiendo la presión de aquel descubrimiento. Se guardó la carta de Dolores en un bolsillo y salió de la habitación.
Encontró a su madre en la sala de estar, sentada como siempre frente a la pantalla del televisor, con una tila humeante entre las manos. Se sentó junto a ella. Su madre apenas desvió una décima de segundo la mirada.
—Necesitaba un descanso —se excusó—. Estoy agotada.
Nicole no sabía cómo afrontar lo que había descubierto sobre el hijo de Dolores. Dudaba entre callar y dejar las cosas como estaban, o alertar a su padre de que uno de los hombres que trabajaba para él era un asesino.
—Mamá, ¿puedo preguntarte algo?
Su madre ni siquiera le contestó, pendiente de los diálogos de la comedia Here’s Lucy .
—¿Qué sabes de César, el hijo de Dolores?
Solo en ese momento su madre se volvió hacia ella y arrugó el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Nicole encogió los hombros.
—Trabaja para papá, ¿no es cierto?
—Hay mucha gente que trabaja para tu padre, Nicole.
—Pero ¿sabes qué hace César exactamente?
—No, claro que no, cómo voy a saber lo que hacen los empleados de tu padre.
Nicole no pudo evitar escrutar el rostro de su madre, por si encontraba algún atisbo de luz sobre qué significado tenía que uno de los empleados de su padre fuera un asesino, y no uno cualquiera.
Sin embargo, perdió esa oportunidad porque su madre volvió de nuevo la cabeza para anclar sus ojos en la televisión.
—Mamá..., ¿y si te dijera que he descubierto que César Salazar es un tipo peligroso, que ha cometido un delito muy grave?
La mujer le dedicó una mirada fulminante.
—Nicole, no te metas en jardines que no te corresponden —aquel tono inesperado y tajante la pilló desprevenida—.
Tu padre sabe muy bien con quién se mueve.
Deja de perder el tiempo jugando a detective y piensa en tu futuro de una vez; dedícate a lo que te conviene: encontrar a un hombre con el que puedas casarte como Dios manda.
—Alzó el dedo y la señaló, implacable—. Y ni una palabra a tu padre de semejante estupidez... ¿Me has oído?
La notaba rígida. Apretando los labios, contenida, desvió la atención hacia la televisión y elevó la barbilla, el gesto altivo.
Desconcertada, Nicole no supo cómo reaccionar. Entre madre e hija se instaló un silencio casi irrespirable, atravesado únicamente por las voces lejanas de los actores y el eco artificial de las risas enlatadas.
—No hay peor ciego que el que no quiere ver, mamá. Te lo he advertido... Si no quieres escucharme, será tu problema... y el de papá.
Se levantó y se marchó.
Al día siguiente, Nicole echó la carta en un buzón de Times Square. Antes, había apuntado la dirección de México D. F. Necesitaba ver a Frank para contarle lo que había descubierto, pero no lo encontró en su apartamento. Recordó entonces que estaba fuera de la ciudad.
El avión aterrizó en el JFK con una hora de retraso. Frank había podido dormir algo durante el vuelo. Cogió su coche, que había dejado en el aparcamiento, y puso rumbo directamente a la comisaría. Nada más entrar, Kravitz le salió al paso.
—¡Vaya, por fin apareces! ¿Dónde coño estabas? Te estuve llamando toda la tarde.
—Es muy temprano... —masculló Frank en tono cansino—. ¿Has dormido aquí?
—El sillón de la sala de reconocimientos es muy cómodo —dijo con una sonrisa ladina—. Tengo novedades.
—Cuéntame —pidió Frank, apoyado en el borde de su mesa, de brazos cruzados, dispuesto a escuchar.
—El panadero identificó sin lugar a dudas al tipo de melena rubia.
Se trata de Tonny Fogerty, un rufián violento de origen irlandés y viejo conocido de la Policía de Brooklyn.
Tiene varias causas abiertas, por agresiones, extorsión y menudeo de droga y alguna cosa más.
Ha estado en la cárcel varias veces, pero milagrosamente siempre sale en menos de un año.
—Cogió un papel de su escritorio y se lo tendió—.
Conseguí información de las llamadas efectuadas desde la cabina de teléfono.
—¿Sin orden judicial? —preguntó gratamente sorprendido.
Kravitz se regodeó en su logro.
—Un buen amigo trabaja en la compañía de teléfonos, y precisamente está al cargo de las cabinas de la zona. A esa hora, solo hay una llamada efectuada a la central de Brooklyn Heights, y es a la que pertenece el domicilio de Fogerty, a apenas unas calles del apartamento de Maddy Sullivan.
—No prueba nada, pero se acerca... —añadió con una mueca.
—Fogerty vive con su mujer y sus dos hijos, de siete y tres años, y trabaja en una heladería cerca de su casa que dirigen su hermana y su cuñado. No tiene un Chevy Camaro de color negro con dos franjas rojas en el capó, pero su cuñado, sí.
Frank le dio una palmada en el hombro.
—Buen trabajo, inspector —reconoció complacido.
—Vamos a por él —propuso Kravitz con un moderado entusiasmo.
Frank lo retuvo con un gesto de la mano y le habló en un tono confidencial.
—Este tipo es solo el cebo del pez gordo que nos interesa. Lo trincaremos sin hacer ruido, de ese modo evitaremos que salten las alarmas.
Kravitz asintió.
—Tú mandas, Bernstein.
Salieron de la comisaría rumbo a la heladería indicada por Kravitz.
Tenían la foto de Fogerty. Esperaron un rato hasta que lo vieron salir; no debían precipitarse para detenerlo.
Lo siguieron en el coche, manteniéndose a distancia mientras caminaba por la acera.
Al doblar la esquina, la calle parecía desierta: era el momento.
Frank frenó; Kravitz se bajó y Frank lo siguió.
El inspector se acercó por detrás y le habló sin alzar la voz.
—Eh, Tonny, ¿tienes fuego?
El rubio giró la cabeza sin llegar a pararse.
—No para ti —respondió con desdén.
Justo entonces, Kravitz le agarró del brazo, se lo retorció hasta inmovilizarlo y le mostró la placa.
—Te conviene no hacer ninguna tontería.
—No me jodas —protestó molesto—. ¿Qué coño he hecho ahora?