XII #5
—Mi madre murió arrasada primero por el opio, y al final por la heroína.
Nunca llegó a superar la muerte violenta de mi padre, ni pudo adaptarse a este país.
Fui yo quien la encontró muerta a causa de un chute de heroína adulterada.
Tenía diez años y no fui capaz de moverme de su lado hasta que llegó mi hermano, casi doce horas después.
Fabrizio había empezado en ese mundo del trapicheo de heroína y morfina...
Se sintió tan culpable que prometió, ante el cadáver de mi madre, que no volvería a tocar nunca el mundo de la droga —durante un momento, su rostro quedó suspendido en los amargos recuerdos—, jamás, repetía abrazado a ella, llorando...
Le aseguro que nunca he visto llorar a nadie con tanta desesperación...
—Alzó los ojos como si emergiera de aquel recuerdo, grabado a fuego en su memoria—.
Y sé que lo ha cumplido, porque él adoraba a mi madre.
Hágame caso, si lo que está investigando es un asunto de drogas, Fabrizio Donatti no es el hombre al que busca.
—Necesito localizar a su hermano.
—Siga la pista a Russell Torino, puede que el origen de todo esté en ese malnacido.
Dicho esto, se levantó de la silla con una sonrisa afable y se puso a recoger los platos de la mesa para llevarlos al fregadero. Frank comprendió que había llegado el momento de terminar aquel encuentro, se levantó y la ayudó a recoger.
—Es hora de marcharme —dijo arrojando las latas vacías a la basura—. Gracias por la comida y por su tiempo.
Angie lo acompañó hasta la puerta.
—Espero haber aclarado alguna de sus dudas. Al fin y al cabo, ha cruzado todo el país para llegar hasta aquí.
—Ha sido una conversación muy interesante, señora Banz. —Frank sacó una tarjeta y se la tendió—. ¿Me llamará si tiene algo más que decirme sobre su hermano?
Ella la cogió y le echó un rápido vistazo.
—Le deseo suerte, detective, la va a necesitar.
Nicole había desayunado con su madre; cuando salió de casa, todo parecía normal.
Llegó pronto al periódico. La redacción era una explosión de voces: dedos aporreando las Underwood y las IBM Selectric, y teléfonos que sonaban, muchos de ellos sin que nadie los atendiera.
Las mesas alineadas, pegadas unas a otras, formaban islas flanqueadas de pasillos por donde se circulaba en un trajín constante.
Sobre ellas se amontonaban carpetas, cuadernos de notas, portalápices repletos y ceniceros rebosantes de ceniza y colillas.
Las bobinas del teletipo escupían un flujo incesante de líneas procedentes de las agencias de noticias —AP, UPI y Reuters— que los ayudantes arrancaban con destreza y llevaban de inmediato a los redactores.
Becker no había llegado todavía cuando Sanders convocó la reunión de sección para repartir el trabajo.
En su ausencia, a Nicole no le quedó más remedio que asistir en su lugar.
La reunión se prolongó más de lo previsto.
Se debatieron cuestiones espinosas, incluso para los redactores allí presentes, con distintos enfoques para abordar la noticia, como la legalidad de las protestas contra el reclutamiento con destino a Vietnam o las concentraciones en las que se quemaban públicamente las tarjetas de reclutamiento.
A Nicole le asignaron el asunto de los Panteras Negras; Becker y ella debían investigar las aparentes contradicciones en las actividades de esta organización, que mezclaba una encomiable labor social —con programas como los desayunos para niños de familias afroamericanas, clínicas de salud o educación— con su forma de actuar contra los abusos de la policía, basada en la autodefensa y, en ocasiones, en el uso de las armas y la fuerza.
Mientras algunos los consideraban necesarios, otros, incluso dentro de la redacción, los consideraban un partido radical y violento.
Al salir de la reunión se encontró con Becker. Le dio cuenta y razón de todo lo que se había hablado y este la envió al archivo, en busca de cuanta información hubiera sobre los Panteras Negras desde su fundación tres años atrás.
A esas horas, ya se había desatado el ritmo frenético de la redacción.
Un editor de internacional revisaba un cable sobre Vietnam.
A unos metros, alguien discutía por teléfono con un teniente de policía para confirmar un tiroteo en Brooklyn.
En otra mesa, una reportera tecleaba a toda velocidad la actualización de una historia sobre el movimiento por los derechos civiles.
Nicole disfrutaba en aquel ambiente bullicioso y cargado de humo que se mantenía en el aire como una neblina de otoño. Le gustaba aquella especie de liturgia periodística que implicaba valentía, integridad y fidelidad a la verdad.
Era media tarde cuando una de las operadoras de la centralita se acercó a ella y le entregó las notas con los recados telefónicos. Cinco eran de su madre.
—¿Por qué no me has pasado antes los avisos? —reclamó a la chica, que seguía repartiendo notas por las distintas mesas.
—A mí no me preguntes —respondió sin detenerse—, yo acabo de llegar.
Marcó el número de su casa.
—Mamá, ¿qué pasa? —preguntó nada más oír la voz de su madre.
—¿Dónde estabas? —le increpó—. Te he estado llamando todo el día.
—Trabajando, mamá —contestó Nicole molesta por la regañina.
—Tienes que venir a casa inmediatamente —le ordenó contundente.
Nicole la escuchó con atención. Luego colgó el teléfono y, mientras cogía el abrigo y el bolso, se dirigió a Becker.
—Tengo que marcharme. —Él la escrutó por encima de las gafas con una expresión de interrogación—. Es urgente. Luego te llamo.
Cuando bajó del taxi empezaba a oscurecer. Atravesó el portal y subió en el ascensor. Nada más entrar, se encontró a su madre en el pasillo. La notó cansada y contrariada.
—¿Cómo está?
—Parece que ha pasado el peligro. Es una mujer muy fuerte, ya la conoces. El médico ha dicho que ha sido un amago de infarto. Le ha puesto el tratamiento necesario y le ha recomendado reposo absoluto durante unos días.
—¿Por qué no la habéis llevado a un hospital?
—Aquí está bien cuidada y convenientemente atendida. Sin ella esta casa es un caos... Anda, entra, ha estado preguntando por ti. Tu presencia será la mejor de las medicinas.
Nicole sentía un cariño muy especial por Dolores Salazar.
La consideraba como una segunda madre; había estado en su vida desde siempre: la había cuidado, había jugado con ella, la había acompañado al colegio, al médico, cuando estaba enferma o triste, había compartido con ella confidencias de adolescente, convertida a lo largo de su vida en un gran apoyo.
Era una mujer con una energía incombustible.
Nunca hasta ese momento había estado enferma, siempre se había mantenido al pie del cañón; ayuda impagable para Donaldson, discreta y prudente, había demostrado a lo largo de los años que sabía tener la boca cerrada, guardando en su conciencia todo lo que oía, todo lo que veía y todo lo que sabía.
La habitación permanecía en una tenue penumbra, las cortinas echadas inducían al descanso.
Dolores se encontraba tendida en la cama, el cuerpo reposando sobre dos grandes almohadas para elevar ligeramente la cabeza.
Llevaba un camisón blanco con unos volantes en el pecho, el pelo recogido con una cinta, enmarcándole el rostro.
El aire era cálido y olía a limpio. Hacía años que no entraba en aquella alcoba, el único espacio de intimidad de Dolores en aquel enorme piso.
Cuando era pequeña, en muchas ocasiones se había refugiado allí, en busca de un abrazo que siempre hallaba en el regazo de aquella mujer acogedora y protectora.
Al ver a Nicole, el rostro de Dolores se iluminó con una amplia sonrisa.
—Ay, mi niña, qué alegría verte —le dijo con la mano tendida hacia ella.
Nicole llegó a su lado, envolvió con sus manos aquella mano fría y le dio un beso.
—¿Cómo estás?
—Vieja y cansada —contestó con voz débil—, así me siento.
La habitación de Dolores estaba situada junto a la despensa de la cocina.
No era una estancia amplia, tenía una ventana que daba a un patio de luces.
Amueblada con lo justo: además de una sencilla cama, un armario de dos puertas y una cómoda con cinco cajones, una mesilla con una lamparita y una butaca en la que descansaba una bata.
—Te recuperarás y volverás a la carga. Eres fuerte.
—Tengo ya muchos años, Nicole, me cuesta hacer las cosas; últimamente tu madre no hace más que quejarse de lo torpe que soy, lo lenta que voy... —Resopló por lo bajo antes de seguir—. Hace tiempo que estoy valorando la idea de retirarme, y esto es una señal de que debo hacerlo.
—Mi padre no te dejará marchar —afirmó taxativa—, ni mi madre, ni yo tampoco.
Ella sonrió afable ante el comentario, que recibió como un halago.
—Necesito descansar. —Hablaba con franqueza, buscando su aprobación—. Me resulta agotador seguir a tu madre... —Su rostro se ensombreció con una expresión de asumida derrota—. Lo último que quiero es convertirme en un vejestorio inútil. Eso nunca.
—¿Y adónde irías? —preguntó ella incrédula ante la idea de su ausencia.
—Creo que ha llegado la hora de regresar a mi país. Mi hijo vive en Ciudad de México.
—Creía que tu hijo vivía en California.
—Allí ha vivido hasta el verano pasado, trabajaba en uno de los negocios de tu padre. Se marchó con su esposa a México en junio.
—No sabía que se había casado.
—Yo tampoco.
—¿Es que no te invitó a la boda? —se indignó.
Dolores habló en un claro intento de restar importancia al asunto.
—César nunca ha sido muy comunicativo conmigo, pero me escribió desde México contándome su nuevo estado civil, y me dio otra gran noticia...
—sonrió de oreja a oreja y la miró con un brillo especial en los ojos—, me van a hacer abuela, ¿sabes?
Esperan el bebé para este verano. Esa gran noticia y esto que me ha pasado me han obligado a replantearme las cosas.
—¿No hablarás en serio? —preguntó entre la sorpresa y la certeza de que pudiera marcharse—. ¿Qué voy a hacer yo sin ti?