Un hombre de honor XII #4
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XII #4

—El mismo. Se habían conocido un tiempo antes, por lo visto mi hermano ayudó al padre de Russell en algún lío en el trabajo.

Se hicieron inseparables... —Su rostro se endureció—.

Por culpa de ese hombre perdí a mi hermano definitivamente.

—Hizo una pausa para encenderse un cigarro.

Aspiró el humo y bebió de su cerveza—. Lo calé desde la primera vez que lo vi.

Russell nunca fue trigo limpio, en lo más hondo de su corazón anidaba una envidia enfermiza hacia mi hermano.

—Alzó una ceja—. Era lógico, porque Fabrizio le daba mil vueltas en todo; era más listo, más guapo, más hábil.

Aunque parecían inseparables, Russell detestaba a mi hermano, pero solo yo me daba cuenta.

—Y le llevó por el mal camino —observó Frank.

—No digo que mi hermano fuera un santo, pero fue Russell quien arrastró a un hombre bueno al abismo de la mafia del que nadie sale indemne.

—Angie le dio un trago a su cerveza y se mantuvo un rato pensativa, como si se estuviera dando un tiempo para ordenar los recuerdos del pasado—.

Cuando Fabrizio se juntó con él, empezó a frecuentar a la familia Torino, apenas aparecía por la casa de mis tíos.

Sabía que mi hermano estaba metido en asuntos turbios, incluso llegó a mis oídos que mataba por dinero...

Yo no quería ni pensarlo, me daba miedo hacerlo, pero pude comprobar por mí misma en qué clase de persona se había convertido Fabrizio.

Un día me crucé con él de vuelta del colegio; había estado llorando porque un chico me había empujado y me hizo caer delante de todos.

Se lo conté para desahogarme, nada más...

Al día siguiente, ese chico apareció muerto en un callejón...

Lo habían reventado de una paliza... Solo tenía catorce años, era un crío maleducado, como tantos otros...

Pregunté a mi hermano si había tenido algo que ver con aquella muerte.

—Tomó aire como si fuera a sumergirse en aguas profundas y frías, apretó los labios, tensa, y movió la cabeza, negando—.

«Ese hijo de puta no volverá a molestarte».

Eso fue lo que dijo... Siempre he tenido la angustiosa sensación de que fui la responsable de la muerte de ese chico.

—Se llevó el índice a la frente, dándose golpecitos de forma insistente—.

Lo tengo aquí incrustado, no dejo de preguntarme cómo habría sido la vida de ese pobre chico si no se hubiera cruzado conmigo en la puerta del colegio, si yo no me hubiera chivado, si no...

—Hizo una mueca con la boca—. No sé... Desde entonces empecé a mirar a Fabrizio de otra manera; no era respeto, era miedo, me aterrorizaba que alguien me faltase o me insultase o se metiera conmigo y que pudiera llegar a enterarse.

—Calló un instante, con los ojos clavados en Frank, y su voz sonó ronca, ahogada—.

Nunca antes había compartido esto con nadie —soltó una débil risa—, aunque supongo que siempre hay una primera vez —musitó para sí, tratando de reunir el valor para contarlo.

Exhaló un largo suspiro, bebió otro trago de cerveza y siguió hablando—: Una noche mi tío entró en mi cuarto y me violó.

Yo... solo tenía quince años, y ese malnacido me hizo daño...

—Su voz tembló y tragó saliva—. Aquello se repitió en otras ocasiones...

Yo era incapaz de rechazarlo; me quedaba paralizada sin entender por qué pasaba aquello, por qué estaba pasando...

Todavía recuerdo su cuerpo aplastándome y esa angustiosa sensación de asfixia, esa mezcla de olor rancio a sudor y al­cohol.

Cuando terminaba, me sentía tan sucia que me metía en el baño y me frotaba el cuerpo con un estropajo hasta dejarme la piel enrojecida...

Me avergonzaba hasta de mi reflejo en el espejo.

Mi pobre tía hacía lo que podía... Cuando él entraba en mi alcoba, la oía suplicarle que no lo hiciera, que me dejase en paz...

Se quedaba llorando al otro lado de la puerta, todo el rato...

Cuando esa mala bestia terminaba conmigo, ella...

apenas era capaz de mirarme, se sentía tan culpable como si fuera ella quien me estuviera violentando.

—Quedó ensimismada unos segundos mientras Frank permanecía sin pestañear—.

Hasta que sucedió lo inevitable, me quedé embarazada.

Mi tía Diane entró en pánico, diría que tenía más miedo que yo misma, pero no sé exactamente a qué, si al escándalo, a la reacción de su marido, o puede que a la de mi hermano.

Me suplicó que lo ocultase y me ofreció dinero para que me marchase lejos.

Yo estaba muy confusa, sin saber qué hacer, lo único que tenía claro era que si Fabrizio se enteraba mataría a mi tío.

Yo no quería que mi hermano acabase en la cárcel por mi culpa, así que no lo pensé demasiado, cogí el dinero que me ofrecía mi tía y me fui de la casa sin despedirme de nadie.

»El primer sitio al que llegué fue una cafetería a las afueras de la ciudad, y fue allí donde conocí a Nick Banz.

Era camionero y estaba tomando el último café antes de emprender regreso a California.

Le pedí que me llevase con él. Me subí a su camión y me alejé para siempre del frío Detroit.

Aquel viaje cambió mi vida para siempre.

Nick tenía quince años más que yo —en su boca se dibujó una sonrisa al recordar— y no era muy agraciado, sin embargo, era el hombre más bueno, cariñoso, educado y divertido que jamás he conocido...

El caso es que paramos en Las Vegas, allí me pidió matrimonio y allí nos casamos.

El niño que tenía en mi vientre nació muerto —musitó apenas con un hilo de voz—.

Habría podido querer a ese hijo, estoy convencida de que, a pesar de todo, le habría querido...

—Se levantó, cogió otras dos latas de cerveza de la nevera y las puso sobre la mesa, entre los restos del relleno, ya frío, y de las tortillas que habían sobrado—.

Con Nick fui todo lo feliz que una mujer pueda llegar a imaginar.

—Inclinó la cabeza y el semblante se le ensombreció, como si emergiera a su rostro una pena muy profunda—.

Hace tres años me lo arrebató un cáncer de pulmón...

, fumaba mucho, demasiado. Por eso dejé de ir a visitar a mi tía Diane. Todo en mi vida se paralizó de repente.

—¿No tuvieron hijos?

—Lo intentamos..., pero no fue posible... No volví a quedarme embarazada. —Encogió los hombros con una grata sonrisa de conformidad—. Sobrevivo sola, tengo un buen trabajo y buenos amigos que me cuidan.

—¿Y su hermano? ¿Volvió a verlo?

Ella negó con la cabeza.

—Sabía de él a través de las cartas que me enviaba la tía Diane.

Le hice prometer que nunca le daría mi dirección.

Temía que viniera a buscarme y le hiciera algo a Nick.

Ella cumplió. Con lo que no contaba era con que Fabrizio me borrase de su vida, sin más.

Reconozco que me dolió, pensé que trataría de encontrarme...

—Se llenó el pecho de aire y lo fue soltando lentamente, reflexiva—.

Por las cartas de mi tía supe que se había casado y del nacimiento de mis sobrinos.

»Un día recibí una carta de mi tía con un recorte de periódico que recogía la noticia de un accidente en el que un coche se había precipitado al río.

—Se detuvo haciéndole un gesto con la mano para que esperase.

Salió de la cocina y volvió con un sobre del que sacó el recorte de un artículo del Detroit Herald .

Le señaló con el dedo el titular: “Una mujer y su hija de nueve meses mueren tras caer su vehículo al río Detroit”—. Eran mi cuñada y su hija pequeña.

—¿Esto fue antes de la guerra? —dijo Frank observando el recorte de prensa.

Ella asintió.

—Hace unos años, mi tía enviudó y se quedó sola.

En ese tiempo, el único que se preocupó un poco de ella fue el más pequeño de mis primos, y fue el que me escribió para decirme que su madre estaba ingresada en una residencia de Trenton.

Nick tenía que hacer un viaje a Filadelfia, cogí unos días de permiso, y le acompañé para ir a visitarla.

—Se detuvo pensativa—. Era la primera vez que la veía desde que salí de Detroit.

Estaba tan triste, tan sola, me dio pena y quise traérmela aquí conmigo, pero al poco tiempo le diagnosticaron el cáncer a mi marido y mi vida se centró en él.

—¿Nunca ha vuelto a encontrarse con su hermano?

—Lo último que sé es que salió del país un poco antes de la muerte de su esposa.

—¿De su sobrino tampoco sabe nada?

Negó con la cabeza.

—Nunca supe de él. —Se detuvo un instante y arrugó el ceño—. ¿Puedo saber qué interés tiene por Fabrizio?

Frank lo pensó un instante antes de responder.

—Creemos que su hermano podría estar involucrado en una red de narcotráfico.

—¿Drogas? —inquirió extrañada. Luego, soltó una risotada, negando—. No, detective Bernstein, mi hermano es capaz de matar a quien sea, no tiene escrúpulos ni empatía por el dolor ajeno, pero jamás se metería en asuntos de drogas. No va con él.

—¿Cómo puede estar tan segura?