XII #3
—Un panadero que iba a su trabajo vio a un hombre salir del portal de la chica, más o menos cuando amanecía.
Se cruzó con él por la acera y le vio subirse a un coche negro con dos franjas rojas en el capó, y lo mejor de todo...
—Se detuvo unos segundos, sonriente, mostrando una de las hojas de su libreta con tres letras y tres números—.
Retuvo la matrícula. Afirma que podría reconocerlo.
—Echó una ojeada a las notas de su libreta—.
Cazadora militar con parches, alto y fuerte, con el pelo algo largo y rubio, de treinta y tantos.
Me ha dicho que irá a la comisaría cuando salga de trabajar para echar un vistazo a los archivos fotográficos, y si ese rubio está fichado puede que lo tengamos.
Si pudiéramos acceder a la relación de llamadas desde la cabina...
—dijo Frank con gesto pensativo—. La franja horaria la conocemos.
—Déjalo de mi cuenta —afirmó Kravitz.
Regresaron al coche y Frank dejó a Kravitz en el centro de Manhattan antes de continuar hacia su casa. Llevaba consigo el informe de la Policía de San Diego. Llamó a Nicole a la redacción para decirle que estaría fuera un par de días.
—¿Estás bien? —se preocupó ella al otro lado de la línea.
—Lo estaré cuando encierre a los responsables de la muerte de Corsini.
—Llámame cuando vuelvas, ¿lo harás?
La pareja intercambió dulces palabras de amor antes de colgar.
Metió en una bolsa de viaje lo imprescindible para pasar un par de noches fuera y se dirigió al aeropuerto.
Tomó el primer avión rumbo a Los Ángeles y a mediodía conducía un coche alquilado por las calles de San Diego.
Sentía una extraña angustia en la boca del estómago que le agriaba las entrañas y la única manera de acabar con esa sensación era encontrar al malnacido que había segado la vida de su compañero y de esa pobre chica que se cruzó en su camino.
Lansley Way estaba flanqueada por casas de una sola planta con pequeños jardines en la parte delantera que los separaban de la acera.
Aparcó frente al número indicado en el informe policial.
Un Pontiac Tempest de color verde estaba estacionado junto a la entrada.
Frank se apeó del coche y se acercó a la puerta.
En el interior de la casa se podía oír a todo volumen «Proud Mary», de Creedence Clearwater Revival. Llamó al timbre y esperó.
Le abrió una mujer de cincuenta y tantos años, delgada, de melena corta cardada y encanecida, apartada del rostro con una colorida cinta.
Llevaba unas gafas cat-eye de carey y vestía unos vaqueros y una holgada camisa de algodón.
Iba descalza. Frank no pudo evitar fijarse en los pies. Alzó los ojos y sonrió amable.
—¿Angie Banz?
Ella le devolvió una sonrisa franca.
—La misma.
Él sacó su placa y se la mostró.
—Frank Bernstein, detective de la Policía de Nueva York.
—Está muy lejos de su jurisdicción, detective —apuntó ella alzando la voz por efecto de la música.
—¿Puedo hablar con usted? Procuraré no quitarle mucho tiempo.
—¿He cometido algún delito?
—No, que yo sepa. Se trata de su tía, Diane Miller.
Su rostro se demudó y su cuerpo se irguió con una repentina preocupación.
—¿Le ha ocurrido algo?
—Nada malo, no se apure —le tranquilizó—. ¿Podemos hablar dentro?
La mujer relajó la expresión y se apartó para permitirle el paso.
Le guio hasta la cocina. Un gato pardo y panzudo se paseaba por la estancia, escrutó al intruso y se alejó lentamente hasta desaparecer.
La canción terminó, y empezó otra, pero en ese momento Angie bajó el volumen del aparato de radio.
Fue hacia la sartén y la apartó del fuego.
—Estaba haciendo unos tacos de carne.
—Huele bien.
Ella se volvió hacia él y le sonrió.
—¿Le gusta la comida mexicana?
—No he probado bocado desde hace horas, me comería lo que fuera.
Angie cogió una fuente y vertió en ella el contenido de la sartén. En un comal aparte se calentaban las tortillas de maíz. Las cogió una a una y las puso en una cesta. Con la fuente en una mano y las tortillas en la otra se acercó a la mesa.
—Pues va a probar los mejores tacos de carne de su vida. Son mi especialidad. —Se dirigió a la nevera y, con la puerta abierta, se giró hacia él—. ¿Cerveza o vino?
—Lo que usted tome.
Al verlo de pie junto a la puerta, le sonrió.
—Siéntese. Le aseguro que estoy más lúcida con el estómago lleno.
Frank se sentó mientras ella le tendía una lata de cerveza Tecate.
Estaba fría. La abrió, bebió un trago largo y agradeció el frescor del líquido en la garganta.
Angie puso dos platos y cubiertos y se sentó por fin al otro lado de la mesa.
Cogió una tortilla, la dejó en su plato y empezó a rellenarla de carne.
—Están mejor calientes —le dijo animándole a que empezase a comer.
Frank la imitó. Rellenó una de las tortillas y le dio un bocado. Estaban deliciosas.
—¿Qué le pasa a mi tía Diane?
—¿La ha visitado últimamente?
—La última vez fue hace tres años. Reconozco que la tengo un poco abandonada.
—¿Qué tipo de relación tiene con la señora Miller?
—Es mi tía —afirmó como si mostrase algo obvio—. Se portó bien conmigo en su momento. Hemos estado lejos la una de la otra, pero siempre he mantenido contacto con ella. —Habló con un tono impaciente—. Dígame de una vez qué ocurre.
—¿Sabe que figura como administradora única de una empresa de conservas de carne?
—No, no lo sabía.
—¿Y tampoco sabía que los beneficios de la empresa son muy sustanciosos? —añadió imprimiendo a su voz una estudiada solemnidad—. Millonarios, me atrevería a decir.
Ella le escuchaba con atención. Alzó la ceja y sonrió, ladina.
—Entonces, está claro que han utilizado su nombre para algo más que para vender latas.
—¿A qué se refiere?
—No creo que tenga que explicarle a usted de qué va esto. Empresas que ganan demasiado dinero sin que el administrador sepa siquiera que existen suelen esconder negocios poco... —ladeó la cabeza, buscando el término adecuado— claros.
Frank se mantuvo expectante.
—¿Tiene alguna idea de quién puede estar detrás?
—Lo más seguro es que sea alguien relacionado con mi hermano —dijo terminando de doblar un taco relleno entre los dedos.
—¿Puedo saber quién es su hermano?
—Fabrizio Donatti —dijo mientras le daba un mordisco al taco.
Frank alzó las cejas y le habló sin terminar de creerse lo que acababa de oír.
—¿Es usted la hermana de Donatti?
Ella terminó de tragar lo que tenía en la boca y asintió con una leve sonrisa.
—Mi nombre de soltera es Angelica Donatti.
Angie Banz era una mujer de carácter abierto y segura de sí misma.
Frank le explicó cómo había dado con su paradero, sin llegar a contarle el trasfondo de la investigación que tenía entre manos.
Desde el principio resultó evidente que ambos se habían caído bien, lo que supuso una gran ayuda.
La conversación se fue relajando hasta convertirse en algo parecido a una charla entre viejos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo, sentados a la mesa, degustando los tacos en una amena tertulia desplegada entre bocado y bocado.
Frank la escuchaba, cautivado por la serenidad de su voz y la calma de sus gestos, que aliviaban el abatimiento que arrastraba desde hacía días por la pérdida de Corsini.
—Tenía tres años cuando llegué a Detroit con mi madre y mi hermano.
No guardo memoria de esos primeros años, ni siquiera de cómo era mi madre; sí recuerdo el frío.
Detroit es una ciudad gélida, odio los inviernos fríos y lluviosos.
Debe de ser por eso que toda mi vida he buscado lugares soleados, cálidos; al fin y al cabo, nací bajo el sol de Sicilia.
Cuando mi madre murió, mi hermano y yo tuvimos que ir a vivir a casa de mis tíos, Diane y Terry.
—Tenía los ojos fijos en sus dedos, en los que sostenía el último bocado de su taco.
Se lo llevó a la boca y sonrió. Masticó varias veces antes de continuar—.
No fuimos bien recibidos. A veces la tensión era tanta que parecía que faltaba el aire.
Mis cinco primos, todos chicos, eran mayores que nosotros, salvo el pequeño, que era de la edad de Fabrizio.
Me hicieron la vida imposible: se metían conmigo, me pellizcaban, me tiraban del pelo, escondían mis cosas...
La única que me defendía era la tía Diane, gracias a ella pude sobrevivir en aquel infierno.
Mi hermano se llevaba a matar con nuestro tío Terry; era un hombre zafio y malencarado que cuando venía borracho la emprendía a golpes con mi pobre tía.
Era terrible ver cómo la humillaba, cómo la molía a palos...
Presencié esas palizas a menudo, paralizada por el miedo e impotente ante tanta violencia, sin atreverme casi ni a respirar.
Pero un día reaccioné; le grité con todas mis fuerzas que parase, porque sabía que la mataría si seguía golpeándola, y eso me aterrorizaba mucho más que las consecuencias de hacerme notar.
Mi tío se volvió hacia mí y me tiró al suelo de un puñetazo.
En ese momento entró mi hermano... Fue terrible, se enzarzaron en una pelea salvaje, hasta que Fabrizio sacó una navaja; mi tía se puso entre los dos, suplicando a mi hermano que no lo hiciera.
Fabrizio advirtió a mi tío que lo mataría si volvía a ponerme la mano encima...
Y lo decía en serio, porque en ese tiempo ya andaba con Russell Torino.
—¿Russell Torino, el gánster de Nueva York? —se sorprendió Frank.