XII #2
—El inspector Kravitz es experto en empresas fantasma, las opacas y pantalla, así como en narcotráfico internacional.
—¿Una rata con corbata bajando al fango de la calle? —replicó Frank sarcástico—. No me lo creo.
—A las ratas les gusta el fango —dijo Kravitz sin ofenderse.
Frank negó, dirigió su atención al inspector y luego al teniente Caddy.
—Llevo demasiado tiempo jugándome el tipo detrás de este asunto... No pienso ponerme bajo el mando de un recién llegado.
—No es lo que piensas, Frank, el inspector Kravitz y tú trabajaréis juntos —sentenció Caddy.
—Y en señal de buena voluntad, puedes llamarme Samuel.
Kravitz le tendió la mano con una sonrisa afable, pero él no reaccionó.
—Estoy de tu parte, Bernstein —insistió persuasivo—. Daremos con el hijo de puta que mató a tu compañero, te lo garantizo.
Frank permaneció inmóvil unos segundos antes de estrechar la mano tendida de su nuevo colega, más por educación que por convicción, manteniendo la cautela, ya que el recelo persistía.
La muerte de Corsini seguía siendo una herida abierta.
Se resistía a poner su confianza en alguien de fuera; temía otra traición.
No lo soportaría, y sabía que, si eso ocurría, terminaría por abandonar definitivamente el caso. Los criminales habrían ganado.
Los dos hombres se estrecharon la mano con desafiante firmeza.
Frank lo analizó sin reparo. Era algo más bajo que él, moreno, de pelo muy liso y peinado hacia atrás, más o menos de su edad, e iba vestido con camisa blanca y chaqueta, además de vaqueros oscuros.
Los tres hombres plantearon la estrategia. Caddy pidió a Frank que describiera a su nuevo compañero la llamada que le hizo Corsini antes de regresar a Nueva York. Lo hizo con una actitud distante.
—Está claro que el tipo con el que se topó en la residencia le vio en la cabina de teléfono desde donde te llamó, imaginó que estaba pasando la información y le siguió hasta la casa de la chica —analizó Caddy—. Lo que no sabemos es qué llevó a Corsini a los muelles.
—Lo más seguro es que fuera algo que le dijo la chica —intervino Frank—. Era propio de Corsini: comprobar la información por sí mismo antes de traerla a la comisaría.
—Entonces —especuló Kravitz tratando de ordenar las ideas—, creéis que ese tipo lo siguió hasta Hoboken, lo mató y luego volvió para liquidar a la chica.
—Podría encajar —afirmó Caddy.
Frank asintió con una expresión reflexiva.
—O puede que encargase a alguien que lo hiciera una vez localizado en la casa de la chica.
Corsini llevaba meses hablando con ese tipo.
—Explicó a grandes rasgos y sin entrar en detalles la traición de su compañero—.
Era un mafioso de corbata, de los que no se manchan las manos de sangre.
Me da la sensación de que estamos ante el trabajo de un profesional, no se ha encontrado ni una sola huella.
—Deberías habérmelo dicho —protestó el teniente Caddy contrariado.
—Eso ya no importa —replicó Frank restando gravedad al asunto.
Kravitz advirtió la tensión entre ellos y cambió de tema con habilidad.
—¿No tenemos ningún testigo? —preguntó.
—Estuve interrogando a un tipo en la comisaría de Hoboken. Aseguraba que había visto al que disparó a Corsini... Resultó falso. Su madre nos dijo que no le hiciéramos caso —se llevó el dedo a la sien—, que no rige bien... Nos confirmó que no había salido de casa y que estuvo con ella toda la noche.
—¿Y tú te lo crees? —preguntó Caddy—. Tal vez la madre no quiera ver a su hijo testificando sobre un asesinato a sangre fría y ha dado esa versión para protegerlo.
—Lo dudo mucho, el chico incurrió en varias contradicciones. Aun así, lo comprobaré de nuevo, por si acaso.
—¿Y en el entorno de la chica? —insistió Kravitz.
—Una patrulla hizo una primera batida, parece que todos dormían.
—Id a casa de ella —ordenó el teniente Caddy—, haced otra ronda de visitas a los vecinos. Nuestra única esperanza es algún testigo con insomnio.
Los dos hombres se levantaron, pero Frank se dirigió a su jefe.
—Teniente, he recibido información de la sobrina de la señora Miller. La tengo localizada en San Diego. Debería ir a hablar con ella.
—Está bien, pero primero inspecciona el terreno en Brooklyn. Es importante.
Los dos hombres salieron del despacho.
—Espero que tengas coche —dijo el detective Kravitz—. El mío quedó para chatarra después de que un camión de la basura se quedase sin frenos y lo empotrase contra un muro. Estoy esperando que me entreguen uno nuevo que acabo de comprar. Un precioso Chevrolet Impala.
—Deben de pagar bien en ese avispero de Asuntos Internos.
—Ya veo que no tienes buena opinión de mi departamento.
—¿Te extraña?
—No me digas que eres de los que piensa que los problemas se arreglan dentro; que las corruptelas, los sobornos, los abusos deben ocultarse para no dejar en evidencia a compañeros sin límites ni moral.
—Vosotros debéis de ser todos unos angelitos inmaculados —masculló Frank.
—Tratamos de serlo, te lo aseguro; al menos yo lo hago.
—Arruináis carreras de hombres que se juegan la vida a diario pateando la calle, mientras vosotros buscáis con lupa cualquier fallo o error, sin estropearos la manicura.
Se subieron al Corvair, Frank al volante y Kravitz a su lado. Durante un buen rato, un incómodo silencio se asentó entre ambos.
—Oye, Bernstein —dijo Kravitz al fin, amable—, comprendo tus reticencias, pero quiero que sepas que pretendo exactamente lo mismo que tú, pillar a esos asesinos y desarticular esa red de narcotráfico que está arruinando la vida a tanta gente en este país.
—Se volvió y clavó los ojos en él—. Quiero ayudarte... Tengo mis razones.
—Todos tenemos razones —repuso Frank en su empeño en no tender puentes—. Incluso aquellos a los que jodéis.
Kravitz encendió un cigarrillo y bajó el cristal de la ventanilla. Tras soltar un largo y pesado suspiro, empezó a hablar en tono neutro, blando, como si las palabras escaparan de sus pensamientos.
—Mi hermana se llamaba Patty, acababa de cumplir veinte años.
Era guapa, divertida y muy lista... Quería ser médico.
Conoció a un tipo en la universidad... Puta droga...
—masculló con rabia. Dio una calada y soltó el humo por la boca—.
Le dije que ese tipo no era de fiar, se lo advertí, pero ella no me hizo caso.
Y yo... —balbució con reproche— reaccioné como un imbécil: gritos, amenazas, órdenes...
Pensé que bastaba con asustarla, que con mi placa recién estrenada podría imponerme, controlar la situación...
Frank atisbó una mueca amarga en su rostro, pero no dijo nada, quería saber, escucharlo.
—No me senté con ella —continuó Kravitz—, no le pregunté por qué lo hacía, por qué se dejaba llevar por esa mierda que la estaba destrozando...
—Se llevó la mano a la frente como si quisiera borrar algo—.
Cuando desapareció, me volví loco. Tiré de contactos, pedí favores...
, recorrí medio Manhattan. La encontré en un piso de Lower East Side.
Un agujero inmundo, infestado de ratas y suciedad.
Ella estaba... —Su voz se tornó fría—. Ya no pude hacer nada.
El relato de Kravitz estaba echando abajo los muros de Frank.
—No fui capaz de sacarla de esa espiral de mierda —farfulló Kravitz con tristeza—.
Es algo que no me perdonaré nunca. —Durante un rato, se removió callado, como si buscara la forma de sacar de su interior lo que sentía, lo que pensaba, lo que le quemaba por dentro—.
Odio al traficante, odio al vendedor y, sobre todo, odio al que se enriquece con ese maldito negocio.
Cuando calló, un denso silencio los envolvió de nuevo. Sin embargo, algo había cambiado. Con los ojos puestos en el tráfico, Frank tragó saliva y, con ella, gran parte de su injustificado recelo hacia aquel hombre.
Tras aparcar en la calle Willow, en Brooklyn, preguntaron a los vecinos del portal de Maddy, pero ninguno había visto ni oído nada. Se dividieron para entrar en los edificios colindantes y del otro lado de la acera.
—Tengo algo —dijo Kravitz cuando se encontraron en la calle. Iba con un bloc de notas en la mano—. Una vecina de aquel edificio vio merodear a un tipo esa noche, le pareció raro, porque bajó del coche y estuvo husmeando en el interior del portal de Maddy, pero sin llegar a entrar.
—¿No sería un Mustang azul?
—Exacto —respondió Kravitz satisfecho—. El tipo fue hacia la esquina con Orange.
He ido hasta allí y he comprobado que hay una cabina de teléfono.
Luego, la mujer dice que el tipo regresó a su coche, y al cabo de unos quince minutos apareció otro que se detuvo junto al portal de la víctima.
Dice que duda del modelo, pero era negro, descapotable y con dos franjas rojas en el capó.
—Tiene que ser un Chevy Camaro SS —dijo Frank—. Una manera peculiar de pasar desapercibido —afirmó con sorna.
—En estos casos los pretenciosos nos son de utilidad —añadió el inspector—. El que esperaba habló con él unos segundos y se marchó. El otro se quedó.
—Está claro que llamó por teléfono al matón.
—Eso parece, porque según nuestra vigilante vecina, a los pocos minutos vio salir a un hombre del portal, se subió a otro coche que estaba aparcado un poco más adelante y el del descapotable se marchó tras él.
Frank hiló posibles hechos en su cabeza y los fue desgranando lentamente.
—El señor X descubrió a Corsini en la residencia, lo siguió a la salida de Trenton, lo vio llamar por teléfono y lo volvió a seguir hasta aquí.
Una vez localizado, fue a la cabina, llamó al ejecutor, lo esperó y, después de indicarle el objetivo, se marchó.
Ese segundo tipo fue tras Corsini hasta Hoboken y lo mató.
—Y luego regresó aquí para matar a la chica.
—Es lo más probable... —dijo Frank—. Ampliemos el margen de posibles noctámbulos.
Se separaron de nuevo y esta vez fue Frank quien trajo buenas noticias.