Un hombre de honor XII
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XII

Después de la desagradable visita y de la conversación con Frank, Nicole se había convencido de que estaba haciendo lo correcto; era cierto que habían conseguido atemorizarla, y más estando sola en aquella ciudad, tan lejos de casa, de Frank, de su familia.

La noticia del asesinato de Corsini removió su conciencia, y decidió seguir adelante; cogió el cuaderno y volvió a escribir todo lo que le habían arrebatado.

Cuando terminó, estaba amaneciendo. Se arregló para ir a la sesión del juicio. Antes de salir de su habitación, rompió el billete de avión que le habían dejado y lo arrojó a la papelera.

Aquel era un día importante en el desarrollo del juicio; la defensa, encabezada por Grant Cooper, iba a plantear su estrategia centrada en demostrar que Sirhan actuó bajo un estado mental alterado o con capacidad disminuida.

Basaban este enfoque principalmente en la prueba pericial del psiquiatra Bernard L.

Diamond, que presentaba un perfil psicológico complejo, buscando explicar el acto del acusado como algo impulsivo y no premeditado.

Se acercaba la hora y el público con acreditación se agolpaba en el control de entrada. El juez Herbert Walker solía ser muy puntual y todos tenían prisa por mostrar sus acreditaciones y ocupar sus puestos en el interior de la sala.

Cuando llegó su turno, mostró su acreditación al guardia.

—Lo siento, señorita Donaldson, su pase ha sido rescindido. No puede acceder a la sala.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién lo ha rescindido?

—Lo desconozco —respondió el agente con serenidad. Ante la sorprendida inmovilidad de Nicole, le hizo un gesto con la mano—. Apártese, por favor, está interrumpiendo el paso.

Nicole se hizo a un lado con el desconcierto reflejado en el rostro.

Corrió a llamar al periódico, pero Becker había salido, y Sanders, el redactor jefe, se encontraba en una reunión.

Dejó el teléfono de la centralita del tribunal y el aviso urgente para Becker de que se pusiera en contacto con ella.

Desolada, se sentó en un banco, cada vez más convencida de que podía dar por terminada su corresponsalía en Los Ángeles.

El tiempo pasaba y Becker no llamaba. Se paseaba de un extremo a otro del edificio del juzgado, visiblemente nerviosa, mirando el reloj.

Cada media hora se acercaba al teléfono público y volvía a marcar el número de la centralita del periódico, impaciente por saber, por entender, pero recibía la misma respuesta, cada vez más irritada, de la telefonista del periódico: «No se encuentra en la redacción», «No ha regresado aún».

Eran casi las dos cuando por fin pudo hablar con Becker, quien tampoco sabía por qué habían anulado su pase de prensa.

—Nicole, te aseguro que no tengo nada que ver... ¿Te has salido del guion?

—No —mintió ella—. Por favor, averigua quién y por qué han rescindido mi acreditación. ¿Lo harás?

—Hablaré con Sanders. Te llamaré al hotel en cuanto sepa algo.

Nada más llegar a su hotel, el recepcionista fue a su encuentro.

—Señorita Donaldson, la estaba esperando. Como no ha sacado sus cosas antes de irse, lo hemos tenido que hacer nosotros. Lo tiene todo en recepción.

Perpleja, Nicole arrugó la frente.

—¿Por qué ha hecho eso?

—Cuando una reserva se anula, el cliente tiene la obligación de abandonarla antes de mediodía, y son más de las tres. Son las normas del hotel.

—¿Quién le ha dicho que me iba?

—Ayer mismo recibí la cancelación de la reserva —aseguró él—. Nos dijeron que volvía a Nueva York.

Saltaba a la vista que aquello no era casualidad, que seguían presionando para que abandonase, para que desistiera de aquella heroica búsqueda de la verdad.

—¿Quién se lo dijo? Porque no fui yo...

El hombre, algo aturdido, frunció el ceño.

—Su madre llamó a última hora de la tarde.

—¿Mi madre? —se extrañó.

—Dijo que era su madre..., que debía regresar a Nueva York. Nos dijo que pagaría la cuenta de su estancia. Esta misma mañana han traído un cheque con el importe.

—Pues no me voy... —se apresuró a decir, reaccionando a su propia confusión.

—Lo siento, su habitación ya está ocupada.

—Deme otra.

El hombre parecía aturullado, como si le hubieran aleccionado para no ceder.

—Lamentablemente, no disponemos de habitaciones en este momento.

—No me lo puedo creer... —masculló yendo hacia la recepción para recoger su equipaje—. ¿Puedo hacer una llamada?

—Por supuesto, señorita Donaldson. —Alzó la mano como si quisiera hacer un inciso—. Hay una cosa más... El alquiler del coche también ha expirado —dijo pasando detrás del mostrador de recepción—. Tiene que entregarme las llaves, vendrán a recogerlo.

Nicole miró al hombre desconcertada, sin acertar a decir algo coherente.

—Aquí tiene el teléfono. —Le acercó el aparato.

Nicole descolgó y marcó el número de su casa.

—Hola, mamá. —Escuchar la voz de su madre relajó su espíritu.

—Hola, hija, dichosos los oídos, te dije que me llamaras todos los días.

—He estado muy ocupada. ¿Qué tal van las cosas por allí?

Como había intuido, su madre no había hecho ninguna llamada para cancelar la reserva del hotel. Se alegró mucho cuando le comunicó que volvía a Nueva York.

Su madre se embarcó en un monólogo inacabable sobre su tarde con la viuda Laird y sus preocupaciones cotidianas, y Nicole se dejó arrullar por ese hilo de normalidad que acallaba el grito de las amenazas, de la muerte, de las mentiras.

El entierro de Corsini resultó especialmente duro para Frank.

Nicole, recién aterrizada de Los Ángeles la noche anterior, había querido acompañarlo.

Lo había estado observando mientras se enfundaba en su uniforme de gala.

Era la primera vez que le veía vestido así y, a pesar de su semblante apesadumbrado, le pareció el hombre más atractivo que había conocido; alto, de hombros fuertes, cabello oscuro, algo largo y descuidado, que le daba ese aire indómito que tanto le gustaba, y unos ojos de un verde felino, que mudaban de tonalidad según la luz.

No pudo evitar sentir una profunda ternura hacia él.

Permaneció a su lado en silencio, aferrada a su mano.

Una fina lluvia se mezclaba con las lágrimas vertidas y empapaba los abrigos y los uniformes de los policías que mostraban respeto al compañero muerto formando un semicírculo perfecto alrededor del sólido féretro, colocado junto a la sepultura abierta, hendida en la tierra dispuesta a recibir el cuerpo.

El silencio se quebraba con el lamento desgarrado de la madre; sostenida entre dos de sus hijos, que apenas conseguían mantenerla en pie, encabezaba aquel séquito mortuorio.

Cuando el sacerdote pronunció el nombre de Corsini, Frank sintió un frío latigazo que le recorrió la espalda. Una niebla interna enturbiaba su mente, confuso, como si nada de lo que ocurría terminara de encajar en la realidad.

La lluvia golpeaba el ataúd con un sonido hueco.

Agradecía la calidez de la mano de Nicole; su compañía callada le ofrecía cierto consuelo, pero todo volvía a quebrarse al contemplar a la madre devastada, atravesada por el dolor primitivo, el sufrimiento atroz, imposible de nombrar, de quien sobrevive a un hijo.

Frank contuvo las lágrimas cuando el féretro descendió al corazón de la tierra.

Una vez depositado en el fondo, la madre dio un paso al frente, amparada por sus otros hijos vivos; se agachó para coger un puñado de tierra y arrojarlo al hueco donde yacía el hijo muerto.

El ruido era sordo, estremecedor. La madre se apartó, llorando desconsolada, y muy despacio, con pasos torpes y lentos, se alejó, obligada a empezar a vivir con la ausencia definitiva.

Hubo un breve momento de silencio incómodo, antes de la reacción de los demás asistentes.

Uno por uno, fueron tomando tierra en la mano para arrojarla sobre el ataúd.

Cuando le tocó el turno a Frank, permaneció quieto.

Fue Nicole la que, de forma muy sutil, lo empujó para que se moviera.

Al borde del abismo de la sepultura, Frank se quedó inmóvil, con el puño apretado, sintiendo la húmeda tierra.

Abrió la mano y la dejó caer. El ruido lo sacudió por dentro.

Se aferró con fuerza a Nicole y retrocedió un paso.

La lluvia le mojó la cara y cerró los ojos sintiendo rabia, impotencia, culpa.

Aquella noche, el sueño de Frank fue inquieto, plagado de sobresaltos y pesadillas en las que la voz de su compañero, su risa y su rostro se deshacían poco a poco. Nicole permaneció a su lado, abrazada a su espalda, sin decir nada, dejando que el duelo siguiera su curso.

A la mañana siguiente de haber enterrado a Corsini, Frank recibió un télex del Departamento de Policía de San Diego con datos sobre Angie Banz. Trabajaba desde hacía diez años como administrativa en la Base Naval de la ciudad; también le proporcionaron su dirección.

El teniente le llamó a su despacho, donde se encontró a un hombre al que no había visto nunca, sentado al otro lado del escritorio. Al entrar Frank, el tipo se levantó.

—Bernstein, este es el inspector Samuel Kravitz. Te acompañará en la investigación del asesinato de Corsini. Viene de Asuntos Internos.

Frank miró a Kravitz con escepticismo.

—No necesito una niñera.

Caddy imprimió un tono sereno y de autoridad a su voz.

—La muerte de Corsini cambia las cosas. Este crimen no quedará impune, aunque me cueste la jubilación. Hablé con el capitán Fitzgerald, de Asuntos Internos. Le puse al tanto del caso. —Hizo un gesto hacia Kravitz—. Nos van a ayudar.

Frank continuó receloso. Asuntos Internos suponía una fiscalización crítica al trabajo de calle de los agentes, buscando la falta, el exceso, los errores que pudieran cometerse en comisaría, para luego caer como buitres sobre los posibles sospechosos.

Había tenido ocasión de comprobarlo: policías que se jugaban el tipo eran expedientados por utilizar su arma para defenderse; tampoco él se libró del zarpazo administrativo después de salvar a Corsini de una muerte segura.

Caddy le observó y le habló reclamándole confianza.