Un hombre de honor XI #2
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XI #2

—Eh, ¿quiénes se han creído...?

—Tranquila, tan solo le robaremos unos minutos.

El último en entrar cerró la puerta y se apostó junto a ella, como un portero vigilando la entrada.

Era más alto y musculoso que el que había hablado; los dos vestían traje oscuro, camisa blanca y una corbata desvaída, y rondaban los cuarenta años; el de la puerta, totalmente calvo, tenía cara de amargado; el otro era moreno, delgado, de ojos saltones y negros y una mirada incisiva y turbadora.

La reacción de Nicole fue irse hacia el teléfono, que descolgó, pero antes de ponérselo en la oreja, una mano presionó la horquilla para cortar la línea; a continuación, el tipo calvo le quitó el auricular sin violencia y lo dejó en su sitio; sin decir una palabra, regresó a su posición junto a la puerta.

Nicole vio al otro husmear en su escritorio.

A grandes pasos, rodeó la cama e intentó arrancarle su libreta de las manos, pero el hombre fue más rápido y la alzó por encima de su cabeza.

—Eso es mío, no tiene derecho...

—Cálmese, señorita Donaldson —le habló con condescendencia, con una mueca burlona—, no le conviene alterarse.

Le dio la espalda y siguió hojeando sus anotaciones.

—¿Quiénes son y qué es lo que quieren? —inquirió desconcertada.

El de los ojos saltones se giró de nuevo hacia ella antes de hablar. Era un poco más alto que Nicole y emanaba un fuerte olor a tabaco.

—Queremos que regrese a Nueva York y que olvide el caso de Robert F. Kennedy, eso queremos.

—¿Y por qué se supone que tengo que hacerlo? —preguntó, consciente de que pretendían amedrentarla.

—Porque sería contraproducente para usted si no lo hace.

—Me iré cuando lo crea oportuno. Estamos en un país libre, y estoy aquí porque mi periódico, el New York Times —remarcó a conciencia—, me ha enviado a cubrir el juicio de Sirhan Sirhan.

—Sabemos por qué y para qué está aquí, pero debe entender que hay líneas editoriales que no es conveniente cruzar, por el bien de todos, sobre todo del suyo.

—¿Me está pidiendo que no cuente la verdad?

El hombre se volvió hacia su compañero con una media sonrisa, como si hubiera escuchado una sandez.

—¿Qué verdad, la suya?

—Solo hay una verdad y es la que voy a contar, aunque a algunos no les guste.

—No ahora —replicó taxativo—. Lo siento, señorita Donaldson, pero hay demasiado ruido y no conviene «su verdad» —recalcó con sorna—, no cuando el país está al borde del abismo.

Vietnam, protestas civiles, asesinatos...

Demasiada pólvora... —Negó con la cabeza agitando la libreta en el aire—. Está jugando con fuego.

—Creo que voy a tener que informar de esta visita al fiscal del caso.

—No sea tan ingenua. No necesita que le expliquemos cómo funciona el mundo. El papel de mártir no le pega, señorita Donaldson, tampoco ser protagonista de las necrológicas.

—¿Me está amenazando?

—No se lo tome a mal, le aseguro que es un consejo amistoso —empezó a arrancar las hojas escritas con todas sus anotaciones de los últimos días.

Luego se las metió en el bolsillo y arrojó la libreta a la cama.

Sacó de su chaqueta un billete de avión y lo dejó sobre la colcha—.

Su vuelo sale mañana a primera hora. —Se fue hacia la puerta dispuesto a salir, pero antes se volvió y le habló—.

Es usted muy joven y con un futuro prometedor, dedique sus esfuerzos a cosas más seguras, le irá bien.

El tipo calvo abrió la puerta y los dos hombres salieron dando un portazo. Nicole se quedó inmóvil durante unos segundos, sin saber qué hacer. Saltó por encima de la cama y cogió el teléfono. Marcó y esperó.

—Frank..., me han... Estoy...

Ante la voz angustiada de Nicole, y antes de contestar, Frank se pasó la mano por las lágrimas que, una vez solo, había permitido fluir y trató de tragarse la pena del compañero muerto.

—Nicole, ¿qué pasa?

—Frank, tengo miedo...

Con voz entrecortada le contó todo lo que había sucedido, no solo aquella visita, sino lo que le había pasado y lo que había descubierto.

Frank la escuchó en silencio mientras se mesaba el cabello con desesperación.

—Esto no me gusta —dijo—. Creo que deberías volver, Nicole.

—Si cojo ese avión, ellos habrán ganado, Frank.

Soy periodista, no puedo callarme cada vez que alguien me ordene que lo haga.

Perdería mi dignidad, no puedo ceder las riendas al miedo.

¿Cuántos periodistas han seguido adelante a pesar de las amenazas?

No soy la primera ni seré la última que sufre este tipo de extorsiones.

—Se calló unos instantes, sintiendo la respiración de él al otro lado de la línea—.

Estoy asustada, Frank, no voy a negarlo...

Eres la única persona a la que le puedo contar lo que siento.

No quiero abandonar, no voy a rendirme...

En el fondo, Nicole necesitaba apoyo moral, un empujón para seguir adelante. Si Frank le insistía en que volviera, estaba convencida de que se derrumbaría, haría el equipaje y se iría al aeropuerto, pero si no...

—Está bien —le oyó decir con voz ahogada—, te entiendo.

Nicole se dio cuenta de que algo le pasaba.

—Frank, ¿estás bien?

—Sí, sí... —balbució—. Ha sido un día muy duro. —Hubo un silencio tenso entre ambos—. Nicole... —murmuró con un hilo de voz—, han matado a Corsini.