XI
Nicole se levantó, se arregló y salió rumbo al edificio del tribunal. Aparcó el coche y se dirigió al control de seguridad.
Aquella mañana testificaba la mujer que la Policía de Los Ángeles había identificado como la chica del vestido de lunares, así que estaba muy interesada en verla y saber qué declararía.
Sin embargo, cuando la llamaron a la sala y entró, Nicole se quedó perpleja: aquella mujer no se parecía en nada a la chica a la que había visto la noche del atentado.
Se vio obligada a contenerse durante todo el interrogatorio.
Declaró que era una de las seguidoras de la campaña del senador Kennedy, negó haber salido por la escalera de incendios y haber dicho que le habían disparado. Era todo un sinsentido.
Al terminar la vista, Nicole se acercó a Grant Cooper para intentar hablar con él, pero el abogado de Sirhan ni siquiera se detuvo.
—Señor Cooper, se han equivocado de chica. —Hablaba a trompicones mientras caminaba a su lado—. No es la misma persona. Esta chica es de aspecto nórdico, rubia, piel clara, no tiene nada que ver con la que...
El abogado se paró en seco, se volvió hacia ella y la obligó a guardar silencio con un gesto contundente de la mano.
—Señorita...
—Donaldson —acertó a decir ella—, Nicole Donaldson, reportera del New York Times . Señor Cooper, yo estuve allí esa noche y la chica que ha declarado no es la misma...
El abogado hizo una mueca de hartazgo y echó a andar de nuevo mascullando palabras que Nicole pudo oír perfectamente.
—Oh, Dios, otra loca que pretende hacerse famosa a costa de este caso.
Indignada, Nicole trató de rebatir lo que estaba diciendo, pero los miembros de su equipo se interpusieron y bloquearon su acceso al abogado, que se perdió entre el gentío hacia la salida del edificio.
Nicole se detuvo desconcertada, mientras el abogado avanzaba escoltado por un enjambre de hombres.
Frank llevaba veinte minutos en la comisaría.
Acababa de colgar con la Policía de San Diego.
Echó un rápido vistazo al reloj de su muñeca.
Corsini se retrasaba, la visita a casa de Maddy Sullivan debió de ser agitada.
Sin esperarlo, se dirigió al despacho del teniente, dio dos toques, abrió y se asomó.
—Teniente, tengo novedades.
Caddy le hizo un gesto con la mano para que pasara.
Frank le notó mala cara, como si no hubiera dormido en días. Estaba en mangas de camisa y sudaba en exceso para ser febrero. El ambiente cargado se intensificaba debido a la ventana cerrada y la persiana bajada.
—Dime qué tenéis.
Sentado al otro lado del escritorio, Frank le puso al día de la información que le había dado Corsini.
—He contactado con la Policía de San Diego, por si tuvieran alguna noticia de Angie Banz. Si esa mujer aparece en algún registro, le haré una visita.
—¿Lo crees necesario? —Arrugó la frente, escéptico.
—Abriré todas las puertas que tenga delante, teniente.
—Bien, tú sabrás —dijo ceñudo.
Frank intuyó malas noticias.
—¿Qué ocurre, teniente? Está claro que algo sucede.
En el rostro de Caddy asomaba el agotamiento.
—Bernstein —su voz era grave y pesarosa—, he recibido una llamada del fiscal Skanett.
No ha sido una conversación muy amable. Aunque no me lo ha dicho abiertamente, sabe que seguimos detrás del asunto de los muelles...
—Desvió la vista al vacío—. No sé cómo, pero ese malnacido lo sabe, y me quiere joder vivo.
—Clavó sus ojillos en Frank y su semblante se ensombreció—.
Va a por mí, me va a rebanar el pescuezo en cuanto tenga oportunidad.
—¿Puede hacerlo?
—No le resultará difícil... —Tragó saliva antes de proseguir—. Tiene buenos contactos.
—¿Cuánto tiempo nos queda?
—Se acabó el tiempo, Bernstein. Se acabó...
—El fiscal Skanett ha puesto mucho empeño para que este caso no siga adelante.
—Estoy convencido de que lo están untando a manos llenas, pero qué podemos hacer, no hay forma de probarlo.
Frank se perdió unos segundos en el torbellino de sus pensamientos. Negó con la cabeza.
—Estamos a punto de destapar esta mierda y no voy a parar hasta conseguirlo.
—Si me destituyen, tú perderás el caso, y yo, mi jubilación.
Los dos hombres mantuvieron un largo y reflexivo silencio. Los interrumpió el timbre del teléfono. El teniente descolgó con desgana.
—Teniente Caddy al habla. —Mientras escuchaba, Frank notó que su rostro palidecía—. ¿Dónde? —Otro silencio inquietante—. Está bien. —Colgó y se dirigió a Frank con gesto apremiante—. ¿Sabes dónde está Corsini?
—Anoche tuvo que ir a Trenton. Imagino que llegaría tarde. Estará al caer.
—Ve a los muelles de Hoboken, frente a la terminal.
—¿Qué ha pasado?
—Han encontrado su coche calcinado, hay un cuerpo en el interior.
—No puede ser... —balbució impactado.
—Ve allí volando y mantenme informado.
El coche de Corsini estaba aparcado frente al Hudson, se había quemado prácticamente todo el chasis.
Después de identificarse para traspasar el cordón de seguridad que habían desplegado los policías, Frank se acercó a los restos carbonizados del vehículo con la sensación de que le estallaba el pecho.
Había un fuerte olor acre a metal y goma quemada.
El juez de guardia todavía no había llegado y no se había movido el cadáver.
Al acercarse al amasijo ennegrecido y aún humeante, atisbó el cuerpo calcinado al volante.
Fue como un puñetazo en la boca del estómago tan contundente que se sintió mareado.
Se pasó la mano por la cara y paseó de un lado a otro esforzándose por conservar una calma que no encontraba.
Había unos cuantos curiosos que trataban de atisbar más allá del cordón de seguridad.
Mostró su placa al agente de uniforme que estaba junto al coche.
—¿Se ha confirmado la identidad? —acertó a preguntar.
—Esta cadena de oro es lo único que se ha salvado del fuego —respondió.
Le tendió la cadena que Frank conocía. El policía continuó hablando mientras Frank acariciaba la medalla de la Virgen Milagrosa que Corsini llevaba siempre al cuello, regalo de su madre cuando entró en la policía, con la absurda idea de que le protegiera.
—Tiene un disparo en la sien izquierda, así que deducimos que su ejecutor estaba fuera del coche. Luego rociaron el vehículo de gasolina y lo prendieron.
—¿Se sabe cuándo pasó?
—Hace unas cuatro horas. Estamos interrogando a un testigo. Ha admitido que vio a quien realizó el disparo, pero tiene miedo. Lo hemos llevado a la comisaría de Hoboken.
La madre de Corsini tuvo que ser atendida por los servicios médicos.
La escena fue tan dolorosa que Frank, tras darle la noticia, tuvo que permanecer sentado en el coche durante un buen rato hasta que fue capaz de conducir.
Cuando llegó al apartamento de Maddy Sullivan eran más de las tres.
Era sábado, pensó que podría encontrarla en casa.
Llamó a la puerta sin obtener respuesta.
Instintivamente, puso la mano en el pomo y este cedió.
Al abrir notó que la casa estaba revuelta.
Se puso en alerta, sacó su pistola y, con los brazos estirados y el arma firme entre las manos, llamó a la chica sin llegar a entrar.
—¿Maddy? —Dio un paso al interior—. ¿Maddy? —repitió más alto.
No tuvo que adentrarse demasiado para descubrir en el sillón el cuerpo deslavazado de la chica, la cabeza ladeada, los ojos abiertos, ya sin mirada. Alrededor de su cuello aún se ceñía el cable con el que le habían arrebatado la vida.
Frank la observó unos segundos eternos, sintiendo una dolorosa punzada en el pecho. Descolgó el teléfono y llamó a la comisaría para dar aviso.
—¿Cómo se te ha podido ocurrir semejante estupidez? ¿Sabes el lío en el que nos has metido?
Russell estaba furioso. Daba zancadas de un lado a otro, como un león enjaulado.
—Me reconoció en la residencia.
—¿Qué coño hacía allí?
—No lo sé —respondió con un ademán desesperado—. Nada más salir, se metió en una puta cabina e hizo una llamada. —Se le crispó el gesto—. Me pareció muy sospechosa su actitud.
—Si estaba en la residencia para encontrarse contigo es que en algo has fallado, está claro.
—Te recuerdo que el que da la cara soy yo... —le espetó rabioso mientras señalaba a Russell. Luego, se quedó en silencio unos segundos, pensativo—. Ese tipo nos estaba vendiendo...
—¿No decías que lo tenías bien pillado? —preguntó Russell con sarcasmo.
—Lo tenía, pero el otro día me dio una información sobre su jefe que no me encajaba, hice algunas averiguaciones; estoy casi convencido de que me contó una milonga... El muy cabrón...
—Tus sospechas o tus convencimientos me importan una mierda.
¡No matamos a policías! —le gritó encolerizado—.
Se los acosa, se los soborna, se los extorsiona, pero nunca, nunca, ¿me oyes?
, jamás se los liquida. —Russell se llevó la mano a la cabeza, preocupado—.
Ahora tendremos a todo el estamento policial de la ciudad pisándonos los talones, y eso no nos conviene.
—El trabajo de Fogerty es impecable. Nadie me relacionará con el hecho.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —inquirió furibundo.
—Lo estoy... —afirmó con determinación—. Nunca me ha fallado. Le pago muy bien...
—Eres mucho más estúpido de lo que pensaba —le reprochó Russell.
Durante unos segundos, se retaron con la mirada.
—¿Y la chica? —le preguntó Russell.
—Me he ocupado de ella. No podía arriesgarme. No sabemos lo que le contó. Y a ese Bernstein... —murmuró con una mueca de desprecio— deberíamos eliminarlo.
Russell se acercó a él con gesto severo y le habló en un tono amenazante.
—No se te ocurra hacer nada más por tu cuenta, ¿me oyes? Las órdenes las doy yo.
Era ya noche cerrada cuando unos toques en la puerta interrumpieron su tarea. Extrañada, Nicole se levantó y se acercó sin llegar a abrir.
—¿Quién es?
—Servicio de habitaciones.
—No he pedido nada.
—Parece que se trata de una invitación, señorita Donaldson.
Nicole arrugó el ceño y abrió, pero apenas lo hizo, sintió un brusco empujón y, sin poder evitarlo, dos hombres se colaron en su habitación.