Un hombre de honor Epílogo
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Epílogo

El bullicio en el Pulitzer Hall la aturdía, los asistentes se apretujaban en aquel espacio previo a la biblioteca, lugar en el que se desarrollaría la entrega de premios.

Gente más o menos conocida le daba la enhorabuena con una sonrisa medida, teñida de admiración enmascarada en la morbosa curiosidad por contemplar de cerca a la hija de un mafioso, de un fugitivo, de un asesino, olvidándose de la presunción de inocencia, sentenciado ya en sus conciencias, él y toda su prole, salvo aquella redactora que, en aras de la ética periodística, había elegido arrojar a su padre al infierno salvando así la cara en el último segundo.

Frank fue a su encuentro y la salvó de una conversación insustancial con un colega del New York Post .

—¿Estás bien? —preguntó al notarla desorientada.

—Me siento como un mono de feria —dijo aferrándose a su brazo.

—Nicole, olvida lo que piensen los demás, lo único que importa es tu conciencia.

—No termino de creerme lo que está pasando.

—Pues te quedan solo unos minutos para hacerlo. —Frank le hablaba acercándose a su oído—. ¿Te he dicho ya que estás preciosa?

Ella soltó una risotada.

—Unas treinta veces desde que hemos salido de casa.

—Pues te lo digo una más: estás preciosa.

Nicole le sonrió azorada. Le colocó el nudo de la corbata y le tocó la pechera de la impoluta camisa blanca. Se dedicaron un gesto de amor.

Una voz alzada pedía a los asistentes que fueran accediendo al interior.

La Biblioteca Conmemorativa Low, en el corazón del campus de Columbia, estaba engalanada para la celebración.

El edificio de columnas clásicas imponía respeto incluso antes de cruzar sus puertas.

El bullicio de voces, risas y saludos flotaba en el aire.

Nicole se dirigió a su mesa, seguida de Frank.

No dejaba de mirar en todas las direcciones, buscando el rostro de su madre.

Llevaba un año sin hablar con ella, pero le había enviado una invitación, con la esperanza de que apareciera.

Hacía un mes que un tribunal de Michigan había juzgado a Fabrizio Donatti, a quien en ningún momento llamaron Walter Donaldson, como si se empeñasen en separar sus dos identidades.

Nicole no sabía cómo hacer eso. Había asistido a una única sesión del juicio, el día de la declaración de la viuda de Elliot McGrover, el agente federal por cuyo asesinato a sangre fría se le juzgaba.

El testimonio de la señora McGrover era la única prueba sólida con la que contaba la acusación.

En aquella sesión, Nicole tuvo que enfrentarse a la fría indiferencia de su madre, que apareció acompañada de Dolores.

Se había sentado en el último banco cuando las vio entrar.

Su madre advirtió su presencia, pero apartó la vista de inmediato.

Dolores le sostuvo la mirada durante unos instantes, con una tristeza que le dolió tanto como la indiferencia de su madre.

Se preguntó si habría llegado a descubrir el verdadero rostro de su hijo.

Entre tanto, César Salazar seguía deslizándose entre las grietas de la justicia, oculto bajo la apariencia tranquila de una vida junto a su esposa y su hijo, alejado —o eso creía— del peso de sus crímenes.

Las dos mujeres se situaron en el primer banco, cerca del asiento reservado para el reo.

Cuando Walter Donaldson entró en la sala custodiado por los policías, Nicole irguió la cabeza, alzando la barbilla para alcanzar a verlo.

No se había vuelto a encontrar con él desde su desagradable conversación en la puerta del banco, cuando la obligó a entregarle los documentos que le incriminaban.

No había tenido el valor de ir a visitarlo a la cárcel; además, estaba convencida de que rechazaría la visita.

Antes de sentarse, su padre recorrió con la vista todo el entorno.

Fue en ese momento cuando se topó con los ojos de Nicole.

Aquel contacto duró apenas un par de segundos, desviada la mirada de forma abrupta por parte de él y dejando la de Nicole al borde del abismo.

Cuando la viuda entró en la sala, Nicole había sentido que el corazón se le encogía.

Era una mujer de aspecto delicado, elegante y con una expresión serena en el rostro.

Caminó con la dignidad de una dama hasta subir al estrado.

Después de prestar juramento con la mano sobre la Biblia, atendió a las preguntas del fiscal, hasta llegar a la definitiva.

—Señora McGrover, ¿reconoce al acusado como el hombre que disparó contra su marido en la puerta de su casa el día de Navidad de 1939?

La señora McGrover posó sus ojos en Fabrizio Donatti. Un denso silencio se instaló en la sala. Durante unos segundos, la testigo y el acusado se miraron de hito en hito. Luego, la viuda había vuelto a dirigir su atención al fiscal, el gesto relajado.

—No reconozco a este hombre como el que disparó a mi marido.

El murmullo había sido de tal envergadura que el juez tuvo que llamar la atención a la audiencia para que guardase silencio.

Cuando finalizó la sesión, Nicole salió a la calle.

Ráfagas de viento azotaban la ropa. Vio a la señora McGrover acompañada de su hijo.

No pudo evitar preguntarse si el entorno de su padre habría comprado la voluntad de esa mujer para impedir que declarase en su contra.

Nicole se acercó a ella.

—Señora McGrover, soy Nicole Donaldson, la hija...

—Sé quién es —le interrumpió la viuda con un gesto amable.

—Yo... —Nicole se dio cuenta de que no sabía para qué se había acercado a ella—. No sé qué decir... Lo siento...

La viuda le dedicó una sonrisa de dulce calma. Ni rastro de rencor por haber sido víctima de la violencia contra el hombre al que amaba.

La mujer le puso delicadamente la mano en el hombro y le habló con voz pausada.

—Señorita Donaldson, han pasado treinta años.

El hombre que disparó a mi marido también me apuntó a mí y al hijo que llevaba en mi vientre.

Ese hombre decidió no disparar, y con esa decisión me permitió vivir para ver crecer a mi hijo y ahora a mis nietos.

Toda elección lleva consigo una pérdida.

Ninguna decisión es inocente, ni siquiera mi respuesta de hoy.

—Bajó la mano con un gesto afable—. No hay nada mejor que un corazón liberado de rencor o resentimientos. Le deseo suerte.

Nicole se había quedado clavada en la acera, observando cómo esa mujer se alejaba agarrada del brazo de su hijo, algo más alto que ella. Los dos caminaban con la ligereza de quien no teme nada, con la conciencia tranquila, como si sus pies se posaran sobre una mullida alfombra.

A los pocos días, el jurado pronunció el veredicto, declarando a Fabrizio Donatti «no culpable» del asesinato de Elliot McGrover: no había pruebas para inculparlo, pero eso no significaba que fuera inocente.

Walter Donaldson había quedado en libertad y vivía enclaustrado en su casa. Nicole no había vuelto a tener noticias de sus padres desde entonces.

Los asistentes a la entrega del premio aún permanecían de pie en la biblioteca, alrededor de las mesas primorosamente preparadas con platos, cubiertos, copas y elementos florales.

Frank se dio cuenta de la ansiada búsqueda en la que se hallaba Nicole.

—También debe de ser muy complicado para ellos —le susurró al oído.

—Tienes razón.

—Es tu momento, disfrútalo.

Ella asintió, convencida, mientras de manera inconsciente se llevaba una mano al lóbulo de la oreja: se había puesto unos pendientes con un pequeño diamante de su madre y una gargantilla de oro que le había regalado su padre cuando se graduó.

Los organizadores instaban a los invitados a que tomaran asiento para que la gala pudiera dar comienzo.

Cuando desde el escenario se pronunció el nombre de Nicole, el corazón le palpitaba a toda velocidad.

Tardó unos segundos en reaccionar, y cuando lo hizo fue con una amarga sensación de ausencia, de una normalidad sostenida sobre algo no resuelto.

Entre aplausos, caminó hacia la plataforma donde la esperaban Sanders y los miembros de la junta que le habían concedido el premio.

Recogió la medalla que acreditaba un gran trabajo periodístico y, con el estuche entre las manos, se situó ante el atril.

Observó a los congregados, en unas cuarenta mesas redondas, ya con los platos del postre a medio comer, y todos vueltos hacia ella, expectantes a la espera de sus palabras.

Buscó entre la multitud el rostro anhelado; lo encontró, pero no en su sitio, sino cerca de la entrada, como si se hubiera colado en el evento.

Su padre permanecía apoyado en la pared del fondo, con las manos en los bolsillos y una expresión resignada dibujada en el rostro.

Sus primeras voces se oyeron quebradas y nerviosas; poco a poco, sus palabras fueron tomando firmeza y su discurso acabó embaucando a los asistentes, que la escucharon en un respetuoso silencio.

—La verdad rara vez llega intacta a manos de quien la cuenta; casi siempre viene acompañada de fisuras, de dudas, de pérdidas. Quizá por eso el periodismo no solo trata de informar, sino de sostener la verdad incluso cuando sacude todo aquello que creíamos firme.

Al terminar, un impetuoso aplauso de admiración estalló en el recinto.

Recibió felicitaciones, abrazos, apretones de manos de caras desconocidas, sonrisas y parabienes inocuos para ella. Abriéndose paso a duras penas entre la multitud, consiguió llegar hasta donde su padre aguardaba pacientemente. Le pareció más viejo, más encogido, más vulnerable.

—Has venido —dijo ella agradecida cuando estuvieron frente a frente.

—Te felicito. Has alcanzado tu gran sueño, ya eres una reconocida periodista.

Su semblante era serio, aunque sus palabras carecían de acritud. Resultaba evidente que hacía un gran esfuerzo por ser amable.

—Gracias por venir.

—Quería verte. —Dejaba traslucir una profunda frustración. No sacó las manos de los bolsillos—. Solo eso, verte.

Se irguió e hizo un amago de irse, pero la voz de Nicole lo detuvo.

—Me alegro de que estés aquí.

—Quiero que sepas que me siento muy orgulloso de ti. —La miró con una estremecedora ternura—. Nicole, lamento no haber sido el padre que merecías.

—Papá...

Negó suavemente con la cabeza para callarla. Sacó la mano del bolsillo y le acarició la mejilla. Ella se estremeció al notar su tacto, un regreso a su yo de niña.

—Te deseo suerte.

Percibió el aroma conocido y quiso retenerlo, pero no lo hizo, sabía que debía dejarlo marchar. Le observó mientras se alejaba, el paso lento, cabizbajo y encogido por el peso de su conciencia.

Sintió una mano en su espalda y se giró. Era Frank.

—¿Estás bien?

Ella se volvió hacia la figura de su padre. Durante unos segundos guardó silencio. Luego agarró la mano de Frank y le contestó con ternura:

—Ahora sí.