Un hombre de honor X
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Camino de vuelta de la casa de los Sirhan en Pasadena, y aprovechando que tenía coche, Nicole se acercó a hacer una visita a la comisaría de Rampart en la que habían tomado declaración a todos los testigos del tiroteo en la cocina del hotel Ambassador.

—Buenas noches, ¿podría hablar con algún oficial o detective?

—¿Desea poner una denuncia? Si es así, cualquier agente le vale.

—No quiero poner una denuncia. Soy una de los testigos que declararon en esta comisaría la noche en que dispararon al senador Kennedy. Me gustaría saber qué ha pasado con mi declaración.

Desde el otro lado del mostrador, el policía la examinó durante unos segundos.

—Su nombre, por favor.

—Nicole Donaldson.

El agente descolgó el teléfono y habló a un interlocutor en voz baja, sin perder de vista a Nicole, quien presintió que aquel agente no la estaba tomando en serio. Cuando dejó el auricular sobre el teléfono, le dedicó una sonrisa y le señaló con el dedo.

—Espere allí, por favor, le atenderán enseguida.

La espera se alargó más de dos horas sin que nadie apareciera.

El agente tras el mostrador actuaba con una impostada serenidad cuando Nicole, nerviosa, preguntaba cuánto tiempo la iban a tener allí esperando.

Cuando estaba a punto de perder los nervios ante el agente, apareció a su espalda un hombre alto, de voz grave y aspecto severo.

—Señorita Donaldson. ¿Puedo hacer algo por usted?

Nicole se giró con gesto enfadado. Estaba cansada y hambrienta.

—Llevo más de dos horas esperando...

—¿Qué puedo hacer por usted? —le repitió con una brusca firmeza.

Nicole le contó lo de su declaración; quería revisarla y saber por qué ni el fiscal ni la defensa la habían convocado en ningún momento.

—No es asunto nuestro a quién convoque el fiscal o la defensa.

—La noche de la declaración no me dieron una copia. Me gustaría tenerla.

—No hay obligación de entregarle copia. Usted pudo leer su declaración antes de firmarla; luego pasa a formar parte de la investigación correspondiente.

Nicole cambió el tono. Debía ser amable si quería conseguir algo.

—¿Sería posible tener una copia? —preguntó más serena.

El teniente la invitó a pasar a una sala que había en la misma planta.

—Aguarde aquí, veré qué puedo hacer.

Cerró la puerta y pasaron otros cuarenta minutos. Justo cuando se levantó con los nervios a flor de piel para salir a protestar, se abrió la puerta y apareció el teniente. La miró con reproche. Nicole no se movió.

—¿Cuánto tiempo más me van a hacer esperar?

—Lamento la demora, señorita Donaldson —dijo en tono frío—. Hemos estado buscando su declaración, pero, lamentablemente, su nombre no aparece en ningún registro.

—No puede ser. Nos tomaron declaración a mí y a todos los que nos trajeron en un autobús...

—Sé cómo vinieron hasta aquí los testigos, señorita, pero su nombre no figura entre ellos.

Nicole no daba crédito a lo que estaba viviendo.

—Teniente, le aseguro que estuve aquí declarando, lo hice ante un agente...

—¿Recuerda el nombre de ese agente?

—No... Estaba muy cansada, fue una noche muy confusa...

El teniente se acercó a ella y le habló con una impertinente condescendencia.

—Señorita Donaldson, no recuerda el nombre del agente, no pidió una copia de su declaración, en nuestros registros no consta ni su nombre ni su testimonio... ¿Está segura de que fue en esta comisaría?

—Claro que lo estoy. Fue aquí, mi jefe también declaró, Harold Becker, compruebe si está su declaración, por favor.

El teniente se ausentó unos minutos; al regresar, soltó un suspiro antes de hablar.

—Lo siento, señorita Donaldson, no hay ningún Harold Becker entre los testigos que declararon en esta comisaría el 5 de junio del pasado año.

—No puede ser... Estuvimos aquí. —Alzó la voz y eso hizo que el rostro del teniente se contrajera.

—Si me disculpa, tengo asuntos importantes que atender.

—Esto es importante. —Nicole había dejado atrás su umbral de la paciencia, pero procuró dominarse—. Voy a poner una queja a sus superiores por esta negligencia, que puede llevar a la pena de muerte a un hombre inocente.

—¿Se refiere al hombre que disparó al senador Kennedy a la vista de unas setenta personas cuyas declaraciones sí constan en nuestros archivos? ¿Y que además ha admitido que disparó contra el senador porque lo odiaba?

Durante un instante, solo se oyó el zumbido sordo de los fluorescentes.

—Yo también estaba allí... —replicó rabiosa.

—Me temo que no podemos ayudarla.

—¿No pueden o no quieren? Soy periodista, trabajo para el New York Times . Le aseguro que esta irregularidad va a salir a la luz.

El teniente permaneció con una expresión glacial. Luego desvió los ojos hacia el pasillo, dando a entender que no iba a dedicar a aquella conversación ni un minuto más.

—¿Vive usted en Los Ángeles?

—No. Estoy aquí cubriendo el juicio de Sirhan Bishara Sirhan...

—¿Puede decirme dónde se hospeda? Investigaré esta... anomalía; la avisaré en el caso de que encontremos algo.

Ella le proporcionó el nombre del hotel.

Salió de la comisaría con la extraña sensación de que tal vez aquella visita no había sido el movimiento más adecuado. Se sintió mentalmente agotada.

El hombre escuchaba a su interlocutor con el auricular pegado a la oreja, el semblante adusto, pétreo, la respiración contenida, sintiendo en sus sienes el violento martilleo del pulso, como un tambor de guerra que anunciaba algo grave e inminente.

—Está bien —murmuró. Luego prosiguió, la voz firme, sin ambages—. Yo me ocupo.

Cuando colgó el teléfono, apoyó los codos sobre el escritorio y hundió el rostro entre las manos. Levantó la cabeza y soltó un largo y cansado suspiro, como si quisiera desprenderse de algo pegajoso. Con movimientos lentos, descolgó de nuevo y marcó un número.

—Está en Los Ángeles. Hay que pararle los pies. No queda más remedio.

—Lo haré esta misma tarde. —La respuesta llegó amortiguada, como si atravesara una distancia más densa que el simple cable.

—Asegúrate de hacerlo. Nos estamos jugando demasiado en esto. No quiero errores.

La línea se cortó. El hombre sostuvo el auricular un par de segundos más, sumido en una honda preocupación.

Colgó y se giró en la silla, absorto en el horizonte urbano que se extendía más allá del ventanal, ajeno a la orden que acababa de dar.

Miraba sin ver, los ojos fijos en un punto lejano, mientras en su interior algo terminaba de asentarse con un peso irrevocable.

Por un instante, el silencio fue absoluto, opresivo, hasta que el latido punzante del corazón le recordó que ya no había vuelta atrás.

Corsini llegó a Trenton en algo más de una hora y media. Avanzó por la calle Federal, torció a la izquierda y se adentró en la zona de estacionamiento.

El aparcamiento estaba poco iluminado. Al bajar del coche, se dirigió a la entrada guiado por el aplique que lucía en el soportal de acceso y, antes de entrar, echó un vistazo al interior a través de los cristales de las puertas.

La mujer de la recepción estaba sentada en una silla frente a una pantalla de televisión y, al abrir, se giró sobresaltada.

Era evidente que no esperaba visitas a esas horas.

—Buenas noches —dijo Corsini amable—, busco a la señorita Catherine Logan.

La mujer se levantó y observó extrañada al recién llegado.

—¿Hay algo urgente? —preguntó apoyándose en el mostrador—. ¿Algún problema?

—No. Solo quiero hablar con ella.

—Lo siento, pero no están permitidas las visitas a estas horas, ni de personal ni de residentes.

Corsini se fijó en la chapa identificativa que la mujer llevaba prendida en el uniforme blanco, sacó la placa dorada de su chaqueta y se la mostró.

—Por favor, Lorie —inclinó la cabeza y guardó la placa—, ¿podrías avisar a la señorita Logan?

Lorie se irguió, alarmada al ver la placa.

—¿Es que Cathy ha hecho algo malo?

Corsini le dedicó una expresión encantadora.

—Está bien —se rindió por fin la mujer—, espere aquí. Iré a avisarla.

Salió de detrás del mostrador sin perderlo de vista, como si aquella presencia a deshoras fuera un mal presagio; luego desapareció tras una puerta.

Corsini se encendió un cigarro mientras paseaba de un lado a otro.

Oyó el sonido de unos pasos que se acercaban y se volvió dispuesto a recibir a su contacto.

Sin embargo, al abrirse la puerta, no apareció Catherine Logan, tampoco la recepcionista, sino un hombre a quien él ya conocía y que, al igual que él, se quedó clavado al descubrirlo allí.

Ambos se observaron unos segundos, sorprendidos, tratando de asimilar la presencia del otro en aquel lugar.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó el recién llegado en un tono desabrido.

—Vengo a ver... —Corsini improvisó sobre la marcha—, vengo a ver a una tía, la hermana de mi madre. Esta tarde nos han avisado de que le había dado uno de sus ataques, y mi madre me ha pedido que venga a ver cómo se encuentra. —Hablaba sonriente, con un tono tranquilo y controlado.

El otro parpadeó desconfiado y se movió hacia la salida dispuesto a marcharse sin más, pero no le quedó otra que detenerse al ser interpelado por Corsini.

—¿Y usted? ¿También ha venido a ver a una tía suya?

El hombre se giró y le dedicó un gesto severo.

—Será mejor que olvides que me has visto —replicó cortante.

Se interrumpió al aparecer en escena Lorie seguida de Catherine Logan. Al reparar en ellos, Catherine abrió mucho los ojos, asustada. El hombre se fijó en ella y luego en Corsini. Se dio la vuelta y salió a la calle.

Cuando pasó el coche sonrió para sí.

—Vaya, vaya —masculló, ufano—. Todo empieza a encajar...

Catherine se acercó a él y le acompañó al exterior para alejarse de Lorie, que había vuelto a su puesto en la recepción y los vigilaba intrigada.

—Casi no lo pillas —le dijo la enfermera con una mueca.

—Gracias por avisarme, Catherine.

—Llámame Cathy.

Corsini sonrió y le ofreció un cigarrillo, ella lo aceptó, lo pinzó entre los labios y lo acercó a la llama de la cerilla que Carlo le ofrecía.