X #2
—Cathy —trató de hacer memoria—, la otra vez, cuando mi compañero y yo estuvimos aquí, el reverendo Powell nos dijo que la señora Miller solo recibía la visita de este hombre. ¿Es eso cierto? ¿No tiene familia?
—Tiene una sobrina, pero hace mucho tiempo que no viene por aquí.
—¿Sabes su nombre?
Caminaban juntos a paso muy lento por el aparcamiento.
—Angie Banz, unos cincuenta años, pelo blanco, ojos oscuros, muy delgada.
—¿Y sabes dónde vive?
—Durante sus primeros años aquí, enviaba a la señora Miller felicitaciones navideñas desde San Diego, no recuerdo la dirección; pero ya hace tiempo que ni las envía, ni viene a visitarla, por lo menos tres años.
—¿Por qué crees que el reverendo no nos habló de esa sobrina?
—Imagino que se le olvidaría. —Encogió los hombros y dio una larga calada a su pitillo—. ¿Es importante?
—Cualquier detalle, por mínimo que sea, puede ser fundamental, Cathy.
—Lo tendré en cuenta —asintió ella, queriendo agradar.
Corsini anotó todo en una libreta. Cuando llegaron junto a su coche, se la guardó en el bolsillo y se detuvo frente a ella.
—Tengo que marcharme. —Le dedicó una seductora sonrisa y ella desvió los ojos, azorada—. Te debo una, Cathy.
Corsini abrió la puerta del coche, pero antes de sentarse, ella le habló melosa.
—No conozco Manhattan... Tampoco conozco a nadie para que me lo enseñe...
—Si vas, llámame, y te llevaré al mejor espectáculo de Broadway.
Le guiñó un ojo y se metió en el coche. Condujo despacio hasta localizar un teléfono público para llamar al número particular de Frank. Al oír la voz de su compañero apenas le dejó contestar.
—Frank, tengo al tipo —irrumpió eufórico a través de la línea—, no te imaginas quién es...
—Dímelo.
—Se trata del señor X, mi contacto de los muelles, el del Mustang azul.
—Vamos estrechando el círculo.
—Y hay otro nombre, apunta: Angie Banz, vive o al menos ha vivido en San Diego. Sobrina de la señora Miller. —Le dictó la descripción que le había dado la enfermera—. En todo el tiempo que lleva aquí solo ha venido dos veces a ver a su tía.
—¿Por qué no nos habló el director de ella?
—Hace tiempo que no viene por aquí, quizá lo olvidase...
—Tendremos que creerlo. Está bien. Mañana empezaremos a buscar el rastro de la sobrina. Carlo, te ha llamado Maddy Sullivan a la comisaría, le he dicho que estabas fuera de la ciudad... Dice que tiene algo para ti y que te espera en su apartamento.
—Pasaré a verla antes de ir a casa —dijo Corsini en tono exultante.
—¿Te veo mañana?
—Claro... Vamos a por ellos, Frank.
Nicole había salido de la comisaría confusa, la mente viscosa.
Conducía despacio de vuelta al hotel, pensando; era noche cerrada y apenas había tráfico.
Enfiló la calle Spring —solitaria y oscura a aquellas horas, vacía de comercios y viviendas en toda la zona, flanqueada por los patios ferroviarios y terrenos industriales— cuando atisbó en el retrovisor unos faros que se acercaban demasiado a su trasera.
A partir de ese momento, todo sucedió con una inusitada rapidez; sintió un fuerte topetazo en el parachoques y a punto estuvo de hacerle perder el control, dio varios volantazos tratando de enderezar la dirección de su coche.
Pisó el acelerador con la intención de alejarse de aquel loco que la seguía muy de cerca, hasta que, con un giro brusco, la adelantó y la obligó a frenar casi en seco.
Durante unos tensos segundos, el tiempo pareció congelado en la imagen de los dos coches detenidos en la calle.
Deslumbrada por los faros, conteniendo el aliento, oyó un fuerte acelerón y aquella amenaza se alejó, desapareciendo en la noche.
Estaba tan nerviosa que le costaba respirar. Aferrada al volante como si temiera caer a un precipicio, trató de recuperar el ritmo de la respiración. Bajó el cristal de la ventanilla y tomó una bocanada de aire mientras apoyaba la cabeza en el respaldo con los ojos cerrados.
Asustada, entumecida y con el miedo metido en el cuerpo, retomó su camino hacia el hotel.
Al entrar en la habitación, se fue directa a la ventana para vigilar el aparcamiento y se fijó en un hombre que estaba en el interior de un Chevrolet negro aparcado junto al suyo; se estremeció al pensar que podría ser el coche que la había hostigado, pero enseguida descartó la idea cuando el hombre salió y se reunió con una mujer que fue a su encuentro.
En un intento vano por tranquilizarse, inspiró hondo, llenando sus pulmones de aire, y lo dejó ir despacio.
Se descalzó y se tumbó sobre la cama, agotada, los ojos puestos en el techo.
No fue consciente de que se había quedado dormida hasta que el sonido estridente del teléfono se coló en su sueño.
Empezaba a clarear el día y una tenue luz se filtraba a través de los visillos.
Descolgó mientras miraba el reloj que había dejado en la mesilla. Aún faltaba media hora para las seis.
—Donaldson al habla —farfullo con voz pastosa.
A través de la línea tan solo se oía una respiración pausada, tan evidente como inquietante.
—¿Quién es? —insistió incorporándose del todo.
El clic le indicó que habían colgado. Quiso convencerse de que había sido un error, aunque sabía que no lo era. Volvió a posar la cabeza sobre la almohada. Apenas habían transcurrido unos minutos cuando de nuevo sonó el teléfono. Esta vez lo descolgó muy rápido.
—¿Quién es? —insistió.
La respuesta fue la misma, ni una palabra, unos segundos de una turbadora respiración y colgar. Dejó el teléfono descolgado.
Sabía que ya no podría dormir. Tenía que levantarse a las siete.
La sesión del juicio empezaba a las nueve; a esa hora todos los que tenían pase debían estar en la sala, de lo contrario, se quedaban fuera.
No pudo conciliar el sueño, se mantuvo en una duermevela dándole vueltas a todo lo que había pasado.
Después de la llamada a Frank, Corsini salió de la cabina telefónica y condujo hasta el 70 de la calle Willow.
Llamó a la puerta, y al abrir, Maddy se mostró sorprendida.
—¿No me esperabas? —preguntó Corsini con una sonrisa.
—Creí que no vendrías. Estaba a punto de meterme en la cama.
—Me ha dicho Bernstein que me habías llamado.
Corsini la siguió hasta la sala de estar.
—He conseguido información sobre la BestBeef & Company, aunque no sé si te servirá de algo.
Le tendió un sobre marrón que tenía en la mesa. Corsini se sentó en una butaca frente a una mesita auxiliar y extrajo del interior una docena de folios.
—El hijo del senador Sheridan era el que llevaba todos los asuntos de la conservera —continuó ella mientras Corsini ojeaba los documentos—. Desde su accidente, le ha sustituido otro abogado menos cuidadoso, por eso he podido hacer estas copias.
Maddy se había quedado de pie observando a Corsini, de brazos cruzados, a la espera, mientras Corsini hojeaba los documentos. De repente, abrió mucho los ojos, atónito.
—Virgen santísima —susurró—. Así que estos son los verdaderos dueños de la empresa... Vaya, vaya...
—No hay nada ilegal en lo que hacen —agregó Maddy removiéndose en el sitio, inquieta—. Todo está en orden, al menos en apariencia. Creo que me la estoy jugando para nada...
El tono de reproche obligó a Corsini a alzar los ojos hacia ella. Soltó los papeles y le tendió la mano. Tiró de ella y la sentó sobre sus rodillas, la arrulló durante unos segundos, con los rostros muy juntos y la besó en los labios.