Un hombre de honor IX #5
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IX #5

—No me suena... —murmuró Henry con los ojos puestos en sus notas—.

Una de esas empresas pertenece a un antiguo director de la oficina bancaria donde opera la conservera; hace tres años pidió la jubilación anticipada y, por lo que he podido saber, desde entonces presta servicio activo a la CIA, operando a través de empresas societarias.

Entre otras actividades se dedica a comprar voluntades e influencias, políticos, jueces, fiscales, federales, policías...

—Eso pertenece a los federales —indicó el teniente Caddy.

Su cuñado siguió hablando, parecía tener prisa por soltarlo todo para salir de allí.

—Han financiado todo tipo de operaciones a gran escala en el extranjero: derrocamientos de presidentes de países latinoamericanos, compra de armas, además de pagar sueldos colosales a personas influyentes.

—Interesante —coincidió Frank mientras anotaba los datos.

—Te dije que esto apuntaba a algo muy gordo —añadió el teniente.

—Hay algo que me ha resultado muy inquietante —continuó Henry—.

Una parte de la empresa del director jubilado se dedica a financiar ensayos clínicos.

Lo más extraño es que tiene el sello de alto secreto, y es más inaccesible incluso que las partidas dedicadas a sufragar golpes de Estado en otros países.

Los tres hombres guardaron silencio unos segundos.

—¿Hay alguna manera de averiguar de qué se trata? —preguntó Frank.

El otro negó con la cabeza.

—Imposible, ese es terreno minado. Tan solo he podido atisbar la punta del iceberg, lo que hay debajo lo desconozco, pero tengo la impresión de que es algo muy feo.

—Esa intuición la tenemos todos —remató Frank.

Henry asintió mientras hojeaba su libreta.

—Está claro que alrededor de la señora Miller se ha formado un conglomerado financiero internacional en paraísos fiscales, con la finalidad de esconder el dinero proveniente de negocios ilegales.

La mayoría de las empresas que he podido revisar pagan puntualmente sus impuestos y, en apariencia, todas sus actividades son legales.

—Hizo una pausa frunciendo la frente—. He encontrado algo que no cuadra; la empresa principal BestBeef yo no existo para vosotros dos, no nos hemos visto nunca, no tratéis de poneros en contacto conmigo de ninguna forma; por mi seguridad y la de mi familia.

—Les dedicó un rápido vistazo antes de continuar—. ¿Entendido?

Los detectives afirmaron con un movimiento de cabeza.

Todos salieron del despacho, el teniente y su cuñado rumbo a la calle, Frank y su compañero volvieron a sus escritorios, tratando de encajar las piezas del puzle que les acababan de volcar sobre la mesa.

—Tiene que haber otro negocio dentro de la empresa que genere esa cantidad —dijo Corsini abstraído.

—Drogas —añadió Frank—. No puede ser de otra manera...

El sonido del teléfono los interrumpió. Frank descolgó al segundo tono.

—Detective Bernstein al habla... —De inmediato, le tendió el auricular a Corsini—. Catherine Logan... —susurró tapando el teléfono con la mano.

Corsini bajó los pies de la mesa, estiró el brazo por encima de los papeles y lo cogió.

—Detective Corsini... Ah, sí, Catherine, claro que me acuerdo, dime.

—Se mantuvo unos segundos atento a lo que le decía.

Se levantó—. Está bien, gracias, Catherine, te debo una.

Voy para allá. —Colgó y cogió su chaqueta.

Mientras se la ponía, habló a Frank—: Me voy a Trenton, el tipo que visita a la señora Miller acaba de llegar.

—¿A estas horas?

—Eso parece. Vamos a ponerle cara.

—¿Te acompaño?

Negó con la cabeza.

—Tal y como estará el tráfico voy a saltarme todos los límites de velocidad, y estoy seguro de que no me lo permitirías.

Frank sonrió.

—Está bien, pero ten cuidado —advirtió a sabiendas de que para Carlo cualquier excusa era buena para hundir el pie en el acelerador—. Me iré a casa en un rato. Llámame si hay novedades.

Corsini se llevó la mano a la frente y saludó como un soldado.