Un hombre de honor IX #4
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IX #4

Ella lo apartó divertida, riendo y rodeándole el cuerpo con la pierna como si lo amarrase. Le sostuvo la mirada durante un rato antes de hablar.

—Traté de hacer alguna pregunta al respecto de esa empresa, y nadie parece saber nada.

—Se incorporó un poco—. Es más, creo que alguno esquivó el tema como si le hubiera nombrado al diablo.

Uno de los ayudantes del socio que lleva sus asuntos me dio a entender que no debo hacer preguntas sobre esa empresa... —calló unos instantes—, por mi bien.

—¿Eso te dijo? Suena a amenaza... —afirmó Corsini, para luego añadir como una broma inocente—: Podría ser causa de una investigación policial.

—No es mal tipo, está un poco enamorado de mí desde hace tiempo, me tiene mucho aprecio y sé que me cuida. Pero me lo dijo en serio.

—¿Hay alguna forma de averiguar quién está detrás de esa conservera? —preguntó Corsini—. ¿Podrías conseguir los nombres de los accionistas?

Ella alzó los ojos con una sonrisa.

—Haré lo que me pides, pero antes dime una cosa: ¿hay algún asunto turbio sobre esa empresa que deba saber?

Carlo esbozó un gesto zalamero y le acarició la mejilla.

—Eso es secreto de sumario, señorita Sullivan. —Ante su silencio, Corsini decidió dar un paso más—. Estoy investigando un caso delicado, y el nombre de esa empresa aparece en el centro de la trama.

Ella torció la cabeza y la apoyó de nuevo en el pecho de Corsini.

—Intentaré echar un vistazo a los archivos y consultar la escritura de constitución. ¿Te valdría?

—Cualquier información que me des me sería muy útil —dijo en un estado de euforia contenida por lo fácil que le había resultado.

Maddy posó de nuevo la cabeza sobre el pecho de Corsini e insistió:

—Cuéntame cosas de tu trabajo. ¿Cómo es estar constantemente rodeado de criminales?

—Bien está si acaban en la cárcel —Corsini rio—, aunque en ocasiones puede resultar desagradable.

Te pasas semanas y meses vigilando a un sospechoso, y cuando consigues detenerlo, el fiscal lo deja en libertad alegando que no hay suficientes pruebas incriminatorias.

En otras ocasiones, permaneces horas con el culo pegado al asiento escribiendo un informe que nadie leerá.

Pero la adrenalina se dispara cuando suena el teléfono y te llaman por un homicidio a dos calles de la comisaría o por un robo a mano armada en una tienda del barrio.

El problema es que esa adrenalina puede llegar a matarte más rápido que una bala.

Mientras hablaba, Corsini no dejaba de acariciar la piel de Maddy.

Ella acercó sus labios al pecho de Carlo y empezó a lamerle la piel. Alzó los ojos hacia él, esbozó una sonrisa salaz y le habló con voz lenta y suavemente, como si deslizase las palabras primero por la lengua y luego por su pecho.

—Me gustas tanto, Carlo...

Corsini la atrajo hacia sí y volvieron a olvidarse de empresas, bufetes, criminales y abogados.

El Hudson parecía una lámina de plomo bajo el atardecer. Las grúas de los muelles de Hoboken se recortaban como esqueletos en el horizonte y en el aire flotaba un olor a salitre, gasoil y madera húmeda.

Corsini llevaba casi una hora apoyado en el capó de su coche cuando apareció un Ford Mustang.

Arrojó el cigarrillo al suelo y se irguió mientras el coche se acercaba ralentizando la velocidad hasta detenerse a su lado y bajar la ventanilla.

Se inclinó hacia el conductor, como siempre con sombrero y gafas oscuras que pretendían cubrir su rostro.

—Llega tarde —le dijo Corsini.

El otro le habló en tono displicente.

—¿Qué tienes?

—Me pidió información sobre Bernstein. Lo que he conseguido le va a interesar mucho.

El conductor le observaba impertérrito.

—Podría hacerle mucho daño —insistió Corsini—, personal y profesionalmente.

—¿Me vas a decir de qué se trata o vamos a estar aquí parloteando hasta medianoche?

—Fue hace seis años, en una operación de narcóticos.

Bernstein no era jefe, era uno más, pero siempre ha sido ambicioso.

—Hablaba con el brazo apoyado en la puerta del coche, un poco inclinado hacia el interior—.

Bern­stein y su compañero se hicieron con una bolsa en la que había más de un millón de dólares, la cantidad destinada al pago de la droga.

El tipo que tenía que llevar el dinero murió; también el que tenía que recibirlo.

Los cabecillas de la organización fueron detenidos.

Nadie supo dónde estaba el dinero, nadie salvo Bernstein...

—¿Y su compañero? Has dicho que eran dos.

Corsini se tomó su tiempo, se irguió para encenderse un cigarro, dio una larga calada y soltando el humo por la boca, con los ojos en el horizonte de Manhattan, continuó hablando.

—Murió en un desgraciado accidente.

—Así que el detective Bernstein se quedó con la pasta.

—Eso parece... Y no descartaría que fuera el responsable de la muerte de los que podían señalarle.

El conductor le observó desde su asiento, una mano sobre el volante, la otra pegada al regazo, seguramente cerca de una pistola, pensó Corsini.

—¿Y qué pruebas tienes?

—Con la sola filtración a la prensa de lo que estoy diciendo ya bastaría para meterle en graves problemas, pero estoy a punto de conseguir la prueba definitiva con la que podrá asestarle el golpe que lo aparte para siempre de su camino.

—¿Cuándo la tendré?

Corsini dio otra calada y retrocedió un paso, tomando distancia.

—Pronto. —Tiró el cigarro al suelo—. Me pondré en contacto en cuanto lo tenga. —Alzó la mano señalándole con el dedo—. Y ahí acabará todo entre usted y yo.

El conductor le dedicó un gesto de desprecio y puso en marcha el motor.

—Yo decidiré cuándo acaba todo —zanjó.

Aceleró y, mientras se alejaba, Corsini soltó el aire. Luego desvió los ojos en la dirección en la que sabía que Frank lo observaba, desde una distancia más que prudente y con la promesa de mantenerse al margen.

Frank y Carlo permanecían sentados en sus mesas confrontadas, los dos en mangas de camisa, cada uno con un café en la mano.

Era ya tarde y, a esa hora, no había nadie más que ellos en aquella parte de la comisaría.

Carlo aún sentía la adrenalina que le provocaban esos encuentros con el conductor del Mustang.

Habían seguido el guion que el propio Frank trazó cuando Corsini le contó que aquel tipo al que se referían como el señor X le tenía en el punto de mira: el del Mustang le había insinuado que, si le conseguía alguna información capaz de perjudicar al detective Frank Bernstein, le pagaría veinte mil dólares.

Frank había decidido ponerle el cebo para crearle expectativas y, de ese modo, ganar tiempo y mantener activo el enlace.

Corsini era consciente de que se estaba jugando no solo su pellejo, sino la posibilidad de que su hermano acabase en Vietnam.

Demasiados frentes abiertos.

—¿Crees que esa Maddy será capaz de conseguir una copia de la escritura de constitución de BestBeef & Company? —preguntó Frank.

—Démosle tiempo, cuando se empeña en una cosa, no hay quien la detenga.

—Esa chica es una mina de oro —le dijo con una media sonrisa—. No deberías dejarla escapar.

Corsini sonrió a su vez, más relajado.

—Demasiado apasionada. Es insaciable, no calla, siempre tiene planes... No, demasiado controladora para mí.

—¿Ya estás pensando en dejarla?

—No hará falta. Maddy no busca una relación estable. Y si lo hiciera, te aseguro que no sería con un tipo como yo.

Frank alzó los ojos hacia él, sonrió y asintió.

—Deberías sentar la cabeza.

—Eso dice mi madre. —Se volvió hacia él con una media sonrisa—. ¿Y tú, cómo vas con esa niña rica?

—Nicole es mucho más que una niña rica. —En su rostro se dibujó una leve sonrisa—. Es una mujer increíble.

—Suena bonito... —Le dedicó un gesto amable—. Espero que te salga bien, Frank, eres un buen tipo, te lo mereces...

Le interrumpió la voz del teniente, acompañado de un hombre de unos cuarenta años, bien plantado, alto, moreno, con el pelo peinado hacia atrás, traje oscuro y camisa blanca.

Ambos se acercaron a las mesas de los detectives. El teniente hizo las presentaciones.

—Es mi cuñado, Henry Smith. —Señaló a los agentes—. Detectives Bernstein y Corsini.

Después de saludarse de manera cordial, el teniente les indicó que los siguieran hasta su despacho. A puerta cerrada, Caddy se sentó tras el escritorio y los otros tres se distribuyeron alrededor.

—Henry nos ha traído noticias. —Los observaba con aire intrigante.

—Esto se pone interesante —afirmó Corsini arqueando una ceja.

Los tres hombres centraron toda su atención en Henry Smith, que había tomado asiento en uno de los confidentes.

—Ya sabéis que BestBeef & Company tiene como administradora única a la señora Miller, quien otorgó un poder ilimitado a uno de los abogados de Langford Chasse & Moore LLP, para hacer y deshacer toda clase de operaciones.

Resulta evidente que la señora Miller es una mera figurante en todo este embrollo.

La compañía opera a través de un único banco, el First National City Bank.

Por ahí se pagan de forma rigurosa sus impuestos y tributos.

Los beneficios se ingresan en la cuenta corporativa.

—Henry portaba un bloc de notas en la mano al que de vez en cuando echaba una ojeada—.

Cada mes se hace una transferencia de setecientos veintiocho dólares a la cuenta de la residencia en la que vive la señora Miller.

El resto de los beneficios ingresados en la cuenta corporativa no se reparten como dividendos oficiales.

Se pagan grandes cantidades al bufete, a empresas, consultoras, proveedores, por lo que he podido comprobar la mayoría fantasmas, es decir, sin contenido, sin negocio...

Creadas solo para recibir el dinero que acaba en manos de los verdaderos dueños.

—¿Por casualidad hay algún Donatti? —preguntó Frank.