IX #3
—Solo hablar con usted, Mary, entender lo que está pasando.
—Hablaba rápido, con el temor de que le cerrase la puerta en las narices—.
La madrugada en la que ocurrió todo declaré ante la policía que había visto a otro hombre disparar por la espalda al senador.
No me han llamado a declarar... Es todo muy extraño.
Mary Sirhan desvió la mirada y farfulló algo en su lengua materna. De repente se volvió hacia ella, era algo más baja que Nicole y tenía que alzar la barbilla.
—No quiero hablar del tema. Mi hijo ya está condenado, todos los periódicos le han condenado, el mundo le ha condenado... Ya no podemos hacer nada.
Intentó cerrar la puerta, pero Nicole se lo impidió con la mano.
—Señora Sirhan, se lo ruego, estoy tratando de atar cabos, por favor, no le robaré mucho tiempo.
Tras otro largo y reflexivo silencio, la mujer abrió la puerta y la dejó entrar. Nicole lo hizo despacio, como si temiera poner los pies en aquella casa.
Mary Sirhan era menuda, delgada, con el pelo recogido en un moño bajo y la apariencia de una anciana prematura.
La llevó a una sala no muy amplia, con un ventanal por el que se filtraba la luz del atardecer. Una mujer de unos treinta años estaba sentada en uno de los sillones. Pelo negro corto, piel morena, ojos oscuros. Fumaba un cigarrillo. Al entrar Nicole la observó con recelo.
—Es mi hija —dijo la madre.
—¿Es usted periodista? —preguntó, reacia, con un acento menos cerrado que su madre.
—Sí, pero no estoy aquí como periodista.
—No deberías hablar, mamá, luego lo tergiversan todo.
—Nada de lo que hablemos aquí saldrá en ningún periódico. Le doy mi palabra.
Mary Sirhan suspiró y le habló a su hija.
—Es la única que me ha dicho algo distinto sobre tu hermano, y quiero escucharla. —Se dirigió a Nicole—. ¿Quiere un café?
Ella sonrió y aceptó el ofrecimiento. Se sentó, en un silencio incómodo. Mientras Mary estaba en la cocina preparando las tazas, Nicole le contó a la hija quién era y lo que había presenciado la noche del atentado.
—Mi hermano era incapaz de matar una mosca, pero hace un par de años empezó a obsesionarse con el ocultismo y cosas extrañas sobre control mental y qué sé yo... —Hablaba despacio, buscando las palabras—. Se juntó con gente que no nos gustaba.
La señora Sirhan sirvió tres cafés y se sentó entre ambas.
—Quería ser jinete profesional —intervino Mary con la taza humeante entre las manos, en su rostro reflejada la resignación—, y era bueno, podría haberlo sido.
Trabajó un tiempo en el hipódromo de Santa Anita, y luego en un rancho, en Corona, pero tuvo varias caídas, una de ellas grave...
—Negó con la cabeza y hundió los ojos en el fondo de la taza—.
Tuvo que dejar la hípica. Desde entonces ya no fue el mismo, encontró un buen trabajo en un almacén de comida, pero le echaron por discutir con el jefe; desaparecía de casa durante un tiempo, nunca supe dónde estaba.
Cuando regresaba casi no hablaba con nadie, se encerraba en su cuarto hasta que volvía a desaparecer.
Nunca fue un chico muy hablador, pero últimamente... No sé..., le costaba comunicarse.
—Fue en ese tiempo cuando conoció a ese tipo, Thomas Clayton —añadió la hija—. Él le metió todas esas ideas raras en la cabeza, esa fascinación por los Rosacruces y las logias. Le convenció de que, si deseaba algo, tenía que escribirlo repetidamente, una y otra vez...
La madre la interrumpió molesta.
—Thomas le advirtió... —Calló de pronto, pensativa.
—Tengo entendido que en el cuaderno que se encontró en el registro policial había escrito muchas veces «Kennedy debe morir», incluso que debía ser asesinado antes del 5 de junio.
—Mi hijo no escribió esas cosas —replicó la señora Sirhan—, al menos no lo hizo en su sano juicio...
Estaba metido en algo... Cuando pasó todo aquello, busqué entre sus cosas...
Encontré una carta que le había escrito ese Clayton.
—Hizo una pausa, para luego continuar—: En esa carta le pedía que se alejase de esos experimentos.
—¿Qué experimentos? —preguntó Nicole.
—No lo sé..., pero le insistía para que se alejase de aquello antes de que sucediera una tragedia.
—¿Podría hablar con ese Thomas Clayton?
—No sé su dirección, el sobre venía sin remite —aclaró la señora Sirhan—. Tal vez tenga teléfono. No lo sé...
Se despidió de la madre y de la hija.
En cuanto vio una cabina de teléfono, bajó del coche y buscó en la guía los Clayton de la zona, había pocos, y solo un Thomas. Marcó el número.
—Clayton al habla.
—Señor Clayton, soy Nicole Donaldson, la señora Sirhan me ha hablado de usted.
—No debería haberlo hecho.
—Solo quería preguntarle por su amistad con Sirhan.
—No éramos precisamente amigos —matizó el hombre, en un tono incómodo.
—Usted le conoció bien antes del tiroteo.
—¿Es usted periodista? No hablo con periodistas...
—No, no, señor Clayton, no le llamo como periodista.
Nicole le contó de forma acelerada su experiencia durante el tiroteo a Kennedy.
—Trato de entender por qué se está juzgando a Sirhan y no se ha hecho nada para detener al verdadero asesino del senador.
—¿Y qué más da quién lo hiciera? Kennedy está muerto, y Sirhan morirá en la cámara de gas, eso es lo único que tiene que entender.
Nicole insistió, atenta a la reacción al otro lado del teléfono.
—Usted le escribió una carta a Sirhan pidiéndole que se alejase de los experimentos, ¿qué tipo de experimentos, señor Clayton?
—Traté de avisarle... —musitó apesadumbrado—. Sabe Dios que lo intenté...
—¿Dígame en qué estaba metido? —reiteró, ávida.
La línea enmudeció unos instantes. Nicole contuvo la respiración temiendo que colgara.
—Déjeme que le dé un consejo, señorita Donaldson, porque por su voz parece usted muy joven: este asunto no le conviene, aléjese de él o le aseguro que se arrepentirá.
Cuando colgó, Nicole se quedó confusa. Todo aquello le parecía absurdo.
Se le pasó por la cabeza lo que pensarían de ella Becker o Sanders si se presentase ante ellos con la teoría de que Sirhan había formado parte de un experimento para obligarlo a disparar contra el senador Kennedy.
Entonces sí que la tratarían por loca, y con razón.
Sintió que estaba perdiendo el tiempo.
Cualquiera que hubiese visto juntos a Carlo Corsini y Maddy Sullivan habría pensado que hacían una preciosa pareja.
La chica tenía veinticinco años, una abundante melena rubia, ojos azules, piel clara y labios carnosos; no demasiado alta, era de esas mujeres atractivas a primera vista; simpática, diligente y muy ambiciosa.
Hija única, su padre, de origen irlandés, era un reputado banquero en Washington D.
C. y su madre se movía en las altas esferas de la ciudad liderando diversos actos sociales y de beneficencia.
Maddy se había graduado en Wellesley College y cursado la especialidad en Derecho en Fordham con excelentes calificaciones.
No le gustaba Washington y se instaló en Nueva York; en realidad, buscaba alejarse de su madre, obsesionada con casarla cuanto antes con un buen partido, algo que a ella no le parecía mal con vistas al futuro, aunque tenía muy claro que, antes de llegar a comprometerse y formar una familia, quería disfrutar de la vida.
El trabajo en el bufete de Langford Chasse las prisas, las carreras por los pasillos, las reuniones en las que los jefes se ponen serios, y exponen el caso mientras los demás atendemos sin perder ni una coma.
—Se paró, levantó la cabeza del pecho de su amante y le sonrió.
Le dio un dulce beso y volvió a su posición—. Todo es tan fascinante...
Tal y como había percibido Corsini cuando la conoció, Maddy era una mujer vibrante, locuaz, impulsiva y risueña; le encantaba ser escuchada, y Corsini tenía el don de saber escuchar y hacer que cualquiera se sintiera cómodo a su lado.
Llevaban saliendo varias semanas. Aquella noche, él la había llevado a cenar a la pizzería Lombardi’s, en Spring, y después de invitarla a una copa en el Brooklyn Inn, en la esquina de Hoyt con Bergen, la pareja acabó en el coqueto apartamento que ocupaba Maddy en el 70 de la calle Willow.
Habían hecho el amor dos veces y, exhaustos y satisfechos, permanecían acostados sobre la cama, desnudos y abrazados.
Corsini jugueteaba con la melena de Maddy, enroscando mechones entre sus dedos con una mano; la otra la tenía bajo la nuca.
—No me gustaría ser policía —dijo ella—, siempre en la calle, persiguiendo a ladrones y delincuentes, debe de ser agotador.
—Es mejor defenderlos en despachos impolutos —agregó Corsini sin ocultar cierta sorna.
—En el bufete no entran casos de rateros y violadores, todos el que pisa sus alfombras es de alta gama.
—Solo para ricos, entonces.
—Ricos, gente influyente, banqueros, grandes empresarios, políticos. No siempre son delincuentes; gestionamos el patrimonio de familias adineradas, herencias, testamentos, divorcios, competencia desleal, constitución de sociedades y grandes compañías... Muchas cosas.
—Suena interesante —mintió Corsini. Tenía que entrarle por esta última vía, pero con mucha prudencia, aunque ya le había tanteado sobre el tema—.
¿Has podido averiguar algo más sobre BestBeef & Company?
—Esa era la empresa pantalla con un consejo de administración inverosímil que exportaba las conservas de carne a las tropas estadounidenses de Vietnam.
—Voy a empezar a pensar que estás conmigo para sacarme información —le espetó ella con sorna.
Corsini le sonrió tratando de controlar la situación.
—Es una de las razones —le dijo sin ambages—, aunque reconozco que hay motivos mucho más poderosos —empezó a besarla—, más... excitantes.