IX #2
—Los testigos que estos días van a declarar en el juicio afirman que Sirhan interpeló, apuntó y disparó contra el senador.
Eso es lo único que vamos a oír en la sala.
Todos los testimonios que contradicen esa versión se han descartado, atribuyéndolos al caos y la confusión del momento, incluso al afán de protagonismo de algunos.
—Inclinó la cabeza, pensativo—. Sirhan ya está condenado, y el único objetivo es evitarle la pena de muerte.
—Pero los abogados deberían utilizar todas las pruebas a su alcance...
—Verá, señorita Donaldson, los abogados tenemos nuestros propios intereses, igual que los periodistas.
—Se interrumpió con los ojos fijos en Nicole, valorando hasta dónde llegar.
Prosiguió—: ¿Sabe quién es Micky Cohen? —Ella asintió—.
Russell Parsons, uno de los miembros del equipo de defensa de Sirhan, es consejero de ese mafioso y de su banda.
Otro de los letrados, Grand Cooper, representa a otro mafioso, Johnny Roselli, y por lo que he sabido, el señor Cooper tiene abierta una investigación federal por mala praxis.
Ese es el cartel. Por lo que estoy comprobando en su forma de proceder, con las evidencias que yo he visto y que se han ocultado, al menos hasta ahora, lo que realmente pretenden es que no se hable de la teoría de un segundo tirador, y desestiman esa posibilidad incluso a sabiendas de que podría ser ventajosa para su cliente.
Nicole se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento.
—¿Cree que hubo un segundo tirador? —preguntó con voz ahogada.
—Fueron varios los testigos que así lo manifestaron, igual que hasta veintitrés personas manifestaron haber visto a una chica caucásica con un vestido de lunares acompañada de un hombre de aspecto chicano con una camisa amarilla; y tres de esos testigos oyeron decir a la mujer «Le hemos disparado, lo hemos hecho, hemos disparado a Kennedy».
De nuevo un intenso silencio tan lleno de matices que Nicole sintió que estaban solos en el mundo, ella y aquel hombre con quien podía compartir su versión. Tragó saliva y apretó los labios, tratando de buscar el modo de afrontar aquello.
—Señor Buckley, yo estuve allí... Yo estaba apenas un par de metros detrás de Bobby Kennedy en el momento en el que recibió los disparos... —Hablaba pausada, apenas sin parpadear, mirando a los ojos a su interlocutor, dispuesta a relatarle todo lo que había vivido aquella nefasta noche.
Él la escuchó con atención; cuando terminó de hablar, arrugó el ceño, tan sorprendido como extrañado.
—¿Prestó declaración en la policía?
—Esa misma noche, al filo de las cuatro de la mañana, con todos los demás testigos.
Buckley cogió un expediente que tenía a un lado de la mesa, una carpeta de color sepia rebosante de documentación. Lo abrió y habló mientras buscaba entre los folios.
—¿Utilizó su nombre, Nicole Donaldson?
—Claro...
Continuó buscando, sacó una relación de nombres, la revisó.
—¿Está segura de que testificó ante la policía y de que firmó su declaración?
—Por supuesto que sí —replicó, confusa por aquellas preguntas. Frunció el entrecejo, pensativa—. El policía que me interrogó dijo que cada uno contábamos una versión distinta, incluso se burló de mi testimonio.
—¿Sabe el nombre del policía, recuerda su placa?
Nicole negó, concentrada en sus recuerdos de aquella madrugada.
—No, no pensé que fuera necesario...
—Pues parece que su testimonio se ha evaporado, no existe.
—No puede ser...
El abogado escudriñó de nuevo entre el rimero de papeles que tenía delante; cuando encontró lo que buscaba, continuó hablando.
—Aquí está... —dijo sin despegar los ojos del papel—.
Sandra Serrano colaboraba en la campaña del senador Kennedy; según sus primeras declaraciones, recogidas y emitidas a todo el país por una cámara de televisión, tras escuchar a Bobby Kennedy en el salón Embassy, contenta por el triunfo, salió a tomar el fresco a la escalera de incendios.
Cuando estaba sentada en los escalones vio salir corriendo a esa extraña pareja que usted me acaba de describir, tuvo que apartarse para que pasaran, y oyó cómo la chica decía lo mismo que oyó usted.
—Miró el papel y leyó—: «Le hemos disparado, le hemos disparado».
La señorita Serrano en ese momento era ajena a todo lo que había ocurrido en el interior de la cocina, y le preguntó, extrañada, pensando que era una broma, a quién habían disparado, y afirma que esa chica con el vestido de lunares le espetó: «Al senador».
—Vi la declaración de Serrano en la NBC... —afirmó Nicole —. Salió en todos los periódicos... La descripción que hizo de la pareja coincidía perfectamente con lo que yo recuerdo.
—Y no se ha vuelto a saber nada de ella —sentenció con una mueca de ironía—.
En los días siguientes —prosiguió consultando los papeles que tenía delante mientras hablaba—, Serrano fue presionada, amenazada y obligada a cambiar su declaración asegurando que se lo inventó todo tan solo por tener su minuto de gloria.
Nicole pensó en la certeza de aquella afirmación; estaba convencida de que aquella chica, junto con otros testigos, podría corroborar lo que ella había visto; en ese momento comprendió la realidad.
Era cierto: ni una sola noticia sobre Sandra Serrano desde la entrevista que le realizaron la misma noche del atentado.
Notaba la cabeza a punto de estallarle. Se fijó en el abogado, sentía que podía confiar en él.
—Hay algo más —dijo reflexiva—, tenía mi grabadora en marcha cuando se produjo el atentado. —Se detuvo un instante—. Se oyen trece disparos de dos pistolas diferentes.
—¿Le ha entregado a la policía esa cinta?
Ella negó.
—Me olvidé de ella hasta hace poco. Pretendo llevárselo al fiscal.
—No lo haga si no quiere perder esa grabación. O quédese con una copia, al menos, aunque de poco le va a servir. No le darán ninguna relevancia.
—¿Por qué no sale a la luz todo esto? —protestó con una mezcla de desconcierto e impotencia.
—Porque no interesa. Como no interesa que se sepa la verdad sobre el asesinato del presidente Kennedy, ni de Martin Luther King.
—¿Cree que hay una conspiración detrás de todos estos crímenes?
—Señorita Donaldson, es usted periodista... —Calló unos segundos con los ojos fijos en ella—. Su tarea es investigar, analizar y sacar a la luz lo que otros pretenden ocultar, si eso atañe al interés público. Haga su trabajo, o al menos, inténtelo.
Durante la primera sesión del juicio, Nicole se sentó junto a un periodista local, del Daily News de Los Ángeles, con el que había entablado una conversación.
Cuando la madre de Sirhan entró en la sala, todos se giraron hacia ella.
Nicole le preguntó a su compañero de asiento si tenía la dirección de la señora Sirhan y él asintió, la apuntó en un papel y se la tendió.
—No creo que te reciba —le había susurrado al oído mientras se colocaban en sus asientos los miembros del jurado—. La pobre mujer está abrumada, y no me extraña, todo esto debe de resultar inasumible para una madre.
—Lo intentaré, puedo ser muy persuasiva.
—Yo no fui capaz... —Le pasó una tarjeta con su nombre y un número de teléfono—. Si lo consigues, házmelo saber. No te quitaré la exclusiva —añadió guiñándole un ojo.
Esa misma tarde trató de ponerse en contacto con la señora Sirhan, pero la línea comunicaba sin parar. Alquiló un coche y, una vez finalizada la sesión del juicio, puso rumbo a Pasadena.
Mientras conducía, se preguntaba cómo una madre podía asumir el hecho de que su hijo hubiese sido acusado de matar a un Kennedy.
No pudo evitar pensar en la señora Sheridan y en cómo estaría encajando la bajada a los infiernos de su querido hijo Brooks, atado para siempre a una silla de ruedas, echado a perder un futuro tan brillante y prometedor.
No obstante, el panorama de la señora Sirhan era mucho peor, no solo por el delito en sí, sino por la extraordinaria repercusión que había supuesto, y que la exponía de forma descarnada a un mundo que, en muchas ocasiones, se muestra implacable y despiadado ante hechos semejantes.
Al cabo de una hora, llegó al 696 de la calle East Howard.
Aparcó al otro lado de la calle cuando el sol empezaba a descender por el horizonte.
Era un barrio tranquilo, modestamente acomodado y funcional.
Apenas había gente en la calle arbolada y durante un buen rato se mantuvo observando aquella casa de color amarillo, de una sola planta, con techo de línea baja, un porche frontal con unos escalones, un jardín discreto con algo de césped y algunos matorrales delante de la fachada.
Sin saber muy bien cómo abordar una situación tan delicada, se decidió a salir del coche y se dirigió al porche. Subió los dos escalones y se plantó en la entrada. No se oía nada en el interior. Llamó y esperó, atenta.
—¿Quién es? —se oyó al otro lado de la puerta de madera.
—Señora Sirhan —alzó la voz—, mi nombre es Nicole Donaldson, me gustaría hablar con usted sobre su hijo.
—Déjeme en paz.
—Mary, escúcheme, necesito hablar de Sirhan. Yo estaba allí esa noche, lo vi todo, su hijo no mató al senador Kennedy... Al menos, no lo hizo solo —añadió.
Hubo un silencio. Nicole permaneció atenta. Cuando estaba a punto de insistir, la puerta se entreabrió una rendija, y una mujer se asomó con una actitud remisa.
—¿Por qué dice eso? Todo el mundo vio a mi hijo disparar en esa maldita cocina.
—Lo sé... Su hijo hirió a cinco personas, pero no mató al senador, no pudo hacerlo porque estaba frente a él y el disparo mortal impactó por detrás... —Le dio tiempo para asimilarlo—. Y yo vi cómo otro hombre disparaba a quemarropa a Robert Kennedy por la espalda.
En los ojos claros y acuosos de aquella mujer se reflejaba, además de una profunda pena, un cansancio insoportable.
—¿Qué quiere de mí?