Un hombre de honor IX
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IX

Después de la conversación mantenida entre padre e hija, el señor Donaldson se enfrascó en sus negocios y pareció olvidarse de la confesión que ella le había hecho sobre la existencia de Frank en su vida.

Ella lo interpretó como la necesidad de tiempo que le había pedido para procesarlo, debía tener paciencia.

Entre tanto Nicole se entregaba a los brazos de Frank ya sin culpa. La pareja se veía casi a diario, quedaban para cenar, iban al cine o al teatro, se pasaban horas en el apartamento de Frank charlando, haciendo el amor, disfrutando el uno del otro.

A principios de febrero, Nicole viajó a Los Ángeles como enviada especial encargada de cubrir el desarrollo del proceso judicial.

La apertura del juicio había sido en enero, con la conformación del jurado, compuesto por siete hombres y cinco mujeres, todos blancos y de clase media; hubo algunas críticas que apelaban a la Sexta Enmienda por la falta de representación proporcional de negros y latinos, teniendo en cuenta la población del condado de Los Ángeles.

En esas fechas también se presentó la relación de testigos, y para decepción de Nicole, su nombre no aparecía ni en la lista de la defensa ni en la del fiscal.

Era obvio que nadie había tenido en cuenta su declaración ante la Policía de Los Ángeles.

Había vuelto a llamar por enésima vez al despacho del abogado de la defensa, pero la secretaria volvió a insistir en que se pondrían en contacto con ella en caso de necesitarla.

Nicole no entendía aquello de «en caso de necesitarla», trataba de explicarle que su testimonio podría ser ventajoso para su cliente, pero la secretaria era un témpano y se limitaba a repetir: «No se preocupe, señorita...

Si la necesitan, se pondrán en contacto con usted».

La impotencia que sentía era demoledora, y solo podía compartirla con Frank, el único que no iba a tratarla como una loca, y esperar a que esa necesidad por fin surgiera para el equipo de defensa del único acusado.

Otro tanto le había ocurrido con el fiscal.

El día anterior a su viaje, Nicole leyó la noticia de que Sirhan había intentado cambiar su declaración de «no culpabilidad», que había mantenido desde las primeras horas después del atentado, por un acuerdo de culpabilidad que el juez Walker había rechazado.

—No va a privar a la opinión pública norteamericana de un juicio justo —había comentado Becker con el teletipo en la mano.

—Sabes muy bien que no será un juicio justo mientras permanezca libre el segundo hombre que disparó —le había replicado Nicole, arisca y desafiante.

Harold Becker había reparado en ella durante un par de segundos, luego volvió a bajar los ojos al papel que tenía en la mano.

Aquella mañana se iniciaban las sesiones en las que tanto la defensa como la fiscalía pondrían de manifiesto sus argumentos, y comenzaría el desfile de los testigos por el estrado.

Nicole se instaló en un pequeño hotel cercano al edificio del Tribunal Superior del condado donde se desarrollaba el juicio, nada que ver con el Ambassador.

Harold Becker le había conseguido una acreditación que le permitía asistir a todas las sesiones como corresponsal del Times .

Sin embargo, le había advertido en varias ocasiones de forma insistente, incluso impertinente, de que se ciñera a informar sobre las sesiones del juicio.

—Tú sabes a lo que me refiero, Nicole.

Ella lo había fulminado con los ojos.

—Claro que lo sé, Becker —seguía manteniendo la distancia que se había abierto entre ellos el verano previo—, los dos lo sabemos. Solo tú conoces las razones que te llevan a ocultar la verdad de lo que pasó.

Becker se había acercado a ella y le conminó con voz grave.

—Como te salgas un milímetro del guion que llevas, te vuelves a Nueva York de inmediato.

—Tal vez en otra redacción me hagan caso y me ayuden a mostrar la verdad al mundo —replicó ella desafiante—. Es lo que debemos hacer los periodistas: contar la verdad.

—Ni lo intentes, o me encargaré de que no puedas trabajar ni siquiera en un periódico escolar de este país. ¿Me has entendido?

Ella había afirmado con un leve movimiento de cabeza, en silencio, consciente de que todo lo que hiciese en Los Ángeles lo tendría que gestionar por su cuenta.

—Además, la verdad siempre es relativa —añadió Becker en tono amigable, tratando de relajar un poco la tensión que se había creado entre ellos—. Aprende eso de una puta vez.

El equipo de defensa de Sirhan pretendía demostrar que el chico tenía problemas psiquiátricos y señalar la falta de premeditación, con la idea no de evitarle una condena, que se daba por segura, sino la pena de muerte.

Cuando Nicole vio a Sirhan en persona le impresionó profundamente; recordó la noche del tiroteo, el instante en el que se lo llevaba la policía, aquel rostro inexpresivo a pesar del caos que le rodeaba.

Distaba mucho de su imagen en la entrada del juzgado, flanqueado por sus abogados (uno de ellos lo llevaba cogido del brazo), vestido con traje oscuro, corbata negra y camisa blanca.

Evitaba cualquier contacto visual, girando la cabeza para ocultar su rostro a los ojos de cámaras y curiosos que lo observaban como un animal de feria.

El abogado de oficio, Richard Buckley, asignado en la fase inicial a la defensa, había sido sustituido por un equipo de abogados compuesto por Grant Cooper y Russell F.

Parsons. Esa misma tarde, después de asistir a su primera sesión del juicio, Nicole se presentó en el despacho de Buckley situado en la oficina del defensor público del condado, en el mismo edificio del tribunal.

El despacho era pequeño, repleto de expedientes en carpetas de cartón de distintos colores que acumulaban en su interior montones de folios.

Olía a tabaco de pipa mezclado con un fuerte aroma a Old Spice.

Buckley rondaba los cincuenta años, tenía el pelo canoso y peinado hacia atrás, con grandes entradas, y la escrutaba con sus ojos claros y pequeños.

Al principio, la recibió con bastantes reticencias, el ceño arrugado y algo desabrido; sin embargo, a medida que hablaban, fue relajándose y sacó su lado más humano.

Nicole fue consciente de la abrumadora persecución mediática que había tenido que soportar en las semanas siguientes al atentado y hasta que dejó de ser noticia.

Sentado al otro lado del viejo escritorio, su voz era ronca y pausada.

—No sé en qué podría ayudarla, señorita Donaldson, en su momento atendí a muchos compañeros suyos, incluso a algún intruso que se hizo pasar por periodista...

Ya sabe que hay gente chalada que busca el morbo en estas cosas.

—Nicole le escuchaba con atención. El hombre continuó con gesto pensativo—: El caso de Sirhan Bishara Sirhan me fue asignado de oficio la noche de su detención, hice lo que debía hacer en casos como ese.

Al poco tiempo me lo quitaron y se hizo cargo el bufete de ese Cooper.

Resultaba evidente el desprecio. Nicole analizó su rostro.

—¿Por qué cree que Sirhan lo hizo?

—No estoy muy seguro... La primera vez que estuve con él apenas habían pasado un par de horas desde su detención.

En un principio se negó a colaborar, tenía una actitud reservada y evasiva, aparentemente confuso tanto en lo que se refería al motivo como al alcance de sus acciones.

No expresó un arrepentimiento claro ni explicó sus intenciones.

Después reconoció que había estado en la cocina del Ambassador y que había disparado al senador Kennedy sin detallar las razones que lo llevaron a actuar así.

Me pareció que quería dar a entender que fue un acto impulsivo, no premeditado, aunque en las primeras declaraciones se contradijo a menudo.

—¿Cree que Sirhan padece algún trastorno mental? Eso es lo que defienden sus abogados...

—Bien de la cabeza no está. Tan pronto estaba nervioso como se calmaba sin más, a veces violento y a continuación tan dócil como un cordero, por eso solicitamos un informe psiquiátrico.

—Hizo una pequeña pausa, pescando en sus recuerdos—.

Estaba ido... —hablaba con un tono muy bajo, como si lo hiciera para sí mismo; alzó la mano y la agitó delante de su rostro—, tenía la mirada vacía, las pupilas dilatadas.

—Tal vez estaba drogado.

—Él dijo que no había tomado ningún narcótico, tampoco alcohol. La policía entendió que no había signos visibles de que estuviera bajo los efectos de alguna sustancia.

—¿Y usted? —preguntó Nicole—. ¿Qué piensa usted?

El abogado lo meditó durante un buen rato, los ojos perdidos en su pensamiento y los labios fruncidos, reflexivo.

—Si le digo la verdad, creo que estaba sometido a una presión...

Es algo que indicó uno de los psiquiatras que le evaluaron, apuntando a la posibilidad de que, por los síntomas y su actitud, podría haber estado actuando bajo hipnosis...

—La observó como para asegurarse de su reacción—.

Yo estuve con él en las horas siguientes al atentado y diría que ese psiquiatra dio en el clavo; tenía todos los síntomas de un hipnotizado, frío, ausente, con un extraño desapego de la realidad, parpadeo lento y esa mirada...

una mirada vacía... —Dio un largo suspiro—.

Repetía una y otra vez que no recordaba nada, que no recordaba haber disparado, aunque admitía haberlo hecho...

No sé cómo explicarle, era algo totalmente antinatural.

Nicole anotó en su libreta cada detalle de su relato. Aún no le había hablado de lo que ella había presenciado, esperaba el momento adecuado para hacerlo, pero antes tenía que saber más.

—Dígame una cosa, señor Buckley, ¿qué piensa de la línea de defensa que están llevando los abogados de Sirhan?

Buckley le dedicó una mueca irónica. Se removió, apoyó los brazos en su escritorio y echó el cuerpo ligeramente hacia delante entrelazando los dedos.

—¿Quiere que le diga la verdad?

—Por favor... —respondió Nicole.