Un hombre de honor VIII #3
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VIII #3

Frank la observó antes de preguntar:

—¿Cómo se lo ha tomado?

—Necesita tiempo, pero ya no tendré que esconderme. —Se fue hacia él y le abrazó de nuevo—. Lo siento por Brooks. Está destrozado.

—Saldrá adelante, Nicole, no lo dudes. —Le hizo una seña hacia los platos—. Los huevos fríos no están buenos.

Se sentaron a la mesa y Nicole le contó la conversación con su padre, su reacción, así como la de su madre.

—A principios de febrero iré a Los Ángeles. Becker me envía a cubrir el juicio de Sirhan Sirhan.

—Es lo que querías, ¿no?

—Me ha costado convencerlo. No entiendo el empeño en restar importancia a lo que vivimos aquella noche.

—Es extraño que ni la policía ni la defensa se hayan puesto en contacto contigo para testificar en el juicio.

—Y me temo que no lo van a hacer. Llamé al despacho del abogado de Sirhan en cuanto se hizo cargo del caso; su secretaria tomó nota de mis datos y me dijo que ya me avisarían.

He llamado varias veces, y la respuesta ha sido la misma: «Ya la llamarán si lo creen necesario».

Si lo creen necesario... Si les estoy diciendo que vi a otro hombre disparar al senador, ¿qué más quieren?

¿Qué clase de defensa van a proponer si ni siquiera comprueban mi testimonio?

—Tal vez no interesa que declares. La opción de un segundo tirador ni se ha planteado en la versión oficial.

—Becker me ha advertido que me ciña a informar sobre el juicio, nada más. No termino de asumir esta flagrante manipulación de la verdad.

—Tiene su lógica, si lo piensas un poco —dijo él después de tragar un bocado—.

A Oswald lo mataron y eso desató las teorías de la conspiración.

Necesitan un culpable a quien exhibir ante la opinión pública, todo con apariencia de justicia: un juicio, una sentencia y una condena a muerte.

Lo tienen muy fácil; está claro que Sirhan disparó, y pudo haber causado la muerte no solo de Kennedy, sino de otras cinco personas que resultaron heridas.

—Hablaba con gravedad—. No olvides que podría haberte matado a ti.

Estabas allí, en la línea de tiro. Ese chico no es un santo al que haya que salvar.

—Tienes razón en que es culpable de disparar, deberían juzgarlo por tratar de matar a Robert Kennedy, pero no de su muerte.

El verdadero asesino sigue en libertad. —Removió los huevos con el tenedor, cogió la taza de café y dio un sorbo—.

Quiero enseñarte algo. —Se levantó y fue hacia su bolso, del que sacó la grabadora.

Después volvió a sentarse a la mesa—. Me olvidé por completo de que tenía esta cinta.

Lo grabé todo desde el momento en el que Robert Kennedy dio su discurso hasta después del atentado.

El sonido no es muy bueno —Nicole apretó el botón y buscó el momento antes del tiroteo—, y no estoy segura de que sirva de algo...

Los dos mantuvieron la atención en el jaleo previo al tiroteo, hasta que se oyó el grito de Sirhan imprecando al senador: «¡Kennedy, hijo de puta!

». A continuación, se oyeron los disparos, uno, otro, otro...

, como petardos secos. Mientras se reproducían, Nicole observaba a Frank, absolutamente concentrado en la grabadora, en el caos posterior, los chillidos, el desconcierto reflejado en los sonidos atrapados en aquella casete.

Presionó para rebobinar y volvió a escuchar la secuencia.

—Son trece disparos, y de dos pistolas distintas —dijo él sin mover ni un solo músculo de la cara, abducido por los sonidos registrados.

Habló como si estuviera atando cabos—. El revólver de Sirhan era un Iverson del calibre 22 con ocho balas.

Entre los disparos tres y cuatro, y siete y ocho, no hay tiempo suficiente para que una única pistola dispare.

—Hablaba mientras rebobinaba y reiniciaba la grabación—.

Si te fijas, se oyen tiros casi a la vez desde puntos distintos.

—Cogió un lapicero y un trozo de papel—.

Escucha con atención —le alertó y reprodujo de nuevo el sonido registrado, conforme iba apuntando alguno de los disparos.

Lo apagó y señaló con el lápiz—. El tercero, el quinto, el octavo, el décimo y el duodécimo tienen una frecuencia anómala que indica que proceden de otra pistola.

—Si Sirhan disparó las ocho balas en unos cinco segundos que dura el tiroteo, y no pudo recargar... Es evidente que alguien más efectuó los otros cinco tiros.

Frank se quedó observándola un rato, se llevó las manos a la nuca, y meneó la cabeza.

—Deberías llevar esto a la fiscalía.

Ella negó con la cabeza, reflexiva.

—Lo haré cuando vaya a Los Ángeles. Quiero ver en persona al fiscal que lleva el caso —le confesó con una sonrisa intrigante.

Apagó la grabadora y sacó su libreta; la abrió y buscó en ella hasta llegar a una de las páginas escritas de arriba abajo.

—Además de con el sargento, conseguí hablar con uno de los camareros que estaban en la cocina, y me confirmó que vio a una chica con un vestido de lunares acompañando a un tipo mayor que ella, de aspecto chicano, y me dio el nombre de dos testigos que afirmaron lo mismo.

—Hizo una pausa para valorar las implicaciones de lo que estaba contando—.

Lo más sorprendente es que la Policía de Los Ángeles dijo que las declaraciones sobre esa chica fueron una fantasía de alguno de los testigos.

—Solo allí, sobre el terreno, tendrás oportunidad de obtener más información.

Y ese sería justo su siguiente paso.