Un hombre de honor VIII #2
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VIII #2

—Este comunicado ha sido lo más decente que ha hecho Brooks en mucho tiempo —añadió ella, señalando el periódico.

Su padre la observaba en silencio, apretó los labios y esbozó lo que parecía una sonrisa.

—Estaba convencido de que Brooks estaría a tu altura, de que era el hombre que merecías. —Abrió las manos como para mostrar una evidencia—. Me equivoqué, y lo siento.

Aquellas palabras la impactaron. Esbozó una sonrisa indulgente.

—No estoy acostumbrada a oírte hablar así.

—Ni yo a pedir disculpas. Me cuesta reconocer mis errores, los afronto y trato de corregirlos, pero reconocerlos... Siempre he creído que admitirlos era una debilidad.

—Pues a mí me pareces más fuerte ahora.

Él le dedicó un gesto de afecto.

—Tienes razón. Me rindo a la evidencia. —Le guiñó un ojo—. Creo que eres la única persona capaz de conseguir derribar los principios más arraigados de mi carácter.

Ella le sonrió, complacida por las palabras de su padre.

—Me encanta saberlo.

El padre sonrió rendido.

—Ahora eres una mujer sin compromiso... A ver qué sorpresa me traes.

Nicole se dijo que era el momento de mostrarle la realidad que hacía tiempo que existía.

—Ya tengo la sorpresa, papá. Se llama Frank.

Su padre alzó una ceja, atento a lo que le venía.

—¿Desde cuándo?

—Lo conocí la noche que detuvieron a Brooks en Harlem. Estuvimos juntos hasta que me pediste que volviera con Brooks.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—¿Habría servido de algo? Tomaste una decisión sin contar conmigo, y no ibas a cambiar de opinión por el hecho de que hubiera otro hombre en mi vida. ¿O me equivoco?

El señor Donaldson se daba cuenta de lo poco que había tenido en cuenta los verdaderos sentimientos de su hija.

—Háblame de él.

A Nicole le sorprendió gratamente el tono. No había dureza, tan solo cautela. Sin embargo, no se quitó la coraza, no terminaba de fiarse de su reacción al conocer la clase de hombre del que estaba enamorada.

—No sé si te va a gustar —dijo a la defensiva.

—¿Tan malo es? —preguntó con sarcasmo.

—No es eso... Es el mejor hombre del mundo, aparte de ti...

—Inténtalo de todos modos.

Ella respiró hondo.

—Es policía.

El padre no reaccionó de inmediato. Pero su mandíbula se tensó apenas.

—Vaya —murmuró.

—Y... —Nicole dudó— es judío.

Ahí sí, el padre cerró los ojos un segundo. No con desprecio, sino como quien recibe algo que sabe que le costará encajar.

—Entiendo.

—Y vota a los demócratas.

Esta vez, se le escapó una pequeña exhalación casi cómica.

—Bueno, al menos es coherente consigo mismo —dijo, con una media sonrisa que no llegó a sus ojos.

Ella casi sonrió también.

—Y es diez años mayor que yo.

El padre asintió despacio, absorbiendo cada pieza como si fueran golpes medidos. Un silencio plagado de prejuicios, de normas, de autoridad paterna quebrada para siempre.

—Lo tiene todo —dijo él al fin—. Justo todo lo que yo... —se interrumpió, buscando otra palabra— evitaría.

—Lo sé.

Nicole sintió que no había desafío en la actitud de su padre. Solo cautela y un intento de aceptación.

Él la observó largo rato.

—¿Le quieres?

—Sí —contestó sin dudar—. Le amo, papá, es el hombre con el quiero compartir mi vida.

El padre asintió.

—¿Te trata bien?

—Me hace sentir... —Nicole buscó la palabra exacta que definiera cómo se sentía con Frank—, me hace sentir libre.

—¿Libre? —clamó con sarcasmo—. Cualquiera diría que te tengo encadenada.

—Papá, soy tu hija, como padre eres perfecto, pero tú tienes tu vida, y yo necesito tener la mía propia.

Él la estudió en silencio. Y en ese momento no vio a una niña a quien dirigir por la vida, sino a una mujer tomando una decisión. Apoyó la espalda en el respaldo.

—Reconozco que mi mayor miedo ha sido la posibilidad de perderte... Otra debilidad confesada.

—No me pierdes porque viva mi vida con el hombre al que amo, papá.

—Me va a costar encajar todo esto... —Suspiró—. Tendrás que darme tiempo. Va contra todo aquello en lo que he creído.

—Tómate el tiempo que necesites. No tengo prisa.

—No puedo asegurarte que vaya a caerme bien —dijo con una torpe ternura—, aunque podría intentarlo.

—Es un comienzo —contestó ella con una risa ahogada.

Nicole se levantó, rodeó el escritorio, se inclinó hacia su padre y le ciñó el cuello con los brazos en un cariñoso abrazo.

—Te quiero, papá —susurró.

Su padre le dio varias palmadas en la mano.

—Siempre serás mi princesa, no lo olvides nunca.

Los interrumpió el sonido del teléfono.

Nicole le besó la mejilla, se irguió, cogió el periódico y salió del despacho, mientras oía a su padre responder la llamada.

Al salir pasó por delante de la sala donde su madre veía la tele.

Estaba sentada en su butaca de siempre frente a la pantalla, atenta a las palabras del periodista Lawrence Spivak, en su programa Meet the Press , de la NBC, hablando sobre la deriva de la guerra de Vietnam, y de la posición de Richard Nixon al respecto tras ganar las elecciones de noviembre y tomar posesión de la presidencia de Estados Unidos.

—Hola, hija —le dijo sin apenas retirar los ojos de la imagen titilante en blanco y negro—. ¿Has desayunado ya?

—He bajado a comprar los periódicos.

—¿No los había subido Rocco?

—Me he adelantado —Se sentó a su lado.

Su madre pasaba la mayor parte del tiempo delante de la televisión.

Era su pasatiempo favorito, además de las revistas de moda y hogar, o las partidas de bridge los miércoles por la tarde en casa de la señora Laird, una viuda, rica, sin hijos y algo excéntrica que vivía en una mansión de Sutton Place, y con la que Connie mantenía una estrecha relación desde hacía una década, a pesar de ser dos mujeres totalmente opuestas en gustos y caracteres.

—Mamá, tengo noticias —habló al tiempo que alzaba el periódico en el aire—. Ya no habrá boda. He cancelado el compromiso con Brooks.

Su madre le dedicó una rápida ojeada antes de regresar a la televisión.

—Estarás contenta... —masculló con un deje de reproche.

—¿Te gustaría verme atada a un hombre tullido? —replicó sorprendida.

Su madre se volvió hacia ella.

—El matrimonio a veces conlleva sacrificio. ¿Qué habría pasado si el accidente hubiera sido después de casaros? ¿Le habrías dejado? No me parece buena idea... ¿O es que te está esperando ese maldito judío?

—Me parece injusto lo que estás diciendo, mamá. No soy yo la que ha estropeado las cosas. Brooks nos ha engañado a todos, la primera a mí, sigue consumiendo drogas, y su accidente...

—Sé todo lo que ha hecho Brooks —le cortó desabrida—, y no lo justifico, pero siempre será mejor un mal católico que cualquier judío, por muy bueno que sea.

Nicole se sintió dolida por aquellas palabras.

Se revolvía ante la actitud de su madre.

¿Cómo era posible que pensara de ese modo?

Prefirió no seguir con aquella conversación.

Se levantó sin decir nada, pero antes de dar un solo paso, su madre le habló con voz algo más dulcificada, como si se disculpase por su actitud.

—Solo quiero lo mejor para ti, Nicole. Y no estoy segura de que ese hombre lo sea.

—Deja que me equivoque yo, mamá.

Madre e hija se retaron, Nicole de pie, su madre alzando los ojos hacia ella. Le tendió la mano y sonrió, como un gesto de tregua.

—Solo te pido que tengas cuidado.

—Lo tendré —dijo ella apretándole la mano.

Echó el periódico en la mesita con el titular del anuncio de Brooks a la vista y abandonó la sala con una sensación amarga en la garganta. La voz del presentador volvió a ocupar todo el espacio.

Nicole fue a su habitación. Ante el espejo de su tocador, sonrió al ser consciente de que ya no tenía que ocultar su relación con Frank.

Abrió el armario y buscó en el cajón donde estaba su joyero.

Sacó el anillo de compromiso de Brooks, pues tenía pensado devolvérselo.

No podía quedarse con aquella joya. No la llevaría nunca.

Cuando iba a cerrar, atisbó algo detrás de la caja de su joyero.

Se trataba de la casete que había grabado la noche del tiroteo en la cocina del Ambassador.

Se había olvidado por completo de aquella cinta, ni siquiera recordaba lo que había grabado en ella.

Buscó el magnetófono y la introdujo. La escuchó con atención.

Se sobrecogió cuando oyó el primer disparo, las voces, el jaleo posterior...

Algo le llamó la atención, volvió hacia atrás y lo escuchó varias veces.

Consultó la hora. Sabía que Frank había tenido guardia y que estaría durmiendo, en el caso de que hubiera podido regresar a casa.

Pero no lo dudó. Con la cinta en la mano, como si fuera un tesoro, fue al teléfono del salón y marcó el número de su apartamento. Le contestó una voz somnolienta.

—¿Te he despertado? —rio ella.

—Agg... —protestó—. Estaba soñando con una mujer —masculló él con voz pastosa, siguiéndole la broma.

—¿Era guapa?

—La mujer más bella que he visto jamás.

—¿Puedo ir a tu apartamento? Tengo algo que enseñarte.

—Mi sueño se hará realidad en cuanto te vea.

Cogió su bolso y su abrigo y salió a la calle. Empezaban a caer diminutos copos de nieve que revoloteaban en el aire antes de posarse en el suelo. Le costó encontrar un taxi.

Cuando Frank abrió la puerta estaba aterida, y cuando él la abrazó, su piel cálida contrastó con las mejillas heladas de Nicole. Olía a café y a beicon recién hechos.

—¿Me has preparado el desayuno? —preguntó, melosa.

—He de tratarte bien, eres una mujer que acaba de romper su compromiso.

—¿Lo has visto?

Él asintió. Al entrar, Nicole descubrió el periódico sobre la mesa, abierto por la página del anuncio de Brooks. Frank le habló mientras se movía por la cocina abierta al salón, terminando de emplatar unos huevos con beicon.

—He llegado hace un par de horas. La noche ha sido movida en las calles de Harlem: un atraco, una pelea entre bandas y un hombre que ha intentado asesinar a su esposa.

He comprado el periódico de camino a casa.

—Se­guía sus movimientos mientras ella se desprendía del abrigo—. Reconozco que me ha alegrado el día.

—Se lo he dicho a mi padre, Frank. Ya sabe lo nuestro.