VIII
Corsini había identificado al titular del Ford Mustang azul oscuro que conducía su contacto en el muelle de Hoboken; estaba a nombre de Diane Miller, una anciana de ochenta y dos años con movilidad reducida e internada desde hacía un lustro en una residencia geriátrica de Trenton.
Le hicieron una visita, pero la mujer no les supo explicar por qué tenía un coche a su nombre.
En el despacho del teniente Caddy, sentado al otro lado de la mesa, Frank le ponía al tanto de las novedades consultando las anotaciones de su libreta.
A su lado, Corsini se mantenía atento a los datos.
—Cantidad que, por supuesto —señaló Corsini con retranca—, redunda en beneficio de la residencia.
—Un buen tipo ese benefactor... —El teniente se sumó al sarcasmo.
Corsini intervino de nuevo.
—Me hice amigo de una de las cuidadoras, ha prometido avisarme cuando el tipo vuelva a la residencia. La chica me aseguró que hacía tiempo que no le veía, así que no debería tardar demasiado en hacer su visita.
—Eso está bien, Corsini, muy bien —dijo el teniente señalándolo con el dedo.
Frank sonrió. Le había ocultado al teniente Caddy la traición de Corsini. Había cumplido su parte y esperaba que Corsini cumpliera con la suya.
Prosiguió mientras consultaba sus notas.
—A la espera de la identidad del visitante misterioso, hemos estado indagando, tratando de saber quién se oculta detrás de los pagos de la residencia.
Por lo que hemos descubierto, además del coche, la señora Miller es la administradora única de una de las conserveras de carne más prósperas de los últimos tiempos en este país, BestBeef es más, este asunto no existe, ya lo sabes —arguyó con determinación—. Frank, no puedo ponerle una pistola en la sien.
—Sería una solución para ese pedazo de cabrón.
—Si los de arriba se enteran de que seguimos con esto, nos cortan el cuello a los tres. —Con gesto serio, se llevó la mano a la cabeza—. Daos prisa, chicos, no sé hasta cuándo podré cubriros.
Aquella fría mañana de domingo, Nicole entró en casa después de bajar a comprar la prensa. Además del Times , se hizo con el Post y el Daily News , y algunas revistas de actualidad que se solían leer en la casa.
Se asomó al despacho de su padre y lo vio absolutamente ensimismado en la lectura de algo que debía de ser muy interesante, porque ni siquiera se apercibió de la presencia de su hija.
Desde el quicio de la puerta, Nicole se quedó observándole durante unos segundos, el semblante serio, concentrado, bien peinado, las gafas de carey pendiendo del puente de la nariz.
Desde niña consideraba a su padre un hombre elegante y seductor, un caballero, siempre tan educado, un hombre íntegro, tal y como le había confesado sentirse en momentos importantes de su vida.
Y ella así lo creía, convencida de su compromiso consigo mismo y con los demás.
Sonrió sintiendo ese orgullo interior de ser hija de aquel hombre.
Como si los pensamientos clamasen en el silencio, Walter Donaldson alzó la vista y la descubrió.
—¿Qué haces ahí? —preguntó retirándose las gafas.
—Te observo, me gusta hacerlo cuando no te das cuenta. Tienes un aspecto muy interesante.
Al ver los periódicos en su mano, le hizo un gesto para que se acercase.
—Traes la prensa —dijo con una cálida sonrisa—. Iba a enviar a Rocco a comprarla.
Nicole se fue hacia su padre rodeando el escritorio, le besó en la mejilla y dejó los periódicos en la mesa, quedándose el ejemplar del Times .
—Hace un frío que corta la respiración. Yo creo que va a nevar.
—Eso dijo el hombre del tiempo ayer —murmuró él echando un rápido vistazo a uno de los periódicos.
Nicole se sentó al otro lado del escritorio, en uno de los cómodos confidentes de piel. Abrió el diario y lo hojeó. Se detuvo en una de las páginas de sociedad.
—Mira esto.
Walter Donaldson se fijó en el texto que le mostraba: se trataba de un comunicado de Brooks Sheridan en el que daba por finalizado el compromiso con la señorita Nicole Donaldson. «Dada la situación en la que me encuentro y con un futuro incierto para mí...».
—¿Sabías algo de esto? —preguntó el padre contrariado.
Ella asintió.
—Estuve en el hospital hace unos días. Fue una decisión mía que él entendió. Resulta evidente que no podíamos seguir con esto, y no solo porque no voy a condenarme a vivir con un hombre al que no amo atado a una silla de ruedas, sino por lo que es. Brooks no es trigo limpio, papá.
—Putas drogas —farfulló enfadado.