VII #4
—¿Me estás vacilando? —acertó a decir.
—Es una historia muy larga —añadió con una mueca de aburrimiento.
—No te veo enamorada de ese tipo.
—No lo estoy, bueno, la verdad es que lo estuve hace tiempo, no sé si enamorada, pero lo aprecio mucho. —Encogió los hombros mientras trataba de poner en palabras lo que sentía por Brooks—. Le quiero..., y por eso me cuesta tanto creer lo que ha pasado y en las circunstancias en que ha ocurrido...
Laura la examinaba sin pudor. Tenía los ojos vivos, grandes y escrutadores. Volvió a dar un mordisco a su hamburguesa.
—Shirley se acostaba con tíos mayores a cambio de dinero y droga. Tu amigo o prometido era uno de sus clientes —hablaba con la boca llena, sin ningún pudor—. Por lo que sé, de los más habituales.
Nicole se quedó sin aire, como si estuviera sumergida en aguas turbias. Resopló y desvió la mirada. Le avergonzaba el comportamiento de Brooks.
—No debería estar hablando contigo —protestó Laura—. Si el tipo que me paga se entera, me quedaré sin dinero y, probablemente, sin hermana.
Ella le dedicó una sonrisa afable.
—Nadie sabrá que has hablado conmigo, puedes estar tranquila.
Nicole no volvió al hospital hasta que supo que Brooks había salido de cuidados intensivos y estaba en planta. Había superado el estado crítico, pero el diagnóstico no era muy esperanzador. Se confirmaba la lesión en la médula que lo condenaba a una silla de ruedas de por vida.
Aquella noticia le encogió el corazón, consciente de que Brooks habría preferido la muerte a quedar tullido. Por esa razón y por lo que había descubierto sobre sus actividades, temía verse cara a cara con él.
Se detuvo delante de la habitación 506. No pudo evitar comparar aquel selecto centro de alta gama con el sobrecargado hospital de Harlem en el que agonizaba Shirley Bless desde hacía una semana.
Justo cuando acercaba la mano al picaporte, la puerta se abrió y salió la señora Sheridan. Su pelo, cardado y rubio, su maquillaje, su ropa, su perfume, todo era perfecto en ella, y también excesivo. No ocultó su desagrado al ver a Nicole.
—Vaya —el tono de reproche resultaba evidente—, ya era hora de que te dignases aparecer, querida.
Nicole no quiso contestar.
Se hizo un incómodo silencio entre ambas, hasta que la madre de Brooks se apartó para dejarle paso.
—Le vendrá bien verte.
—¿Está segura? —preguntó Nicole tratando de controlar el tono desafiante.
Ella le dedicó uno de sus gestos de soberbia que tenía tan entrenados.
—Brooks es tu prometido, no lo olvides...
—Lo que no olvido es lo que ha pasado, cómo ha pasado y las consecuencias que ha tenido... Y usted, señora Sheridan, tampoco debería olvidarlo.
La mujer mostró tanta arrogancia que Nicole sintió un escalofrío en la espalda.
—Querida, lo ocurrido ha sido una desgracia. Espero que sabrás comportarte con la discreción que la situación exige.
Salió al pasillo y se encaminó hacia el ascensor al ritmo de sus tacones.
Nicole se asomó al interior de la habitación y lo vio, tendido en la cama, con el embozo de la sábana perfectamente remetido bajo los brazos, que permanecían estirados a lo largo del cuerpo, las manos abiertas, sin una arruga aparente en la colcha; tenía la mejilla amoratada, el párpado izquierdo hinchado, una muñeca vendada y los ojos puestos en el ventanal por el que se veía el horizonte de Central Park en contraste con el invernal cielo gris.
Entró y cerró la puerta, pero él no varió un ápice su postura.
—Hola, Brooks, ¿cómo estás?
Permaneció inmóvil con la única excepción de la nuez, que, al tragar saliva, se movió arriba y abajo.
Nicole se quedó en silencio cerca de la cama, pero sin llegar a ella, manteniendo cierta distancia, a la espera, hasta que Brooks giró la cabeza lentamente. Se dio cuenta de que una lágrima le resbalaba por la mejilla hasta llegar a la oreja.
—He arruinado mi vida, Nicole... Lo he arruinado todo... Todo echado a perder... —Cerró los ojos para tratar de contener el llanto que desbordaba sus párpados.
Sobrecogida, Nicole se acercó hasta él y puso una mano sobre la suya, tan solo un gesto, luego la retiró.
—Brooks, lo siento... —No había frases adecuadas en esa situación.
Durante un rato guardaron silencio, él con los ojos cerrados y ella a su lado, inmóvil, observando aquel rostro antes tan enérgico y ahora devastado por la tragedia.
—No volveré a andar, me pasaré el resto de mi vida en una puta silla de ruedas... No lo soportaré, me niego a vivir así.
—No sé qué decirte, Brooks, es todo tan terrible... —No pudo reprimirse—. Al menos tú puedes elegir —dijo despechada—, esas dos chicas con las que ibas no podrán seguir con sus vidas.
Él le habló sorprendido.
—¿Qué sabes de ellas? Nadie quiere decirme qué les pasó... Todos me tratan ya como a un retrasado incapaz de asumir las cosas...
—¿Lo eres? —inquirió—. ¿Eres capaz de asumir las consecuencias de todo esto?
—Dime qué ha pasado con esas chicas —insistió.
—Una ha muerto; la otra está muy grave, tiene la cara destrozada, fracturas por todo el cuerpo... No saben si saldrá adelante.
Un silencio lúgubre se instaló entre ellos. A Nicole le sorprendió que se mostrara tan afectado por la suerte de las chicas.
—Yo no quería que pasara esto..., Nicole...
—Me dijiste que habías dejado la droga, que estabas limpio...
—No es tan fácil. No imaginas lo difícil que es alejarse de ese mundo, te atrapa y no te suelta.
—Me has mentido, nos has mentido a todos.
—Pensé que podía hacerlo, que podría llegar a controlarlo, te juro que lo intenté...
—No jures, Brooks —dijo a punto de llorar—. No solo es la droga, esas chicas eran unas crías... Cómo has podido entrar en algo tan miserable, tan perverso. Me asquea solo pensarlo.
—Tarde o temprano habrían acabado mal —dijo contrito—, carne de cañón destinadas a la destrucción.
—No tienes derecho a hablar así —le espetó enfadada.
—Cargaré con eso toda mi vida. —Hizo una señal hacia sus piernas inmóviles bajo la colcha—. Tenía un futuro brillante... Ya no me queda nada, lo he perdido todo, incluso te he perdido a ti.
Ella aprovechó aquella confesión para decir lo que le clamaba su conciencia.
—Brooks... Lo siento, no voy a seguir contigo, no sería capaz de mirarte a la cara.
—Nicole, siempre he estado enamorado de ti... Deseaba que te fijases en mí, quería enamorarte.
—Podrías haberlo hecho, Brooks, has estado a punto de conseguirlo.
Él le dedicó una sonrisa lacónica.
—No te merezco, Nicole, eres demasiado buena para mí.
—No se trata de eso. —Le cogió la mano, la envolvió con las suyas y se la llevó a su regazo.
La voz dulce contrastaba con la determinación de sus palabras, de la decisión firme que había tomado—.
Si te amase me quedaría a tu lado sin pensarlo...
, a pesar de tu lesión, aunque tuviera que empujar una silla de ruedas, te cuidaría de mil amores el resto de mi vida.
—Apretó la mano entre las suyas—. Pero no te quiero, no eres el hombre de mi vida, en realidad, nunca lo fuiste.
Brooks la escuchaba conmovido. Esbozó una sonrisa, cerró los ojos para contener las lágrimas. Asintió con un gesto, con la mandíbula tensa.
—Tienes razón... —musitó emocionado—. Me importas más de lo que piensas, y quiero y deseo que tu vida sea feliz...
—Ojalá lo consigas tú también, Brooks. Lo deseo de todo corazón.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y entró la madre seguida de una enfermera.
—Vaya, todavía estás aquí. Me alegra saberlo.
Acabo de hablar con el médico. La semana que viene Brooks podrá salir del hospital.
—Hablaba con la seguridad de que nadie la interrumpiría, tal y como estaba acostumbrada—.
Queda una larga recuperación, pero estoy convencida de que saldremos adelante de este trance.
—Mientras hablaba, se paseaba por la habitación colocando los distintos jarrones de flores que estaban junto a la ventana.
De repente se giró y se dirigió a Nicole—: Sería bueno que nos acompañases de vuelta a casa.
Seguro que a tu prometido le hace ilusión tenerte a su lado, ¿verdad, hijo?
—Adiós, Nicole —dijo Brooks, quien no había dejado de mirarla mientras su madre hablaba, obviando su presencia—. Espero que te vaya bien en la vida.
Nicole tampoco hizo ningún caso a la señora Sheridan, algo que la desconcertó mucho.
Mientras salía, oyó a Brooks decirle algo a su madre, y las voces fueron en aumento a medida que se acercaba al ascensor.
Allí acababa su problemático compromiso con Brooks Sheridan.
Se sintió más ligera, como si en aquella habitación de hospital se hubiera desprendido de una carga pesada.