Un hombre de honor VII #3
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VII #3

—Claro... —musitó.

—¿Quieres pasar?

Nicole negó, incómoda.

—Tengo... —balbució indecisa—. Tengo que irme... Estaré pendiente.

Se dio la vuelta y se alejó con pasos cortos y rápidos, temerosa de que aquellos padres rotos la reclamasen a su lado.

Salió del Monte Sinaí con el corazón encogido, conmocionada por la terrible noticia.

Había un grupo de periodistas apostados en la puerta, pero consiguió esquivarlos sin que reparasen en ella.

Se subió a un taxi para ir al Harlem Hospital Center, entre Lenox y la Ciento treinta y cinco, en el que se encontraba ingresada la chica herida que acompañaba en el coche a Brooks Sheridan, decidida a descubrir todo lo que había detrás de aquel grave accidente.

Corsini le había proporcionado el número de habitación en el que se hallaba la chica.

Subió al segundo piso y pasó por delante del control de enfermeras.

—¿A quién busca? —preguntó una mujer gruesa que apareció de repente por una puerta lateral, vestida de blanco con una cofia de enfermera.

—Voy a la 216.

—Lo siento, pero no se permiten visitas.

—¿Por qué razón? —inquirió extrañada.

—No lo sé. La única a quien se le permite entrar es a su hermana.

—¿Sabe dónde puedo encontrarla?

—Hace un rato estaba en la salita del fondo.

La mujer dejó una tablilla sobre el mostrador, hurgaba en un archivo buscando algo cuando el timbre de una de las habitaciones la interrumpió.

—Vaya por Dios. Lo siento, pero tendrá que irse.

Lo dijo mientras salía de detrás del mostrador y avanzó por el pasillo hasta que desapareció en una de las habitaciones.

Nicole miró la hoja de enfermería que había dejado.

Era la relación de todas las habitaciones de la planta con los nombres de los enfermos ingresados.

Giró el fichero hacia ella y buscó la 216.

Se llamaba Shirley Bless. Con esa información fue hasta la sala de visitas, donde tan solo había una chica sentada en un sillón y parecía estar profundamente dormida pese a la postura incómoda en la que se encontraba.

Nicole se acercó despacio y la observó. Tenía el pelo largo y lacio, moreno, poco aseado y vestía ropa tazada y demasiado holgada. Estaba descalza, a su lado había unos viejos zapatos con la piel cuarteada.

La chica debió de intuir su presencia, dio un respingo y abrió los ojos.

—Lo siento, te he asustado. No era mi intención.

La chica no dijo nada, se irguió en el sillón y cruzó los brazos en su regazo, encogida, en actitud defensiva.

Nicole se sentó en otra silla.

—¿Eres la hermana de Shirley?

La chica le dedicó una mirada desconfiada durante unos segundos, luego asintió con la cabeza.

—¿Cómo está?

—Mal, está muy mal. No creo que salga de esta, y supongo que sería lo mejor; por lo que me ha dicho el médico, las secuelas van a ser importantes.

—Vaya, lo siento de veras.

La chica subió las piernas hasta pegarlas a su cuerpo y se rodeó las rodillas con los brazos, el entrecejo fruncido.

—Y tú, ¿de qué conoces a mi hermana? —preguntó en tono algo insolente.

Nicole iba a mentirle, pero lo pensó mejor. Dio un largo suspiro y negó.

—No la conozco.

—¿Por qué estás aquí, entonces?

—Conozco al hombre que conducía el coche...

—Ya... —adoptó una actitud entre defensiva y arrogante—. ¿Vienes a asegurarte de que no hable? Ya le dije al tipo que estuvo aquí que, si paga bien, mantendré la boca cerrada.

Nicole recordó lo que le había dicho Frank.

Habían comprado el silencio de aquella tragedia, y estaba convencida de que había sido su hermano o alguien del entorno de los Sheridan.

Se sintió avergonzada por aquella actitud despreciable.

Sacó de su bolso un paquete de Marlboro, le ofreció, la chica cogió uno.

Se fijó en sus uñas cortas y bien cuidadas.

Prendió una cerilla, acercó la llama al cigarro de la chica y, a continuación, encendió el suyo. Exhaló el humo sin guardar el paquete.

—Mi nombre es Nicole, Nicole Donaldson —aprovechó para presentarse—, trabajo en el Times .

La chica la miró al bies, con el cigarro pinzado entre los labios. Tenía los ojos verdes y una nariz perfecta. Los dientes incisivos montados estropeaban su sonrisa.

—Pues si buscas una historia, aquí la tendrías y muy gorda, pero no se puede contar, porque me he comprometido a guardar silencio.

—A tu hermana no la arrolló el coche cuando iba caminando con la otra chica que ha muerto. Las dos iban en el interior, con mi amigo, que por cierto conducía drogado; además, los acompañaba otro hombre, un camello.

La chica esbozó una sonrisa y volvió a fumar. Una pizca de ceniza del cigarro cayó al suelo.

—No entiendo qué haces aquí si ya lo sabes todo.

—Quiero saber por qué tu hermana y esa chica estaban en el coche de Brooks Sheridan. Soy periodista, me gusta conocer todo lo que hay detrás de un hecho.

—¿Y eso a quién le importa? La otra chica está muerta, y si mi hermana sale viva de esta, será una lisiada toda su vida.

Mi madre no rige muy bien de la cabeza y necesita cuidados.

Shirley se metió en temas de drogas. Yo no tengo trabajo porque debo cuidar a mi madre para que no se haga daño.

Con semejante panorama, comprenderás que acepte el dinero que me han ofrecido a cambio de no hacer ruido sobre este asunto.

—¿Puedes decirme quién te ha ofrecido dinero?

—No sé su nombre, pero si lo supiera tampoco te lo diría. Ese tipo me lo dijo claramente: nada de hablar con la prensa. Así que lárgate y déjame tranquila.

Nicole guardó silencio. Se preguntó qué razón la llevaba a estar allí, preguntando a aquella chica por unos hechos que conocía de primera mano.

Le pesaba la idea de que estuviera buscando razones para odiar a Brooks, excusas consistentes para alejarse de él sin culpa.

Sin embargo, creía conocer muy bien al hombre del que había estado enamorada durante años, y le costaba aceptar que tras esa máscara de buen chico se ocultara alguien completamente desconocido para ella.

Necesitaba comprender por qué Brooks llevaba en su coche a esas chicas, necesitaba saber qué clase de persona se escondía detrás del hombre al que apreciaba y con el que se había comprometido.

Para ello utilizó una de las tácticas aprendidas en su práctica periodística de la mano de Becker: esperar con paciencia, sin presionar ni avasallar, dando espacio y transmitiendo serenidad hasta que, poco a poco, las palabras comenzaran a fluir y se soltara la lengua.

Nicole aplastó el cigarro en el cenicero y le tendió el paquete a la chica.

—Quédatelo —le dijo mientras ella lo cogía entre la sorpresa y el recelo—. Apenas fumo. Mi padre dice que debería dejarlo, y tiene razón. —Se levantó y la observó con un gesto reflexivo—. ¿Puedo saber cómo te llamas?

Las dos se examinaron mutuamente, hasta que la chica bajó las piernas al suelo, más relajada.

—Soy Laura, Laura Bless.

—Respeto tu decisión, Laura. Estás en tu derecho de aceptar ese dinero. Pero tienes que entender que hay cosas como la dignidad que no deberían estar en venta.

—¿Y qué coño hago yo con la dignidad? —se ofendió—. Tú puedes tenerla, defenderla, pasearla como un trofeo de niña rica... —Hizo un gesto con las manos señalándola de arriba abajo—. Se nota que nunca te ha faltado nada. Es fácil hablar de dignidad desde tu posición.

Nicole asintió con la cabeza y relajó el gesto.

—Lo siento. No debería haberte dicho eso.

A renglón seguido se dirigió a la puerta, pero antes de llegar se volvió hacia Laura, poniendo en marcha su táctica.

—¿Tienes hambre? ¿Te invito a comer?

Laura abrió los labios en una amplia sonrisa.

—No sé por qué, pero me caes bien. —Se levantó y se calzó los zapatos—. La verdad es que no he comido nada desde que estoy aquí. Iré contigo, Nicole Donaldson, pero con una condición. —Se detuvo—. Lo que hablemos tú y yo quedará entre nosotras. ¿De acuerdo?

—Tienes mi palabra.

Laura le sostuvo la mirada unos segundos como para asegurarse de que era sincera. Asintió por fin con un movimiento de cabeza, cogió su bolso y se atusó el vestido.

Las dos salieron de la sala y bajaron por la escalera hacia la calle.

—¿De dónde eres? —preguntó Nicole.

—De un pueblecito de Kansas...

Al salir del hospital, cruzaron la calle y entraron en un pequeño restaurante. Pidieron dos hamburguesas con queso y dos copas de vino.

—¿Y qué hacía tu hermana tan lejos de Kansas?

—Mi padre era granjero, vivíamos bien, sin apreturas.

Hace tres años murió de repente, un ataque al corazón.

Mi madre siempre quiso venir a Nueva York, era un sueño que tenía desde niña.

Lo vendió todo y nos mudamos aquí, pero el sueño pronto se convirtió en pesadilla.

Conoció a un tipo, nos dejó sin blanca, y lo peor es que le destrozó el corazón —se llevó el dedo a la frente—, y la cabeza.

Desde entonces está en un estado de tristeza constante; ha intentado suicidarse tres veces.

Nos tuvimos que trasladar a una habitación que compartimos las tres.

Hace un año, mi hermana dejó la escuela y entró a trabajar en una tienda de discos, y ahí empezaron los problemas para ella.

No me di cuenta de que se estaba drogando hasta que fue demasiado tarde.

—¿Sabes quién es la chica que ha muerto?

—No tengo ni idea. —Dio un bocado a la hamburguesa y un resto de mostaza le resbaló por la comisura de la boca. Masticó y se limpió con torpeza. Se notaba que estaba hambrienta. Miró a Nicole y farfulló con la boca llena—. Sería otra desgraciada como mi hermana.

—¿Sabes de qué conocía mi amigo a tu hermana y a esa chica?

Laura detuvo la mano que volvía a llevar la hamburguesa a la boca, y alzó los ojos hacia ella.

—Haces demasiadas preguntas.

—Será deformación profesional. —Sonrió con gesto relajado—. No tienes que contestar si no quieres. Te aseguro que es solo curiosidad.

—¿Quieres conocer el lado oscuro de tu amigo?

Nicole se inclinó hacia ella como si le estuviera haciendo una confidencia.

—Has dado en el clavo. Y la razón es que ese hombre es mi prometido, al menos lo era.

Ella se quedó pasmada.