Un hombre de honor VII #2
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VII #2

Al colgar vio salir a Michael del portal. Le observó alejarse hasta llegar a su coche y desaparecer entre el tráfico.

Su madre estaba en la cocina comentando con Dolores el accidente.

—Es una tragedia, Nicole, pobre Brooks.

Nicole constató que Michael había obviado mencionarle a su madre que Brooks conducía drogado, así como los extraños acompañantes que iban con él en el coche.

No quiso hablar del tema, no podía enfrentarse a la candidez de su madre sabiendo lo que sabía.

Le dijo que no se encontraba bien, que no quería cenar y que se iba a dormir.

Connie lo entendió y le animó al conveniente descanso.

Mientras se quitaba la ropa, vio su reflejo en el espejo.

Se dio cuenta de que apenas se había preocupado por el estado de Brooks.

Sabía que estaba muy grave, esa era la única referencia que le había hecho su padre; nada más.

No había tenido el impulso de acudir al hospital, no sentía la necesidad de verlo, de acompañarlo en aquel trance.

Al día siguiente se levantó antes que nadie, salvo Dolores, que se tomaba un café en la cocina.

—Tengo que salir —le dijo.

—¿Quieres desayunar?

—No, tengo prisa. Llamaré si no vengo a comer, ¿de acuerdo?

Dolores se llevó la taza a la boca, mientras ella se ponía la chaqueta. Nicole se detuvo al oír su voz, dulce y serena.

—A veces las tragedias de unos benefician a otros...

Nicole le sonrió, se acercó a ella y le besó en la mejilla.

—Gracias...

—Ten cuidado, niña.

—Lo tendré.

El relato que se publicó sobre el trágico accidente del hijo del senador Douglas Sheridan nada tenía que ver con la realidad que Nicole había oído de boca de su padre; en páginas interiores, como noticia menor, se contaba que el hijo del congresista conducía su coche solo y que, a consecuencia del reventón de una rueda, había perdido el control hasta salirse de la carretera, y había atropellado a su paso a dos chicas que caminaban por el arcén, matando en el acto a una de ellas e hiriendo de gravedad a la otra.

No había referencia alguna del narcotraficante que acompañaba a Brooks, ni del estado en el que Brooks conducía, bajo los efectos del ácido.

Los partes médicos no serían públicos, por decisión de la familia.

Antes de subir al apartamento de Frank, Nicole compró varias ediciones dominicales de prensa en un quiosco. Sentados en el sillón de la sala de estar, la pareja revisaba las noticias cada uno con un periódico desplegado entre las manos.

—Todo es una gran mentira —clamó irritada mientras arrojaba el Times al suelo con desprecio—. ¿Cómo es posible que se hayan tragado semejante farsa? Una chica ha muerto y la otra está muy grave. ¿Creen que van a poder ocultar eso?

—Apostaría lo que quieras a que, a estas alturas, el ilustre congresista ha dado orden de hablar con las familias de las chicas para comprar su silencio con una buena suma de dinero que les apañará la vida una temporada.

—Frank le tendió una taza de café humeante—.

La chica muerta, muerta está; a la otra, si sale adelante, la ayudarán a recuperar su cara, por lo visto ha quedado desfigurada. Un buen arreglo para todos.

—¿Y el camello?

—Si no existe, no tienen que dar explicaciones de por qué el hijo de un congresista que hace política para acabar con el consumo de drogas va acompañado de uno de los que las distribuye.

Es la ley del más fuerte. El que tiene dinero puede ocultar sus miserias, y ese Sheridan tiene mucho, y no va a permitir que una locura de su atolondrado hijo le haga perder ni un ápice de su poder.

Nicole tenía sentimientos contradictorios.

Había ocultado a Frank la orden de su padre de que la noticia no trascendiera a la prensa.

Le avergonzaba su mentalidad, y más aún el hecho de haberla asumido por miedo o respeto a su autoridad.

En el fondo se preguntaba hasta qué punto les podía llegar a afectar el hecho de que la verdad del accidente saliera a la luz, no solo a los intereses de su padre, sino a ella misma.

—Todo resulta tan injusto... —musitó Nicole.

—Tendrás que acostumbrarte. Al fin y al cabo, estás comprometida con ese tipo y con su forma de vida.

Nicole se sintió herida por aquellas palabras: la verdad pinchaba. Sin embargo, prefirió no responder y desviar la atención para no enfrentarse a sus propias incoherencias.

—Me gustaría saber algo más de esas dos chicas.

Frank se mantuvo reflexivo unos instantes; de repente, dejó su café y estiró el brazo para alcanzar el teléfono.

—Tal vez haya un modo. —Descolgó y marcó.

Mientras esperaba una respuesta, la miró y le habló en voz baja—: Mi compañero está de guardia.

—En ese momento, oyó la voz de Corsini—.

Carlo, necesito que me consigas una información.

—Le dio los datos del accidente de Brooks Sheridan—.

Averigua dónde está ingresada la chica que ha sobrevivido y todo lo que sepas de la que ha muerto en el accidente, a qué depósito la han llevado, dónde vivía, familia, todo.

Y confírmame con quién iba Sheridan en el coche, sabemos que era un narcotraficante, averigua lo que puedas sobre él.

—Hubo un silencio, mientras escuchaba la voz de Corsini—.

Está bien, llámame a casa en cuanto sepas algo.

Colgó el auricular y sonrió.

—Gracias... —musitó ella.

—¿Puedo preguntarte qué vas a hacer con esa información?

—¿Qué quieres decir?

—Nicole, los periodistas no sois tan libres como a veces os creéis.

—¿Crees que no quiero que se sepa la verdad?

—Yo no he dicho eso...

Tuvo la angustiosa sensación de que aquel hombre leía sus pensamientos, porque había dado en el clavo.

Dio un trago al café, se levantó y se acercó al tocadiscos.

Repasó varios de los vinilos que había amontonados a un lado.

Eligió uno y lo puso en el plato, bajó con cuidado el cabezal hasta que la aguja tocó el disco y la voz dulce y penetrante de Aretha Franklin empezó a sonar con su «I Say a Little Prayer».

Se volvió hacia Frank; su expresión era de profunda preocupación.

Frank le cogió la mano, tiró de ella y la sentó en su regazo. Se besaron amartelados. De repente, ella se deshizo del abrazo, se deslizó hasta quedar sentada en el sillón y se irguió, incómoda.

—Esto no está bien, Frank. —Su tono era atribulado—. Estoy aquí, contigo... Mientras Brooks se debate entre la vida y la muerte. Sé que me ha engañado con las drogas, y en cuanto a esas chicas... —Negó con la cabeza—. Pero aun así me parece una canallada por mi parte.

Frank le acarició el brazo, apenas un roce, respetando el espacio que intuía que ella necesitaba.

—Si quieres, luego te acerco hasta el hospital. Así podrás verlo. ¿Quieres?

Ella se volvió hacia él, sonrió agradecida y asintió con un movimiento de cabeza.

—Me ha dicho Corsini que tendrá la información en un rato. Esperaremos a que llame y nos vamos. ¿De acuerdo?

—Gracias, Frank.

Nicole tenía sentimientos encontrados. Por un lado, la preocupación por el estado de Brooks era evidente, la gravedad de las heridas hacía que se temiera por su vida; lo apreciaba lo bastante para que su desgracia también le doliera.

Por otro lado, era muy consciente de las circunstancias que rodeaban el accidente: el hecho de haber caído de nuevo en las drogas (o tal vez no haberlas dejado nunca), de ir acompañado de un narcotraficante, las dos chicas menores de edad, la muerte de una de ellas, el intento de ocultar la verdad...

Había motivos más que suficientes para acabar con el compromiso, en el caso de que se recuperase de sus heridas.

Se preguntaba cómo iba a reaccionar su padre después de este nuevo y gravísimo episodio en el que se había visto envuelto Brooks.

Pensaba en lo que le había dicho Dolores, quizá aquella tragedia la terminase por beneficiar, tal vez su padre no consentiría que se casara con un hombre así...

La sola idea de aquella posible liberación le provocaba alivio y el alivio traía aparejado una culpa punzante.

Apenas había pasado media hora cuando sonó el teléfono. Frank descolgó el auricular y se lo pegó a la oreja.

—Carlo, te escucho... —Echó mano a una libreta y un lápiz. Iba apuntando atento a la información que le pasaba Corsini—. De acuerdo. Gracias.

Colgó, arrancó la hoja y se la tendió.

—Aquí tienes datos de esas dos chicas. Sobre el narco todavía no ha conseguido nada. Esa información va a resultar complicada, en el caso de que se pueda obtener. Vamos, te llevaré al hospital.

—No, déjalo, Frank, tomaré un taxi. Lo más probable es que haya periodistas en la puerta. Lo último que nos faltaba sería exponerte.

La visita al Monte Sinaí resultó inútil; Brooks permanecía ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos, sin la posibilidad de visitas. Atisbó de lejos a la señora Sheridan, sentada de espaldas a ella, cabizbaja y sola. Se acercó hasta ella.

La mujer la vio llegar, pero no hizo ademán de levantarse.

—Lo siento mucho, señora Sheridan. No sé qué decir.

—No hay que decir nada, Nicole, tan solo esperar y rezar para que se recupere.

—Se pondrá bien, Brooks es fuerte...

—El golpe debió de ser brutal. Tiene heridas por todo el cuerpo, conmoción cerebral, varias fracturas y, lo peor, una posible lesión de la médula espinal. Está por ver qué grado de gravedad tiene. —Su voz se redujo a un susurro—. Es terrible...

La madre negó con la cabeza y se echó a llorar.

En ese momento apareció el señor Sheridan. Su rostro era sombrío y reflejaba la tragedia que se cernía sobre ellos.

—Hola, Nicole.

—Señor Sheridan...

Él la cogió del brazo con delicadeza para apartarla del llanto incontenido de su esposa.

—Acabo de hablar con el médico —dijo con voz ronca, nervioso, echando rápidas ojeadas a su mujer—. No son buenas noticias. Si sale adelante, hay una alta probabilidad de que termine en una silla de ruedas.

—Santo cielo —susurró Nicole conmocionada.

—Tenemos que ser fuertes. Ahora Brooks necesita todo nuestro apoyo.

Ella lo escuchaba aturdida.