Un hombre de honor VII
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VII

Las dos mujeres salieron de la tienda seguidas de dos chicos uniformados que llevaron las bolsas y cajas envueltas en vistosos papeles de regalo hasta el maletero del coche, donde Rocco fue colocándolo todo bajo la supervisión de su señora.

Cuando terminaron, Nicole les dio a los chicos de Saks una generosa propina.

—Estoy hambrienta —dijo Connie antes de subir al coche.

Nicole le sonrió.

—A ti te gusta el pastrami, ¿verdad?

—Sabes que sí.

—Te voy a llevar a un sitio en el que preparan el mejor bocadillo de pastrami con pan de centeno que hayas probado en toda tu vida.

Su madre arqueó una ceja.

—¿Y se puede saber dónde está ese sitio?

Nicole entró en el coche y le dio a Rocco la dirección del Katz’s Delicatessen.

—Al 205 de la calle Houston Este.

Aquel había sido uno de los lugares que Nicole frecuentaba cuando estaba con Frank, y lo siguió frecuentando tras su ruptura; continuaba acudiendo sola, un par de veces a la semana, y siempre que podía se sentaba en la misma mesa que ocupaban cuando iban juntos.

Un viernes lluvioso de mediados de septiembre, al entrar al interior, el corazón se le había detenido unos segundos: Frank estaba sentado en su mesa, con un café y un bocadillo apenas empezado.

No pudo evitar sonreír. Aquel día compartieron comida y después tomaron un taxi juntos, pero en vez de detenerse en el 1035 de la Quinta Avenida, continuaron hacia el norte, hasta Strivers’ Row.

Desde entonces se habían visto una docena de veces, siempre en el apartamento de Frank, visitas rápidas, apasionadas, de tiernos abrazos y mimos enamorados.

Nicole sentía el peso de la culpa por lo que suponía aquella infidelidad hacia Brooks, el hombre al que se debía, con el que estaba comprometida y con el que contraería matrimonio el verano siguiente.

Lo pensaba cada vez que traspasaba la puerta y se dejaba envolver en la calidez de los brazos de Frank.

Había decidido que aquellos furtivos encuentros serían su refugio; de cara a los demás su vida estaría unida a Brooks, pero su corazón seguiría perteneciendo a Frank.

De ese modo complacía a su padre sin traicionarse por completo a sí misma, aferrada a un amor irrevocable, al que no quería renunciar.

Rocco aparcó delante del Katz’s Delicatessen. Tanto Connie como él se quedaron mirando aquel local que hacía esquina.

—Señora Donaldson, ¿está segura de que quiere entrar ahí? —preguntó el chófer mirándola a través del retrovisor.

—Vamos, mamá —dijo Nicole, saliendo del coche—, te va a encantar.

En ese momento, el local bullía de gente. Ya en la puerta se percibían aromas a pastrami caliente, mostaza, pepinillos, pan recién horneado, una mezcla envolvente que reflejaba la amalgama de seres que entraban y salían de aquel lugar.

La madre lo observaba todo entre la curiosidad y el estupor.

Resultaba divertido aquel ambiente caótico de paredes plagadas de fotografías, mesas y sillas abigarradas, e idas y venidas de camareros con platos de sándwiches y bebidas, y el movimiento continuo de clientes que se acomodaban a su alrededor en un espacio que se hacía estrecho.

Madre e hija salieron entusiasmadas por la vivencia compartida, riendo por los requiebros que les habían dedicado un grupo de operarios que entraban cuando ellas salían del local.

Al llegar a casa, Nicole se dirigió a su habitación. Le dolían los pies y necesitaba quitarse los zapatos, pero antes de llegar, su hermano Michael apareció en el pasillo con gesto serio.

—¿Se puede saber dónde has estado? —le preguntó.

—He estado con mamá haciendo las compras de Navidad. ¿Por qué? ¿Ocurre algo?

—Papá te espera desde hace un rato.

Michael le indicó que entrase en el despacho. Cuando lo hizo, vio a su padre sentado detrás de su escritorio, con un semblante de profunda preocupación.

—¿Qué pasa, papá? —dijo, sintiendo a su espalda la presencia de su hermano, que cerraba la puerta.

Con el gesto adusto, su padre tragó saliva, ablandó un poco la expresión y le habló en tono más sereno.

—Siéntate, hay algo que tienes que saber.

Nicole se sentó en uno de los confidentes, frente a su padre. Examinó disimuladamente a su hermano y luego a su padre.

—¿Qué ocurre? Me estáis asustando.

—Brooks ha sufrido un accidente. —El señor Donaldson habló con rotundidad, sin titubeos, con la crudeza de los hechos sobre la mesa—. Está en el hospital, muy grave.

Petrificada por la noticia, Nicole parpadeó varias veces, como si al abrir y cerrar los ojos pudiera deshacer las palabras que acababa de oír.

—¿Qué...? —Su voz ahogada pareció escaparse de sus labios—. ¿Cómo ha sido?

—El coche se ha salido de la calzada y ha dado varias vueltas de campana.

Brooks conducía, ha dado positivo en LSD.

Pero eso no es lo peor, le acompañaba un tipo...

—se detuvo un instante, se le notaba molesto—, un narcotraficante...

, y dos chicas, parece que menores de edad.

Una de ellas ha muerto, la otra se encuentra en estado crítico.

—Santo cielo... —murmuró Nicole, impactada—. ¿Cómo está él, qué han dicho los...?

—Nicole —la interrumpió su padre—, si esto sale a la luz será el fin del congresista Sheridan, y eso no nos conviene.

Observaba a su hija con el gesto endurecido, la mandíbula tensa y un semblante serio que apenas lograba contener la preocupación que se agolpaba en su mente.

—Es imposible que la prensa oculte algo así —añadió Nicole convencida, centrándose en lo que de verdad importaba a su padre, que estaba lejos de la salud de su futuro yerno.

Arrugó el ceño, debatiéndose entre la turbación que la sacudía y la firmeza con la que se obligó a hablar—.

Brooks debería habérselo pensado antes de hacer...

—La prensa dirá exactamente lo que nosotros queramos que diga —la interrumpió, obviando la realidad que mostraba Nicole —.

Michael se encargará de eso. Y tú debes estar preparada, Nicole.

Si alguno de esos perros de presa se te acerca o se pone en contacto contigo, tú no sabes nada, estás muy compungida por el accidente y no haces ninguna declaración, ¿entendido?

—Inspiró hondo—. Brooks está ingresado en el hospital Monte Sinaí, no dejes de ir a visitarlo. Dará buena imagen.

—¿Buena imagen? Papá, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?

—Haz lo que te digo, Nicole, este asunto lo llevaremos entre tu hermano y yo.

—No lo entiendo... —replicó ella—, Brooks nos ha mentido, decía que estaba limpio.

Su padre la miró entre la preocupación y una ternura contenida. Tragó saliva y le habló en tono casi de súplica.

—No es el momento... ¿De acuerdo?

El señor Donaldson echó una ojeada al reloj de pulsera.

—He de irme, tengo una cita. —Se levantó, se ajustó la corbata y dio la vuelta al escritorio hasta quedar junto a su hija—. Dile a tu madre que llegaré tarde, que no me espere a cenar.

—Se lo diré —dijo ella todavía sentada, alzando los ojos.

Él se inclinó y le dio un beso en la frente.

—Todo se arreglará —le dijo al oído—. Confía en mí.

Salió del despacho dejando solos a los dos hermanos, que permanecieron quietos, cada uno en su posición, como si estuvieran analizándose el uno al otro.

Michael rompió el hechizo y se dirigió hacia la puerta, dispuesto a salir del despacho. Nicole lo frenó con una pregunta:

—Michael, ¿qué te pasa últimamente conmigo?

—¿Qué quieres decir?

—No sé, dímelo tú. Desde hace meses me evitas, apenas me hablas. Eres mi único hermano. Siempre has estado a mi lado cuando te he necesitado, desde que era pequeña, y ahora me pareces un extraño. ¿He hecho algo que te haya molestado?

Él la observó durante un rato, en su semblante se mezclaban la ternura y la rudeza, y sus ojos reflejaban una profunda preocupación que le pesaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Resopló y tomó aire antes de hablar.

—Nicole, tienes que dejar de verte con ese policía.

Ella se quedó tan sorprendida que apenas reaccionó a la defensiva.

—¿Cómo sabes...? —Negó con la cabeza, aturdida—. ¿Quién te lo ha dicho?

—Llevo meses ocultando a papá todo lo que sé sobre tu relación con ese tipo, me la estoy jugando por ti.

Nicole arrugó el ceño sin poder ocultar su indignación.

—¿Me estás espiando? —le increpó.

—Cuido de ti. Estoy tratando de protegerte. Eres mi hermana y me importas.

Ella se levantó y se acercó a él.

—Sé cuidarme sola, Michael. No tienes que comportarte como mi guardián.

Los dos hermanos permanecieron frente a frente, anclados el uno al otro a través de los ojos, incapaces de romper el vínculo que siempre había existido entre ellos.

Michael parpadeó despacio; le dio la espalda y avanzó unos pasos; pero, antes de alcanzar la puerta, se detuvo en seco y habló sin apenas volverse, como si le costara desprenderse del todo.

—Nicole, de ti depende que puedas llevar una vida plácida y resuelta, pero si insistes en meter las narices donde no te corresponde... lo complicarás todo. Tú eliges.

Salió del despacho y cerró de un portazo. Nicole se quedó inmóvil, la respiración agitada, atónita por aquella reacción.

Nada más terminar la conversación, Nicole sintió la urgencia de hablar con Frank, contarle lo que le había sucedido a Brooks, pero no lo haría desde ese despacho.

Se dio media vuelta, cogió su bolso y salió sigilosamente de la casa.

Después de lo que Michael le había dicho debía tomar precauciones extra.

Ya en la calle se dirigió a la cabina de teléfono que había en el cruce con la Ochenta y cuatro. Echó unas monedas y marcó el número. Sintió alivio al oír su voz al otro lado. A grandes rasgos, oteando a su alrededor, temerosa de ver el rostro vigilante de Michael, Nicole le contó el accidente.

—¿Quieres venir a casa? —le preguntó él cuando ella terminó.

—Es tarde —susurró ella pegando el auricular a su boca—. Mejor mañana, es domingo, seguramente la noticia saldrá en algún periódico.

—Te prepararé un buen desayuno.

Ella sonrió. Su voz era tan dulce que se estremecía con solo escucharla.