VI #5
Sin decir nada, Fabrizio le dio la espalda y salió de la estancia, consciente de las gruesas cadenas con las que había atado su destino a aquel hombre.
Russell se movió para seguirlo, pero antes, el Gordo Farelli le retuvo con la mirada unos segundos. En su gesto estaba la sentencia. Russell asintió y fue detrás de su amigo.
El agente Elliot McGrover rondaba los cuarenta años, era alto, fuerte, con gafas y bastante calvo.
Estaba casado desde hacía cinco años, y el matrimonio esperaba su primer hijo para finales de enero.
Elliot era un tipo paciente, hábil y muy escrupuloso en su labor.
Era experto en reclutar soplones o confidentes para obtener información desde dentro.
Cuando ponía el ojo en su objetivo, dedicaba tiempo a investigar su entorno, conocer su presente y sobre todo su pasado, buscaba su talón de Aquiles, un punto débil que pudiera utilizar a su favor; una vez acumulados cargos suficientes para hacerle dudar, iniciaba un proceso lento de acercamiento, sin apabullar, tomándose su tiempo.
McGrover llevaba un año en Detroit. Se había instalado con su esposa en una zona residencial al norte de la ciudad. Russell condujo hasta allí y aparcó frente a la vivienda. No se veía ni un alma por la calle.
—Es allí —indicó.
Fabrizio no se movió. Los dos hombres permanecieron un rato en silencio, con los ojos puestos en la casa iluminada, adornada con guirnaldas de abeto en las ventanas y una corona de lazos y bayas rojas colgada en la puerta.
Russell se inclinó hacia delante para abrir la guantera y sacó una pistola con silenciador. Se la tendió.
—Debes hacerlo, hermano.
Aquella voz estalló como un petardo en la conciencia de Fabrizio. La cogió y la palpó entre sus manos. Estaba fría.
—Es su casa... ¿Y si sale su esposa? —preguntó en un tono de voz muy bajo.
—No es la primera vez que haces esto. Sabes cómo actuar... Nada de testigos. Hazlo y vuelves al coche, yo me encargaré de lo demás.
—¿Por qué no me lo dijiste? —exigió Fabrizio con la voz rasgada por el dolor que sentía—. ¿Por qué no me avisaste para evitar todo esto?
—Habría empeorado las cosas.
—¿Le haréis daño a ella? —imploró.
—Todo se arreglará. Deja pasar el tiempo y las aguas volverán a su cauce.
Fabrizio giró la cara hacia su amigo y buscó sus ojos. Le habló insistente.
—Es la madre de mis hijos, Russell.
Transcurrió un rato hasta que fue capaz de hablar, y lo hizo con la voz ronca, henchida de una dolorosa verdad.
—Sabes que no puedo hacer nada... Lo sabes, Fabrizio...
Fabrizio sintió una punzada en el pecho tan fuerte que apenas le dejaba respirar.
Tragó saliva, se removió, observó la casa y salió del coche.
A medida que avanzaba, la sensación de agobio se agrandaba.
Trataba de mantener el control tomando aire y soltándolo lentamente.
El aliento cálido acariciaba su rostro gélido.
Llegó a la puerta. Del interior salía una tenue música de villancicos.
Empuñó la pistola con fuerza y llamó al timbre.
Inhaló llenándose el pecho como si se preparase para saltar al abismo.
La puerta se abrió. Durante unas décimas de segundo las miradas de ambos hombres se encadenaron.
Fabrizio pensó que aquel tipo había puesto en la diana a su esposa, a la madre de sus hijos.
Una mezcla de rabia e impotencia le quemaba la sangre.
Alzó el brazo y apretó el gatillo. Gracias al silenciador, el disparo apenas se oyó como un petardo sordo.
La bala penetró en el entrecejo. El cuerpo de Elliot se tambaleó un instante y cayó al suelo.
En ese momento se oyó la voz dulce de una mujer.
—Elliot, ¿quién es?
Fabrizio miró hacia el interior de la casa justo cuando la señora McGrover apareció en el recibidor.
Fue solo un latido de desconcierto e incredulidad para ella.
Fabrizio alzó de nuevo el brazo y apuntó.
Ella reaccionó llevándose las manos al abultado vientre.
Aquel gesto de protección fue como un mazazo a la conciencia de Fabrizio, le tembló la mano y su brazo quedó sin fuerzas; lo bajó, se dio la vuelta y caminó con paso rápido hacia el coche mientras oía el grito ahogado de la viuda, obligada a criar a su hijo sin padre.
Aquella misma noche, Fabrizio Donatti desapareció sin dejar rastro.
Fabrizio salió del restaurante Torino’s con la misma sensación de haber emergido de una sentina.
El recuerdo de Matilde le dolía como una herida abierta en la memoria, una ausencia que el paso del tiempo no había podido aliviar, un duelo aún sin cerrar.
La amargura de la traición, el profundo desengaño al descubrir corruptible aquello que había considerado sagrado, la destrucción de una amistad que había considerado indestructible.
Atisbó el coche que lo esperaba al otro lado de la calle. Avanzó hacia él con paso lento. El chófer permanecía apoyado en el capó fumando. Al verlo acercarse, arrojó el cigarrillo al suelo y se apresuró a abrir la puerta trasera.
Fabrizio se detuvo a un par de metros, ensimismado.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el chófer solícito.
—Vete a casa —le dijo—. Necesito caminar.
El hombre asintió, cerró la puerta, dio la vuelta al coche y se sentó al volante.
Fabrizio lo vio alejarse y echó a andar, seguro de haber tomado la decisión correcta. Sin embargo, no podía evitar la sombra de las consecuencias de lo que acababa de hacer. Romper definitivamente los lazos con el Gordo Farelli y todo lo que ello implicaba estaba lejos de ser tarea fácil.