Un hombre de honor VI #4
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VI #4

—Esta sangre significa que desde ahora formas parte de esta familia.

Vives por el arma y el cuchillo, y mueres por el arma y el cuchillo.

—Fabrizio escuchaba al Gordo hechizado por su voz—.

Somos uno hasta la muerte. Sé leal a los nuestros, no entres en una batalla si no puedes ganar.

Sé leal a la organización, guarda secreto de lo que hacemos y de quienes somos.

—Los ojos del jefe se clavaron en él, y un escalofrío le recorrió la espalda—.

La omertà te obliga a estar dispuesto a morir antes que traicionar.

Prioriza la protección de los miembros de la organización por encima de la propia seguridad o interés personal, incluida tu propia familia.

Y respeta a las mujeres y a tus mayores.

El Gordo cogió la imagen del santo y le prendió fuego con la llama de una vela. Fabrizio volvió a sentir la gélida mirada de Farelli; aquel tono afilado y directo lo recibía en su conciencia como una descarga eléctrica.

—Si nos traicionas, que tu carne arda como este santo.

—Se hizo un silencio que duró unos segundos.

El gesto serio de Luca Farelli se tornó en una mueca que parecía una sonrisa.

Su voz se suavizó—. Te acabas de convertir en un uomo fatto , ya eres un hombre de honor.

—Solo entonces el Gordo abrió los brazos como si le abrazara en la distancia—.

Enhorabuena, Fabrizio. Desde este momento eres uno de nuestros soldados.

Él se sintió rígido, aturdido, como si hubiera permanecido bajo el agua conteniendo la respiración. A su alrededor apenas hubo movimiento. Nadie se inmutó.

Le hicieron levantarse y fue el turno para Russell. Al terminar el rito de su amigo, hubo una gran celebración hasta altas horas de la madrugada.

Aquel fue el comienzo de una nueva etapa para ellos. Todo iba bien, se cuidaban mutuamente. Ganaban mucho dinero, se compraron una casa en el mismo barrio, vestían trajes a medida, conducían buenos coches, tenían personal de servicio.

Fabrizio conoció a Matilde Calderón, una chica que llevaba las cuentas de una de las casas de apuestas que controlaba el Gordo. La cortejó durante unos meses y al año se casaron. Russell fue su padrino.

Matilde se quedó embarazada, pero continuó trabajando; su meticulosidad y buen hacer la convertían en casi imprescindible para evitar el caos de uno de los locales de juego más exitosos de la organización.

Con los años, la familia fue aumentando.

Fabrizio se convirtió en un esposo enamorado y en un padre ejemplar.

Todo empezó a quebrarse el 25 de diciembre de 1938, cuando a media tarde Russell Torino llamó a la puerta de la casa de Fabrizio.

—El jefe quiere verte... —dijo con gesto adusto. De su boca salían vaharadas blanquecinas.

Fabrizio se mostró extrañado.

—¿Ahora? Es Navidad...

—Ahora —le interrumpió Russell. Se removió hacia un lado, como metiéndole prisa—. Vamos, yo te llevo. Nos está esperando.

El aire era gélido, había nevado a lo largo del día y un manto blanco que se apagaba con las primeras sombras del atardecer lo cubría todo.

Fabrizio se calzó los zapatos y cogió el abrigo y el sombrero. En ese momento apareció Matilde.

—Hola, Russell, ¿ocurre algo? —preguntó despreocupada.

—Tenemos que irnos —se anticipó Fabrizio mientras se ponía el abrigo.

Le dio un rápido beso y los dos salieron de la casa. Ella no dijo nada. Estaba habituada a las salidas intempestivas de su marido. Los observó encaminarse hacia el coche de Russell. Cuando el motor arrancó, cerró la puerta.

—¿Tienes idea de qué se trata? —inquirió Fabrizio al iniciar la marcha.

—Lo sabremos enseguida.

No se dirigieron ni una sola palabra hasta llegar al club en el que estaba la oficina del Gordo Farelli.

Uno de los vigilantes los guio hasta una sala de reuniones situada al fondo del local, donde ya los esperaba el jefe, sentado en la cabecera de la mesa de nogal, flanqueado a su derecha por Carmine Santarrosa, y a su izquierda por uno de sus capos de confianza, el más violento de los hombres de Farelli.

—Caballeros. —Fabrizio se quitó el sombrero a modo de respetuoso saludo.

Russell se quedó a un lado de la estancia, de pie, con el sombrero entre las manos, como si estuviera al margen de lo que allí se iba a decir.

El Gordo Farelli permanecía sentado, con la espalda apoyada en el respaldo.

No contestó al saludo, tan solo le hizo un gesto para que tomase asiento frente a él, al otro lado del escritorio.

Cuando lo hizo, se inclinó hacia delante y puso los antebrazos sobre la mesa, entrelazando los dedos de las manos.

Su gesto era altivo y serio, la barbilla alzada, como si hablase desde una posición superior. Su voz sonó serena.

—Fabrizio, llevas años a mi lado, te aprecio y sabes que valoro tu trabajo, que siempre ha sido impecable; también has ganado mucho dinero a mi lado. —Dibujó una mueca parecida a una sonrisa—. Eres un soldado leal, fiable, nunca he tenido queja de ti. Sin embargo, hay algo que nos preocupa.

Al hacerse el silencio, Fabrizio paseó la mirada de Farelli a los dos hombres que estaban a su lado, y de ellos a Russell, para volver a su jefe.

—Dime qué te preocupa y lo resolveré de inmediato.

—Hace meses detectamos que hay un infiltrado entre nosotros.

—Lo sé, Russell y yo hemos estado muy alerta, pero... —Enmudeció de repente y sintió que la sangre le subía hacia el rostro—. No pensarás... —Volvió a examinar a todos los presentes, buscando alguna respuesta—. ¿No creerás que soy yo?

—No, Fabrizio, sé que no eres tú. Ya te lo he dicho, mi confianza en ti ha sido siempre absoluta. —Dio un largo suspiro que inquietó aún más a Fabrizio—. Hemos descubierto la identidad del soplón y también la del tipo a quien ha estado pasando la información.

—Está bien —añadió Fabrizio ante el incómodo silencio—. Dime quién es ese traidor y yo mismo me encargaré de que no vuelva a ver amanecer.

El Gordo Farelli, sin inmutarse, se fijó en Russell. El silencio era tan espeso que parecía convertir en plomo el aire.

Russell se acercó unos pasos hacia su amigo, dando vueltas al sombrero en un gesto nervioso. Le puso la mano en el hombro.

—Es Matilde...

Aquello le sonó como un estruendo que estallaba en su mente y rompía en mil pedazos todo lo que era importante para él. Boquiabierto, negó con la cabeza, luego abrió la boca y llevó los ojos del Gordo a Russell y de este a su jefe, aturdido.

—No... No puede ser... Matilde no puede haber... Imposible...

Sentía que su estómago se agriaba. Amaba a su mujer y todo lo que ella representaba en su vida, que no era otra cosa que la familia, su familia, su esposa, sus dos hijos, y un tercero en camino, pues desde hacía unos días sabía que estaba embarazada de tres meses.

Ellos eran lo más importante y al oír su nombre en aquella sala fue consciente de que todo estaba destruido.

—Es ella —sentenció el Gordo, contundente—, lo sabemos desde el verano. Lo descubrió Russell.

Entonces intervino Santarrosa.

—La vigilamos desde entonces, y ha estado pasando información a un agente del FBI.

Gracias a tu esposa, ese tipo tiene el listado de todos los sobornos que hacemos en la zona este de la ciudad, además de la información fiscal del casino, ingresos, beneficios, gastos no justificados...

En definitiva, si no hacemos algo ya, ese tipo no solo nos cerrará el negocio, sino que podemos acabar todos en la cárcel por soborno, evasión de impuestos y juego ilegal.

—¿Por qué iba a hacer algo así Matilde? —preguntó Fabrizio, aún incrédulo—. Este es nuestro medio de vida.

—Eso ya no importa —zanjó el Gordo Farelli.

Fabrizio palideció, aterrorizado, asumiendo poco a poco las nefastas consecuencias de todo aquello.

—¿Qué vais a hacer? —Su voz emanaba una súplica humillante—.

Jefe, hoy mismo me haré cargo de ese tipo, no...

Podemos arreglarlo, yo... Me llevaré lejos a Matilde, dame la oportunidad de hablar con ella...

¡Tengo que saber por qué lo ha hecho, joder!

—clamó para sí, vehemente y nervioso. Luego se hundió en un profundo pesar, la voz le tembló y se tapó la cara con las manos—. ¡Joder! ¡Es la madre de mis hijos!

El Gordo levantó la mano para detener aquella cascada de palabras implorantes.

—Tranquilízate, Fabrizio —su tono era sereno—.

Está todo previsto. Te harás cargo del agente del FBI, ha de ser hoy mismo, porque sabemos que a partir de mañana pretende empezar a actuar contra nosotros.

—Se calló y le sostuvo la mirada, con gesto mesurado—.

Es obvio que liquidar a un agente federal te convertirá en objetivo prioritario de todo el sistema, así que tendrás que desaparecer durante una larga temporada, alejarte de todo para evitar que te detengan y acabes cayendo en la tentación de colaborar...

—No me insultes, Farelli —replicó ofendido por la mera sospecha.

En el rostro del jefe se dibujó una mueca de indolencia.

—Un hombre en la cárcel se vuelve muy vulnerable, no podemos arriesgarnos a que llegues a esa situación. Te ocultarás el tiempo que sea necesario, no temas, no te faltará de nada, ni a ti ni a los tuyos; podrás regresar cuando las aguas se calmen.

—Deja que me acompañen Matilde y los niños —rogó, esperanzado.

—Russell se ocupará de tu esposa y tus hijos.

Fabrizio escrutó a Russell, que continuaba volteando el sombrero con el ala entre sus dedos.

—Tenemos que irnos —dijo este con voz ronca—. Sé dónde encontrar a ese tipo del FBI.

Fabrizio se levantó pesadamente, como si llevara una losa sobre los hombros, y se dirigió a la salida con paso lento.

Le detuvo la voz gruesa del Gordo.

—Debería eliminaros, a ti y a tu familia. —Fabrizio sintió el peso de aquellas palabras, oscuras como el carbón—. No te confundas, no es compasión... Desde este momento quedas en deuda conmigo. Algún día, y puede que ese día nunca llegue, reclamaré la compensación por haberte dejado con vida.