VI #3
Fabrizio hablaba mientras los dos amigos paseaban por los tranquilos senderos del cementerio Elmwood.
Hacía tiempo que Fabrizio había descubierto la paz de aquel lugar, con sus praderas cubiertas de un manto blanco de nieve de la que emergían las oscuras piedras de las sepulturas, como símbolo de su eterna presencia.
Era domingo, el frío invernal de Detroit se veía aplacado por la calidez de un tibio sol de mediodía y los dos amigos se contaban sus cuitas.
—Hay una forma de ganar dinero, Fabrizio, pero hacen falta agallas.
—Haré lo que sea —le instó.
Russell se detuvo y le habló con gesto serio.
—Antes, tú y yo debemos hacer un pacto. —Sacó una navaja y se hizo un corte en la palma de la mano.
A continuación, le pidió la suya y le hizo una incisión similar.
Con la solemnidad que el acto requería, los dos se estrecharon la mano mezclando su sangre—.
Ahora, somos hermanos para siempre: cuando me necesites, estaré, cuando te necesite, estarás; en el peligro actuaremos como uno solo, la lealtad será nuestro escudo, así como la obligación ineludible de protegernos el uno al otro, y proteger a nuestras familias, siempre y pase lo que pase. —Sonrió—. ¿Estás de acuerdo?
Fabrizio sentía la sangre viscosa en la palma de la mano. Asintió con un movimiento de cabeza.
—Hermanos para siempre, Russell.
Separaron sus manos y se limpiaron la sangre con los pañuelos. Russell le habló satisfecho.
—Te presentaré a alguien.
Aquella tarde, Fabrizio conoció a Luca Farelli, al que ya entonces todo el mundo llamaba el Gordo por su sobrepeso y su enorme estatura, que le daba un aspecto temible.
Era serio, audaz, sutil, de apariencia tranquila pero muy violento, insensible al dolor ajeno.
Para el Gordo Farelli la lealtad de sus hombres era innegociable: el silencio y la obediencia.
Quien incumplía alguno de esos códigos lo pagaba, no solo él, sino todo su entorno.
Esas eran las reglas, a nadie obligaba a aceptarlas, pero una vez que se pasaba a formar parte de la organización, ya no había marcha atrás.
—Pareces muy joven. —Aquellas fueron las primeras palabras que Fabrizio le oyó decir al Gordo Farelli—. Dice Russell que quieres trabajar para mí.
—Quiero ganar dinero —dijo imprimiendo aplomo a sus palabras.
—¿Podrías matar a alguien si tuvieras que hacerlo?
Fabrizio echó un rápido vistazo a su amigo, que se mantenía de pie a un lado del despacho de Farelli, las manos dentro de los bolsillos del pantalón.
—Si las circunstancias lo requieren, podría hacerlo... —añadió Fabrizio con un ingenuo convencimiento.
—Está bien. Veremos de qué eres capaz... —sentenció el Gordo analizando cada gesto.
Aquella tarde Fabrizio descubrió una forma de ganar dinero rápido. Junto a su amigo Russell, subieron a un coche conducido por un tipo algo mayor que ellos que se presentó como Barry. Llegaron a Hamtramck, al norte de la ciudad.
Barry les pasó unas barras de hierro.
—Tú te encargas del viejo —le dijo a Russell—. Tu amigo que se ocupe del más joven. No lleguéis hasta el final, con un buen escarmiento basta, ¿de acuerdo?
Russell asintió y salió del coche con la barra en la mano.
Fabrizio lo siguió. Todo se desarrolló rápido, sin apenas tiempo para pensarlo.
Cuando aquella noche contaba el dinero que le habían entregado, solo recordaba que se había ido hacia un chico algo mayor que él que lo recibió temblando de miedo.
Le impresionó el primer golpe en la cabeza; después, nada.
No sintió nada más; cada impacto que le propinaba era uno más, como si golpeara un saco de arena, cegado, insensible.
Solo se detuvo cuando oyó la voz de su amigo instándole a marcharse.
Aquel había sido su bautismo en la violencia.
A partir de ese momento, ambos jóvenes pasaron a formar parte como iniciados de la organización criminal que lideraba Luca Farelli en la ciudad de Detroit.
El Gordo se había hecho rico con el contrabando de alcohol durante el periodo en el que estuvo vigente la Ley Seca, que prohibía la producción, el transporte y la venta de bebidas alcohólicas para el consumo; sin embargo, beber alcohol no era ilegal.
Al entrar en vigor el veto, Farelli aprovechó la baja demanda para adquirir varias fábricas de cerveza a precios irrisorios y explotarlas en su propio beneficio.
Sobornó a todo tipo de autoridades para que no interfirieran en su negocio, convencido de que había que repartir beneficios y regar el terreno con el fin de que todos en la cadena estuvieran contentos, desde la fábrica, hasta el transportista, la policía y los inspectores, los políticos y, por supuesto, el consumidor, que pagaba lo que fuera por una bebida espirituosa de calidad.
Al abolirse la prohibición, el Gordo Farelli tuvo que reorientar sus actividades.
La crisis del 29 ya había causado estragos en todo el país, especialmente en Detroit, donde el aumento del paro derivó en pobreza.
Farelli optó por los negocios más lucrativos: apuestas ilegales y prostitución en bares, restaurantes y clubes nocturnos, extorsión y protección a comercios y fábricas a través de la infiltración en los sindicatos para controlarlo todo, además de préstamos usurarios, secuestros y robos.
Lo manejaba a través de empresas pantalla en las que blanquear el dinero que brotaba en cantidades ingentes de los negocios ilegales.
Fabrizio y Russell hacían cuanto se les mandaba, recaudaban dinero de apuestas o préstamos y se encargaban de hacer el trabajo sucio, sin pensar en las consecuencias.
Debían estar disponibles las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.
Nada estaba por encima de las órdenes del capo, ni familia ni amigos, nada.
Los dos demostraron al Gordo Farelli lealtad, obediencia y silencio.
Fabrizio ahorró lo suficiente para comprar un pequeño apartamento para él y su hermana, pero antes de que pudiera hacerlo, Angelica desapareció. Fabrizio averiguó que se había marchado con un camionero hacia el oeste. No volvió a saber de ella, tampoco hizo nada por encontrarla.
Los dos amigos escalaron con rapidez en el círculo de confianza de Luca Farelli. Hacían el trabajo con sutileza y sin ruido, tal y como le gustaba al jefe.
Fabrizio se ganó la fama de hombre calculador, astuto, eficaz y con una mentalidad maquiavélica, convencido de que el fin justificaba los medios. Pretendía no solo dinero, sino poder. Russell era más salvaje, más violento, más sumiso a la autoridad del Gordo: no pensaba, solo ejecutaba.
Una noche, los convocaron a una reunión.
Los llevaron en coche hasta un local apartado, a las afueras de la ciudad, y los hicieron pasar a una sala en penumbra, casi vacía: con una única mesa en el centro bajo la luz mortecina de una bombilla que colgaba sobre ella.
En la cabecera, sentado como si fuera un dios, los recibió Luca Farelli.
A su derecha se encontraba Carmine Santarrosa, su consigliere , y a los lados de la estancia, apenas como figuras en las sombras, varios de sus caporegime .
La voz rotunda y autoritaria del Gordo resonó en la estancia como en una caverna.
—Bienvenidos, muchachos. Hoy será una noche importante para ambos. Hoy dejaréis atrás lo que fuisteis y pasaréis a formar parte de los hombres de honor de esta familia. —Hizo un inciso y dirigió la vista a Russell, luego a Fabrizio—. ¿Estáis dispuestos?
Russell respondió de inmediato.
—Estoy dispuesto.
Fabrizio guardó silencio un par de segundos. Pensó en su padre herido de muerte ante sus ojos infantiles, en su última mirada clavada para siempre en su interior. Pensó en lo que significaba no ser nadie, y en que estaba a punto de formar parte de algo sólido, real.
—Estoy dispuesto —dijo al fin.
A partir de ahí, la conversación se desarrolló en siciliano.
—Santarrosa será vuestro padrino —indicó el Gordo—. Que empiece el ritual. Tú serás el primero —dijo, dirigiéndose a Fabrizio.
Con un gesto lo invitó a sentarse al otro lado de la mesa.
Fabrizio advirtió la incomodidad de Russell, que permanecía de pie a su lado: supo que le habría gustado ser él el primero, reclamaba ese honor y se lo reprocharía durante días, aunque él no hubiera tenido nada que ver con aquella decisión. Dudó y el Gordo le instó con un gesto.
Al sentarse, Fabrizio se fijó por primera vez en lo que había sobre la superficie de la mesa: una botella de vino con un vaso, la estampa de un santo, un pañuelo blanco planchado y doblado, una pistola y una navaja con el filo al descubierto, colocado todo en un orden estudiado.
A una indicación del Gordo, Santarrosa tomó la navaja, solicitó la mano de Fabrizio, sujetó con fuerza el dedo corazón y apretó el filo contra la yema para que la sangre fluyera.
Luego, lo envolvió en el pañuelo. La mancha roja se extendió lentamente por la tela.
Fabrizio mantenía la respiración pausada, cautivado por el hipnótico rito. Todo a su alrededor era oscuridad y silencio, como el escenario iluminado de un teatro en plena representación. A su espalda, notaba la presencia de Russell.
Ensimismado, los ojos fijos en la mancha de sangre, se oyó la voz de Luca Farelli, quien habló con insólita solemnidad.