Un hombre de honor VI #2
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VI #2

Fabrizio Donatti había nacido en Cefalú, un pueblo pesquero cerca de Palermo.

Su familia se ganaba la vida gracias a un próspero comercio de alimentación.

Todo iba bien hasta que su padre se resistió a compartir los beneficios de su negocio con un hombre que le ofrecía protección a cambio.

Dos días después lo acribillaron a balazos en la puerta de su tienda ante la mirada atónita de su hijo Fabrizio, que acababa de cumplir los seis años.

No hubo detenciones y apenas hubo un amago de investigación a pesar de que el asesino se paseaba con impunidad y arrogancia a la vista de todos.

Ni la policía ni la justicia movió un dedo por resolver aquel crimen.

La madre de Fabrizio no resistió la presión y cedió el negocio a su cuñado a cambio de lo suficiente para viajar a Estados Unidos con sus dos hijos, Fabrizio y la pequeña Angelica.

La familia llegó a Detroit, donde ya vivía una tía de Fabrizio, que los ayudó a instalarse en una habitación encima del almacén de carne donde la madre empezó a trabajar.

Los primeros años resultaron muy duros, lo único que el país de las oportunidades parecía tener para ellos era hambre y miseria.

Cuando Fabrizio cumplió trece años, la madre murió, y él y su hermana se vieron obligados a vivir en casa de sus tíos, compartiendo el exiguo espacio con los cinco hijos de la pareja, todos chicos.

La convivencia resultó muy complicada, con enfrentamientos continuos de Fabrizio con su tío y una mala relación con sus primos.

Angelica aprendió a refugiarse en el regazo de su tía, quien intentaba en vano protegerla de un entorno violento del que ella misma era víctima por parte de su marido, que descargaba sobre ella sus fracasos, frustraciones y borracheras.

Fabrizio se propuso salir lo antes posible de aquella casa.

Abandonó el colegio y comenzó a trabajar en la compañía Kroger Grocery otros tres hicieron lo mismo.

El encargado, nervioso por si la situación se le iba de las manos, comenzó a conminar a la gente a que siguiera trabajando, los empujaba dándoles voces para que se movieran.

Sin embargo, uno tras otro, todos los hombres sin excepción fueron dejando las cajas en el suelo para unirse al paro, hasta el último de ellos secundó el llamamiento de Hoffa.

Aquella huelga espontánea logró resultados sorprendentes, teniendo en cuenta las condiciones existentes hasta entonces.

Además de un modesto aumento del salario, se consiguieron la reducción de la jornada laboral y un descanso para comer.

El acuerdo fue solo para un año, pero aquel paro llevado a cabo sin el respaldo sindical significó un revolucionario paso adelante en cuanto a la concienciación de los trabajadores sobre sus derechos, además de poner a Jimmy Hoffa en el punto de mira de los sindicatos, muy necesitados de hombres como él, líderes hábiles capaces de negociar y convencer tanto a empresarios como a trabajadores.

Pocos días después de aquel plantón, al salir del trabajo, se presentó a Fabrizio un chico de su edad.

—Hola, ¿eres Fabrizio Donatti?

Fabrizio percibió un olor rancio procedente de las ropas del chico. Sin detenerse, preguntó receloso:

—¿Quién lo busca?

—Soy Russell Torino. —Echó a andar a su lado—. El otro día ayudaste a mi padre. Está muy agradecido, y yo, por supuesto. Lo que hiciste fue muy valiente y arriesgado.

Fabrizio lo miró y le sonrió.

—¿Cómo has dicho que te llamas?

—En realidad, me llamo Rosario, pero todo el mundo me llama Russell.

—Si te llamas Rosario es que eres italiano. —Lo dijo con agrado.

—Siciliano, nacido en Santo Stefano Quisquina, donde se hace el mejor queso pecorino del mundo —añadió con orgullo—. Mi familia lo elabora desde hace siglos. Aunque llegué a este bendito país con solo cuatro años.

—Yo con seis —apuntó Fabrizio—, también siciliano, de Cefalú. ¿A qué hueles? Parece que acabas de salir de un vertedero.

El chico se echó a reír.

—No vas mal encaminado. Trabajo en la recogida de basuras. Acabo de terminar mi turno y no he pasado por casa. Mi madre quiere invitarte a cenar para agradecer lo que hiciste el otro día por mi padre. —Se llevó los dedos a la boca—. Hace la mejor pasta que hayas probado en tu vida.

—No hace falta, gracias...

El chico lo interrumpió sin detener el paso.

—Fabrizio, a ti no tengo que explicarte cómo son las madres sicilianas. Las órdenes se cumplen, si no te llevo conmigo no me dejará entrar y, al menos hoy, tendré que dormir en la calle.

Fabrizio sonrió por la cómica exageración y aceptó. Teniendo en cuenta la escasa bazofia que le esperaba en casa de su tía, resultaba tentador saborear un plato bien cocinado.

La madre de Russell era una siciliana de pies a cabeza, alegre, divertida, rolliza y con una vitalidad contagiosa.

El padre trabajaba en la descarga de la fruta, pero estaba enfermo de los pulmones, fumaba demasiado y se fatigaba mucho.

Russell tenía tres hermanos más pequeños que aún iban al colegio.

Él se había tenido que poner a trabajar en la recogida de basura para contribuir al sustento familiar.

La cena resultó deliciosa y se alargó hasta bien entrada la madrugada.

Hablaron de Sicilia, de la familia, de cómo habían hecho el viaje a través del océano y de los que se habían quedado allí.

A pesar del tiempo que llevaban en Estados Unidos, ambos coincidían en que se sentían extranjeros en aquel país que primero los acogía para luego maltratarlos y abocarlos a la miseria y la pobreza.

Fabrizio se sintió tan a gusto en aquella familia, unida y bulliciosa, que terminó pasando más tiempo en casa de los Torino que en la de sus tíos.

Tras la debacle de la bolsa de Wall Street en octubre de 1929, los dos amigos, como cientos de miles de trabajadores en todo el país, perdieron el trabajo y pululaban por las calles buscando el modo de ganarse la vida.

—Quiero ser rico, Russell, deseo con todas mis fuerzas tener dinero, mucho dinero, tanto que no tenga tiempo suficiente para gastarlo.