VI
El Lincoln Continental enfiló Mulberry y aparcó delante del restaurante Torino’s.
Se inclinó hacia la ventanilla y habló al conductor.
—No tardaré, ¿de acuerdo?
Russell, al verlo, alzó el brazo.
—Adelante, bienvenido a mi humilde morada.
No se habían vuelto a ver desde su encuentro en Central Park, a principios de año. Fabrizio había pospuesto en varias ocasiones aquella cita. No se sentía cómodo en compañía de Russell, pero debía zanjar de una vez aquel asunto.
—¿Tu humilde morada? —preguntó Fabrizio con sarcasmo—. Te llevas el noventa por ciento de la clientela de todo el barrio.
Se estrecharon las manos.
—Ya sabes que no es mérito mío, sino del mejor cocinero de todo el estado. —Calló sonriendo al recién llegado, como si valorase su aspecto—. Puntual, como siempre, por eso te sigo apreciando tanto.
—¿Solo por eso?
Obviando la pregunta, Russell Torino le hizo una seña con la mano.
—Siéntate. Te has hecho de rogar —le reprochó.
—Tengo mucho trabajo, Russell.
—Claro, claro, lo entiendo.
Fabrizio tomó asiento al otro lado de la mesa. Russell atrajo la atención del camarero.
—Vincenzo, trae vino para mi invitado. —Se dirigió de nuevo al recién llegado—. He pedido albóndigas con espaguetis. Hechos como a ti te gustan.
Fabrizio no dijo nada. No tenía apetito, pero sabía que eso no frenaría la intención de Russell de ponerle delante el plato de pasta.
El otro le observaba afectuoso, satisfecho y sonriente.
—El jefe te envía recuerdos. Le dejaste impresionado.
El camarero se acercó con una copa, la llenó de vino y se alejó. De fondo sonaba la voz de Domenico Modugno con su célebre «Nel blu, dipinto di blu».
—Cuéntame —le instó Russell, impaciente—. ¿Cómo van las cosas? ¿Está todo bien atado? He oído que hubo algunos testigos incómodos...
—Ya nos ocupamos de todos. Ninguno de ellos será problema.
—Fue en el momento justo. Ese hijo de puta iba derecho a la Casa Blanca.
—No lo tengo tan seguro —replicó Fabrizio—, era un pusilánime. Carecía de carisma.
—Quería ser presidente —afirmó Russell—. Si no lo hubiera conseguido, lo habría intentado en las siguientes y habría acabado tirando de la manta de lo del hermano. Los dos Kennedy están mejor a dos metros bajo tierra y bajo una gruesa losa de piedra.
—¿De verdad piensas que Bobby Kennedy iba a meterse en eso? —inquirió—. Dio su conformidad a las conclusiones de la Comisión Warren. Oficialmente, aceptó que fue Oswald el único que disparó.
—¿Y tú te fías de la palabra de un Kennedy?
—preguntó retórico—. Ni siquiera leyó esos informes.
Respaldó las resoluciones de la Comisión a cambio de no ser citado a declarar, de ese modo evitó tener que dar explicaciones incómodas que pudieran comprometerlo en asuntos que quizá le salpicarían.
Estaba esperando la oportunidad para meter sus sucias manos irlandesas en el ataúd del hermano.
Si Bobby Kennedy hubiera llegado a poner los pies en la Casa Blanca, habríamos tenido un problema...
—Irguió en el aire el índice como para enfatizar lo que iba a decir—. Y, gracias a ti, lo hemos evitado.
Fabrizio arqueó las cejas y bebió un sorbo de vino.
Russell continuó hablando.
—¿De dónde sacaste a ese chico? Es perfecto, parece tan dócil. Me enternece cada vez que lo veo en las noticias.
—Lo fichamos en Pasadena. Era el tipo adecuado, tímido y manejable, le gustan las armas y disparar.
Estaba resentido con el estado de Israel y todo el que lo apoyara.
Robert Kennedy había sido su héroe, lo adoraba, pero el héroe se convirtió en tirano cuando en Oregón soltó un discurso dando su apoyo expreso a los israelíes...
—Se detuvo, inclinó la cabeza y abrió las manos mostrando las palmas—.
Desde ese momento, se sintió traicionado y la aversión hacia nuestro objetivo era casi enfermiza; el móvil perfecto ante la opinión pública.
No hubo problema para integrarlo en el programa, adiestrarlo y someterlo a las órdenes; ha sido el resultado de un proceso laborioso, pero mis contactos lo tienen bien montado, estas cosas las saben hacer.
—¿Te refieres a ese tipo de la CIA? El que conociste en Sicilia. ¿Te fías de él?
—Más que de otros —le dijo con insolente fijeza.
Se hizo un embarazoso silencio entre ellos, hasta que Fabrizio se centró en sus dedos, que sujetaban el tallo de la copa; con movimientos suaves, meneó el líquido granate, espeso como un secreto antiguo. Habló en tono sereno, desechando la tensión.
—Se ha hecho un buen trabajo, no recuerda nada de lo que pasó, y aunque admite que disparó, no tiene ni idea de lo que hacía en aquella cocina.
—¿Y los abogados?
—Los abogados están bajo control. Grant Cooper será el que dirija la defensa; tiene algunos asuntos pendientes con la justicia que quedarán cerrados si hace bien su papel, y estoy convencido de que lo hará.
Le gusta salir en la televisión, es presuntuoso y fanfarrón, sabrá manejar a los periodistas incómodos o entrometidos.
Se van a centrar en demostrar que no hubo premeditación y que Sirhan es un desequilibrado que odiaba a Kennedy; tampoco es tan difícil de creer, somos muchos los que sentimos lo mismo, pero tan solo ese chico tuvo los arrestos de dispararle.
Ese es el relato que se está filtrando a la opinión pública, y lo están aceptando sin problema.
—¿Y el fiscal? Es importante que esté en el ajo.
—El fiscal adjunto que está llevando el caso tendrá su ascenso en cuanto dicten la sentencia condenatoria para Sirhan.
Fiscal adjunto jefe, nada menos. Es lo que ha pedido y obtendrá el nombramiento en cuanto cumpla su parte.
Y el juez colaborará a cambio de que no salga a la luz un asunto turbio.
Si se adapta al guion, su esposa y sus hijos seguirán pensando que tienen un marido y un padre ejemplar.
Y la pareja que ha llevado a cabo toda la operación ya está fuera del país —añadió Fabrizio.
De repente, su rostro mostró un gesto exasperado—.
Aunque esa chica hizo algo tan estúpido como ponerse un vestido blanco de lunares.
La muy cretina... ¡Todo el mundo se fijó en ella!
—Bah, todo se pasará. La chica se ha esfumado. Por mucho que la señalen no podrán dar con ella, ya está fuera de su alcance. Lo importante es que no asomen la cabeza en una buena temporada.
—Han recibido su recompensa. Si saben gestionarlo bien, vivirán a lo grande el resto de su vida.
En ese momento, el camarero se acercó hasta ellos con dos platos bien cargados de albóndigas con espaguetis.
—Hechos con el mejor tomate fresco y con albahaca recién cortada —dijo poniendo los platos sobre la mesa.
Russell empezó a comer con apetito, al contrario que Fabrizio, que ni siquiera tocó el tenedor.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no comes? —preguntó Russell con desagrado.
—Demasiado temprano para mí —bebió un trago de vino.
Russell se irguió y calibró la actitud de su invitado mientras masticaba el bocado que tenía en la boca.
Hizo una seña a uno de sus hombres, este se acercó y le entregó un sobre pequeño y abultado.
Lo cogió, y cuando volvieron a quedarse solos, Russell lo dejó en la mesa y lo arrastró hacia Fabrizio, que no dejaba de observarle con la copa sujeta entre los dedos.
—El Gordo Farelli me ha dicho que esto es por los buenos resultados.
Fabrizio observó el paquete que ahora estaba a su alcance. Sin llegar a cogerlo, lo entreabrió y vio una pila de billetes. Esbozó una leve sonrisa al recordar viejos tiempos.
—Son cien mil —aclaró Russell al notarle la resistencia a cogerlo—. Es mucha pasta, y no tenía por qué darte nada, ya sabes, eres tú el que estaba en deuda.
Dicho esto, Russell hincó el tenedor en el plato y lo rotó enrollando la pasta entre sus púas hasta formar un ovillo compacto.
Se lo llevó a la boca y empezó a masticar con la cabeza gacha hasta que alzó los ojos y se quedó quieto, mirando a Fabrizio.
Soltó el cubierto, se irguió y se limpió los labios con la servilleta.
—¿Qué coño te pasa? ¿Es que te parece poco?
Fabrizio le sostuvo la mirada. Luego echó un trago del vino y lo paladeó despacio.
—Te voy a decir lo que me pasa, Russell —dijo en tono áspero—. Dile al Gordo que ya no le debo nada, que se meta su dinero por su gordo culo, y que no vuelva a llamarme, que se olvide de mi nombre —se detuvo y lo señaló con el dedo—, y lo mismo para ti. ¿Te ha quedado claro?
Russell no pareció inmutarse por la crudeza del mensaje; le señaló con el tenedor, tenía restos de tomate en la comisura de la boca.
—Recuerda, Fabrizio, nadie está por encima del sistema. En la mafia se entra por voluntad propia..., pero solo se sale muerto.
Con movimientos pausados, Fabrizio se levantó.
—Tengo que irme.
—Ni siquiera has probado mis espaguetis —le reprochó fanfarrón.
Fabrizio cogió el plato y volcó el contenido sobre la mesa, sin decir palabra ni apartarle la mirada.
—Estás jugando con fuego... —La voz de Russell surgió como un rugido en su garganta.
Enseguida, trató de serenar su tono—. Vamos, Fabrizio, somos hermanos, ¿recuerdas?
, hermanos para siempre... —Le mostró la mano—.
Hicimos un pacto de sangre, la lealtad es nuestro escudo, me debes lealtad y yo te la debo a ti...
Fabrizio apretó los puños con rabia. Se inclinó hacia él y le señaló con el dedo, conminatorio.
—Tú y yo dejamos de ser amigos hace mucho tiempo, Russell.
—Hablaba con la mandíbula tensa, conteniéndose para no lanzarle el puño contra la cara—.
Tú lo sabes y yo lo sé. Eres un maldito embustero, podrido hasta el alma.
—Sus ojos reflejaron el odio macerado durante años—.
Algún día te veré sudar de miedo, Russell, algún día... pagarás tu traición.
Se dio la vuelta y se alejó.