V #2
—No, gracias, mamá. Tomaré tostadas. —Acercó a su madre la taza para que la llenase de café—.
Dime, papá, ¿qué te parece la entrevista a Bobby Kennedy?
La ha firmado mi jefe —añadió mientras cogía una tostada y le daba un mordisco, más pendiente de la respuesta de su padre que de lo que tenía en la boca.
—Muy acertada desde el punto de vista periodístico —alegó convencido. Luego asintió—. Es muy buena... Ese Becker se va a cubrir de gloria con esto.
Nicole tuvo que contenerse. Le habría gustado gritar que era ella quien la había hecho, que su hija era la responsable de que todo el país hablase de esa última entrevista y de su contenido.
Pero eso significaría confesar que había estado en Los Ángeles y no podía traicionar la promesa que le había hecho a su madre.
—La entrevista a Kennedy es un cañón. —Michael ya había leído antes el Times —.
Con su hazaña mortal, ese Sirhan ha lanzado al estrellato a tu jefe de una patada en el trasero.
Lo van a llamar de todos los medios, se hará famoso; seguro que le proponen como candidato al Pulitzer al reportaje nacional.
—¿Tú crees? —preguntó ella entre la emoción y la sorpresa, eso no lo había pensado.
—Dalo por hecho —ratificó su padre—. Es lógico. Al fin y al cabo, ha conseguido registrar las últimas reflexiones de ese perro rencoroso.
—¿Por qué lo llamas así? —protestó ante el desprecio que destilaban las palabras de su padre.
—Porque lo era —respondió tajante—, además de un mediocre, ambicioso y sin escrúpulos. Acumulaba todo lo peor en un político. Ahora está en el lugar que le corresponde.
Nicole no quiso rebatir aquellas palabras.
No le merecía la pena hacerlo. Y aunque resultaba dolorosamente obvio que era Becker quien se estaba llevando todo el mérito, se consolaba con saber que había sido ella la que estuvo al lado del senador, la que habló con él, la que fue testigo de las últimas miradas de su vida.
Se estremecía al pensar qué poco tiempo le quedaba después de su charla y qué trágico había sido todo.
Estaba tan imbuida en estos pensamientos que la pregunta de su padre le pilló totalmente desprevenida.
—¿Cómo fue tu viaje a Nueva Orleans?
Nicole y su madre cruzaron una mirada cómplice.
—Interesante —respondió ella, sin añadir más.
—Espero que mi hija sea una de las que desenmascaren a ese teórico de la conspiración que lo único que busca es impulsar su imagen pública y su carrera política. Aunque lo más probable es que se hunda en el fango de sus propias paranoias.
—Se dice que Jim Garrison ha utilizado en los interrogatorios métodos poco convencionales —añadió Michael—, y que presiona y manipula a los testigos para conseguir que sus testimonios encajen en su teoría de conspiración sobre el asesinato del presidente Kennedy.
Tengo entendido que es un fiscal bastante autoritario en sus formas.
—A veces se confunde ser autoritario con la osadía —intervino Nicole con seguridad—. Yo le he conocido. Cuando se lo he pedido me ha dedicado tiempo para responder a mis preguntas y siempre ha facilitado mi trabajo. Y no me creo en absoluto que drogue a los testigos; me parece del todo inverosímil.
—Demasiado ingenua para ser periodista, mi pequeña princesa —replicó el padre en un tono condescendiente—. ¿Es que no te das cuenta? Eres joven, bonita, un hombre como Jim Garrison se pasaría horas contemplándote y babeando.
—¡Papá! —se ofendió ella—. Soy algo más que una cara bonita.
—Eres mi hija —le dijo guiñándole un ojo con una mueca cariñosa—. Y no hay título más importante que ese.
Los dos hombres fijaron su atención en la prensa.
Nicole los examinó. Luego, observó a su madre, imbuida en el último ejemplar del Vogue , y no pudo evitar pensar en el privilegio de los hombres y lo enrevesado que era todo para las mujeres que pretendían escapar de las fronteras que ellos trazaban.
Había quedado para verse con Frank aquella tarde. Le había estado dando largas, incapaz de enfrentarse a la cruda realidad de perderlo.
Frank quiso invitarla a cenar en su restaurante favorito; sin embargo, ella prefirió quedar en su apartamento, y a él le pareció bien.
Nicole se despidió de Becker y salió del periódico con la hora justa; cogió un taxi en dirección a Strivers’ Row.
Anochecía cuando se apeó en la Ciento treinta y ocho.
Se detuvo al pie de la escalinata que llevaba al portal, mirando la fachada de aquellas casas de piedra marrón y ladrillo rojo con un estilo tan particular.
Sonrió al recordar el día que subió aquel tramo de escaleras de la mano de Frank, hasta llegar a su apartamento; fue aquella la primera vez que se entregaba a un hombre.
Antes de Frank, Brooks había intentado ir más allá de abrazos y caricias, pero ella nunca se lo había permitido; con él sentía una extraña barrera que se derrumbó en los brazos de Frank.
Se estremeció al evocar la ternura de sus manos descubriendo cada rincón de su cuerpo, la calidez de sus palabras susurradas al oído, el seductor aroma que desprendía su piel, el dulce sabor de su boca.
En aquellos momentos de intimidad, Frank le hacía sentir como si no existiera nadie en el mundo salvo ella.
Con aquellos recuerdos latiendo en su mente, apretó los labios y, en un acto reflejo, también los puños; subió las escaleras, entró en el portal y ascendió hasta el segundo piso.
Plantada delante de la puerta, tomó aire y lo soltó tratando de recuperar la fuerza que le había ido abandonando con cada peldaño. Pulsó el timbre y esperó.
Cuando Frank abrió, iba descalzo y llevaba una camiseta blanca por fuera del pantalón vaquero.
La sombra de un ligero desafeite perfilaba su mandíbula.
Nicole pensó que era el hombre más atractivo que jamás había conocido.
Sonriente, él la atrajo hacia sí y la envolvió en sus brazos, Nicole se dejó hacer.
Nada más cerrar la puerta se besaron apasionadamente.
En ese instante, la inoportuna imagen de Brooks pasó por la mente de Nicole, pero la apartó sin reparo; deseaba tanto aquel tacto, aquellas manos que parecían modelar su cuerpo; se estremecía al sentir la excitación desatada entre ambos a través de los labios.
A trompicones, sin apenas separarse, enlazados entre sí como si un hilo invisible los hubiera amarrado el uno al otro, llegaron hasta la cama e hicieron el amor de una forma enardecida, sin prisa, con movimientos pausados a veces y otras con la aceleración avivada por el deseo, al margen de cualquier realidad que los circundase.
Tras superar el clímax, sus cuerpos laxos se relajaron y permanecieron pegados el uno al otro sintiendo la llegada de la calma.
Ella con la cabeza sobre el pecho de él, percibiendo en su mejilla los latidos del corazón, la calidez de su piel, la suavidad de sus manos.
Mientras Frank acariciaba la melena desparramada sobre su torso, agotado por el grato esfuerzo.
—Tenía tantas ganas de ti... —murmuró él.
Nicole sabía que debía dar el paso, no podía posponerlo más. Le avergonzaba no contar la verdad de su nueva situación, sabía que lo estaba engañando, y ni quería ni podía consentirlo, a él no.
Besó los labios aún cálidos.
—Frank, tengo algo que decirte...
—Estoy muerto de hambre —dijo, ajeno a la gravedad que había detrás de aquellas palabras—. He traído tu sándwich favorito.
Ella se irguió, visiblemente sorprendida.
—¿El de pastrami de Katz’s Delicatessen?
Frank asintió con una expresión divertida.
—¿En serio has ido hasta el Lower East Side solo para comprar el sándwich que me gusta?
—Me encanta sorprenderte. —La besó en los labios, satisfecho por su hazaña, y salió de la cama.
Se puso los calzoncillos y buscó la camiseta; con ella en la mano entró al baño.
Al salir descubrió a Nicole sentada en la cama, con la espalda apoyada en el respaldo; la sábana solo le cubría hasta la cintura.
Estaba tan ensimismada que ni siquiera se dio cuenta de su presencia. Frank sonrió mientras la contemplaba.
—Pareces una diosa.
Nicole salió de su abstracción, y sintió el rubor subirle al rostro, no de vergüenza, sino de la dulce incomodidad del deseo correspondido. De inmediato, saltó de la cama y se puso la ropa interior. Frank la observaba embobado.
—¿Te vas a quedar ahí plantado? —preguntó mientras recogía su ropa desperdigada alrededor de la cama.
—Te estaría contemplando todo el día... Todos los días... Toda la vida...
Nicole se detuvo al oír sus palabras, envuelta en una extraña tristeza mezclada con la vergüenza de saber el daño que iba a provocarle y aun así incapaz de evitarlo.
Terminó de vestirse y salió al salón. Le gustaba aquel apartamento de techos altos y grandes ventanales. Se sentó en el sillón y, con un gesto de la mano, le pidió que lo hiciera él a su lado.
—¿No quieres el pastrami? —Frank hizo un gesto hacia la nevera.
Ella negó con la cabeza.
—No tengo hambre... —Tendió la mano hacia él—. Ven, tenemos que hablar.
Frank se acercó a ella despacio y se sentó.
Nicole mantenía la cabeza inclinada hacia sus manos, rozando su dedo anular, ahora vacío, sin el anillo de compromiso que, apenas unos días antes, le había entregado Brooks; el símbolo que le ligaba a él para siempre y que, al mismo tiempo, la alejaba del hombre al que realmente amaba.
Se lo había quitado porque no le parecía oportuno llevarlo al trabajo, y mucho menos en compañía de Frank.
Con movimientos pausados y delicados, Frank le retiró un mechón de pelo que le caía sobre el rostro, se lo colocó tras la oreja y acarició la mejilla. Ella se estremeció al notar el dulce tacto.
—¿Qué ocurre, Nicole?
Solo entonces ella alzó la cara. Sus ojos brillaban conteniendo un llanto inoportuno.
—Frank, tenemos que dejar lo nuestro... —Las palabras parecían salir pastosas de sus labios—. No puedo seguir contigo... Es complicado...
—¿Eh? —dijo él, desconcertado, tratando de ubicarse—. Dime qué pasa, Nicole.