V
Brooks adoptó una pose solemne y trascendental.
—Sé que sientes lo mismo que yo, y por eso quiero preguntarte algo delante de todos los que nos importan. —Brooks sacó del bolsillo de la chaqueta un pequeño estuche de terciopelo azul. Lo abrió y le mostró un anillo con un brillante—. Nicole Donaldson, ¿quieres casarte conmigo?
—Sí, Brooks. Quiero casarme contigo. —Al pronunciar aquellas palabras casi pudo oír cómo se le abría una profunda herida en el pecho. Trató de sonreír para disimular el dolor.
Nicole lo notó eufórico. Cuando su padre la abrazó, sintió cuánto le agradecía aquella decisión, y le habló con ternura.
—Me encargaré personalmente de que seas feliz, mi pequeña princesa.
Las felicitaciones aturdían aún más la mente confusa de Nicole. Sonreía a unos y a otros, reía envuelta en la felicidad que parecía afectar a todos menos a ella, que trataba de disimular su incomodidad.
Después de deshacerse del vacuo parloteo que mantenía con una mujer a quien no recordaba que le hubiesen presentado, consiguió escabullirse y salió al jardín.
Una brisa fresca le acarició la cara y se sintió confortada.
La casa de los Sheridan, en los Hamptons, era una maravilla arquitectónica de dos plantas con tejado a dos aguas, una docena de habitaciones para invitados, amplios ventanales y un porche en la fachada principal; la circundaba un extenso jardín que descendía levemente hasta el mar.
Con paso lento recorrió el camino flanqueado por preciosos parterres a reventar de flores.
Llegó hasta la playa, se descalzó y, con los zapatos en la mano, anduvo sintiendo el roce de la arena en los pies.
Se sentó y alzó la vista hacia un cielo plagado de estrellas.
Necesitaba pensar cómo afrontar la ruptura con Frank.
Tendría que haberlo hecho el mismo jueves, pero la sola idea ya la desgarraba por dentro.
Estaba imbuida en aquellos pensamientos cuando oyó la voz de Brooks a su espalda.
—Vaya, estás aquí. Te estaba buscando.
—Necesitaba tomar el aire —dijo con voz melosa.
Él se sentó a su lado. Durante un rato, los dos contemplaron el firmamento estrellado en silencio.
—Creía que habías huido —dijo acercando el rostro hacia ella—, y no te lo reprocho, estas fiestas que organiza mi madre siempre me han resultado de lo más aburridas, aunque es cierto que, esta vez, la ocasión lo merecía.
Brooks se sacó un paquete de tabaco y le ofreció un cigarro; ella lo rechazó.
—Nicole, no imaginas lo importante que es para mí que hayas aceptado ese anillo.
—Me hago una idea —replicó ella con algo de retranca, recordando la insistencia que había puesto durante las últimas semanas en retomar lo que se había roto.
—Hice mal las cosas, no supe cuidar de ti, y lo siento. —Se detuvo como si no supiera muy bien qué decir o cómo decirlo—. He estado a punto de perderte, y me he dado cuenta de cuánto te necesito.
Sonrió y le dio un suave empujón con el hombro, restando peso a lo trascendental de sus palabras.
—Olvídalo —le dijo ella—, ya no importa.
De nuevo el silencio entre ellos; el horizonte, el rumor de las olas, el murmullo lejano de las voces procedentes de la casa. Resultaba evidente lo poco que tenían que decirse. Fue Brooks quien volvió a romper el mutismo en que Nicole quería permanecer.
—Tengo curiosidad por saber qué has hecho este tiempo sin mí. ¿Me has echado de menos?
Se giró hacia él con un gesto irónico.
—¿De verdad quieres saberlo?
Él sonrió llevándose el pitillo a los labios. Lo prendió y, tras una larga calada, expulsó el humo contemplando al horizonte.
—Ya veo que no... Entiendo que has podido hacer cosas interesantes.
Ella se encogió de hombros, como despreocupada.
—Nada importante —susurró, aunque no era eso lo que pensaba.
—Para mí es importante saber qué ha estado haciendo la mujer que pronto se convertirá en mi esposa.
Nicole decidió zanjar el asunto.
—He seguido con mi vida, Brooks, así de sencillo.
Mantuvo la vista al frente sintiendo en el rostro la caricia de la brisa marina. Brooks dio otra calada a su cigarro.
—¿Cómo llevas el hecho de estar comprometida? Es lo que me venías pidiendo desde hacía tiempo.
Ella tomó aire y lo soltó en un largo suspiro.
—Estoy bien. —No quería hablar con él, necesitaba romper con Frank antes de enfrentarse al hombre que se convertiría en su marido. Temía acabar siendo una mujer como su madre, o peor aún, como su cuñada Samantha, infeliz y limitada, sin otra vida que ser esposa y madre hasta el final de sus días.
—Brooks, quiero que sepas que voy a seguir trabajando, que no voy a dejar el periódico.
—Algo me dijo tu padre. No hay problema. Habrá tiempo para hablar de eso.
Ella negó con la cabeza.
—No voy a renunciar a ser periodista. Me gusta lo que hago, y no pienso dejarlo.
—Está bien, si es eso lo que quieres, no tengo inconveniente. Quiero hacerte feliz, Nicole, y pondré todo mi empeño en ello.
Se volvió hacia ella y ambos se sonrieron.
—¿De verdad has dejado las drogas? —le preguntó ella.
—Lo mío me ha costado. Pero sí, estoy limpio. Quiero ser un hombre honrado, cuidarte y tratarte como te mereces, como una reina —su sonrisa se ensanchó—, mi reina.
Nicole asintió y le devolvió la sonrisa.
—¿Te ha gustado el anillo? —Le cogió la mano.
Durante unos segundos, se deleitaron con el resplandor del diamante a la luz de la luna.
—Es precioso, Brooks, pero te ha debido de costar una barbaridad.
—Habría supuesto un precio mucho más alto que no lo aceptaras.
Sus rostros estaban muy juntos, Nicole sintió el aliento cálido y se besaron.
—Te quiero, Nicole —susurró él, sin apenas despegar los labios.
Ella sonrió sin decir nada.
La música procedente del interior de la casa inundó la quietud de la noche.
—Será mejor que volvamos. —Se levantó—. Habrá que seguir con la fiesta.
Le tendió la mano, él se aferró a ella y, de un salto, se puso también en pie. Quedaron frente a frente, la agarró por la cintura y la besó de nuevo. Ella se dejó hacer. Luego, abrazados y en silencio, regresaron a la casa.
La velada se extendió hasta bien entrada la madrugada.
Tras el entierro de Robert Kennedy ese mismo sábado, la cobertura mediática del asesinato continuó de forma muy activa, y no solo en la prensa; las televisiones y la radio también pusieron el foco en la sensación de una sociedad desconcertada con la violencia, la tragedia de Ethel, la viuda embarazada, y de los diez hijos sin padre.
Se hicieron comparativas con el magnicidio del hermano cinco años antes en Dallas, incluso con la muerte dos meses antes de Martin Luther King a manos de un pistolero solitario.
Se plantearon interesantes debates sobre el legado y las ilusiones que se esfumaban con la muerte del senador aspirante a presidente de Estados Unidos.
También se llevaron a cabo múltiples perfiles del asesino; su personalidad, las motivaciones para cometer el atentado.
Las autoridades registraron su casa en Pasadena, California, en la que convivía con su madre y sus hermanos, y en su habitación confiscaron diarios personales, escritos políticos y notas con amenazas explícitas contra Bobby Kennedy.
En concreto, una de las notas decía: «Robert F.
Kennedy debe ser asesinado antes del 5 junio del 68», así como la frase «Kennedy debe morir» repetida una y otra vez de forma aparentemente mecánica .
Estos hallazgos indicaban premeditación y fueron fundamentales para la acusación.
En el amplio comedor de los Donaldson, padre e hijo leían la prensa matinal.
Michael solía evitar el bullicio de los despertares de sus hijos y acudía casi a diario a desayunar a la casa familiar, acompañando a su padre a la mesa.
Allí encontraba la calma necesaria para empezar el día; leía el periódico sin prisa y comentaba las noticias con sosiego.
Nicole entró en el comedor. Se acercó a su padre y le dio un beso en la mejilla.
Por encima de su hombro comprobó que estaba leyendo la última entrevista hecha a Bobby Kennedy publicada por el periódico.
El día anterior, Becker le había anunciado que saldría en la edición de la mañana: «Prepárate, Nicole, porque esto va a ser la bomba»; eso le había dicho en un vano intento de otorgarle su parte del mérito, aunque solo fuera efectivo entre ellos dos y alguno más.
Releyó el titular y el subtítulo en la portada, algo que ya había hecho en varias ocasiones a lo largo del día, la primera en uno de los ejemplares recién salido de máquinas, que aún olía a tinta fresca.
E XCLUSIVA: L AS ÚLTIMAS PALAbrAS DE R OBERT F . K ENNEDY
E NTREVISTA FINAL CONCEDIDA MINUTOS ANTES DEL ATENTADO
Por Harold Becker: enviado especial del New York Times a Los Ángeles
El senador habló de su esperanza en la unidad nacional, la justicia social y su visión para un país «más compasivo». Momentos después fue abatido en la despensa del hotel Ambassador.
Walter Donaldson levantó la cara hacia ella.
—Tienes la manía de leer la prensa por encima de mi hombro.
Ella le acarició la nuca.
—Sabes que siempre me ha gustado leer a tu lado.
Justo entonces entró Connie con una cafetera humeante.
Madre e hija se dieron un beso, y Nicole se sentó en su lugar en la mesa, cubierta con un mantel de hilo blanco sobre el que se disponían, además de los platos y cubiertos, una rejilla con tostadas, una cesta de croissants , una bandeja de bagels con salmón ahumado y queso crema, un cuenco con huevos cocidos, una mantequillera y dos tarros de cristal con mermelada de diferentes sabores, una jarra de leche caliente y otra mediada de zumo de naranja.
—¿Te apetecen unos huevos revueltos? —preguntó Connie a Nicole, mientras servía el café a su marido y a su hijo—. Te los prepara Dolores en un momento.