IV #4
Corsini se pasó la mano por el rostro y la cabeza como si quisiera desprenderse de un sucio y repugnante manto. La voz salió de su boca como un lamento.
—Frank, lo siento...
—¿Desde cuándo, Carlo, dime desde cuándo me traicionas?
—Al día siguiente de que llegara la carta de reclutamiento de mi hermano, se me presentó un tipo —balbucía inseguro—, me dijo que podría librarle de ir a Vietnam...
Frank permanecía absorto, como si todas las piezas de un endiablado puzle por fin empezaran a encajar.
—Ahora lo entiendo todo... —balbució desolado—, la lesión en la espalda... Tu hermano no tiene nada en la espalda que le impida ir a Vietnam...
—Frank, compréndelo, solo tiene dieciocho años —clamó Corsini—, estaba tan asustado que se meó encima cuando leyó la carta...
Es un chico muy sensible, débil, diría yo...
Le gustan la filosofía y el arte... No aguantaría ni un minuto en aquel infierno, se lo comerían vivo...
—Hablaba con desesperación, tratando de justificar lo que sabía era injustificable—.
Mi madre me pidió..., me suplicó que hiciera lo que fuera por librarle, lo que fuera, Frank... ¿Qué querías que hiciese?
—¿Vender a tu compañero? Podría llegar a entender lo de tu hermano, pero has seguido con esto por dinero, Carlo.
—Tú sabes cómo funcionan estas cosas, Frank, desde el momento en el que entras en su juego no puedes salir tan fácilmente. La amenaza de enviar a mi hermano a Vietnam continúa. Cada vez que les doy un soplo le alejo del peligro de que lo recluten, y además me compensan con algo de pasta.
—¿Quién te está comprando? Dame nombres. ¿Quién es el tipo con el que te acabas de ver en el muelle?
Mientras hablaba, Corsini negaba.
—No lo sé... Siempre es el mismo, pero nunca se ha identificado.
Frank arremetió con fuerza y lo estampó contra el coche poniéndole el brazo en el cuello, amenazante.
—Dime quién es ese tipo o todo el mundo sabrá qué clase de escoria eres.
—¡No lo sé! Lo juro por mi madre. —Carlo bajó la cabeza y la meneó, negando—. No me denuncies, Frank, te lo suplico. Si me echan de la policía... Toda mi familia depende de mi sueldo..., por favor..., te lo suplico...
—No mereces llevar una placa —dijo Frank con desprecio.
Se hizo un estremecedor silencio y durante unos largos segundos se miraron fijamente, al compás de su respiración agitada, tensos y contenidos.
—Si me denuncias, lo único que conseguirás es que me maten, y lo más seguro es que también acaben contigo.
Frank soltó un largo y penoso suspiro. Cavilaba sobre la situación. Su tono de voz se serenó un poco.
—¿Qué información le has pasado?
Carlo respondió angustiado.
—Para lo de mi hermano tuve que contarle todo lo que habíamos averiguado hasta ese momento.
—¿Todo? —preguntó alarmado—. ¿Lo de mi confidente también?
Corsini asintió abochornado.
—¡Joder...! ¿Te das cuenta de que hiciste que mataran a ese chico?
Corsini se encogió como si aquellas palabras le hubieran provocado un dolor insoportable. Continuó hablando sin levantar la vista del suelo.
—También avisé de la visita que hiciste a la hermana... Llamé a un número de teléfono y le di la dirección.
—¿Has comprobado a quién corresponde ese número?
—Se trata de un bar de mala muerte que hay cerca de la estación de Hoboken.
—¿Preguntarías por alguien?
—Solo dije quién era y le di la dirección y el nombre de la chica, así me dijeron que tenía que actuar si había algo de lo que informar.
—¿No le habrá pasado nada a Norma? —inquirió con cautela.
Corsini bajó los ojos y negó con la cabeza.
—Joder, Frank, lo siento, yo no quería provocarle ningún daño...
—¿Qué le ha pasado? —Su voz grave retumbó en la conciencia de su compañero.
—Me enteré a los pocos días, no te dije nada...
—¿Qué le ha pasado? —repitió impaciente e irritado.
—La encontraron muerta en el patio de luces de su edificio. Parece que dejó una nota de suicidio... Por lo visto no pudo superar la trágica muerte de su hermano. El caso se cerró.
—Tú y yo sabemos que no se suicidó —murmuró Frank con ácida ironía.
—¿Qué más da eso ahora? La chica está muerta.
Frank se pasó la mano por la cara como si quisiera arrancarse las palabras de su compañero. Se mantenía tan cerca de su rostro que sentía su aliento cálido y descompensado.
—Por eso ayer hicimos el ridículo aquí, en los muelles. ¿No es cierto?
Corsini agachó la cabeza sin decir nada.
—¡Joder! —farfulló rabioso.
—Estoy de tu parte, Frank, pero esos tipos saben tocar la zona sensible...
—Y han dado en el clavo —le reprochó desabrido—. No puedo confiar en ti, Carlo... Te tienen bien cogido por los huevos.
—Es cierto. —Corsini se irguió y alzó la barbilla recuperando algo de su seguridad—.
Por eso puedo actuar en tu favor, porque saben que haré lo que se me pide por mi hermano.
—Permanecía expectante—. Ponme a prueba, no te fallaré otra vez.
—Se llevó los dedos a la boca y los besó con vehemencia—. Lo juro por mi familia.
Frank clavó los ojos en el que había considerado su compañero y amigo.
Conocía a Carlo, jamás juraría en vano por su familia.
Sabía que, si le denunciaba al teniente, perdería toda posibilidad de continuar con el asunto.
Caddy le ordenaría retirarse del caso definitivamente.
Así que no le quedaba más remedio que darle otra oportunidad.
Sometido a la presión adecuada, nadie estaba libre de traicionar.
—¿Qué propones? —preguntó al cabo.
—Lo que quieren es que dejemos el caso. Eso es evidente. Les pasaré la información que nos convenga a nosotros.
—Eso te expondría demasiado.
—No me hagas reír, Frank, estoy en el punto de mira de esos tipos desde hace meses. No nos queda otra, o entramos al trapo o se nos escapan... —alzó los brazos al aire—, o me liquidan. Eres el jefe, tú eliges.
Frank le sostuvo la mirada un rato, reflexivo, se separó de Corsini y se llevó la mano a la nuca, dando vueltas de un lado a otro, con la otra mano en la cintura, encorvado, cabizbajo, incapaz de pensar con claridad.
Ante su silencio, Corsini insistió.
—Estoy de tu parte, Frank, créeme. Podemos actuar juntos en esto. Ese tipo está convencido de que me necesita. Si me denuncias, no conseguirás nada salvo ponerlos en guardia. Yo puedo desviar su atención mientras llegamos al núcleo. Aprovechemos lo que tenemos.
Después de un rato, Frank se sacó la carterita de fósforos del bolsillo, la abrió y miró la anotación. Se la tendió.
—Averigua a quién pertenece ese Mustang. —Se acercó a su coche, pero antes de subirse, se volvió hacia Corsini y le habló con determinación—: Te lo advierto, como me la vuelvas a jugar acabaré contigo.