IV #3
—El hombre que toma una copa con usted, señor Becker, es Bernard Feldman, abogado de un prestigioso bufete de Manhattan encargado del pago de sobornos a jueces y fiscales del tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York.
Usted descubrió una trama de corrupción que afectaba a varios jueces y fiscales de ese tribunal, y cuando estaba a punto de publicarlo, se echó atrás impulsado por una generosa cantidad de dinero que el señor Feldman le entregó en esa reunión.
Cincuenta mil dólares en billetes. —Con un gesto de la mano le señaló con el dedo hacia el montón de las fotos desparramadas sobre la colcha—.
El momento está reflejado en una de las fotografías.
—A continuación, se sacó un folio del bolsillo de la chaqueta y lo dejó encima de las fotos—.
Es parte de la declaración del señor Feldman confesando el soborno que le afecta, señor Becker.
Si esa declaración contra usted trasciende, podría enfrentarse a un juicio por aceptar un soborno privado, y en última instancia también por encubrimiento de los delitos conocidos en su investigación, si se prueba que los ha ocultado de forma deliberada.
Becker recordó aquellos meses de infarto.
Un funcionario del tribunal había contactado con él y le había entregado copias de varias causas abiertas contra una organización vinculada a los sindicatos y dedicada a la extorsión y fraude fiscal.
Existían elementos probatorios; aun así, no eran aportados al proceso, por lo que los expedientes se resolvían por falta de pruebas.
Aquella iba a ser su gran exclusiva, tenía en su mano la posibilidad de desmantelar una trama de corrupción judicial sistémica que afectaba a las estructuras más sólidas de la justicia.
Pero todo se vino abajo cuando aquel abogado le citó en el Club 21 de Manhattan.
No se anduvo por las ramas, nada más sentarse le había puesto el sobre en la mesa, a cambio de olvidarse de publicar lo que sabía.
Estaba dispuesto a levantarse y salir sin el dinero, cuando llegó la amenaza.
Si persistía en su intención de publicar la información, tendría que asumir las consecuencias.
Los argumentos a favor de no publicar eran contundentes: la gente dejaría de creer en los tribunales, en la justicia; además, esa misma justicia que pretendía castigar dejando al descubierto sus corruptelas acabaría abriendo un procedimiento contra él y contra el periódico por difamación, desmontando todas y cada una de las pruebas que obraban en su poder.
Becker pensó entonces que, si lo publicaba, la verdad saldría a la luz, pero tal vez a costa de un calvario judicial que no estaba dispuesto a asumir.
Envuelto en el ambiente elegante del Club 21, Becker se había encarado con el hombre.
—No creo que puedan probar nada contra mí.
—Es posible, pero la denuncia seguiría adelante, habría un juicio, a su periódico no le haría ninguna gracia, la exposición pública sería bochornosa, la prensa se lanzaría contra usted como perros de presa, ya sabe cómo funciona esto.
Puede que lo absuelvan por falta de pruebas, o puede que le caigan diez años de cárcel.
Después de valorar la situación, Becker había aceptado aquel sobre, y con esos cincuenta mil dólares había podido comprar el apartamento en el que ahora vivía, además de pagar todas sus facturas con tranquilidad.
Metió las fotos en el sobre con un gesto abatido y, con la cabeza gacha, habló con la voz rota, consciente de que no tenía escapatoria.
—¿Qué quieren de mí?
El hombre tomó de nuevo la libreta, arrancó todas las páginas escritas y se las metió en el bolsillo.
—Tan solo que defienda la versión oficial y no permita que su asistente se ponga una medalla que no le corresponde.
El que estaba apoyado en la puerta se irguió y la abrió. El otro dio varios pasos con la intención de salir.
—Confiamos en su buen criterio.
«El jueves, al anochecer, bajará la marea en el Hudson».
Seguía siendo críptico, pero no podían ignorarlo.
Con ese último mensaje del confidente de Frank, se había montado un dispositivo con una docena de hombres de absoluta confianza, apostados en las inmediaciones de los muelles de Hoboken.
Se mantuvieron vigilantes hasta las seis de la mañana del viernes, cuando el teniente Caddy, en vista de que no pasaba nada salvo el tiempo, decidió desmontar el operativo.
Frank se sentía rabioso y frustrado.
—Deberíamos montar otro el jueves que viene —le dijo Frank al teniente.
—Lo siento, Bernstein —adujo Caddy—. Este operativo nos ha expuesto en exceso; no puedo repetirlo.
Frank lo escuchaba desolado. Asintió y miró a Corsini antes de dirigirse de nuevo al teniente.
—Lo haremos él y yo —dijo con firmeza.
—¿Y qué haréis si se produce la descarga? —preguntó sin ningún convencimiento—. ¿Os enfrentaréis los dos solos a la organización?
Frank se volvió hacia Corsini y levantó una ceja.
—Podremos con ello, ¿verdad, Carlo? —añadió sonriente.
Corsini asintió sin mucho convencimiento, atento a la reacción del teniente.
—Este asunto te está empezando a obsesionar, Bernstein —terció el teniente Caddy—, y eso no es bueno. Deberías relajarte un poco.
Al día siguiente de aquel fiasco, sin contar con nadie, Frank decidió acercarse hasta Hoboken con la intención de observar cualquier movimiento.
Corsini se había marchado un poco antes de la comisaría: era el cumpleaños de uno de sus hermanos y le habían preparado una fiesta en una pizzería cerca de su casa.
Frank condujo hacia el oeste, para enfilar la Doce en dirección sur.
Torció hacia el Túnel de Lincoln para cruzar a Nueva Jersey y, al salir del túnel, tomó Park Avenue.
Las sombras de la noche empezaban a ocuparlo todo.
En uno de los muelles de la carretera del río, vio algo que le resultó extraño.
Detuvo el coche y se fijó en la imagen que tenía a unos cien metros.
Corsini, apoyado en la ventanilla de un Ford Mustang azul marino, hablaba con el conductor.
Frank sacó unos prismáticos de la guantera y trató de atisbar la matrícula, pero la posición del coche se lo impedía.
Escrutó al hombre que iba al volante, sin compañía; la noche no ayudaba; tan solo pudo ver que llevaba un sombrero oscuro, camisa clara y corbata negra.
En la lente de los prismáticos, la figura de Corsini saltaba hacia Frank.
Inclinado hacia el tipo del auto, su compañero hablaba nervioso, moviendo las manos, aturullado.
El otro le escuchaba; pasados unos segundos, se ladeó para coger algo de la guantera, volvió a la posición y sacó la mano por la ventanilla.
Frank vio con claridad a través de la lente que le entregaba un sobre a Corsini y que este, echando un rápido vistazo a un lado y otro, se lo guardó en el interior de la chaqueta.
—¿Qué coño estás haciendo? —se lamentó sin perder detalle de lo que veía a través del visor de los prismáticos, apretados contra el puente de la nariz—. No me jodas, Carlo... No me jodas...
Observó cómo los dos hombres intercambiaban unas palabras, hasta que el Mustang se puso en marcha y dejó solo a Corsini.
Frank se mantuvo atento a la matrícula, que pudo ver un instante antes de que torciera y se perdiera, lo justo para memorizar las tres letras y los tres números.
Los anotó en el interior de una carterita de cerillas y siguió vigilando los movimientos de Corsini, tratando de analizar lo que acababa de ver, buscando alguna justificación distinta a lo que resultaba evidente.
Empezó a entender por qué todo lo que avanzaba en su investigación se evaporaba como el humo sin explicación aparente.
En algún momento había llegado a pensar que alguien desde dentro de la comisaría le estaba haciendo el juego sucio, pero Corsini...
No podía creerlo. Cada vez más dolido por la palmaria traición, sintió crecer la furia en su interior, el dolor de la confianza rota, la amarga certeza de que quien había considerado desde hacía años su mano derecha le estaba vendiendo.
Tan frustrado se sentía que descargó el puño contra el volante con un fuerte golpe.
Mientras, Corsini caminaba de un lado a otro nervioso, sin rumbo. Cuando regresó a su coche, Frank puso en marcha el motor y aceleró hasta cortarle el paso. Se bajó y se dirigió a su compañero, visiblemente aturdido y asustado, consciente de haber sido descubierto.
—Frank... —trató en vano de tranquilizar los ánimos—. Espera..., Frank.
Farfullando insultos, Frank lo sacó del coche casi a rastras. Lo empujó contra el capó y le agarró bruscamente de la pechera.
—¿Qué has hecho? ¿Eh? ¿Qué coño estabas haciendo con ese tipo?
—Joder, deja que te explique.
Con movimientos impetuosos, Frank metió la mano en el interior de la chaqueta y, a pesar de que Corsini trató de resistirse, encontró el sobre y lo sacó, agitándolo delante de la cara, golpeándole con él en la frente una y otra vez mientras le hablaba.
—¿Qué me vas a explicar? Que me estás vendiendo, cabrón.
—Puedo explicártelo...
Frank le puso el puño en la mandíbula y le habló con la cara muy cerca de la suya, escupiéndole las palabras llenas de ira.
—Eres un hijo de puta, Carlo... —se fijó en el sobre—, ¿por cuánto me has vendido? —Sacó los billetes del sobre y calculó la cantidad—. ¡¿Doscientos dólares?! —gritó encolerizado—. Eres un cretino... Cómo has podido hacerme esto, ¡joderrr!
Corsini se mantuvo tenso, en alerta, sin atreverse a reaccionar. Sabía que lo habían pillado y que no podía hacer otra cosa que esperar a que remitiera la rabia.
Frank arrojó el fajo de billetes al suelo, lo soltó y le dio la espalda, la cabeza gacha, la respiración acelerada, y la sensación desesperada de haber estado en el punto de mira, dando palos de ciego durante meses, tiempo de trabajo tirado al sumidero por alguien tan próximo. Se giró y se enfrentó a él.
—¿Desde cuándo?