IV #2
—No... Pero lo vi...
—La versión de un segundo tirador contradice los informes de la Policía de Los Ángeles.
—Esos informes son erróneos o no dicen la verdad. Ese tipo estaba apenas a un metro de mí —insistió—, vi la pistola y vi cómo le disparaba aquí. —Se llevó la mano a la parte de atrás de la cabeza.
Sanders escuchaba perplejo a Nicole, luego tomó el cigarrillo y dio una larga calada.
—No me vale, Donaldson. Sirhan disparó a quemarropa al senador Kennedy, lo hizo ante los ojos de decenas de personas, testigos directos que le han señalado como el autor del asesinato.
—Había mucha confusión, la gente enfocó la atención en ese chico, pero yo...
—... pero tú viste lo que nadie vio.
Ella enmudeció y buscó la ayuda de Becker, aunque solo encontró una expresión fría y distante.
Sanders aplastó el cigarro entre un montón de colillas, cruzó las manos sobre su escritorio y la miró.
—Escúchame bien, Donaldson —el tono se tornó paternalista—, aquí contamos hechos contrastados, no relatos sin consistencia basados en una versión poco creíble. —Llevó su atención a unos documentos que tenía delante y zanjó con voz grave—: Eso es todo.
Becker se movió hacia la puerta para salir, pero le detuvo la pregunta de Nicole:
—¿Cuándo se va a publicar la entrevista que le hice al senador Kennedy?
Los dos hombres se miraron.
—Eso no es asunto tuyo —dijo Becker secamente.
—¿Cómo que no...?
—Donaldson —interrumpió Sanders—, esta conversación se ha terminado.
Adoptó una actitud desafiante, dándole a entender que no debía decir ni una palabra más.
Becker salió del despacho seguido por Nicole.
—¿Y a ti qué te pasa, Becker? —utilizó su apellido como una forma de marcar distancia—. ¿Puedo saber por qué me has dejado sola en esto?
—Déjalo ya, Nicole, está claro que el único que disparó fue ese palestino resentido. Todos lo vimos. Él mató al senador y así lo avala la Policía de Los Ángeles.
—Pero ¿qué estás diciendo? —No entendía nada.
—En ocasiones el miedo y el estrés nos pueden jugar malas pasadas, eso ocurre...
—¿Crees que me inventé todo lo que te conté?
—No es eso, Nicole. Reconoce que viviste un momento muy estresante, estabas bajo mucha presión y quizá creíste ver cosas que en realidad no sucedieron.
—Vi a ese hombre disparar al senador con tanta claridad como te estoy viendo a ti ahora mismo.
Becker dejó escapar un largo suspiro; le puso la mano en el hombro en un gesto de impaciente paternalismo.
—Olvídalo... Será lo mejor para todos.
Harold Becker había regresado a su habitación en el Ambassador después de haberle comunicado a Nicole la noticia de la muerte de Kennedy.
Llevaba un buen rato revisando el artículo que había redactado con todo lo acontecido en aquellos dos días intensos en Los Ángeles, incluyendo las declaraciones de Nicole sobre el segundo tirador.
Lo revisaría todo con ella en el vuelo de regreso a Nueva York.
También había hecho la transcripción completa de la entrevista al senador.
Se sintió algo pesaroso de no haberle contado toda la verdad a Nicole; en realidad, la había utilizado para obtener esa entrevista porque él no habría podido hacerla.
Hacía unos meses Robert Kennedy le había vetado (no al periódico, sí al periodista) en sus ruedas de prensa después de que publicara un artículo en el que señalaba una relación muy estrecha del senador con su cuñada, la viuda de su hermano, Jacqueline Kennedy, dando a entender que entre ellos había algo más que afecto familiar; unas insinuaciones que se consideraron infundadas y malintencionadas, y que provocaron cierto revuelo en el entorno del partido demócrata y de la familia Kennedy.
Dicha información quedó desmentida de forma tajante y se exigió una rectificación pública inmediata, o demandarían al periódico y al periodista.
Becker no tuvo más remedio que hacerlo, a pesar de que intuía que la información era cierta porque la fuente que se la había proporcionado era de absoluta confianza, aunque se hubiese negado a dar la cara para corroborar su testimonio.
A partir de entonces, Becker tenía prohibido acercarse siquiera a Bobby Kennedy.
Por suerte, Frank Mankiewicz, el jefe de prensa del senador, le debía varios favores; el trato fue que le concedería una entrevista, pero no a él, sino a cualquier otro redactor del periódico.
Por eso, sin decir nada a nadie en la redacción de sus manejos, había enviado a Nicole a Los Ángeles con la intención última de apropiarse de la entrevista que ella realizaría.
Se estiró alzando los brazos por encima de la cabeza para desentumecer el cuerpo.
Miró el reloj, apenas quedaban unas horas para el vuelo.
Estaba cansado, no había dormido nada, y se dispuso a echarse un rato antes de ir al aeropuerto.
Se descalzó, se desabrochó el cinturón, se aflojó el nudo de la corbata y se recostó, pero, antes de que se relajase sobre la almohada, oyó unos toques en la puerta.
Imaginó que sería Nicole, había quedado conmocionada tras conocer la noticia de la muerte del senador, demasiado sensible para ser periodista, pensó para sí.
Sin embargo, al abrir la puerta no se encontró a una llorosa Nicole, sino a dos hombres vestidos con traje, camisa blanca y corbata oscura, quienes, sin mediar palabra, accedieron a la habitación.
—¿Qué coño...? —contrariado, trató de reaccionar—. ¿Quiénes son ustedes?
—Cierre la puerta, señor Becker —le dijo el más alto, que llevaba unas gafas de carey negras.
Becker se acercó con decisión al teléfono.
—Llamaré a seguridad —dijo al tiempo que descolgaba—, no tienen derecho...
—Cálmese —le ordenó el otro, le quitó el auricular de la mano y volvió a ponerlo sobre la horquilla—, solo le robaremos unos minutos.
El de las gafas cerró la puerta y apoyó el cuerpo en ella, con gesto relajado.
—¿Quiénes son ustedes? —insistió.
—No importa quiénes somos —dijo el de las gafas—, solo lo que queremos.
—¿Y se puede saber qué quieren?
—Que use el sentido común...
Becker los observaba con recelo, sin entender aún qué pretendían.
—Usted es periodista —añadió el más alto—. Eso significa que sabe distinguir entre una historia que puede ayudar a su país de otra que puede causar un daño innecesario.
—¿Son policías...? ¿O agentes del Gobierno? —empezaba a atar cabos—. ¿Quién coño los envía?
—Da igual quién nos envía. Sabemos que su asistente, esa joven con aspiraciones a periodista, ha declarado una versión distinta sobre lo que ocurrió la pasada noche en las cocinas del Ambassador.
Algo que contradice la versión oficial avalada por los testigos allí presentes y lo que recogen los informes policiales.
—La señorita Donaldson ha visto a otro tirador además de ese chico al que han detenido. Yo la creo y la Policía de Los Ángeles debería hacerlo.
Los dos hombres intercambiaron un gesto cómplice.
—La señorita Donaldson miente, y usted debería saberlo.
—No estoy de acuerdo...
—Debe creernos a nosotros, señor Becker, su asistente se ha inventado una versión rocambolesca con la única intención de llamar la atención, conseguir titulares y popularidad a costa de echar por tierra una investigación oficial.
Ese tipo de actitudes pueden poner en peligro la seguridad nacional.
—Arqueó una ceja—. Y eso no podemos consentirlo, ¿no es cierto?
—Esperaremos a las pruebas de balística y a los informes de la autopsia; he oído que hay testigos que hablan de otro tirador, de que el tiro de gracia que mató al senador fue en la parte de atrás de la cabeza, y yo le puedo asegurar que ese chico palestino siempre estuvo de frente a Kennedy y al menos a un metro y medio de distancia, es imposible que le disparase en la parte de atrás de la cabeza.
—Negó, dando por sentados los hechos—. Esa es la verdad.
El que hablaba se acercó a la mesa donde estaba la libreta con todos los apuntes que Becker había tomado. La cogió y ojeó por encima lo escrito.
El reportero se fue hacia él con la intención de arrebatarle el bloc de notas.
—Oiga, no tiene ningún derecho...
El hombre alzó el cuaderno con un movimiento brusco.
—Tranquilícese, señor Becker. —Dejó la libreta sobre la mesa, se llevó la mano a la chaqueta y sacó un sobre que dejó en la cama—. Tal vez esto le haga reconsiderar su posición.
Becker escrutó el sobre con recelo, sin saber muy bien por dónde iban los tiros.
—¿Qué es?
Ninguno de los dos se movió ni dijo nada.
Becker se acercó despacio al sobre, lo cogió y lo abrió.
En el interior había una docena de fotos.
Se sentó en el borde de la cama como si las piernas hubieran perdido fuerza para sostenerlo.
Sacó algunas. Eran imágenes de unos meses atrás, en las que aparecía él en compañía de un tipo cuyo nombre desconocía.
Sabía perfectamente lo que significaban aquellas imágenes, pero trató de mantenerse frío.
—Aquí solo veo a dos hombres tomando una copa.