Un hombre de honor IV
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IV

Harold Becker no viajó con ella de regreso a Nueva York, le dijo que se quedaría en Los Ángeles hasta la noche, ya que tenía un asunto importante que resolver. Frank la recogió en el aeropuerto. Cuando lo vio, se abrazó a él con desesperación.

Él la estrechó entre sus brazos, le acarició el pelo. Luego, buscó sus ojos, pero ella lo rehuía, incapaz de afrontar una realidad que le dolía demasiado.

—¿Quieres que te lleve a casa?

—No lo sé... —respondió trémula—. No sé qué es lo que quiero, Frank.

—Daremos un paseo.

—Sí, por favor —pidió con un hilo de voz.

En silencio, Frank cogió su maleta y la guio hacia el coche. Durante el camino hablaron sobre la terrible noticia del asesinato del senador Kennedy y del futuro de un país que parecía quebrarse.

Aparcó frente al hotel Plaza, en uno de los laterales de la Grand Army Plaza, y se adentraron en Central Park, caminando lentos, agarrados de la mano.

Frank le hablaba con voz dulce, entendiendo su consternación, su estupor, y respetando sus silencios.

Nicole notaba la firme suavidad de sus manos, entrelazados sus dedos.

Se sentía cansada y aturdida. La idea de tener que romper con aquel hombre que le hablaba a su lado, que le calmaba el alma, que le ofrecía la paz que tanto necesitaba, le provocaba vértigo.

En su interior se rebelaba contra la decisión tomada, era injusto para él y para ella, lo era incluso para Brooks; sin embargo, en el fondo de su corazón sabía que no podría nadar contracorriente ni desafiar la autoridad de su padre.

El compromiso con la familia era mucho más poderoso que el amor que sentía por aquel hombre.

Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, dejó vagar la mirada más allá de la frondosidad de la arboleda, como si quisiera escapar a través de ella.

Regresaron al coche y, cuando ya enfilaba la Quinta Avenida, antes de llegar a la altura del 1035, Nicole agarró la mano a Frank.

—Para aquí, por favor. —El coche frenó y se detuvo junto a la acera. Ella se volvió hacia él tratando de controlar el colapso emocional que sentía—. Frank, no podemos quedar el fin de semana. Mi padre ha organizado una cena familiar.

—¿Y las entradas de Hair ? —preguntó desconcertado.

—Lo sé..., pero no he podido negarme. Lo siento...

Se acercó a él y le rozó los labios con un beso breve. Sintió un latigazo en el corazón.

Bajó del coche y, desde fuera, se inclinó hacia el interior.

—Te llamaré, ¿de acuerdo?

Con la maleta en la mano, se encaminó hacia su portal. Frank la observó hasta que desapareció de su vista; no supo que se alejaba llorando.

Durante el resto del día, Nicole esquivó a su padre, aunque tuvo que someterse al asedio de su madre, que la enterró bajo una pila de preguntas sobre lo que había vivido aquellos días trágicos en Los Ángeles.

Brooks la llamó varias veces. Le había pedido a su madre que le dijera que aún no había llegado. A la quinta llamada, Connie se plantó ante ella.

—Habla con él —le rogó con cierto hartazgo—. Si no lo haces, va a estar llamando todo el santo día. Ya sabes lo insistente que es cuando quiere.

Nicole consintió en ponerse al teléfono cuando Brooks volvió a llamar.

La conversación entre ellos fue corta.

—Te invito a cenar mañana —le dijo él.

—No, Brooks, mañana voy a tener mucho lío en la redacción y no sé a qué hora saldré. Prefiero que nos veamos el sábado —afirmó, deseando que no porfiara en hacerla cambiar de opinión.

—Está bien, Nicole, creo que podré esperar un par de días más para verte. —Lo dijo en un tono de ternura tan inusual en él que la conmovió.

—Nos vemos el sábado —añadió ella con voz dulce.

—Te quiero, Nicole... Te quiero mucho más de lo que imaginaba.

El silencio se adueñó de la línea durante unos largos segundos. Nicole percibía la respiración contenida de Brooks, a la espera de una respuesta.

Apretó los labios y se obligó a rendirse a su futuro, mientras sentía en la boca el sabor de la traición al hombre a quien amaba.

—Yo también te quiero, Brooks.

Cuando colgó, Nicole soltó un largo y lastimero suspiro.

A la mañana siguiente, pidió un taxi porque quería llegar pronto a la redacción.

Al entrar, advirtió la tensión que flotaba en el ambiente, mezclada con el humo del tabaco y el aroma del papel y del café recalentado.

Se notaba que apenas habían pasado unas horas desde la muerte de quien a buen seguro habría llegado a ser el presidente de Estados Unidos, asesinado en presencia de un centenar de personas.

Muchos de los redactores que ya se encontraban en sus puestos tenían rostro de cansancio.

Nicole pensó que algunos de ellos no habrían dormido desde el atentado.

El repiqueteo metálico de las máquinas de escribir se elevaba en el aire como una banda sonora, acompañado de voces envueltas en conversaciones, del sonido de teléfonos que reclamaban respuesta, de pasos acelerados por los pasillos en busca de la última noticia del teletipo, de la voz de un locutor desde una radio que alguien mantiene encendida.

Le sorprendió ver a Harold Becker en su mesa, rodeado de papeles y pilas de periódicos de anteriores ediciones; estaba en mangas de camisa, arremangadas hasta el codo, la chaqueta colgada en el respaldo de la silla. Parecía muy concentrado tecleando en su Underwood.

Se plantó frente a su escritorio.

—¿Cuándo has llegado?

Becker alzó los ojos hacia ella, sin apartar los dedos del teclado.

—Hace un rato —respondió—. He venido directamente del aeropuerto.

—¿Has hablado con Sanders? —Nicole tenía prisa por contar a Philip Sanders, redactor jefe de nacional, todo lo ocurrido.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —replicó él, sin dejar de teclear.

—Tenemos que contarle lo que vimos —le apremió—. Le he estado dando vueltas y podría escribir un artículo que pusiera en evidencia la ineficacia de la Policía de Los Ángeles en el tiroteo a Kennedy. ¿Qué te parece?

Solo entonces Becker se detuvo y se volvió hacia ella, ceñudo.

—¿Estás loca?

—Harold, el verdadero asesino de Robert F. Kennedy sigue suelto —arguyó contundente—. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que hacer algo.

Él la evaluó unos instantes. Movió la cabeza con expresión taciturna y se llevó el dedo índice a la sien, agitándolo con una mueca burlona.

—Te has vuelto loca —afirmó burlón, y volvió a aporrear las teclas con más ímpetu—, completamente loca.

Nicole se sintió contrariada, sin comprender la actitud de Becker. Ante su indiferencia, se irguió, herida en su orgullo, suspiró y asintió resuelta.

—Está bien, iré yo a contarle a Sanders lo que pasó en la cocina del Ambassador.

Echó a andar con paso tan rápido que a Becker apenas le dio tiempo a reaccionar. Se levantó tan precipitadamente que tiró la silla, la colocó con gesto torpe y fue tras ella.

—Espera, Nicole, ¡espera!

Nicole ignoró sus voces. Becker la alcanzó cuando llegaba a la puerta del despacho de Sanders y le bloqueó el paso posicionándose delante.

—No puedes hacerlo —inquirió con vehemencia—. ¿Pretendes ponerme en ridículo?

—No, quiero contarle lo que vi —esgrimió un dedo en el aire hacia él—, lo que tú viste y ahora parece que has olvidado.

—Yo no dije que viera nada...

Se tuvo que callar porque la puerta se abrió, Becker se volvió y se apartó un poco. Sanders observó a los dos con una mueca enfadada.

—¿Qué ocurre aquí? ¿Es que no tenéis nada que hacer?

Nicole habló impetuosa.

—Señor Sanders, tengo algo importante que decirle sobre el asesinato del senador Kennedy, ya sabe que estuvimos allí.

La escrutó de arriba abajo, con gesto adusto. Nicole se había puesto aquel día unos pantalones rojos y una colorida camisa con estampado de flores. El redactor jefe de nacional le dio la espalda y se adentró en el despacho.

—Si las mujeres empiezan a llevar pantalones hasta en el trabajo, no sé qué va a ser de nosotros —iba mascullando. Se situó detrás de su escritorio y, sin llegar a sentarse, mientras Becker y Nicole entraban, se encendió un cigarrillo.

El aire estaba tan cargado que apenas se podía respirar. Sanders posó el pitillo encendido al borde de un cenicero abarrotado de ceniza y colillas retorcidas, y se pasó la mano por la corbata como si se la colocase. Luego cogió un papel arrancado de un teletipo y habló con los ojos fijos en él.

—Acaba de llegar... —dijo refiriéndose al teletipo—.

Parece que las cosas están bastante claras para la Policía de Los Ángeles.

Se ha confirmado el nombre del arrestado, Sirhan Bishara Sirhan, veinticuatro años, inmigrante árabe cristiano, nacido en Jerusalén y residente en Pasadena desde el 57.

Obtuvo la residencia permanente pero no la nacionalidad estadounidense.

Ha confesado haber disparado al senador Robert Kennedy por su apoyo a Israel en la guerra de los Seis Días, lo que considera una traición al pueblo árabe.

Será juzgado y seguramente condenado a muerte.

—Sanders alzó la cara y clavó su mirada en ella, interpelándola—.

¿Qué puedes contar que no se sepa ya, Donaldson?

—Ese chico no fue el único que disparó. De hecho, estoy convencida de que el tiro que mató al senador Kennedy lo realizó otro hombre que estaba justo a su espalda. Lo vi perfectamente, lo tenía a apenas un metro de mí.

Sanders miró con expresión interrogante a Becker, quien apartó los ojos como si se desentendiese de aquello. Se centró de nuevo en Nicole. Arqueó las cejas y le hizo un gesto con la mano invitándole a que hablase.

De pie, frente al escritorio de Sanders, Nicole le explicó lo que había pasado en aquella cocina del Ambassador. Cuando acabó su relato, se hizo un silencio incómodo. Ella seguía de pie, delante del escritorio, Sanders la escrutaba retrepado en su sillón. Se dirigió a Becker.

—¿Tú qué dices? También estabas allí.

El reportero, el cuerpo apoyado en el saliente de la ventana, apretó los labios y negó con la cabeza.

—Es lo más rocambolesco que he oído en mucho tiempo.

—¡Harold! —Nicole se volvió hacia él sin poder creer lo que había oído.

Sanders la interrumpió.

—¿Tienes alguna prueba, alguna foto?