Un hombre de honor III #5
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III #5

—Dile que no lo sabes, no quiero que vaya a buscarme. ¿Lo harás por mí?

—Está bien... —afirmó cómplice—. Le diré que lo llamarás en cuanto llegues. ¿Te parece?

—Gracias, mamá.

Oyó la voz de su madre de nuevo en alerta.

—Nicole, no se te ocurra decirle a tu padre que has estado en Los Ángeles —volvió a insistirle—, te lo suplico. Si se entera de que le hemos mentido en este asunto, no sé cómo se lo va a tomar...

—Estate tranquila. Será nuestro secreto —le dijo en tono cálido, como cuando de niña le contaba alguna confidencia. De pronto, recordó algo—. Mamá, ¿sabes si Michael ha venido a Los Ángeles?

—No le he visto en toda la semana... Ahora que lo dices, algo me dijo el domingo de que estaría en Washington hasta el viernes, tenía varios asuntos que resolver allí. ¿Por qué lo preguntas? —se alarmó—. No me digas que te ha visto...

—No, no te preocupes. Solo me pareció verlo entre la multitud, eso es todo.

—Tampoco me extrañaría que estuviera por allí —añadió la madre, displicente—. Por lo que sé, suele viajar a menudo a California con esa fulana con la que tontea. Tengo entendido que esa mujer tiene asuntos en la costa oeste. Si es así, espero que no te lo encuentres.

—No temas, mamá —le habló con voz calmada—. Estoy segura de que me equivoqué. Te veo mañana, un beso.

Movida por una morbosa curiosidad sobre la posible escapada de su infiel hermano, descolgó de nuevo y llamó a recepción.

—Soy Nicole Donaldson, de la 301. ¿Podría comprobar si mi hermano se aloja en el hotel? Su nombre es Michael, Michael Donaldson.

—Un segundo, señorita Donaldson. —Pasaron varios hasta que volvió a oír la voz de la recepcionista—. Lo siento, pero solo figura alojado un Donaldson y es usted.

—Tal vez ya haya salido —insistió Nicole—. ¿Es posible que estuviese hospedado anoche?

—En estos dos últimos días no ha habido ninguna reserva a nombre de Donaldson salvo la suya. Lo siento.

Nada más colgar el auricular, sonó el timbrazo del teléfono. Descolgó y oyó la voz de una mujer.

—¿Nicole Donaldson?

—Sí, soy yo.

—Tiene una llamada desde Nueva York. Se la paso.

La voz de Frank supuso un alivio para el desconcierto que la embargaba. Rompió a llorar al oírlo. Trató de calmar su emoción y con la boca pegada al auricular del teléfono, en voz baja, como si estuviera contando un secreto, le explicó todo lo que había sucedido y de lo que había sido testigo.

Cuando terminó, enmudeció la línea.

—Tú me crees, ¿verdad?

—Claro que te creo —afirmó Frank—. ¿Por qué no iba a hacerlo?

—Porque la Policía de Los Ángeles no me ha tomado en serio, no creen que haya visto lo que he visto —dijo con inquietante vehemencia.

—Hablaremos de todo cuando regreses. Mañana, cuando llegues, te estaré esperando.

Aquellas palabras fueron como un bálsamo para sus oídos, y bastaron para agitar las dudas que se agolpaban en su pensamiento confuso.

No pudo evitar preguntarse si podría negarse a reanudar su relación con Brooks, si sería capaz de enfrentarse a la voluntad de su padre, porque sabía que estaba cediendo solo por no decepcionarlo.

—Frank, yo... —balbució—, me siento tan sola...

Frank le habló con ternura.

—Me gustaría tanto estar allí y envolverte en mis brazos, Nicole... Es lo que más deseo en el mundo... Te quiero.

Su voz estalló en su corazón. Se tragó el llanto para poder hablar.

—Yo también te quiero... Frank..., te quiero...

Cuando colgó el teléfono, Nicole se entregó de nuevo al llanto. Lloró sin contener la rabia, la impotencia, el desconcierto que la embargaba, esa profunda soledad que la rodeaba y le hacía sentirse tan insegura y tan frágil.

Agotada y con la cabeza embotada, encendió la radio y buscó una emisora de música.

Se arrebujó sobre la colcha, las rodillas contra el pecho y los brazos alrededor de las piernas.

Le meció la voz de Bob Dylan con su «Blowin’ in the Wind»...

How many roads must a man walk down. Before you call him a man...

Mientras musitaba la letra de la canción, pensaba que se había vuelto a perder una gran oportunidad.

Se preguntaba cuánto debe demostrar alguien su humanidad, su valor o su madurez para ser reconocido y respetado, cuántos años puede existir un pueblo antes de sentirse libre, cuántas muertes tiene que haber para dejar atrás la violencia...

Las respuestas siempre han estado ahí, flotando en el viento, pero parece que nadie quiere atraparlas; no era ignorancia, sino indiferencia...

Se quedó dormida mecida por estos pensamientos.

Unos fuertes golpes en la puerta la arrancaron del sueño. Se había hecho de noche y la habitación se alumbraba solo por el resplandor de la pantalla del televisor.

Al otro lado de la puerta se oyó la voz inquieta e impaciente de Becker.

—Nicole, soy yo, abre. Hay noticias.

Se levantó de un salto y, como estaba vestida, fue hacia la puerta y abrió.

—Ha muerto —le anunció Becker con voz ronca y gesto serio—. Lo acaban de comunicar. Robert Francis Kennedy ha fallecido a la 1:44 de este jueves, 6 de junio —declaró con solemnidad.