III #4
—Esto va directo a mi caja de seguridad de la bóveda del Chase Manhattan.
¿Te das cuenta? Con lo que hemos visto ya tenemos una portada.
—Se acercó a ella como si no quisiera que nadie le escuchase—.
Pero si muere... Si Robert Kennedy no sale vivo de esto, y es muy probable que no lo haga...
, tendremos la última entrevista que concedió a un medio de comunicación.
—Se irguió ufano y extendió los brazos como si quisiera abarcar el sentimiento de exaltación profesional que aquella situación le provocaba—.
¡Menuda carambola! Y yo me lo quería perder... Es como un milagro...
Soltó una risa que a Nicole le pareció, además de estúpida, inapropiada.
Desencajada, abrió los labios para cerrarlos de inmediato, porque no supo qué decir.
En ese momento, Becker se levantó para hablar con un colega.
Nicole reparó en que su magnetófono seguía grabando.
Lo apagó, sacó la cinta y la guardó en su bolso; luego puso una nueva en su lugar, preparada por si había algo importante que recoger.
Al cabo de unas horas, entrada la madrugada, trasladaron a todos los testigos en un autobús hasta la comisaría de Rampart, donde les tomaron declaración uno a uno.
A pesar de las pistas y detalles que Nicole facilitó, el policía no parecía prestarle mucha atención. Ella se rebeló ante aquella desidia.
—Le estoy diciendo que había otro tirador además del chico al que han detenido. ¿Es que no van a hacer nada?
El agente la miró con una mueca burlona.
—Verás, preciosa, cada uno de los que había en esa puta cocina dice haber visto y oído cosas diferentes.
Que si oyeron diez disparos, que si ocho, que si trece...
—Hablaba con un exasperante tono de sorna, como si enumerase, una tras otra, un sinfín de necias fantasías—.
Que si ese hijo de puta estaba a un metro de distancia del senador, a metro y medio, a dos metros, que si frente a él, a su lado, que si por la espalda...
Que si había una chica, que si el guardia que iba junto a Kennedy tenía desenfundada su arma...
Todos tienen su propia versión de lo que vieron allí, y tú tienes la tuya.
—La señaló con el dedo índice como si le estuviera echando una regañina—.
Pero lo cierto es que ese tipo, que seguimos sin saber cómo se llama porque no le da la gana identificarse, disparó varios tiros al senador y trató de matarlo él solito delante de un montón de testigos que sí han dado la versión correcta de que fue él.
Yo le he visto la cara, y me juego el cuello a que es uno de esos extranjeros que han venido a este país a chupar de la teta, que como todos los de su calaña nos odian a muerte a pesar de todo lo que reciben aquí, y que en el fondo están deseando clavarnos un puñal por la espalda en cuanto nos descuidemos...
—Hizo un feo amago de escupir hacia un lado con expresión desabrida—.
Son una pandilla de desagradecidos... Deberían echarlos a todos al océano para que se los coman los peces.
Nicole no daba crédito a lo que estaba escuchando. Aquel policía malencarado ya había decidido quién era el culpable del atentado. Firmó su declaración testifical y se reunió con Becker, que la esperaba fuera.
A media mañana del miércoles les permitieron regresar al hotel. Becker habló por teléfono con la redacción en Nueva York; el espanto del atentado quedó mitigado por la entrevista de Nicole al senador herido, y por el hecho de haber sido testigos directos del tiroteo.
Nicole se encerró en su habitación. Su primer impulso fue llamar a Frank, pero cuando descolgó y marcó el número de la centralita, una voz femenina le indicó que las comunicaciones estaban saturadas por el momento.
Colgó y se quedó mirando al vacío. De repente se sintió muy sola.
Cerró los ojos y deseó estar en los brazos de Frank, no en los de Brooks.
El trato del policía en la comisaría había sido tan desagradable que le trajo a la memoria la noche en la que lo conoció en la comisaría de Harlem; su actitud amable y la serenidad de sus palabras no tenían nada que ver con lo que acababa de vivir.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Frank era el hombre al que quería abrazar, el único que le proporcionaba tranquilidad con solo pensarlo.
Cerró los ojos, inquieta. Se ahogaba con la idea de apartarlo de su vida.
Le iba a resultar muy complicado dar el paso.
La televisión emitía constantes noticias sobre los heridos y el estado de salud de Robert Kennedy, ingresado en el hospital del Buen Samaritano.
Los médicos estaban haciendo todo lo posible para salvarle la vida, pero de todos los operados a lo largo de la madrugada, él era quien presentaba un estado más crítico.
Los demás afectados estaban fuera de peligro, según los últimos partes médicos.
Quitó el volumen de la televisión, con las imágenes fluctuando en blanco y negro en la pantalla, y volvió a intentar contactar con Frank. De nuevo imposible. Trató de hacerlo con su madre con el fin de tranquilizarla y decirle que estaba bien. En este caso, la llamada entró.
—¡Santísima Virgen! —se lamentó su madre al otro lado de la línea—. Como se entere tu padre de que has estado allí... No quiero ni pensarlo...
—Mamá, tranquila, estoy bien.
Le irritaba ese constante empeño en querer taparlo todo, en que su padre no se enterase de nada que pudiera incomodarlo o enfadarlo o molestarlo.
Lo hacía siempre, con lo más nimio y con asuntos de importancia: ocultar, esconder, tapar, mentir si era necesario para mantener al padre alejado de cualquier asunto que pudiera contrariarlo que no fuera referente a los negocios.
—Menuda se ha montado —continuó relatando la madre—. Y tú allí, en medio de todo el jaleo, hija mía, contigo no gana una para sustos. Y ese pobre..., qué tragedia. Me da lástima su esposa, tan joven y ya viuda.
—Todavía está vivo, mamá —dijo sin apartar la vista de las imágenes de la entrada del hospital del Buen Samaritano que parpadeaban en la pantalla—. Ojalá salga adelante.
—¿Cuándo piensas volver?
—Mi vuelo está previsto para mañana a primera hora, no creo que lo demore.
—Ayer llamó Brooks, le dije que estabas en Nueva Orleans. Me pidió que le indicara la hora de tu vuelo para acercarse a recogerte. Está más dulce que nunca, parece un cannolo de azúcar. —Su carcajada divertida arrancó una sonrisa a Nicole.