III #3
En una fracción de segundo, aquel chico de pelo negro extendió el brazo y disparó, primero un tiro, luego otro, y el maître y otros hombres que estaban junto al senador reaccionaron y se abalanzaron sobre el atacante.
Todas las miradas se dirigieron al chico que estaba siendo reducido; sin embargo, Nicole se había quedado con los ojos clavados en el revólver que sujetaba en su mano el hombre de la camisa amarilla y que apuntaba primero a la espalda del senador; al mismo tiempo que oía el sonido de los tiros que llegaban de frente, atisbó un fogonazo, Robert Kennedy levantó el brazo derecho y recibió un disparo en la cabeza, justo detrás de la oreja, y su cuerpo deslavazado se desplomó de espaldas contra el suelo.
El caos se desató alrededor de Nicole, pero ella permaneció quieta; los pies se le habían quedado clavados al suelo.
Percibía los gritos en su entorno, como si estuviera sumergida en una pecera.
Algunas personas a su alrededor habían caído heridas, pero Nicole no podía apartar la vista de una mano a apenas un metro de ella, en aquellos dedos aferrados al revólver aún humeante.
De repente, el hombre se volvió hacia ella y un latigazo interior le grabó aquel rostro en la memoria.
Durante unos instantes, ninguno de los dos apartó los ojos, hasta que él desvió la vista y se alejó, abriéndose paso entre la multitud.
Nicole miró a su alrededor, desesperada, sin saber qué hacer.
Entonces vio a Harold Becker detrás del tumulto que rodeaba al sujeto que había gritado contra el senador y realizado los primeros disparos.
Una chica con un vestido blanco de lunares rodeó el cuerpo de Bobby Kennedy, tendido en el suelo; se fijó en ella porque era la única que sonreía en aquel revuelo.
Pasó por delante de Nicole y se unió al hombre de la camisa amarilla, que ya se alejaba a paso raudo, ocultando la pistola bajo el cartel de la campaña.
Nicole siguió a la extraña pareja unos pasos tratando de avanzar en aquella enorme confusión de cuerpos.
Al salir de las cocinas vio que se dirigían hacia una puerta de servicio.
—Lo hemos hecho —le oyó decir a la chica, con una claridad y entusiasmo fuera de lugar—. Hemos disparado al senador.
Aquellas palabras paralizaron a Nicole. En su mente confusa una voz le ordenaba detenerlos, chillar y dar la alarma, pero fue incapaz de moverse o abrir la boca.
Inmóvil en el pasillo, zarandeada por la algarada enloquecida que gritaba y se desplazaba sin rumbo de un lado a otro, vio desaparecer a aquella macabra pareja sin que nadie los detuviera.
Se dio la vuelta y volvió al escenario del tiroteo buscando a un policía o alguien a quien contar lo que había visto.
La estancia se había convertido en un pandemonio, chillidos ensordecedores, empujones.
«Tened cuidado», gritaba alguien. «¡Quitadle la pistola!
», vociferaba otro. «Se le ha agarrotado la mano.
Cogedle del pulgar, rompédselo si hace falta.
Agarradle, agarradle. No queremos otro Oswald, agarradle».
Nicole apenas sentía la barahúnda a su alrededor, amortiguada en su conciencia, los oídos le zumbaban, igual que si se hubiera metido en una cápsula estanca que le dificultaba pensar, oír, hablar o moverse.
Entre los huecos de una multitud de gente que se movía inquieta, atisbó el cuerpo maltrecho de Robert Kennedy tendido boca arriba, desmadejado como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos, los brazos abiertos en cruz.
A su lado, uno de los camareros vestido con una chaquetilla blanca sujetaba con la mano la cabeza del senador, evitando que tocase el piso.
Un charco de sangre empezaba a extenderse por el suelo como una siniestra sombra.
A kilómetros de distancia, Frank no había sido capaz de conciliar el sueño; acostado sobre la cama, mantenía la mente en calma mecida por la música de fondo procedente de la radio, hasta que la voz acelerada de un locutor cortó la música e invadió súbitamente el espacio, reclamando su atención.
«Interrumpimos nuestra programación para ofrecerles un boletín especial. Desde Los Ángeles se informa de que el senador Robert Francis Kennedy ha sido alcanzado por disparos esta madrugada en el hotel Ambassador».
El locutor hizo una breve pausa que pareció eterna en la quietud de la madrugada.
«Los primeros informes indican que el senador ha resultado herido poco después de pronunciar su discurso, tras vencer en las elecciones primarias en California. No se dispone aún de información oficial sobre la gravedad de las heridas».
De nuevo una inquietante pausa.
«Repetimos: el senador Robert F. Kennedy ha resultado herido por disparos en Los Ángeles. El incidente ha ocurrido aproximadamente a las doce y quince de la madrugada, hora del Pacífico. Les mantendremos informados a medida que se reciban nuevos detalles».
Tras un silencio, volvió la música a la emisora.
Frank cogió el teléfono y pidió a la operadora que le pusiera con el hotel Ambassador en Los Ángeles.
—Lo siento, señor, pero ahora mismo las líneas están saturadas.
Colgó el auricular con gesto preocupado. Su pensamiento se centró en Nicole.
Becker zarandeó a Nicole por los hombros al ver que no reaccionaba.
—Nicole, ¿estás bien? —le preguntaba con insistencia, sin obtener respuesta—. ¿Estás herida?
Ella permanecía inmóvil, aturdida y confusa.
—Harold... Ese hombre ha... —Las palabras parecían pesar en su mente, como plomo fundido imposible de manejar—. Ese hombre ha... Él acaba de...
—Lo sé, lo sé... —La examinó de arriba abajo para comprobar que no estaba herida. Luego la abrazó porque temblaba de forma incontrolada—. Tranquila, han conseguido reducirlo.
A su alrededor había un alboroto ensordecedor, la gente iba de un lado a otro trastornada, llorando, acongojados por lo ocurrido. Se oían gritos que reclamaban la presencia de un médico, había personas ensangrentadas en el suelo. Parecía la escena de una batalla campal.
Un grupo de policías entró de forma apresurada y, a continuación, pasaron en tromba escoltando al chico al que habían mantenido inmovilizado sobre una de las mesas de aluminio.
Nicole buscó el rostro de aquel chico y sus ojos se encontraron, su mirada parecía ida, vacía, ausente de atención, se le veía tranquilo, casi indiferente, con una serenidad que la estremeció.
Cuando se alejaron, Nicole centró su atención en Becker.
—Lo he visto todo, Harold. No solo ha disparado ese chico, he visto a un hombre disparar a la cabeza de Kennedy, lo he visto —insistía nerviosa—, se acaba de ir por allí con una chica...
Harold mantenía el abrazo protector a Nicole, pero estaba más pendiente del entorno que de sus palabras.
—Tenemos que salir de aquí...
Envolvió con un brazo los hombros de Nicole y la guio hacia el salón Embassy, pero unos agentes uniformados se lo impidieron.
—Lo siento, señor, nadie puede salir, deben esperar.
Nicole trató de avisar a los policías.
—El hombre que ha disparado se ha marchado por esa puerta.
Pero los policías ni siquiera la escucharon, pendientes de controlar a la multitud.
Unos minutos después entraron los servicios sanitarios y se llevaron al senador en una camilla. Al pasar, Nicole preguntó a uno de ellos.
—¿Está vivo?
Hizo un leve gesto de afirmación.
—Aunque no sé por cuánto tiempo...
El médico siguió al cortejo hacia el exterior para trasladarlo al hospital.
—Está vivo —balbució Nicole llevándose las manos a la boca, angustiada—, sigue vivo, Dios santo... Ojalá sobreviva.
Llegaron más sanitarios para atender al resto de los heridos que permanecían desperdigados por el suelo. Tras evacuar a todos los afectados por los disparos, se ordenó a quienes permanecían en la despensa que pasaran al salón Gold. Nadie podía salir del hotel hasta nuevo aviso.
Con algo más de tranquilidad, se sentaron en unas sillas uno frente al otro, rodeados de grupos de personas que susurraban o lloraban, incrédulas aún ante lo que había pasado, aferradas a la esperanza de que todos los heridos continuaran vivos.
Nicole insistió en contarle a Harold lo que había visto y, esta vez, Becker la escuchó con atención.
A trompicones, tratando de no dejarse ningún detalle, le explicó todo lo que había presenciado desde el momento en el que accedió por la despensa para llegar a la parte de atrás del escenario, cómo había seguido al senador por la cocina, los disparos del segundo tirador y su huida en compañía de esa chica.
—¿Estás segura de lo que dices?
—Completamente segura.
—La policía debe saberlo. ¿Podrías reconocer a ese tipo?
Nicole arrugó la frente, concentrada en sus recuerdos.
—Unos cincuenta años, delgado, de mi altura —su voz se volvió balbuciente—, pelo oscuro y algo rizado, tez morena...
, de aspecto chicano. La chica era mucho más joven, unos veintipocos años, caucásica, la piel tostada por el sol, una melena a la altura de los hombros y castaña, y tenía una nariz respingona...
—Está bien, vamos a calmarnos, la policía nos tomará declaración a los que estábamos allí y podremos explicarlo todo.
Los dos mantuvieron la respiración contenida, conscientes de que habían sido testigos del intento de asesinato del senador Robert Kennedy, cada uno desde distinto ángulo. Aquello era una noticia de portada y ellos habían estado allí.
Becker echó un vistazo a su alrededor y, asegurándose de que nadie le veía, sacó de su bolsillo la cinta en la que estaba grabada la entrevista que había hecho Nicole a Kennedy, y se la guardó en el calcetín.
—¿Qué haces? —se extrañó ella.
Harold, sin poder contener el entusiasmo, le habló con una amplia sonrisa.