III #2
Nicole terminó de escribir, apagó el reproductor y, sonriente, se levantó al mismo tiempo que lo hacía el senador.
—De nuevo gracias por su tiempo, senador.
—No hay de qué, señorita Donaldson. Y si me permite un consejo, no pierda nunca la curiosidad —añadió con gesto cansado pero cordial—.
Cuando los periodistas dejan de hacer preguntas de verdad, empezamos a perder todos.
Si ustedes hacen bien su trabajo, nos obligan a hacer mejor el nuestro.
Cuente lo que vea, aunque no nos favorezca.
—Intentaré no olvidarlo —dijo Nicole, mientras se estrechaban las manos.
Mankiewicz se acercó a ellos para guiar a Nicole hacia la salida. Le habló con afabilidad.
—El senador bajará dentro de un rato al salón Embassy para reunirse con sus seguidores.
—Muchas gracias, señor Mankiewicz —dijo Nicole, tendiéndole la mano—, ha sido usted muy amable.
Entró en el ascensor junto a un grupo de periodistas que conversaban distendidamente. Nicole se situó al fondo de la cabina, ensimismada en lo que acababa de vivir. Las voces de los hombres llenaban el reducido espacio, sin apenas reparar en su presencia.
—¿Crees que Kennedy tiene el coraje suficiente para llegar hasta el final en la carrera presidencial? —preguntó uno de ellos.
Nicole alzó la vista hacia el grupo, atenta a la respuesta, observando las espaldas de aquellos hombres que se apiñaban frente a ella.
—Por supuesto que tiene el coraje necesario —respondió otro—. Pero no va a llegar hasta el final, alguien lo va a matar. —Se hizo un corto silencio, y continuó hablando—: Yo lo sé y vosotros lo sabéis, y es tan cierto como que estamos en este ascensor. Y él está ahí, esperando que lo maten.
El hombre giró un poco la cabeza y la descubrió. Al advertir el rostro de estupor de Nicole, esbozó una blanda sonrisa.
En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron y todos salieron en tropel. Nicole se quedó quieta, sobrecogida por aquellas palabras.
Los que esperaban para entrar fueron los que la hicieron reaccionar.
Salió al pasillo y tomó aire mientras negaba con la cabeza como si quisiera expulsar de su mente lo que acababa de escuchar.
No le resultó difícil; estaba tan entusiasmada que no pudo evitar sonreír para sí misma.
Tenía la entrevista, ahora solo faltaba que Harold dejase que su nombre apareciera en ella.
Era lo justo. Pero eso le importaba poco, en aquel momento, no solo estaba satisfecha con su trabajo, sino que se había quedado fascinada por la sencillez y la simpatía del candidato.
Cuando llegó al vestíbulo, el bullicio había aumentado considerablemente. Se dirigió al lugar en el que había quedado con su jefe.
Nicole localizó a Harold en uno de los sillones de la cafetería. Se acercó hasta él, se sentó a su lado y le contó la experiencia del encuentro, sin poder reprimir la emoción que la desbordaba. Estaba contenta, contagiada del entusiasmo que se respiraba alrededor.
Le dejó ver las anotaciones que había tomado en su libreta, con las respuestas del senador, y le entregó la cinta de la grabadora; luego, introdujo una nueva. Harold sonrió complacido.
—Buen trabajo, Nicole. Esto hay que celebrarlo. —En ese momento pasó un camarero y le hizo una seña para que se acercase—. Dos Tom Collins, por favor.
—No, gracias, prefiero una Coca-Cola. Estoy sedienta. —Vio alejarse al camarero—. Mankiewicz me ha dicho que Kennedy bajará al salón Embassy para dirigirse a sus seguidores.
—Así es, y de ahí a la sala Colonial para atender a la prensa.
—Miró alrededor y echó el cuerpo hacia delante—.
Ahora mismo el Embassy está a reventar de gente, es imposible acercarse al podio desde donde hablará.
—Bebió un sorbo de la cerveza que tenía entre sus manos—.
He estado investigando por aquí. Si te cuelas por la despensa de la cocina, llegarás a la zona trasera del atril.
Allí podrás grabarlo todo desde más cerca, a ver si consigues algunas palabras de Ethel, cómo se siente, qué piensa, lo que sea...
Después nos encontraremos en el Colonial.
Una vez que Nicole sació su sed, volvieron a separarse.
Nicole pasó por delante de la puerta del salón en el que Kennedy hablaría a sus partidarios, quienes ya abarrotaban el espacio.
Multitud de fotos con el rostro sonriente del senador, globos de colores, grandes escarapelas con los colores de la bandera norteamericana, blancas, rojas y azules.
Aparecieron unas animadoras que alentaron aún más al gentío.
Siguió las indicaciones de Harold Becker y llegó hasta las puertas que daban a la despensa; luego continuó hacia la cocina.
Había mucho movimiento del personal vestido con chaquetillas blancas, llevando bandejas y platos de un lado a otro.
La actividad era frenética y nadie se fijó en ella, salvo para esquivarla con prisas.
Una vez que atravesó la despensa, dejó la cocina a un lado y llegó al pasillo que llevaba justo detrás del atril ya preparado.
Harold tenía razón, desde allí tenía una visión frontal del público y estaría cerca de los más allegados al senador.
El espectáculo era fabuloso. Se subió a la tarima y pudo ver los cientos de personas que se apretaban en aquel espacio.
El ruido era ensordecedor. Estaba observando el gentío cuando le pareció ver algo que no le encajaba.
En un lado, al fondo del salón, junto a la puerta por la que continuaban entrando más seguidores, atisbó una cara conocida.
—Michael... —susurró para sí. Estiró el cuello para estar más segura, pero ya le fue imposible confirmarlo. Pensó que se había equivocado, no tenía ningún sentido que su hermano estuviera allí.
La muchedumbre la empujó hacia la pared del fondo, junto a la puerta que llevaba a la cocina. Uno de los hombres del equipo de Kennedy se abrió paso a duras penas entre la turbamulta hasta alcanzar el podio, se colocó delante del atril y golpeó el micro con la punta de los dedos.
Nicole consultó su reloj, pasaban apenas dos minutos de la medianoche.
—Damas y caballeros... —La voz de Salinger se oyó atronadora sin conseguir apaciguar la algarabía reinante—. Amigos... Un momento de atención... El senador Robert Francis Kennedy les dirigirá unas palabras. Les ruego silencio.
En lugar de silencio, el gentío rompió en aplausos y vítores más fuertes y repetidos.
Nicole pudo ver a Kennedy dirigirse al atril, le seguía su esposa, Ethel.
Al advertirlo, el salón en pleno estalló en aplausos y gritos que clamaban «queremos a Bobby» repetidos una y otra vez por los asistentes, en medio de empujones, apreturas, risas y una alegría incontenible.
Sus primeras palabras fueron para comprobar que se le oía bien. Empezó dando las gracias a los voluntarios y a los miembros de su equipo, consciente de lo que suponía una campaña de aquellas características, ya que ocho años antes él había dirigido la que llevó a su hermano John a la presidencia.
—Ha sido una larga campaña, muy larga, y creo que podemos poner fin a las divisiones dentro de Estados Unidos.
—Su voz sonaba firme, su gesto era tranquilo; se mostraba contento, aunque contenido—.
Lo que ha estado ocurriendo en este país durante los últimos tres años, las divisiones, la violencia, el desencanto con nuestra sociedad, las diferencias entre negros y blancos, entre los pobres y los más acomodados, entre grupos de edad, o sobre la guerra de Vietnam. Podemos empezar a trabajar juntos.
Nicole sintió un estremecimiento al escucharle.
—Somos un gran país —continuó el senador Kennedy—, un país generoso y compasivo.
Y tengo la intención de que esa sea la base de mi campaña en los próximos meses.
Y quiero prometerles a todos ustedes que, si me dan la oportunidad de servir como su presidente, trabajaré para traer la paz a nuestro país y para llevar la paz a las personas de todo el mundo.
Muchas gracias, ahora es el momento de ir a Chicago y ganar allí.
Los concurrentes rompieron en aplausos y gritos exaltados, coreando el nombre de Bobby Kennedy. Nicole se sintió contagiada por la euforia reinante; el aire mismo parecía vibrar con un entusiasmo desbordado.
Una vez terminado el discurso, Bobby Kennedy se giró hacia su derecha para bajar del podio. Nicole se sintió aprisionada por la multitud. Entonces, oyó a alguien gritar:
—¡Senador, por aquí, venga por las cocinas!
Kennedy cambió de dirección y avanzó hacia donde se encontraba Nicole. Al cruzarse con ella, el senador le dedicó una leve sonrisa de paso. Una marea humana avanzó tras él.
Ella se abrió paso siguiendo a la alocada comitiva, intentando no perder de vista al senador.
A su alrededor, los trabajadores se agolpaban cada vez más, empujándose unos a otros, alargando las manos con una mezcla de fervor y ansiedad por tocar al vencedor de la noche.
El aire parecía cerrarse sobre ella. De pronto, sintió un golpe seco que la desplazó, y un hombre con una camisa amarilla la rebasó hasta situarse muy cerca del senador, por delante de ella.
Continuó el jaleo ensordecedor. Nicole avanzó un paso.
En medio de aquel jaleo de voces, codazos y empujones, un chico que venía de frente a ellos profirió un grito que desentonó por encima del tumulto.
—¡Kennedy, hijo de puta!