Un hombre de honor III
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III

Nicole estuvo toda la mañana tratando de obtener información o alguna declaración interesante en torno al senador demócrata, la marcha de las primarias o la derrota de hacía un mes en el estado de Oregón frente a Eugene McCarthy.

Consiguió hablar con varios voluntarios que habían estado recogiendo votos puerta por puerta durante las jornadas previas, quienes le contaron cómo estaban los ánimos de los votantes, y percibió en ellos una contenida sensación de triunfo.

A medida que pasaban las horas, las expectativas de una posible victoria se iban incrementando, sobre todo tras el cierre anticipado de los colegios electorales en el distrito de Watts, de mayoría afroamericana y latina, en el que no quedó ni un solo elector inscrito sin emitir su voto.

A partir de media tarde, las nubes habían dejado paso a un sol radiante como un preludio de los porcentajes que empezaron a volcarse a favor de Kennedy.

Harold Becker y Nicole se encontraron en el vestíbulo al filo de las siete.

Un gran revuelo en el exterior del hotel llamó su atención y se asomaron a tiempo de ver cómo aparcaba en la entrada el Rolls-Royce Silver Cloud del famoso director de cine John Frankenheimer, amigo personal del senador Kennedy y en cuya mansión había estado hospedado.

Cuando Robert Kennedy descendió acompañado de su esposa, Ethel —cuyo incipiente embarazo de su undécimo hijo apenas se percibía—, Nicole se abrió paso hacia la puerta entre empujones y codazos para verlo de cerca.

Al pasar a su lado, él le dedicó una sonrisa amable antes de internarse en el vestíbulo, rodeado por una multitud dividida entre quienes, con entusiasmo desaforado, pretendían acercarse al senador y quienes estaban ahí para impedírselo.

Vio a Harold junto a uno de los que iban a la zaga del matrimonio Kennedy.

Ambos hombres se saludaron con efusión. Mientras, Nicole esperaba a un lado, observando cómo el séquito se encaminaba a los ascensores para subir a las suites desde donde esperarían al final de las votaciones.

Harold se despidió del hombre con una sonrisa y se acercó a ella.

—Claro que lo estoy —contestó Nicole, tratando de que no se le notasen los nervios—. Gracias por darme esta oportunidad, Harold.

—Aprovéchala, es lo único que te pido. Haz una buena entrevista y no te dejes hechizar por el encanto del entrevistado, utiliza los tuyos propios para llevarle a tu terreno, sácale información, necesito un buen titular.

—¿Dejarás que aparezca mi nombre? —preguntó reticente.

—De lo único que debes preocuparte ahora es de hacer un buen trabajo.

—No te arrepentirás —añadió ella incapaz de reprimir su entusiasmo por el mero hecho de hacer aquella entrevista.

—Eso espero.

Cuando faltaban quince minutos para las diez de la noche, Nicole se dispuso a subir al quinto piso.

Nada más salir del ascensor le llegaron las voces de euforia que procedían del pasillo y las suites ocupadas por el equipo más cercano a Kennedy.

Se había confirmado, habían ganado las primarias de California.

La algarabía era de tal calibre que no sabía a quién preguntar.

En medio del pasillo, hombres y mujeres exultantes entraban y salían de las tres suites, las puertas abiertas de par en par, las copas y los brindis, las mutuas felicitaciones, los abrazos; se respiraba un ambiente de alegría que rezumaba en cada palabra, en cada gesto, en cada rostro de aquella gente que llevaba semanas recorriendo el país en busca de apoyo para su candidato.

Calculó que había unas treinta o cuarenta personas.

Nicole se movía entre ellos como en un terreno ajeno. Llevaba su grabadora Sanyo al hombro y su libreta con las preguntas preparadas para el senador.

La voz de un hombre a su espalda la sobresaltó.

—¿Y tú quién eres?

Ella se volvió y se encontró a un chico de su edad, la sonrisa abierta y los ojos chispeantes por el alcohol.

—Soy Nicole Donaldson —respondió mostrando su credencial—, trabajo para el New York Times . Tengo concertada una entrevista con el senador Robert Kennedy.

El chico la cogió del brazo y la llevó hacia una de las suites.

—¡Mankiewicz! —gritó llamando a un hombre que estaba de espaldas. Cuando se volvió, el chico señaló a Nicole—. La reportera del Times .

Cuando Nicole oyó la palabra reportera, se sintió satisfecha y orgullosa.

Frank Mankiewicz se acercó con gesto relajado.

—¿Eres Nicole Donaldson? Ven, el senador te atenderá ahora.

Salieron de esa suite, cruzaron el pasillo y entraron en la de enfrente; allí estaba Robert Kennedy, feliz, rodeado de gente.

A su lado, su esposa Ethel reía y charlaba con otro grupo en el que reconoció a Pierre Salinger, jefe de campaña del senador y antiguo secretario de prensa de la Casa Blanca con su hermano. Se los veía radiantes.

—Bobby, aquí está la reportera del Times de la que te he hablado.

Nicole sintió que el corazón se le aceleraba. Frente a ella tenía al que en pocos meses podría llegar a ser presidente de Estados Unidos. Cuando el senador reparó en ella y le sonrió, sintió que se le secaba la boca. Kennedy le tendió la mano.

—Señorita Donaldson, encantado de conocerla.

La mano quedó en el aire porque Nicole tardó en reaccionar. Soltó una especie de risa nerviosa y, por fin, se la estrechó.

—Encantada, yo, senador... —Sintió el tacto firme de su mano cálida—. Y enhorabuena por su triunfo.

—Gracias, pero aún queda mucho camino por recorrer antes de llegar a la meta que nos hemos propuesto. Veremos qué ocurre.

—Podéis hacer la entrevista en la habitación —intervino Mankiewicz, señalando hacia la puerta que daba a la alcoba—. Estaréis más tranquilos.

Le siguieron y se acomodaron en sendas butacas que había en un rincón de la alcoba.

—Diez minutos, señorita Donaldson —le dijo Mankiewicz de pie, mientras ellos dos se acomodaban—, ni uno más. No pierda tiempo. —Le guiñó el ojo.

Ella asintió. Solo entonces, Mankiewicz se alejó unos pasos para situarse junto a la ventana, lo suficientemente apartado para no molestar, pero sin perder de vista a su jefe.

Nicole colocó su magnetófono sobre una mesa que había entre el senador y ella, y abrió la libreta con el bolígrafo en la mano.

Le sorprendió el semblante de aquel hombre que, a pesar de la alegría, reflejaba algo sombrío, como si cargara un halo de tristeza labrado en los ojos.

Robert Kennedy se ajustó la corbata y se atusó el flequillo, gesto que repetiría varias veces a lo largo de la entrevista.

—Gracias por su tiempo, senador. —El corazón tamborileaba con intensidad en su pecho—. Sé que es una noche muy intensa.

—Es una buena definición, una noche intensa —confirmó Bobby Kennedy.

—Dígame, senador, ¿qué significa para usted este triunfo en California?

Kennedy apoyó los codos sobre las rodillas antes de contestar.

—Significa que la gente aún cree que podemos cambiar el rumbo. Que no están resignados. Pero también supone responsabilidad por nuestra parte, un compromiso cada vez más firme con este país.

Nicole anotaba con rapidez cada palabra. No le gustaba fiarlo todo a la grabadora, podía fallar, algo que nunca pasaría con su escritura.

Sabía bien qué preguntas quería hacerle, así que levantó la cabeza y lanzó la segunda:

—La noche que asesinaron a Martin Luther King, usted, en Indianápolis, apeló a la reconciliación y a la unidad. ¿Cree que esa unidad es realmente posible, o solo es una aspiración?

—La unidad es necesaria, y lo necesario suele parecer imposible hasta que alguien decide que hay que intentarlo. Estamos en ese intento.

Nicole recogió su respuesta en papel, sintiéndose cada vez más segura.

—Hay quienes temen que su mensaje genere expectativas que el sistema político no puede cumplir.

—La política no es algo inmóvil. Cambia cuando la sociedad necesita cambios, cuando exige algo mejor a sus dirigentes.

Y creo que es uno de esos momentos. Estados Unidos está harto de la división, del miedo y de la violencia en la que nos hallamos metidos desde hace tiempo.

La gente quiere volver a creer que este país puede unirse en torno a un propósito común.

No prometo soluciones mágicas. Prometo honestidad, esfuerzo y voluntad de enfrentar los problemas en lugar de ignorarlos.

Porque la alternativa supone resignarnos al resentimiento y al enfrentamiento permanente. Y yo creo que somos mejores que eso.

Nicole vaciló sin saber si arriesgarse a hacerle la pregunta que tenía preparada. Al final se decidió a formularla.

—Senador —no pudo evitar que le temblase la voz—, ¿teme que se repita lo que le ocurrió a su hermano?

Él sonrió con pesadumbre.

—Señorita Donaldson, llevo jugando a la ruleta rusa desde hace años. Y sospecho que eso no va a cambiar. De todos modos, hay ciertas cosas contra las que un hombre no puede protegerse. No podemos dejar que el miedo decida cómo vivir ni qué causas defender.

Aquellas palabras impresionaron a Nicole.

La voz de Mankiewicz la interrumpió cuando iba a proseguir la entrevista.

—Lo siento, señorita Donaldson, se ha acabado el tiempo.

Ella se quedó atónita, sin dar crédito a lo rápido que había transcurrido.

—Dejemos que haga la última —le dijo Kennedy a su jefe de comunicación, y después dirigió su atención de nuevo a Nicole.

—Gracias —susurró Nicole—. Senador Kennedy, ¿qué siente ante la posibilidad de convertirse en el trigésimo séptimo presidente de Estados Unidos?

Robert Kennedy la observó un rato largo, como si dudase de su respuesta. En ese momento, Nicole pudo ver al hombre detrás del político.

—Creo que, por primera vez, he dejado atrás la sombra de mi hermano.

—Su voz sonó cálida y firme, aunque sus pensamientos parecían anclados en un amargo pasado—.

Todo esto lo he logrado por mí mismo. Durante estos años, todos mis pasos parecía que los daba John, como si hubiera vivido a través de él.

Pero ahora estoy convencido, creo que puedo ser elegido presidente siendo yo mismo.