Un hombre de honor II #3
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II #3

Salió a la calle envuelto en una honda tristeza, se subió al coche, puso en marcha el motor y se alejó.

Un hombre salió del portal de enfrente, cruzó con paso rápido y desapareció en el edificio del que acababa de salir Frank.

Frank entró a su apartamento después de la medianoche.

Había pasado el día pululando por los muelles, observando y charlando, sin identificarse como policía, con alguno de los trabajadores a cambio de cigarrillos y de sentirse atendidos en sus problemas personales, laborales e incluso legales.

Se acercó al lugar donde se había encontrado el cuerpo de Mike y preguntó a varios de los que transitaban por allí; nadie parecía saber nada del muerto, todos esquivaban cualquier pregunta al respecto.

Resultaba evidente que con la muerte de Mike se había sembrado la ley del silencio.

Estaba muy cansado y tenía una sensación de frustración que le amargaba la garganta. Encendió la luz con el correo en la mano y dejó las llaves en una bandeja. Se sacó el arma y la guardó en el cajón.

Hacía mucho calor y abrió la ventana para que entrase algo de aire fresco; el ruido de la calle se coló acompañando a una ligera brisa, el visillo osciló trémulo.

Echó un vistazo a la correspondencia que acababa de recoger; nada importante, pensó.

Dejó las cartas sobre la mesa y fue a la nevera a por una cerveza.

Con ella en la mano encendió la radio y buscó una emisora con música.

Antes de encontrarla, le sobresaltó el sonido estridente del teléfono. Se acercó al aparato y descolgó.

Sonrió al oír la voz de Nicole al otro lado de la línea.

—¿Me echas de menos? —preguntó él meloso.

Después de muchas dudas, la joven se había decidido a llamarlo. Necesitaba escuchar su voz.

—Te he llamado antes y me ha contestado la voz de una mujer —dijo ella—. No sabía que tenías un servicio de mensajería.

—Lo tengo desde hace poco —se justificó él.

—No me siento cómoda contándole a una extraña lo que quiero decirte —dijo ella soltando una risa nerviosa.

—Ahora me tienes al otro lado de la línea —añadió él cariñoso—. Puedes decirme lo que quieras.

El tono de ella pretendía ser distante.

—Estoy hospedada en el hotel Ambassador. Al final Becker ha viajado conmigo.

—Ese es el cuartel general de la campaña presidencial del senador Kennedy.

—Sí —respondió ella—; está lleno de simpatizantes, voluntarios y dirigentes demócratas, aunque por lo visto el senador se hospeda en casa de un amigo suyo.

—¿Cómo van las encuestas?

—Le dan vencedor por varios puntos, pero hay que esperar a ver qué pasa mañana. —Hubo un silencio incómodo en la línea—. Becker me ha conseguido una entrevista con Robert Kennedy. Estoy tan nerviosa que no sé si voy a ser capaz siquiera de saludarlo.

—Lo harás bien. Estoy convencido.

Ella sujetaba con fuerza el teléfono, sentada en el borde de la cama, con la angustia de saber que tenía que renunciar al amor de aquel hombre que tanto la llenaba.

—Gracias, Frank. Tus palabras significan mucho para mí.

—Confía en ti misma, Nicole, y demuéstrales a todos de lo que eres capaz.

Ella sonrió. Sabía que jamás escucharía palabras similares en boca de Brooks. Susurró un gracias y un te quiero, y se despidió.

Tras la llamada de Nicole, Frank se dio cuenta de que hacía días que no comprobaba si tenía algún mensaje. Echó un trago de la cerveza y marcó el número del servicio de mensajería. Al otro lado de la línea respondió una voz de mujer.

—Servicio de mensajes Metropolitanos, buenas noches, ¿en qué puedo ayudarle?

—Al habla Frank Bernstein —le indicó su número de teléfono—. ¿Hay algún mensaje para mí?

—Espere que lo compruebe... Sí, señor Bernstein, tiene un mensaje. ¿Quiere que se lo lea?

—Adelante, por favor.

—El mensaje se recibió el pasado sábado a las 22:35 de la noche y, por lo que veo, no dieron ningún nombre.

—Se produjo una pausa, hasta que Frank volvió a escuchar la voz—.

El mensaje indica que el jueves, al anochecer, bajará la marea en el Hudson —se detuvo un instante antes de seguir—, y también dice: «el nombre de Dios es Donatti».

—La línea enmudeció unos segundos—. Eso es todo, señor Bernstein, no tiene más mensajes.

Hubo un mutismo inquietante en la línea. La telefonista reaccionó.

—¿Puedo ayudarle en algo más, señor Bernstein?

—¿Por qué no me han comunicado antes este mensaje? —protestó Frank aún aturdido por lo que había oído.

—Disculpe, señor Bernstein, pero su servicio de mensajería no incluye llamada al cliente —respondió la operadora con voz firme y distante—. Es usted el que debe llamar para solicitar sus mensajes.

Tenía razón. Había contratado aquel servicio hacía tan solo unos meses, y no tenía costumbre de utilizarlo.

—Repítame el mensaje, por favor —dijo Frank en tono compungido.

Lo apuntó palabra por palabra y colgó sin despedirse siquiera. A Mike lo habían asesinado la madrugada del sábado al domingo, pero antes le había dejado aquel mensaje. Resultaba evidente que temía por su vida, se había arriesgado demasiado y lo había acabado pagando.

De nuevo se sintió culpable por no haber estado más atento.

Habían pactado una forma segura de contacto.

En el caso de que tuviera alguna información que contarle, le llamaría por teléfono y le diría que se tomasen una cerveza donde siempre, y un día de la semana; después debía colgar sin decir nada más, porque ambos sabían el lugar y la hora.

Si había algo muy urgente debía llamar al servicio de mensajería, sin dar nombres; y la urgencia era precisamente su propia vida.

Bebió un trago de cerveza y se retrepó en el sillón. Subrayó el nombre de Donatti, y se fijó en la frase, «el jueves, al anochecer, bajará la marea en el Hudson». Era obvio a qué se refería.

Llamó al teniente Caddy, quien le respondió malhumorado.

—¿Quién es? —La voz cascada indicaba que lo había despertado.

—Teniente, soy yo.

—Bernstein... ¿Qué pasa? ¿Es que no duermes nunca?

—Teniente, creo que tengo una información importante.

—Y no podía esperar a mañana... —masculló arrastrando las palabras, aceptando que no volvería a conciliar el sueño—. ¿Qué tienes?

—Mi confidente dejó un mensaje unas horas antes de que lo liquidasen. Sabía que lo habían descubierto. Creo que me quiso decir que habrá una descarga de droga el próximo jueves al anochecer.

El teniente Caddy guardó unos segundos de silencio, valorando aquellas palabras.

—Está bien. Montaremos una operación para pillarlos in fraganti. Mañana a primera hora te quiero en mi despacho fresco como una rosa, así que trata de descansar.