Un hombre de honor II #2
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II #2

Frank guardó silencio. Por primera vez bajó la cabeza, avergonzado por la cruda realidad que le había espetado aquella mujer.

Era consciente de la existencia de agentes corruptos que recibían sobornos, pequeñas mordidas o cantidades importantes, además de otras prebendas, ascensos y traslados beneficiosos; estas corruptelas se daban en todos los niveles, desde patrulleros, hasta oficiales y cargos importantes; y no solo eran policías, también entraban en el juego sucio fiscales —el empeño del fiscal Skanett en dar carpetazo a aquel asunto le confirmaba una vez más la sospecha de corrupción—, jueces, políticos, cualquiera con algún cargo podía verse comprometido, tentado o extorsionado por quienes movían los hilos del crimen organizado, precisamente aquellos a los que estaban obligados a perseguir.

Y nadie hacía nada porque probarlo resultaba no solo complicado, sino arriesgado; señalar a otros compañeros era mucho peor que cualquier fechoría o transgresión que pudiera haber cometido el señalado; y al final, el inculpado solía salir indemne de la denuncia mientras el chivato cargaba con el desprecio y el recelo de la gran mayoría.

Meneó la cabeza como queriendo despejar la mente de aquella lacra. Con paso lento, se sentó en otra de las sillas, puso los codos sobre sus muslos inclinando el cuerpo hacia delante, con los ojos fijos en ella. Le habló con voz suave y delicada, tenía que convencerla de que confiara en él.

—Norma, su hermano me estaba pasando información de una trama de contrabando; Miguel... —rectificó de inmediato—, Mike me contó que el dinero de la droga se blanquea en comercios y heladerías como en la que usted trabaja.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —le cortó, recelosa.

Frank abrió las manos como para demostrarle que no le escondía nada, podía confiar en él.

—Tal vez haya visto u oído algo que no encaje en el local... No estamos hablando de un trapicheo menor, es algo muy grande... —Su voz sonó suplicante—. Norma, necesito que me ayude...

—¿Para acabar como mi hermano? —Por primera vez su voz era firme—. En el fondo del Hudson con la cabeza metida en una bolsa de plástico...

—No tiene por qué ser así. Puedo protegerla...

—¿Y por qué no le protegió a él?

El rostro se le ensombreció porque, en el fondo, sentía que podría haber hecho algo para evitar aquella muerte. Buscó las palabras adecuadas sin que parecieran una justificación.

—Tiene razón, le fallé, y por eso voy a hacer lo posible para que los culpables lo paguen.

Un silencio expectante se instaló entre ellos.

—Mike tenía miedo —añadió ella al cabo—. Y yo también lo tengo. —Una extraña mueca quebró su semblante—. Detective Bernstein, tengo veinticuatro años... Me gustaría cumplir los veinticinco...

—Norma, yo también tengo miedo, pero si no hacemos frente a esto, la muerte de su hermano habrá sido en vano. Todo lo que hizo Mike no habrá servido para nada.

—¿Qué podría hacer yo? —preguntó encogiendo los hombros.

—¿Vivía Mike aquí con usted?

Ella asintió con un gesto.

—¿Hablaban de lo que pasaba en los muelles?

Ella se tomó un momento antes de responder, se llevó el cigarro a los labios, bajó la cabeza y, soltando el humo, asintió.

—Mi hermano era un buen chico, estaba saliendo con una chica, quería casarse, tener niños... Tenía un futuro y ahora...

Calló con una mueca desfondada.

—Cuénteme lo que sabe, Norma.

Permanecieron frente a frente hasta que ella desvió los ojos y soltó el aire con un incómodo resoplido.

—De todas formas, ya estoy sentenciada...

—dijo cabizbaja. Luego echó los hombros hacia atrás como para darse impulso y empezó a hablar, la mirada perdida en el vacío—.

Yo no sé lo que pasa en los muelles, era Mike el que se movía por allí.

Lo que sé es que los hombres de Farelli vienen cada noche al Gelato Romano a llevarse la recaudación del día.

Nada es lo que parece. Los clientes entran, piden su helado o su café y pagan...

Pero las cuentas nunca cuadran con lo que realmente se factura.

—¿Cómo lo justifican? —preguntó Frank mientras tomaba notas en una libreta que había sacado del bolsillo de su chaqueta.

Norma dio una calada con parsimonia, luego apagó el cigarro en un cenicero lleno de colillas.

—Fácil. Se inflan los ingresos. Se anotan más cafés, más helados, más tartas de las que vendemos.

Hay días que apenas entran clientes, pero en los libros se refleja que hicimos más dinero del que podríamos hacer en un mes de verano.

Ese dinero extra, el que no viene de helados ni de café, lo traen en sobres y lo meten en la caja como si fueran ventas reales.

Nadie revisa las cuentas. La recaudación de cada jornada se multiplica por tres, o cuatro, incluso por cinco.

De repente tenemos un pedido grande de una oficina que no existe, un encargo para una fiesta que nunca se celebra. El dinero se mueve y nadie pregunta.

—¿Sabe si se trafica con droga en alguno de los locales?

Ella hizo un gesto de indiferencia antes de contestar.

—El encargado recibe a gente en la trastienda. Allí dentro no sé lo que hacen, no quiero saberlo —dijo, convencida de sus palabras—. La curiosidad puede resultar muy peligrosa.

Frank tenía claro que en esos locales se blanqueaba parte del dinero que se obtenía de la venta de la droga que se descargaba en los muelles de Hoboken. Incluso se utilizaban para el trapicheo de la droga. Frunció el entrecejo, cavilando, y le preguntó con curiosidad:

—Sé que su hermano traficaba con cantidades pequeñas de droga. ¿Sabe si llegó a participar directamente en la trama de corrupción de los muelles?

Ella cogió otro cigarro y lo encendió. Parecía muy cansada.

—No lo hizo por gusto, ¿sabe? Hace un año caí enferma, apendicitis... No tengo seguro médico. Necesitábamos dinero para la operación y Mike lo consiguió. Hizo algo que no estaba bien.

—¿Qué hizo, Norma? ¿Qué hizo exactamente su hermano para conseguir el dinero de la operación?

—¿No dice que era su confidente? Por eso le han matado, ¿no? Por contarle a usted todo lo que se movía allí.

—Norma, le aseguro que su hermano me contó cosas muy interesantes, pero necesito saber lo que usted sabe.

Ella le sostuvo la mirada, sin desprenderse del todo de la desconfianza.

—Si se lo digo —su tono era de súplica—, ¿me promete que no saldrá de aquí?

—Le prometo que la memoria de su hermano quedará intacta.

Ella suspiró, incrédula.

—La mecánica era muy similar en todos los casos.

Llegaba un barco no muy grande y siempre al mismo muelle, cerca de un campo de béisbol de Hoboken.

El controlador hacía cargar en un camión un número de cajas de una partida determinada, y en vez de llevarlos al almacén de destino, se desviaban a otro.

Mi hermano conducía uno de esos camiones. Descargaban las cajas en un almacén.

—¿Sabe dónde está situado ese almacén?

Ella negó con la cabeza.

—Por lo visto cambiaban de sitio cada cierto tiempo.

Frank conocía parte de esa información por Mike.

Le había hablado de un almacén de conservas de carne como lugar en el que se escondía la droga para luego llevarla a otro sitio con el fin de tratarla y convertirla en dosis listas para la distribución.

Sin embargo, cuando se acercó al almacén indicado, se encontró con un taller de coches que llevaba abierto tan solo unos meses, sin vinculación alguna a la posible trama.

Norma continuó hablando.

—Una de esas noches, Mike se coló en el interior del almacén y abrió una de las cajas.

Me contó que había unos diez paquetes de caballo.

Con los quinientos dólares que se ganó, pagué mi estancia en el hospital.

—Dio una larga calada a su cigarro, pensativa, como si estuviera analizando las consecuencias de sus palabras y suspiró con desidia—.

Le hice prometerme que no volvería a tratar con esa gente. Ambos sabíamos que era peligroso.

—¿Ha hablado con alguien más de esto?

—Solo con usted...

—Mike me habló de un tipo que lo manejaba todo. Le llaman el Dios porque está en todas partes, pero nadie en los muelles lo ha visto.

—Nunca me habló de eso.

—¿Hay algo más que recuerde? —insistió Frank—. ¿Algo que su hermano le comentase los días previos a su muerte?

Ella le respondió con franqueza.

—Es todo lo que sé, detective.

—Está bien. —Lo asaltó un sentimiento de decepción e impotencia—. Norma, le aconsejo que abandone la ciudad una temporada. ¿Tiene algún sitio adonde ir?

Ella se quedó aturdida durante unos segundos.

—Tengo una prima que vive en Dakota del Sur.

Frank sacó su cartera, extrajo un billete de cien dólares y se lo tendió.

—Vaya a visitar a su prima, aléjese de aquí, al menos por un tiempo.

Ella tomó el dinero sin dudarlo.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que atrapemos a ese Dios y a toda su banda. Tal vez unos meses, tal vez más. Aquí no está segura, Norma.

Frank escribió un teléfono en una hoja de la libreta.

—En cuanto esté instalada, hágame llegar su dirección, en este teléfono y solo a mí. ¿De acuerdo? —pidió. Ella asintió mientras cogía el papel—. No dude en llamarme si se siente en peligro. Y vuelva a utilizar su verdadero nombre, le evitará dejar más pistas.

—Me está asustando.

—Tan solo pretendo protegerla. —Se levantó y se guardó la libreta en el bolsillo—. Una cosa más, Norma, no hable con nadie de su hermano, y mucho menos de que fue mi confidente, ni siquiera con su prima o con otros policías, sean quienes sean y le digan lo que le digan.

—Detective Bernstein, si esa gente me encuentra...

—No le pasará nada, Norma.

—¿Me lo promete?

—Nadie sabrá de su relación con mi confidente. Su nombre no aparecerá en ningún informe... ¿De acuerdo?

Ella apenas movió la cabeza en un intento de asentir.

—Váyase cuanto antes —añadió Frank—, hoy mejor que mañana.

La observó durante unos instantes. Era consciente de que, a buen seguro, aquella chica no llegaría a cumplir los veinticinco, y poco se podía hacer para impedirlo. Era la ley de la jungla, agresiva y mortal.