Un hombre de honor II
14%

II

Como reportero, debes ser preciso. Pero eso es solo el principio. También debes ser veraz, y eso es mucho más difícil.

L ILLIAN R OSS , periodista del New Yorker

Nicole había llegado con tiempo al aeropuerto.

Mientras estaba en el mostrador de facturación, alguien le tocó en el hombro.

Al volverse, se quedó pasmada al ver a su redactor, Harold Becker, muy sonriente, con su metro sesenta y cinco de estatura, su tez pálida y su pelo oscuro y ralo siempre peinado hacia atrás con fijador.

—¡Harold! ¿Qué haces tú aquí?

—Resulta evidente, voy contigo a Los Ángeles —respondió al tiempo que ponía su documentación sobre el mostrador.

—¿Es que no te fías de mí? —inquirió con sarcasmo, sin decidir aún si debería enojarse.

—Bueno, tal vez me necesites —agregó haciéndose el interesante—.

Si el senador Kennedy pierde en California, habré malgastado mi tiempo y el dinero del periódico, pero si gana, quiero asegurarme de que sacas una entrevista con él, no solo una declaración.

—Inclinó la cabeza con un gesto sugestivo—.

Podríamos estar ante el próximo presidente de Estados Unidos.

—¿Eso significa que me ayudarás a conseguir una entrevista?

Harold sonrió, cogió las tarjetas de embarque y la documentación.

—Me resultará fácil —dijo en tono petulante, tendiéndole su tarjeta de embarque—.

Conozco personalmente a Frank Mankiewicz, el jefe de prensa del senador Kennedy.

He podido hablar con él, aunque habrá que esperar a los resultados de mañana.

Además, he reservado dos habitaciones en el Ambassador.

No pienso hospedarme en ese hotelucho que te han asignado, ¿cuál era, el Florida?

—Está claro que el cambio me beneficia —añadió ella complacida.

Becker echó un vistazo rápido a la tarjeta de embarque y se subió las gafas de pasta negra, que le daban un aire serio de chico formal.

—Puerta cuarenta. —Le tomó el codo con un gesto de avance—. Vayamos a conquistar Los Ángeles.

Harold Becker se había graduado en la Universidad de Boston y llevaba cinco años en la redacción del Times .

Corría el rumor de que le gustaban los hombres porque nunca se le había conocido relación con una mujer; lo cierto era que Nicole jamás se había sentido violentada a su lado, al contrario que con otros compañeros a quienes continuamente había que refrenar al confundir un saludo o una sonrisa amable con una puerta abierta a la conquista más grosera e insolente.

Se dijo que, después de todo, no estaría tan mal contar con él en Los Ángeles.

A media mañana, Frank y Carlo Corsini salieron de la comisaría y se dirigieron al Gelato Romano, una heladería situada en la esquina de la Ciento sesenta y cuatro con la avenida Amsterdam, el lugar en el que, de acuerdo con los datos dados por el teniente, trabajaba la hermana del confidente asesinado.

Aparcaron el coche y se acercaron despacio al local. En el interior tan solo había un chico de unos veinte años apoyado en la barra tomándose un café. Al otro lado, un hombre de unos cuarenta, vestido con una camisa blanca y una pajarita negra, leía un periódico; lo dejó en cuanto los vio entrar.

—Buenos días —dijo Frank acodándose en la barra.

El hombre no contestó, y su gesto ceñudo le indicó a Frank que había intuido su condición de agentes de policía.

El chico les echó una ojeada antes de fijar la vista en la taza que tenía delante.

—Un café largo, solo, sin azúcar —pidió Frank.

—Y para mí un helado de chocolate. —Corsini se situó junto a su compañero.

El hombre los sirvió en silencio. Se oía de fondo la melodía de algún aparato de radio que no sintonizaba bien.

—Estamos buscando a una amiga —dijo Corsini cuando le puso el helado delante—, trabaja aquí. Se llama Norma.

—Hoy es su día libre.

—¿Y sabe dónde puedo encontrarla?

—¿Por qué debería decírselo? —replicó con sorna.

Frank sacó su placa y se la mostró. Mientras, a su lado, Corsini se llevaba una cucharada de chocolate a la boca.

—¿Es que se ha metido en algún lío? —preguntó el hombre.

—No lo creo —respondió Frank con una media sonrisa—, necesitamos hacerle algunas preguntas, eso es todo.

—No tengo ni idea de dónde vive.

—Vive en el 656 de la Ciento sesenta y dos Oeste —intervino el chico, encorvado sobre la barra—, muy cerca de mi casa.

Frank no perdía de vista al hombre detrás de la barra. La hostilidad reflejada en su rostro dejaba claro que la intervención del chico no le había hecho ninguna gracia.

—Deberías irte ya, Lenny —terció el camarero—. Llegarás tarde al trabajo.

El chico hizo una mueca, sacó una moneda y la dejó sobre la barra antes de salir a la calle. Frank lo siguió.

—Eh, Lenny, ¿conoces a Norma?

El otro encogió los hombros antes de contestar.

—Es amiga de mi hermana Julie, se conocen desde hace tiempo. Últimamente Julie andaba tonteando con el hermano de Norma... —Puso cara de circunstancias—. Aunque ahora tendrá que buscarse a otro... Una pena —añadió ladeando la cabeza—, pobre Mike...

—¿Sabes qué le pasó a Mike? —preguntó Frank.

El chico le dedicó un ademán despectivo, se subió a la moto y dio una patada a la palanca para ponerla en marcha.

—Acabó durmiendo con los peces... Eso le pasó.

Aceleró y se alejó calle arriba. Corsini salió en ese momento del local.

—El helado no tiene nada que ver con los de Caruso —dijo una vez en el interior del coche.

Frank se mantuvo con las manos sobre el volante observando el interior de la heladería, donde el hombre detrás de la barra hablaba por teléfono.

—¿Vamos a ver a esa chica o nos quedamos aquí todo el día? —preguntó Corsini.

—Será mejor que vaya yo solo.

—¿Y eso?

—Tal y como ha reaccionado el camarero, creo que la chica puede tener información interesante. La manejaré mejor yo solo.

—Está bien, tú mandas —dijo Corsini mientras abría la puerta.

Frank sacó un billete de cinco dólares y se lo dio.

—Toma un taxi.

Corsini cogió el billete y salió del coche. Frank aceleró y condujo hacia la dirección que le había dado el chico. Debía actuar con mucha cautela, consciente de que acercarse a la hermana de su confidente podría ponerla en peligro.

El portal estaba oscuro, las paredes rezumaban humedad y se respiraba un desagradable olor a fritanga.

Echó un vistazo al directorio que había en la pared.

El nombre de Norma Ramírez estaba escrito junto al apartamento número 7.

Subió las escaleras hasta el tercer piso y tocó la puerta con los nudillos.

Enseguida se oyó la voz de una mujer al otro lado.

—¿Quién es?

—¿Norma Ramírez?

La puerta se abrió solo una rendija por la que se asomó una joven de unos veinticinco años, no demasiado alta, con el rostro arrasado por el llanto.

—¿Qué quiere?

—Soy el detective Bernstein. Me gustaría hacerle algunas preguntas.

—Váyase al diablo —le espetó, y trató de cerrar, pero Frank se lo impidió.

—Conocí a su hermano. —Como ella no reaccionaba, insistió—: No le robaré mucho tiempo.

Ella lo miró unos segundos con sus ojos negros como el carbón y enmarcados por dos cejas igual de negras; luego abrió del todo y le permitió el paso.

Era un piso pequeño con poca luz. Cerró tras de sí y lo condujo a una salita con un tresillo y dos butacas, pero no le invitó a sentarse, tan solo se quedó ahí, de pie, frente a él.

Vestía una bata ligera anudada a la cintura que marcaban unas caderas anchas, y llevaba la melena rubia oxigenada recogida en una coleta alta para soportar el calor pegajoso de aquel inicio de junio.

Frank no pudo evitar fijarse en los pies descalzos, pequeños, con dedos cortos y las uñas pintadas de rojo.

—Siento mucho lo que le ha ocurrido a Miguel.

—Mike... —le rectificó—, su nombre era Mike...

—Esbozó una sonrisa como si hubiera recordado algo grato, y alzó la cara.

Metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó unas cerillas y una cajetilla de Salem, se encendió un cigarrillo y volvió a guardarlos.

Se sentó en una de las butacas cruzando las piernas, mientras Frank la observaba de pie—.

Se puso Mike porque sonaba más norteamericano.

También me animó a que me cambiase el mío, a él siempre le pareció horrible.

En realidad, me llamo Refugio... —Agitó una mano en el aire como para dispersar el nombre—.

Mike tenía razón, dónde iba a ir en este país con ese nombre...

Elegí Norma porque me encantaba la Monroe...

Norma Jean... —Se tocó el pelo, ruborizada—.

Marilyn me pareció excesivo para una chica como yo. Además, a Mike le gustaba más Norma...

—¿Le han informado de cómo murió?

Asintió antes de contestar.

—Sabía que acabaría mal... —farfulló con los ojos fijos en el suelo—, también él lo sabía, aunque mi hermano era más ingenuo que yo y creía que tal vez...

—Tras un alto, continuó con voz fría—: He estado en el depósito para identificarlo.

Lo arrojaron al río como si fuera basura.

—La voz le tembló—. Mi hermano era un buen chico...

—¿Tiene alguna idea de quién ha podido ser? ¿Algún nombre...?

Ella lo miró y dio una calada al pitillo, arqueó las cejas y negó con la cabeza.

—Aunque los señalase con absoluta seguridad, no podrían hacer nada, nadie puede hacer nada contra ellos... Están por encima de todo y de todos, incluso de la policía, porque muchos están de su parte.

—¿Qué quiere decir?

—Que muchos policías hacen la vista gorda a cambio de una buena paga. —Le dirigió una sonrisa escéptica—. No me diga que no lo sabe porque no le creo.