Un hombre de honor I #9
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I #9

Nicole resopló en respuesta a la exageración manifiesta de Brooks. Movió la cabeza, negando.

—Me lo podías haber advertido.

—¿Habría servido de algo? —Le cogió la mano y se la acarició con una sonrisa conciliadora—. Siento que las cosas no hayan salido como tú preveías.

—Mis sentimientos han cambiado, mamá —replicó ella con desgana—, ya no estoy enamorada de Brooks, no saldrá bien.

—Lleváis toda la vida juntos.

—No es el hombre con quien quiero vivir —insistió—. Ahora sé lo que es amar a un hombre, y ese hombre no es Brooks.

—Lo que sientes por ese... —su voz pareció trabucarse— chico judío es solo un capricho sentimental, se te pasará —añadió restando importancia a los sentimientos de su hija.

—Amo a ese hombre, mamá —protestó vehemente—. Lo amo con todas mis fuerzas. Nunca había sentido algo así.

—Ese fuego se apagará, como todo en la vida. Terminarás por olvidarlo.

—No estoy segura. —Resopló.

—Brooks no es alguien nuevo en tu vida, lleváis juntos desde que erais unos críos, resulta evidente que estáis hechos el uno para el otro. Ha tenido una mala racha, y ha cambiado por ti, solo por ti. Te debes a él. Si yo he podido perdonarlo, también puedes hacerlo tú.

—No es lo mismo, mamá.

—Son hombres, Nicole... A veces nos defraudan, pero nosotras somos más listas que ellos, sabemos perdonar, aceptamos sus fallos y, poco a poco, los adaptamos a nuestra conveniencia.

Eso es lo que tienes que hacer tú con Brooks.

Ahora mismo lo tienes comiendo de tu mano, hará lo que tú le pidas. Aprovéchalo.

Nicole sintió que con cada palabra su madre le clavaba agujas en el corazón roto. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Connie se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. En el fondo, comprendía los sentimientos de su hija.

—Mi niña querida... Lo siento de veras. Pero piénsalo, ese hombre no es como nosotros, no entenderá nunca cómo vivimos. No funcionaría.

—Se trata de mi vida —replicó ella—, debería tener el derecho a elegir.

—Somos una familia, Nicole, y la familia es sagrada.

Tu padre nunca permitiría que te unieras a un judío, jamás.

No puedes luchar contra lo que eres y lo que representas.

Brooks es un buen chico, te hará feliz, no le quedará más remedio porque tu padre se encargará de que tu vida a su lado sea fácil, cómoda, sin preocupaciones.

Has probado el mundo ahí fuera. Has vivido una aventura que recordarás con cariño.

Pero se acabó. Todo en la vida tiene un final.

Tu futuro está ligado a Brooks Sheridan.

—Le dedicó una tierna sonrisa acompañada de una dulce caricia—.

Confía, Nicole, todo saldrá bien, tu padre y yo estaremos siempre a tu lado cuidando de tu felicidad, es nuestro deber sagrado, igual que lo tendrás tú con tus hijos, la obligación ineludible de protegerlos de todos los peligros, incluso de aquellos de los que no son conscientes.

Confía en nosotros, mi niña. —Inclinó la cabeza—. ¿Lo harás?

Nicole miró a su madre con un sentimiento de pesadumbre tan intenso que parecía presionar su pecho. Se sentía muy cansada. Cerró los ojos y asintió con la cabeza.

—Así me gusta. —Acarició el pelo a su hija—. Sé que ahora estás dolida, pero también sé que es la decisión más acertada, estoy convencida de que con el tiempo me darás la razón.

Se levantó, mientras Nicole ocultaba el rostro y dejaba fluir un silencioso llanto.

—Eres mi hija, Nicole, ni tu padre ni yo haríamos nada que pudiera perjudicarte. No lo olvides.

Nicole se quedó durante mucho rato rumiando aquella conversación. Cuando las lágrimas cesaron, vio en la mesilla el libro de Truman Capote, lo cogió y acarició la cubierta. Lo abrió y empezó a leer: «El pueblo de Holcomb está situado en las altas planicies trigueras del oeste de Kansas...».

Frank enfiló la avenida Saint Nicholas y al llegar al cruce con la Ciento cuarenta y cinco frenó en seco. Corsini, desprevenido, echó las manos hacia delante para no estamparse contra el salpicadero.

—¡Joder, ¿qué diablos te pasa?!

No hubo respuesta porque la tenían delante, al otro lado de la calle.

El local Gelato Caruso, que hasta el día anterior había servido los mejores helados italianos de Harlem, había quedado reducido a cenizas.

Era una heladería que solía frecuentar Carlo Corsini porque estaba muy cerca de su casa y conocía desde hacía tiempo al dueño, Gaetano Caruso, un buen tipo, trabajador y honesto, que llevaba treinta años endulzando al vecindario con sus helados y pasteles elaborados con la misma receta que su abuela había traído desde Calabria; además, hacía unos meses que Carlo andaba tonteando con Gina, la hija del dueño.

Un grupo de curiosos permanecía frente a la heladería calcinada. Los bomberos habían terminado su labor de extinción y estaban recogiendo. Dos policías de uniforme merodeaban entre la gente haciendo preguntas.

Frank y Corsini bajaron del coche y se acercaron al local.

Vieron al dueño sentado en el bordillo de la acera, encorvado, la cabeza sujeta entre las manos, hundido por la tragedia.

Gina estaba a su lado, llorosa, desesperada e impotente, sin consuelo para su padre.

En la calle el aire había quedado impregnado de un fuerte olor acre de humo y cenizas que irritaba la garganta y los ojos y llegaba hasta los pulmones.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Corsini.

El hombre levantó la cabeza. Su rostro era el reflejo de la desolación.

—¿A ti qué te parece? —inquirió con rabia—.

¿Para qué tenemos a la policía? ¿Qué hacen para proteger a los ciudadanos honrados que cumplimos con la ley, que pagamos nuestros impuestos?

—Se giró y alzó el brazo hacia el local quemado—.

Ya ves lo que le han hecho a mi negocio por no querer entrar en el juego, por no dejarme avasallar por esos...

—Se calló furibundo, bajó la cabeza y escupió a un lado— malnacidos...

—masculló y volvió a ocultar la cara entre las manos—.

Esos figli di puttana ... Me han arruinado...

¿Qué voy a hacer ahora...? ¿Qué va a ser de nosotros... ?

Gina tenía los ojos arrasados por el llanto y en su cara había restos de hollín.

—Lo siento mucho. —Corsini habló sin poder evitar cierta vergüenza culpable.

Tres días antes, Gina le había contado a Carlo que unos tipos se habían presentado la noche anterior, justo cuando iba a cerrar.

—Querían que comprase los helados Farelli, y le advirtieron que, si no lo hacía, no sería buen negocio para nosotros —le había contado mientras Carlo degustaba unos turdilli .

—Querían imponerme su basura —había añadido Gaetano Caruso desde el otro lado de la barra—. ¿Tú sabes lo malos que son esos helados? De italianos tienen lo que yo de ruso, y además los venden más caros.

—¿Qué les dijiste? —le había preguntado Corsini limpiándose la boca con una servilleta atento a la conversación. Apreciaba a Gaetano y desconfiaba de aquella visita.

—Esos no me amedrentan, llevo aquí mucho más tiempo que ellos. Les dije que se fueran a la mierda.

—No debería haberlos echado así —había protestado su hija Gina mientras servía una copa de helado a una clienta.

—Tú no te metas en esto. Yo sé cómo hay que tratar a los de esa calaña. Si acepto sus chantajes, estaremos perdidos. Nunca se acabará. Hay que plantarles cara —había dicho convencido.

Su hija no lo veía igual.

—Son unos mafiosos.

—Ten cuidado con esos tipos —le había advertido Corsini—, no son unos aficionados, pueden ser peligrosos.

—No me dan miedo —había insistido el dueño en tono socarrón—, al fin y al cabo, tengo al mejor policía de Harlem desayunando en mi local todas las mañanas, ¿quién iba a meterse conmigo?

Pero en ese momento Gina miraba a Corsini delante de un local reducido a cenizas y tragándose las lágrimas de rabia.

—Lo han hecho... ¿Cómo puede pasar algo así?

—Daremos con ellos y lo pagarán...

—No servirá de nada —le espetó Gina—. Esos tipos tienen mucho poder, y lo sabéis.

Se consideran intocables. Si llegáis a detenerlos estarán en la calle a las pocas horas, y seguirán haciendo de las suyas y destrozando a los que pretenden ganarse la vida honradamente.

Todo esto es una locura... —Calló durante unos segundos con la vista fija en Carlo—.

Mi padre avisó del incendio... —su voz se quebró por un llanto incontenible—, no vino nadie hasta que el fuego era incontrolable.

Corsini la abrazó tratando de calmar la rabia y la desesperación.

Frank se alejó para hacer preguntas a la gente. Al cabo, regresó junto a Corsini y negó con la cabeza.

—Parece que nadie ha visto ni oído nada. —Asumió la derrota.

—Lo imaginaba. Vámonos, aquí no hay nada que hacer.

Corsini le dio a Gaetano una palmada en el hombro en señal de apoyo y se dirigió a Gina.

—Lo siento —murmuró.

—No lo sientas, y haz algo contra esos tipos de Farelli. No es justo que campen a sus anchas sin que nadie los pare.

El joven policía asintió. Le dio la espalda y se dirigió hacia el coche, y Frank le siguió. Cuando estaban sentados en el interior, se dio cuenta de que su compañero miraba absorto a Gina.

—Es muy guapa. —Alzó las cejas y esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

Corsini se volvió hacia él y soltó el aire, como si lo hubiera estado reteniendo todo ese rato. Sonrió a su vez y, de nuevo, giró la cara hacia Gina.

—Sí lo es... —dijo apenado—. Muy guapa, aunque no soportaría vivir con un policía.