I #8
—Está bien —afirmó con una expresión condescendiente—, pero no hagas planes para el fin de semana: lo pasaremos con los Sheridan en su casa de Hampton Beach. Han invitado también a tu hermano. —Se acercó a ella satisfecho y feliz—. Te adelanto que te va a pedir matrimonio.
Su hija lo observó consternada. Le costaba asimilar sus palabras.
—Papá...
—No me discuta, señorita —añadió socarrón.
—¿Y si le digo que no? —se atrevió a preguntar ella.
El gesto se endureció. Arrugó el ceño y le habló con la autoridad paterna que tan bien conocía y que suponía una orden inapelable.
—Nicole, necesito tener al congresista Sheridan de mi parte.
Las obras del World Trade Center están a pleno rendimiento, hay muchos intereses en juego.
—Abrió las manos antes de continuar, como si quisiera rebajar la evidente tensión de su premura—.
Así son los negocios. Si él me ayuda, yo le ayudo, y viceversa.
Su hijo quiere corregir sus errores y a mí me parece bien, así que le facilitaremos las cosas.
—Movió la cabeza, conforme—. Te debes a esta familia, todos hemos tenido que hacer sacrificios, no solo yo: tu hermano, tu madre...
Ahora te toca a ti. Estoy convencido de que acabarás entendiendo lo que te pido.
—Se calló un momento y se levantó con agilidad—.
Y ahora, si me disculpas, tengo una llamada importante que hacer.
—Se dirigió a su escritorio—. Avísame cuando la mesa esté lista. ¿Lo harás?
Nicole guardó silencio, sin reaccionar. Se levantó y salió del despacho desconcertada.
De repente se sentía sin fuerzas, arrebatada de todo el entusiasmo que habían insuflado en su cuerpo las horas de amor junto a Frank.
Era consciente de que contradecir a su padre en una decisión ya tomada no era tan fácil como ella quería creer.
La marcha de las empresas familiares había sido siempre una prioridad para él, de ellas vivían y a ellas se debían, sin excusas ni justificaciones y dejando al margen los deseos personales; Nicole lo había aprendido desde la más tierna infancia en la manera en la que el señor Donaldson manejaba a la familia.
Era un buen padre, justo y cariñoso, atento, cordial, carismático y persuasivo, paciente, incluso tierno; sus máximas eran la lealtad y protección de la familia; apenas había ido a la escuela, pero era un lector ávido y tenía una amplia biblioteca, y además del inglés, hablaba con fluidez español, italiano y algo de francés; era un hombre paciente, discreto, sobrio en sus formas, no bebía alcohol, tan solo algún vino, no fumaba ni era mujeriego y, aunque era muy rico, detestaba el lujo excesivo y arrogante.
Sin embargo, cuando se trataba de los negocios, de esa otra vida desarrollada en la oficina del Lower Manhattan, Walter Donaldson se convertía en un ser implacable, frío y calculador.
Nicole lo sabía muy bien por su hermano.
Michael tenía treinta y cinco años, llevaba siete casado con Samantha, y junto a sus cuatro hijos aparentaban ser una familia ejemplar, pero Nicole sabía que todo era una farsa y que mantenía una relación con Miranda Sachs, una divorciada de Brooklyn que tenía una hija de su anterior matrimonio; con ambas mujeres compartía su tiempo y su vida.
Avanzó por el pasillo arrastrando los pies.
Estaba desmoralizada. La idea de perder a Frank para unir su vida a Brooks le provocaba escalofríos.
Sin embargo, sentía que no podía negarse, su padre confiaba en ella.
Había mucho en juego, posiblemente más de lo que su padre había llegado a contarle, y el afecto y el deseo de no decepcionarle pesaban mucho más en su conciencia que el dolor de su corazón roto.
A pesar de su afán de independencia, marcado por la ropa que tanto disgustaba a su padre, de sus peinados, del mero hecho de trabajar en el periódico, tenía grabada en los genes la responsabilidad de que los lazos de sangre siempre están por encima del deseo individual.
La idea de retomar la relación con Brooks le provocaba una amarga desazón, y más después de haber descubierto junto a Frank una forma de amor muy distinta.
Cuando Michael llegó en compañía de toda su prole, la casa estalló en abrazos, gritos y risas de niños, carreras y regalos.
Físicamente se parecía a su padre, algo más alto y corpulento, con el mismo porte elegante que Walter Donaldson, aunque carecía del atractivo natural tan característico del cabeza de familia.
Vestía siempre con trajes a medida. Se había graduado en Fordham en Economía y Negocios.
Era de carácter callado, observador y muy reservado.
Su padre le preparaba para liderar los negocios familiares cuando él se retirase, aunque Michael parecía apagarse a la sombra de la arrolladora personalidad paterna, siempre pendiente de sus necesidades, atento a sus órdenes y propuestas, dispuesto a satisfacerlas en todo momento.
Samantha, su esposa, era una mujer fría y distante con todos, incluso mantenía un desapego poco natural —a criterio de su suegra— hacia sus hijos (la mayor había cumplido los seis años, el más pequeño apenas tenía seis meses), quienes solían estar al cargo de los cuidados de niñeras que apenas le duraban unos meses, ya que las despedía o se despedían, debido a sus exigencias, sus malos modos y su mal genio.
Toda su obsesión era seguir delgada y evitar las posibles arrugas de expresión de su rostro; eso, y la infidelidad de su marido.
Sabía de la existencia de la amante y se había quejado de ello a su suegro, pero Walter Donaldson le había reprochado sus plañidos haciéndola responsable de que su marido fuera detrás de otras faldas.
En su mesilla de noche había un arsenal de barbitúricos, pastillas para dormir, tranquilizantes y un largo etcétera.
Aun así, todos sabían interpretar su papel, y la comida resultó agradable y divertida.
Rodeado de sus nietos, Walter Donaldson se convertía en un abuelo tierno y afectuoso.
Disfrutaba de los gorjeos del bebé, de la incomprensible conversación con su nieto de dos años, de las historias que contaba la mayor.
Connie disfrutaba del espectáculo familiar, feliz de tenerlos en torno a la mesa, mientras acunaba al bebé, tratando de dormirlo en sus brazos.
Hubo risas y sorpresas con los regalos para el abuelo, cantos y velas que soplar. Todos lo disfrutaron.
Cuando Michael y su familia se marcharon, la calma y el sosiego regresaron a la casa.
Nicole entró en su habitación, lanzó los zapatos al aire y, descalza, se acercó al tocadiscos Cosmos y colocó un disco en el plato; se trataba de su última adquisición y aún no había tenido oportunidad de escucharlo.
Las voces de Simon permitiendo que el deber arrasara con el deseo, o que la lealtad a su familia pesase más que la lealtad a sí misma.
Se puso frente a la ventana y paseó la mirada por el horizonte del Central Park.
Pensaba en Frank, y en cómo decirle que tenían que dejar de verse, perderlo para siempre.
La sola idea le provocaba un extraño vacío, renunciar a un fulgor vivo y reciente, algo ardiente y nuevo que apenas había empezado a saborear.
Sentía que Brooks Sheridan era la costumbre, la rutina de una afectividad segura, incluso el aburrimiento del que su madre se quejaba a veces, todo escrito de antemano; se imaginaba los plácidos domingos familiares como aquel, las conversaciones repetidas, las pequeñas discusiones finalizadas siempre de la misma forma.
Sería una existencia tranquila, segura, protegida, calcada a la de su madre, de la que quería huir sin conseguirlo.
Su relación con Frank, sin embargo, había sido desde un principio aventura, riesgo, incertidumbre, el vértigo de algo nuevo, diferente, un impulso vital que le hacía latir como nunca antes.
En aquellas semanas junto a él, se habían encendido las ansias de soltar el amarre del nido familiar, de atreverse a abandonar la protección de un puerto seguro en el que nunca le había faltado de nada...
, hasta que Frank llegó a su vida; desde entonces sentía que le faltaba el aire suficiente para respirar por sí misma.
Aun así, no podía evitar el miedo a dar el paso hacia una libertad con consecuencias, el miedo a perder, a equivocarse, a decepcionar a su padre, a fallar a su familia: ese miedo a fracasar que le habían inculcado desde niña.
Estaba tan ensimismada que no oyó los toques en la puerta.
—¿Puedo pasar? —La voz de su madre la arrancó de sus pensamientos.
—Claro, mamá —le sonrió afable—, adelante.
Se acercó al tocadiscos para bajar el volumen y se sentó sobre la colcha, con la espalda pegada al cabecero.
—Ven aquí, siéntate a mi lado. —Tendió la mano hacia su madre—. Estarás agotada después de tanto jaleo.
—Los nietos nunca agotan. —Se dejó caer al filo del colchón, frente a ella. La observó como si la estuviera analizando, con esa mirada materna que penetra hasta los más íntimos pensamientos—. ¿Cómo estás?
—¿Sabías lo de Brooks?
Su madre inclinó la cabeza con gesto azorado al sentirse descubierta.
—Tu padre me lo contó anoche —Alzó las cejas con gesto elocuente—. Resulta evidente que bebe los vientos por ti.