I #7
—Tan solo hoy y porque es tu cumpleaños, papá. Mañana volveré a mis trapos, como tú los llamas, y a mi pelo suelto, mucho más cómodo que este engorroso cardado. —Le sonrió cariñosa—. Los tiempos cambian, tienes que entenderlo.
—No quiero discutir de eso —dijo el señor Donaldson con una expresión de afable conformidad—. Hoy no... —De repente, sin perder la sonrisa, frunció la frente—. ¿Dónde diablos te metiste anoche? Debiste de llegar de madrugada.
—Estuve cenando con amigos y luego tomamos unas copas. Manhattan tiene una vida nocturna estupenda, deberías probarla.
—La noche está llena de peligros, y más para una chica bonita como tú. Debes tener cuidado con quien andas.
—Lo tengo, no temas. La gente con la que voy es de toda confianza.
La miró de reojo con una sonrisa taimada.
—Eso lo tendría que ver yo —añadió convencido.
—En Manhattan, de noche, es complicado encontrar un taxi. Si tuviera mi propio coche...
—Rocco puede ir a buscarte donde le digas, te lo he dicho muchas veces.
—No puedo llamar a tu chófer de madrugada para que me vaya a buscar —dijo con cierta indignación por el planteamiento.
Walter le habló en tono condescendiente.
—Rocco está para ir adonde sea cuando se le mande. Son las reglas, y él las asume sin problema.
Ella resopló contrariada, porque aquella conversación ya la habían tenido en varias ocasiones.
Se negaba a utilizar al chófer de su padre porque le daría toda clase de detalles de dónde y con quién andaba.
Hacía meses que reivindicaba de forma sutil su deseo no solo de tener su propio coche, sino de alquilarse un apartamento; sus ansias de salir de la sobreprotección de la casa paterna eran cada vez más imperiosas, y se habían disparado desde que había conocido a Frank, pero su padre eludía el tema con una habilidad magistral.
Walter le echó el brazo sobre los hombros con un gesto cariñoso y se movieron hacia el sofá. Él se dejó caer en el Chesterfield, la miró y le habló sonriente.
—Ven, siéntate a mi lado. Tú y yo tenemos cosas importantes de las que hablar, jovencita. —Nicole se sentó cruzando la pierna bajo su cuerpo—. Cuéntame, ¿cómo estás? Desde que andas en ese periodicucho plagado de gacetilleros apenas te veo.
—¡¿Periodicucho el Times ?! —exclamó divertida, y movió la cabeza sin dejar de sonreír—. Si algo he aprendido de ti ha sido que al trabajo hay que entregarse con dedicación y tiempo.
—Pero es a la familia a la que deberías entregar tu tiempo y tu dedicación. Ese debería ser tu único trabajo.
—Me gusta mucho lo que hago, papá —insistió ella.
Él no dijo nada, su semblante parecía apagado, los ojos perdidos en sus pensamientos.
—Papá, ¿te pasa algo? —trató de cambiar de tema—. ¿Hay algún problema que quieras contarme? Mamá me ha dicho que llevas unos días muy preocupado.
—Siempre hay problemas —dijo en tono socarrón, y soltó el aire con un largo suspiro—.
Por eso no me gusta que trabajes, porque tú te mereces una vida tranquila, como tu madre, soy yo y no ella el que se hace cargo de todo.
Tú no tienes necesidad de salir al mundo a batirte con indeseables que te amargan la vida y te asestan el golpe bajo cuando menos te lo esperas. —Hablaba con rabia contenida.
—Me enseñaste a ser fuerte, papá, no lo olvides. Puedo batirme con el mundo, no le tengo miedo.
—Lo sé, lo sé... Y no dudo de tu valía, no creas, pero, nena, ya sabes lo que pienso...
Tu lugar no está ahí fuera, sino aquí, en la protección del hogar.
Tu trabajo es casarte con un buen hombre que te cuide, que te trate como una reina igual que yo trato a tu madre —esgrimió un dedo en el aire mientras hablaba—, y darme nietos, muchos nietos, para que pueda disfrutar de ellos.
—¿Es que no tienes bastantes con los hijos de Michael? —preguntó riendo—. Yo no los pienso tener, al menos por ahora.
Nicole le notó desfondado, intuyó que había algo que le inquietaba mucho. Su gesto apesadumbrado lo confirmaba.
—Yo no he sabido disfrutar de mis hijos. Sin darme cuenta os habéis hecho mayores, sobre todo tú, Nicole; temo perderte, a veces me gustaría meterte en una urna para que nada ni nadie te afecte... Te quiero demasiado para arriesgarme a que algo malo te pase...
—No me va a pasar nada —replicó ella dulcificando el tono—. Además, sé que tú siempre estarás a mi lado para salvarme de cualquier peligro que me aceche.
Él agarró la mano de su hija y la envolvió entre las suyas.
—Eso me gustaría, mi pequeña princesa... Ser capaz de librarte de cualquier amenaza.
Nicole notó que los ojos de su padre se achicaban para evitar que la emoción los desbordase.
—Eh, papá —le instó sonriente, buscando su mirada—, es tu cumpleaños, debería ser un día feliz, no voy a permitir que una preocupación imaginaria te amargue una jornada tan importante.
Walter la miró y sonrió a su vez.
—Tienes razón, hija. Dejemos los problemas a un lado. —Acarició la mano de Nicole. Su tono cambió, se volvió más sobrio—. ¿A que no sabes quién me hizo una visita ayer por la tarde?
—Dímelo tú —respondió ella expectante.
—El mismísimo Brooks Sheridan.
Nicole contrajo el ceño sin decir nada. Ante su silencio, su padre continuó.
—Está muy cambiado. Me pidió disculpas por lo sucedido, es más, te está profundamente agradecido porque, según él, aquella nefasta noche le salvaste la vida con tus gritos.
—Lo sé, me llama cada dos por tres.
—Eso me ha dicho, y también que no quieres verle.
—No sé, papá, lo que pasó fue muy grave.
—Desde luego —afirmó el padre contundente—.
El disgusto que se llevó tu madre no lo olvidaré jamás.
—Su voz se tornó condescendiente—. Entiendo que estuvo mal, que cometió un grave error.
Es un buen chico. Ingresó en un centro de desintoxicación, ¿te lo ha dicho?
—No esperó respuesta. Se inclinó hacia ella como si quisiera hacerle una confidencia—. Me ha asegurado que está limpio.
—No me importa, papá. Está fuera de mi vida.
Él forzó una sonrisa.
—Me ha pedido encarecidamente que le des otra oportunidad.
—No dudo de sus buenas intenciones, pero en este tiempo he llegado a la conclusión de que no sería feliz a su lado, y tú no quieres eso para mí.
Walter chasqueó la lengua, disgustado por la resistencia de su hija.
—Nicole, no te lo pediría si no fuera importante para mí y para esta familia.
Nicole miró a su padre con aprensión.
—No me pidas eso, papá. Ya no estoy enamorada de él.
—Siempre habéis estado juntos —clamó ante lo que para él era una evidencia—.
Tuvo un tropiezo, lo ha pagado y lo ha corregido.
Volverás a enamorarte de él. Es joven, ha cometido errores, pero está dispuesto a enmendar la plana por ti.
Es un buen chico —repitió—, te hará feliz.
Sabes que no te lo pediría si no estuviera convencido de que será así.
—Si me casara con Brooks, no podría trabajar, y eso no es justo. Me gusta lo que hago, me gusta mi trabajo y no pienso renunciar a él.
Su padre la miró con ternura, le sonrió y asintió.
—Hablaré con Brooks sobre ese asunto. No creo que tenga inconveniente en que sigas perdiendo tu precioso tiempo en ese periódico. —Alzó los brazos en el aire—. Lo tendrá que aceptar como uno de los caprichos de mi princesa.
A Nicole le dolía aquel desprecio hacia lo que para ella era una pasión, pero no era el momento de rebatirlo.
—Papá, no me pidas eso —le imploró melosa.
—Todo saldrá bien, confía en mí, ¿lo harás?
Ella no dijo nada. Su padre entendió su silencio como un asentimiento y dio por zanjado el asunto.
—Pues ya está todo hablado —remarcó sin ocultar su satisfacción—. Mañana cenarás con Brooks en el Club 21, te recogerá a las siete, y vístete elegante.
—Papá... —protestó ella—, no puedes organizar mi vida a tu antojo. Además, es imposible. Estaré fuera de Nueva York.
Él la miró sorprendido.
—Pues lo suspendes...
—No lo voy a suspender —replicó con expresión grave—. También esto es importante para mí —remarcó con sorna.
Walter bajó los ojos a sus manos y sus labios se curvaron en una fingida sonrisa.
—¿Puedo saber adónde vas y cuándo regresarás?
—Voy a Nueva Orleans —mintió, siguiendo la sugerencia de su madre—. Serán un par de días... —vaciló, se sentía incómoda al mentirle—. Me han encargado que averigüe todo lo que pueda sobre el fiscal Garrison.
—Ese tarado lo único que busca es colocar su culo en un buen puesto a costa de lo que sea. Es un impostor. Espero que le saques los colores, al menos serviría de algo útil ese trabajo que te empeñas en hacer.
Ella sonrió. Desde que estaba en la redacción del New York Times , solía defender posturas que su padre detestaba: sin ir más lejos, al contrario de la opinión paterna que consideraba necesaria la intervención de Norteamérica en cualquier parte del mundo para la contención del comunismo, Nicole se declaraba abiertamente pacifista y contraria a la guerra de Vietnam, además de defender la aplicación de los derechos civiles a todo ciudadano norteamericano, sin importar el color, origen o religión.
Durante su etapa universitaria, había participado en alguna de las protestas contra el reclutamiento de jóvenes o en favor de los derechos de los negros.
Cuando Nicole sacaba alguno de esos temas, su padre apenas le contestaba, tan solo la observaba como cuando, de niña, le contaba algo que había hecho en el colegio.
Si Nicole insistía, entonces intervenía su madre cambiando de tema con habilidad y tacto.
En ese momento sabía que, si decía lo que pensaba de verdad sobre Garrison, le sacaría de sus casillas y no quería eso, así que le siguió la corriente.
—Son muchos los que piensan así —afirmó, y continuó rellenando el embuste—. He conseguido un contacto que puede darme información importante. Tal vez se convierta en mi gran exclusiva.
—¿Podría evitarlo? —preguntó.
Ella negó con una sonrisa, le cogió la mano y se la besó.
—Es lo que quiero hacer, papá. Espero que lo llegues a comprender algún día.