Un hombre de honor I #6
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I #6

—Está bien —asintió convencido—. Que te quede clara una cosa, Bernstein, pongo toda mi confianza en ti.

—Calló un instante y torció el gesto, preocupado—.

Esto huele mal, muy mal, y no quiero cagarla.

—Le señaló con un dedo el expediente—. Consigue testimonios, nombres, pruebas categóricas, pruebas que Skanett no pueda rechazar.

—La muerte de este chico va a enmudecer al muelle entero, y si ese capullo no autoriza las escuchas telefónicas, lo voy a tener muy complicado —añadió disgustado.

—Haz lo que puedas y hasta donde puedas. Y ándate con mucho cuidado, nada de esposas colgando de la cintura ni placa a la vista; los dos nos jugamos mucho. Si arriba se enteran de que continúas con esto, no podré protegerte, y yo estaré en la puta calle.

—Asumo toda la responsabilidad.

El jefe frunció el ceño, serio.

—Me queda un año para retirarme y poder disfrutar de mi pensión. Me la he ganado, Bernstein... —le dijo, con el índice alzado y tieso en señal de advertencia—, no la cagues.

Frank tenía una expresión reflexiva, la frente arrugada, como si los pensamientos se amontonasen en su mente.

—¿Quién ha identificado el cadáver?

—Su hermana. Su nombre es Norma. No sabía nada de él desde el viernes, esta mañana ha denunciado la desaparición.

—¿Tenemos su dirección?

El teniente negó con la cabeza.

—Solo he podido saber que trabaja en una heladería. —Mientras hablaba, el teniente apuntó algo en la hoja de una libreta, la arrancó y se la tendió—. Esta es la dirección. No he querido indagar mucho más; si lo hiciera, levantaría las sospechas de que no soltamos la presa.

—Me acercaré mañana por allí a ver qué averiguo.

—Ten cuidado, Bernstein, puede que la pongas a ella también en el objetivo de los malos.

—Seré prudente.

Caddy asintió y permaneció callado un momento, como si no estuviera convencido de seguir adelante con aquella operación. Al cabo, volvió a señalarle con el dedo índice.

—No te arriesgues más de lo necesario, sabes que odio a los héroes, sobre todo a los héroes muertos.

Frank Bernstein se levantó y salió del despacho. Corsini tenía el teléfono pegado a la oreja. Al verlo, colgó el auricular y le preguntó con ironía:

—¿Ha dicho el jefe supremo algo interesante como para joderte el único domingo libre que tienes en todo el mes?

—Han liquidado a mi confidente...

—¿El chico de los muelles?

Frank asintió y se sentó ceñudo.

—Vaya, lo siento... —dijo compungido—. ¿Qué piensas hacer ahora?

—No lo sé...

Corsini entendió que no quería hablar, al menos en aquel momento.

Conocía a Frank desde que se había convertido en policía.

Era alto, moreno, ojos claros, de buen porte, irresistible para las mujeres, aunque con ninguna duraba mucho; tenía veintiocho años, nacido y criado en el corazón de Harlem, dominaba a la perfección cada metro cuadrado de aquel distrito y, lo que era más importante, conocía la mentalidad de los que lo habitaban.

Hacía un año que se había convertido en detective de segundo grado y le habían asignado con Frank, y le debía la vida: habría muerto cuando un chico al que iba a detener estuvo a punto de asestarle una puñalada en el cuello, y lo habría hecho si Frank no llega a disparar a tiempo.

El chico acabó herido de gravedad y Frank se había visto obligado a dar muchas explicaciones por ese disparo, incluso tuvo que comparecer en un juicio; al final salió absuelto, pero con un expediente abierto como una mancha en su trayectoria.

Frank apreciaba a Corsini, a pesar de que, a veces, era demasiado vehemente, impaciente, incluso violento.

Además, sabía que Corsini fumaba marihuana y que había probado el LSD, y solía excederse con una mezcla de burbon y pastillas de Methedrina para mantenerse despierto y activo.

Frank no era partidario del consumo de estupefacientes o anfetaminas, y menos por parte de un policía, sin embargo, nunca le reprochó nada al respecto; siempre que no afectara a su trabajo, le traía sin cuidado lo que hiciera con su vida.

Corsini había tenido una niñez y una adolescencia complicadas, con un padre alcohólico y violento que molía a palos a su madre y a él por defenderla, todo delante de sus hermanos pequeños.

Una noche de verano, cuando él tenía dieciséis años, después de que su madre recibiera una de las palizas más brutales, Carlo la abrazó y, entre lágrimas de impotencia, le prometió que ese hombre nunca volvería a hacerle daño.

Aquella madrugada, mientras la familia dormía, se oyó el estruendo de una detonación en la casa.

Cuando llegó la policía, encontró al padre muerto en medio del salón con un disparo a bocajarro efectuado con la escopeta de su propiedad.

Tras una breve investigación, Homicidios declaró suicidio como causa de la muerte.

Lo enterraron y desde entonces la vida familiar de los Corsini se estabilizó: Carlo se hizo cargo del cuidado y protección de sus hermanos pequeños y de su madre, con quien seguía viviendo y por quien sentía una ternura infinita.

Y en cuanto pudo por edad, entró en la policía con la idea de perseguir y meter en cintura a cualquier desalmado que maltratase a una mujer.

Los dos compañeros se entendían a la perfección y trabajaban mano a mano como una máquina bien engrasada.

El teléfono sonó de nuevo, y Corsini lo descolgó de inmediato; se quedó mirando al vacío, escuchando la voz del otro lado del aparato. Frank lo observó de reojo.

—¡Vaya! Es una gran noticia, mamá... Pero no llores... Ya te dije que todo se arreglaría. —Lanzó una rápida ojeada a Frank, pero de inmediato desvió los ojos—. Claro, luego lo celebramos... Yo también te quiero, mamá...

Colgó y guardó un silencio reflexivo bajo la atenta mirada de Frank.

—Algo bueno es, si hay que celebrar —dijo ante su mutismo.

Corsini ladeó la cabeza.

—Mi hermano pequeño... —alegó en una mezcla de emoción y alegría, como si no terminase de creer lo que había oído—, hace unos días recibió la carta de reclutamiento para Vietnam, pero le han declarado exento... Una lesión en la espalda... No tendrá que ir a la guerra.

—Sí que es una buena noticia.

—Lo es... —Sonrió como si por fin reaccionase—. Te invito a desayunar en el Caruso.

Frank arqueó las cejas, sorprendido. Uno de los defectos de su compañero era cierta convicción íntima de que las rondas se pagaban solas. Siempre le tocaba a Frank sacar la cartera.

—Esto no me lo pierdo —dijo burlón.

—Vamos en tu coche. El mío lo tengo en el taller.

—Por eso me invitas, cabrón —bromeó Frank jocoso—, porque no tienes coche.

—Bueno, es una de las razones —añadió Corsini contento—, ahora tengo una más poderosa.

Nicole se miró en el espejo, ladeó la cabeza y arrugó la frente.

Le pareció que el reflejo le devolvía la imagen de una persona distinta.

Hacía meses que no se ponía aquel vestido que le quedaba como un guante, rosa pálido, recto, hasta por encima de la rodilla; ya no se sentía cómoda con aquella ropa, y mucho menos con ese peinado, cardado en la coronilla con una cinta de raso rodeando la cabeza y anudada a la nuca.

Cogió el paquete primorosamente envuelto con una lazada azul y se encaminó al encuentro de su padre. Quería tantearlo antes de la comida, saber qué le pasaba, porque era cierto que, desde hacía un tiempo, estaba más irritable, más tenso y menos comunicativo que de costumbre.

Antes de llegar a la puerta del despacho, se detuvo al oír la voz alterada que salía del interior. Walter Donaldson hablaba en español, idioma que dominaba y que Nicole entendía un poco gracias a lo que aprendió de niña, pues Dolores solía hablarle en su lengua materna.

—¡Me importa una mierda cómo! —No se oía la réplica, así que Nicole intuyó que hablaba por teléfono—. ¡Hay que hacerlo ya!

Se oyó el sonido seco del auricular al colgar; solo entonces, ella entreabrió la puerta, se asomó y vio a su padre sentado tras el escritorio, con la cabeza baja, la mano todavía sobre el teléfono y actitud pesarosa.

Golpeó con suavidad la madera con los nudillos a la vez que preguntaba en su tono más dulce:

—¿Llego en mal momento?

Al oír a su hija, Walter alzó la mirada.

Iba vestido de forma distinguida, pero con sencillez: impecable camisa blanca, pañuelo de seda en tonos granate al cuello y unos pantalones oscuros que le quedaban perfectos.

Era algo más alto que Nicole, de complexión fuerte y anchos hombros; a pesar de las arrugas y las canas que aclaraban su pelo negro, seguía gozando de un porte soberbio, elegante, sereno y poderoso.

Una amplia sonrisa borró el gesto contraído. Se levantó y rodeó la mesa con los brazos abiertos.

—Ah, aquí está mi princesa, ven a los brazos de tu anciano padre.

Ella se echó a reír y se dejó envolver por el abrazo de su progenitor. Pegada a su pecho, aspiró su olor. Le gustaba la fragancia que desprendía su ropa, el aroma amaderado y cítrico de Pour Monsieur, de Chanel, su colonia favorita.

—Muchas felicidades, papá —dijo al deshacer el abrazo, tendiéndole la caja que llevaba en la mano—. Y aún te queda mucho para ser un anciano.

—¿Eso crees? —inquirió jocoso tomando el regalo—. ¿Qué es, una pluma?

El padre desenvolvió el regalo y abrió la caja para descubrir un precioso bolígrafo Montblanc Meisterstück.

—Tienes una docena de estilográficas. Creo que ya es hora de que te modernices.

—No estoy seguro de que me acostumbre, no hay nada como la pluma para una letra perfecta, pero gracias... Sabes que todo lo que venga de ti es el más especial de los regalos.

Dejó la caja con el bolígrafo sobre la mesa y Nicole aprovechó para preguntarle.

—¿Con quién hablabas? Parecías enfadado.

Walter meneó la mano en el aire, como quien aparta una mosca.

—Un idiota que no merece ni un segundo de nuestro tiempo. —Examinó a su hija de arriba abajo con una expresión satisfecha—. Estás preciosa. Este vestido te queda como un guante, y el pelo... Qué bonita estás así.

Ella se echó a reír y alzó el dedo hacia él en señal de advertencia.