I #5
Lo decía con tanta convicción que Nicole no pudo reprimir una sonrisa benevolente y comprensiva.
Se daba cuenta de que veía el mundo y su futuro de manera muy distinta a como lo hacía su madre.
Hacía tiempo que se había apartado de la Iglesia y de toda su parafernalia, aunque en ocasiones especiales consentía asistir a misa solo para complacer a sus padres; se había leído La mística de la feminidad , de Betty Friedan, y en su etapa universitaria había asistido a varias de sus conferencias.
Incluso tenía previsto hacerle una entrevista para el periódico.
Todo estaba cambiando muy rápido, y la idea que su madre tenía de las relaciones, del matrimonio y de la posición de una mujer en el mundo nada tenía que ver con lo que ella aspiraba para sí.
—Hazme caso —le insistió la señora Donaldson—, no le digas que vas a California.
Nicole se acercó a su madre y la envolvió con los brazos por la espalda con un gesto cariñoso.
—Está bien, mentiré por ti —le dijo zalamera—, pero prométeme que me ayudarás con lo de Frank...
—Ve a arreglarte para la comida, anda —le instó con voz maternal—. Y vístete como una mujer, no con esos trapos que llevas, dale ese gusto a tu padre. Le alegrará verte guapa.
Nicole se soltó del abrazo y echó una ojeada traviesa a Dolores antes de salir de la cocina.
Al poco de despedirse de Nicole, Frank recibió una llamada de su compañero Corsini, que estaba de guardia.
—El viejo quiere verte.
—¿Qué pasa? Es domingo...
—¿Me lo dices a mí, que llevo aquí desde anoche?
Frank soltó un largo suspiro.
—Está bien, voy para allá.
Aparcó su viejo Corvair a la altura del 250 de la Ciento treinta y cinco Oeste.
Aunque vivía a apenas unos minutos caminando, siempre llevaba el coche, por si lo necesitaba.
Al bajar, se ajustó el arma en el costado, oculta bajo la chaqueta.
En la acera, frente al edificio de la comisaría 32, en el corazón de Harlem, un grupo de chavales de unos quince años haraganeaba a la espera de que soltaran a alguno de sus amigos detenido por algún delito de poca monta, carne de cañón todos ellos, que, tarde o temprano, acabarían entrando en las fauces del sistema judicial penal, con sus huesos en la cárcel o muertos en un callejón por sobredosis, una bala perdida o una puñalada mortal.
En el vestíbulo se encontró con el jaleo habitual: agentes que custodiaban a detenidos para ser fichados que, a su vez, protestaban por haberlo sido, mujeres que reclamaban ver a sus hijos o esposos retenidos en el calabozo, voces, timbres de teléfono, bullicio y el galimatías cotidiano que nunca cesaba.
Vio a su compañero Carlo Corsini, que llevaba un vaso de café en la mano.
—El teniente acaba de preguntar por ti —le dijo Corsini sin detenerse—. Tiene que ser algo gordo, está de un humor de perros.
Los dos hombres caminaron juntos por el pasillo.
—Luego te cuento... —le dijo Frank, deteniéndose frente a la puerta del teniente Caddy.
Antes de que alzase la mano para llamar, se abrió y otro policía salió sin prestarle atención. El teniente lo vio y le gritó desde el interior:
—Bernstein, pasa, tengo algo para ti.
Frank Bernstein llevaba diez años en la Policía de Nueva York.
Había empezado patrullando de uniforme las calles de Harlem, pero con el tiempo sustituyó la chapa plateada y pasó a ir de paisano y con la placa dorada como detective de tercera; hacía tres años, tras desarticular una importante banda de narcotraficantes y dar caza a todos sus cabecillas, había conseguido ascender a detective de primera, pasando a formar parte de la Unidad de Narcóticos.
Desde entonces su trabajo consistía en operaciones de vigilancia para recopilar pruebas contra sospechosos o infiltrarse en organizaciones criminales, especialmente en casos de narcotráfico, crimen organizado o corrupción.
El teniente Caddy llevaba en la comisaría 32 más de veinte años, y los siete últimos al frente de la sección de narcóticos; corpulento, calvo, fumador empedernido, bebedor de burbon, vivía solo en un pequeño apartamento cerca de la comisaría.
De carácter frío y algo brusco, sabía dialogar y tenía buen fondo.
Su mayor preocupación era la seguridad de sus hombres; denunciaba constantemente a las autoridades la falta de medios y de personal para enfrentar las grandes dificultades en aquel distrito cada vez más inseguro y violento.
Frank entró, cerró la puerta y se acercó a la mesa. El aire estaba tan viciado que se hacía irrespirable, no solo por el bochorno seco, sino también por el humo de tabaco que, a pesar de la ventana abierta, parecía espesarse en el ambiente.
—Siéntate.
Bastaba con ver el semblante de su jefe para saber que no eran buenas noticias. Tomó asiento alertado.
—¿Qué ocurre?
El teniente le observó con esos ojos fríos y pequeños que tantas veces habían tenido que enfrentarse al dolor y la muerte.
—Han encontrado un cadáver flotando en el Hudson.
Lo asfixiaron con una bolsa de plástico, tenía el cuerpo cosido a cuchilladas.
—Torció el gesto observando un papel que sujetaba con una mano.
Se lo tendió por encima del escritorio—.
Este es el examen forense. Se trata de un chico de aspecto mexicano, algo más de veinte años, pelo negro y abundante, baja estatura y una profunda cicatriz en la ceja izquierda.
—Le pasó una fotografía en blanco y negro con el rostro del cadáver—.
Tengo el presentimiento de que se trata de tu hombre de los muelles. ¿Podrías identificarlo?
Frank estudió la foto sin poder evitar una punzada en el estómago. Le salió una mueca como si algo le doliera por dentro.
—Es él —balbució—. Pobre chaval... No se merecía este final.
—¿Quién se merece ese final? —agregó el teniente con gravedad.
Frank había detenido a Miguel Ramírez traficando con droga.
Se dio cuenta de que no era un mal chico, tan solo estaba en el lugar equivocado.
Le dio la oportunidad de esquivar la cárcel ofreciéndole convertirse en su confidente.
El chico aceptó, aunque atemorizado por las consecuencias que podría traerle ser el chivato de un policía.
Fue Miguel quien le puso sobre la pista de una importante red de contrabando con origen en los muelles de Hoboken, cuyos tentáculos llegaban hasta diferentes comercios de Harlem.
En los últimos dos meses, Frank había tenido dos encuentros con él en el cementerio de Woodlawn del Bronx, detrás del mausoleo de la tumba de Isidor Straus, el dueño de los famosos almacenes Macy’s.
—Le habían introducido un canario en la boca —añadió el teniente circunspecto—. Ya sabes lo que eso significa...
Frank afirmó con la vista fija en aquella siniestra expresión de la foto.
—El método mafioso para liquidar al que consideran un soplón.
Lo asaltó el peso de la culpa por el terrible final de aquel chico.
—Frank, voy a tener que apartarte del caso —dijo Caddy poco convencido—. Quieren dar carpetazo a la operación.
Él levantó la vista y se puso en guardia.
—Teniente, no puede hacer eso —protestó entre la prudencia y la firmeza—. Estoy cerca de llegar al núcleo...
—Frank... —le interrumpió irritado, alzando la mano en el aire—, la orden viene de arriba, no del comisario, de más arriba. —Hubo unos segundos de pesado silencio—. Tenemos que hacernos a un lado. Este asunto va más allá de nuestro distrito.
Miró a su jefe, extrañado, tratando de entender el mensaje que le estaba enviando.
—En Hoboken hay algo gordo que también nos salpica a nosotros.
La droga llega a los muelles y se distribuye por toda la ciudad; una gran parte del dinero se blanquea en diversos comercios, cafeterías y heladerías de esta zona de Harlem.
Lo están haciendo delante de nuestras narices y me pide que hagamos la vista gorda —dijo Frank.
El teniente le observaba con interés y severidad.
—El fiscal no está por la labor de mover un dedo en este asunto.
—¿No va a autorizar la instalación de micrófonos?
—No tenemos suficientes pruebas —dijo taxativo con un gesto de la mano—, y ha denegado la orden de registro. Sin pruebas fehacientes no podemos conseguir la orden judicial.
—Y sin orden de registro no puedo conseguir pruebas fehacientes. Podríamos pinchar el teléfono, sé cómo hacerlo...
—Ni hablar, no serviría de nada, en el juicio esgrimirían la cuarta enmienda y la prueba más contundente sería excluida.
Frank no salía de su asombro.
—¿Cómo pretenden que cojamos a esos cabrones? ¡Todo esto es absurdo!
El teniente alzó de nuevo la mano, tratando de aplacar la indignación que empezaba a desbordar a Frank.
—Cálmate, Bernstein, entiendo tu impotencia, pero debemos andar con pies de plomo. —Lo dijo con el gesto grave, prevenido—. El fiscal Skanett está empeñado en que este caso se cierre, dice que no tiene sentido.
—¡¿Que no tiene sentido?! —exclamó perplejo. La ira le abrasaba en la sangre—. Ese tipo no me gusta... —farfulló entre dientes—. No es trigo limpio.
—Estoy de acuerdo contigo, pero es el fiscal de distrito, y sin su apoyo no tenemos nada que hacer.
Frank no pudo ocultar su desánimo.
El teniente se irguió y posó los brazos sobre el escritorio, echando el cuerpo hacia delante como si le quisiera hacer una confidencia.
—Escúchame bien, esto será lo que haremos —su voz era serena, su gesto sobrio—, oficialmente quedas fuera del caso. Por tu cuenta y riesgo seguirás adelante y solo me informarás a mí, a nadie más, ¿entendido?
—¿Y Corsini? Ha estado conmigo en esto desde el principio.
—¿Te fías de él?
—Está tan metido en esto como yo, teniente. Le necesito, tiene una intuición de la que yo carezco.
—Sobre todo con las mujeres —dijo esbozando por primera vez una sonrisa—, y si son bonitas mejor.
—Es un buen tipo y un gran policía.