I #4
Dolores Salazar era una mexicana oronda de ojos negros como el carbón, igual que lo había sido su pelo fosco, encanecido ahora por la edad.
Era bajita, de movimientos ágiles y rápidos, viuda desde hacía muchos años y madre de un hijo que vivía en la costa oeste. Llevaba décadas sirviendo en la casa.
—Gracias por cubrirme, Dolores, eres un sol.
—¡Un sol, un sol! —refunfuñó volviendo a sus quehaceres con ese acento tan peculiar que no había perdido a pesar de los años que llevaba viviendo en Estados Unidos—.
Hasta que el sol se apague y me quede a oscuras y de patitas en la calle.
—Se detuvo y se dirigió a ella suplicante—.
Tienes que contar a tu padre lo de ese chico, Nicole...
Como lo sepa por otra persona será mucho peor, ya le conoces, le pone furioso enterarse por terceros de las cosas que afectan a sus hijos, y más si se trata de su princesa.
—Ya lo sé... —rezongó, y soltó un largo suspiro; cogió una manzana del frutero y le dio un mordisco—. Dame tiempo. Tengo que pensar cómo gestionar esto...
Nicole era consciente de que su padre rechazaría de plano que hubiera pasado la noche en casa de un hombre a quien él ni siquiera conocía.
Frank le había pedido que se fuera a vivir con él, y ella se lo estaba planteando.
Había llegado la hora de tomar las riendas de su vida, pero temía la reacción de su padre.
La idea de Walter Donaldson con respecto al honor y a la virtud de las mujeres estaba grabada en sus genes de terco padre católico chapado a la antigua.
Sabía que debía hablarle de la existencia de Frank Bernstein antes de que se enterase por otro medio y pudiera hacerse una idea equivocada de las intenciones del hombre del que se había enamorado.
A la única a la que se lo había confesado era a Dolores.
En ese momento, la puerta se abrió y apareció su madre.
—Vaya, dichosos los ojos —dijo al verla, imprimiendo un tono de reproche a sus palabras.
Connie Donaldson era una mujer honesta, sensible, serena y llena de ternura, que transmitía simpatía y buen humor, capaz de apaciguar conflictos y de reunir a todos los miembros de la familia alrededor de una mesa. La esposa perfecta a ojos de su marido.
Nicole se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla. Desprendía un suave olor a especias.
—Yo también me alegro de verte, mamá. —Sonrió.
—¿Se puede saber dónde has pasado la noche?
—Calló y alzó el brazo para rechazar cualquier respuesta con una impostada expresión de escándalo—.
No..., no me lo digas, prefiero no saberlo, ojos que no ven, corazón que no siente.
—Se puso el delantal y se acercó al fuego para asomarse a la cazuela en la que cocían las patatas—.
Dolores, ¿cómo vas con la salsa? No dejes que se queme, por el amor de Dios.
—No se preocupe, señora —replicó la mujer, cargada de paciencia—, estoy muy pendiente.
—¿Y el pastel de carne? —preguntó buscando con la vista a su alrededor.
—Acaba de salir del horno. —Dolores señaló hacia una esquina de la encimera en la que había una fuente con un delicioso meatloaf , su especialidad—. Y los tacos crujientes también están en marcha.
—Michael ha llamado y me ha dicho que ya vienen para acá. Espero que Samantha se haya acordado de recoger los cannoli que le encargué.
Nicole contempló a las dos mujeres moviéndose por la amplia cocina. No estaba muy segura de cómo se lo iba a tomar su madre, pero necesitaba la aprobación de sus padres, sobre todo del padre, y sabía que tendría mucho terreno ganado con ella de su parte. Tomó aire antes de hablar.
—Mamá, tengo que contarte algo importante... Me he enamorado —dijo con languidez.
La madre la miró con el rabillo del ojo sin dejar de trajinar con los preparativos.
—¿Has vuelto con Brooks? Ya no sé qué voy a hacer con tantas rosas.
—No, no... —balbució—. No es él.
—¿Cómo que no es Brooks? —preguntó desconcertada—. ¿Qué otro podría ser?
—Mamá —le reclamó con un gesto de asombro por la pregunta—, ¿es que ya has olvidado el lío en el que me metió?
Ella continuó afanada en su trabajo. Había llevado muy mal el hecho de que su hija hubiera acabado en una comisaría de Harlem.
La vergüenza que sintió aún le escocía. Aun así, la insistencia del chico —las llamadas constantes y aquellos enormes ramos de rosas que llegaban casi a diario— revelaba un arrepentimiento digno de ser tenido en cuenta.
—Y si no es Brooks... —se volvió ligeramente hacia Nicole, le dedicó una sonrisa cariñosa y movió la cabeza—, ¿se puede saber quién es ese misterioso joven que ha conquistado el corazón de mi hija?
—preguntó con curiosidad—. ¿A qué se dedica?
¿De qué familia es? Tráelo a casa un día y así lo conocemos.
Dolores y Nicole cruzaron un gesto cómplice.
—Se llama Frank, Frank Bernstein. Es policía...
Su madre se volvió hacia ella con la misma expresión que si le hubiera dicho que era un maleante.
—No puedes casarte con un policía.
—No me voy a casar con él, voy a vivir con él.
—¿No estarás hablando en serio? —Su madre no escondió su desagrado—.
Una cosa es que no vengas a dormir a casa, que ya es...
, pero ¿irte a vivir con un hombre? —Meneó la cabeza, con gesto áspero—.
Hay unos cuantos pasos antes de llegar a eso, mi querida señorita: presentar al chico a tus padres, cortejo o noviazgo, como quieras llamarlo, petición de matrimonio —alzó el dedo anular donde debería ir el anillo de compromiso—, boda...
Esas cosas que suelen hacer las buenas chicas, y tú eres una buena chica, Nicole, no puedes saltártelo todo sin consecuencias.
—Mamá, no quiero casarme, solo quiero vivir con el hombre al que amo.
—No puedes vivir con el hombre al que amas si no estás casada —sentenció con vehemencia—. ¿Es que quieres avergonzarnos a tu padre y a mí?
—Tengo veintitrés años, ya no soy una niña ni necesito confirmar mi amor en un altar.
—Son las reglas, Nicole. Somos católicos, tú eres una buena chica, y si ese chico te quiere de verdad, hará las cosas como Dios manda.
—Frank es judío, mamá, no puedo obligarle a casarse por la Iglesia.
Su madre se quedó petrificada, como si acabara de recibir un bofetón en la cara. Parpadeó y movió la cabeza.
—¿Es... —tragó saliva antes de pronunciar la palabra—, es judío?
—¿Eso importa? —inquirió desafiante.
—¡Claro que sí! ¿En serio te has enamorado de un judío? No puedo creerlo... Si tu padre lo llega a saber, le da un infarto, te lo aseguro, no lo soportará.
—Mamá, no exageres, no es para tanto. Además, tarde o temprano me iré de esta casa, me independizaré, tomaré las riendas de mi vida —hablaba tratando de imprimir convicción en sus palabras—, y me gustaría que me ayudases a decírselo a papá.
—Ni lo sueñes —añadió rotunda, mientras rallaba queso en una bandeja—. Conmigo no cuentes... Eres mi hija, y solo dejarás esta casa vestida de novia para ir al altar y unirte al que será tu marido. Será ese el momento en el que seas independiente.
Dolores observaba de reojo la escena con interés. Nicole la contempló en silencio, desalentada por la postura de su madre.
—Tendré que hacerlo sin tu ayuda, entonces.
—Pero hoy no —atajó la madre sin dejar de mover las manos.
Se detuvo un instante y se volvió hacia ella—.
Hoy no, Nicole —repitió suplicante—. Es su cumpleaños; le amargarás el día y nos lo amargarás a todos.
—Se pasó la muñeca por la frente para retirarse un mechón de pelo—.
¿Le has dicho ya que te vas a Los Ángeles?
—Todavía no.
—Pues no se lo digas. Está furioso con ese Kennedy, no lo soporta, y si encima sabe que su pequeña va a estar bajo el mismo techo, le dará un infarto.
La actitud trágica de la madre era algo habitual en ella cuando no veía salida a algún problema.
Solía utilizar la coletilla del peligro de infarto con el fin de proteger la tranquilidad de su marido, siempre presente ese empeño suyo en evitarle cualquier tipo de preocupación o disgusto doméstico, pero a Nicole no le preocupaba aquella impostada fatalidad ya conocida.
—Pues a mí me gusta —intervino de repente Dolores—. No estaría mal que llegase a ser presidente.
El ambiente se tensó en la cocina. La madre lanzó una mirada de soslayo a Dolores.
—Como se te queme la salsa te mando a México en el primer avión que salga.
La mujer se encogió sin decir nada. Tampoco le asustaban aquellas amenazas de su señora, las pocas veces que se enfadaba solía salir con alguna de ellas.
—Pero, mamá, tendré que decírselo, voy a estar fuera varios días —protestó Nicole retomando la conversación.
—Dile... —trataba de pergeñar una buena excusa—, dile que te vas a Nueva Orleans, ya has ido allí varias veces.
—Eso es mentir —dijo con cierta sorna—, y una buena chica no debería mentir.
—Bueno, es una mentira piadosa. Últimamente tu padre no está bien. —Frunció los labios e hizo un gesto de contrariedad—. Algo le preocupa..., y mucho.
—¿Le has preguntado qué le ocurre?
—No me lo ha dicho —zanjó segura—, y si no lo ha hecho es porque no tengo que saberlo.
—Ay, mamá, no lo entiendo...
—Ya lo entenderás cuando estés casada. Los hombres tienen sus cuitas, las mujeres tenemos las nuestras, yo no voy a darle la tabarra a tu padre con monsergas sobre lo que me corresponde resolver a mí, salvo que tenga que intervenir él o sea de su interés.
Con bastantes cosas tiene que lidiar como para que vaya a llenarle la cabeza de memeces.
Así se mantiene un matrimonio en el tiempo, atendiendo cada uno a lo suyo y sin meter las narices en el terreno del otro.