I #3
Aquel fue su primer café juntos, en una fría sala de una comisaría de Harlem.
Tal y como le había anunciado Frank, Brooks Sheridan pasó la noche en el calabozo acusado de un delito de tenencia y tráfico de drogas.
Walter Donaldson se presentó en la comisaría; en su rostro se reflejaba la preocupación por su hija.
Cuando la vio, lo primero que hizo fue examinarla de arriba abajo, le acarició el pelo y le habló con ternura.
—¿Estás bien?
Ella asintió tratando de esbozar una sonrisa, avergonzada por la incómoda situación.
—Lo siento, papá, lo siento mucho... —Se le quebró la voz, se pegó al pecho de su padre y se dejó acunar por él.
El señor Donaldson pidió hablar con el comisario que llevaba el caso. Nicole se mantuvo a la espera.
Cuando su padre salió, la tomó por los hombros y le sonrió.
—Vamos, te llevaré a casa.
No volvieron a hablar del asunto ni de Brooks.
A los pocos días, recibió un enorme ramo de rosas blancas, con una nota de Brooks en la que le pedía mil perdones por lo sucedido.
A ese ramo le siguieron otros, enviados incluso a la redacción, lo que le provocaba un tremendo apuro.
Comenzó a llamarla, primero a su casa, luego al trabajo, y su voz melosa la turbaba.
Quería quedar con ella, demostrarle que estaba arrepentido, que había dejado las drogas y que estaba dispuesto a cambiar.
Nicole le daba largas, le despachaba con palabras cariñosas.
—No importa, Brooks, no te preocupes. Ya lo he olvidado.
—Te invito a cenar —le insistía él—, deja que te demuestre mi arrepentimiento.
—No puedo...
Nicole no quería verlo. Frank había irrumpido en su vida como un huracán, poniéndolo todo patas arriba, y sus sentimientos hacia Brooks habían sido fulminados, relegados a un mero recuerdo.
Aquella noche en la comisaría le había dado el teléfono con la excusa de quedar para poder devolverle el pañuelo. Al día siguiente recibió su llamada y la primera invitación a cenar. Ella accedió y ahí había empezado todo.
Sentía que lo conocía desde siempre, estaba tan a gusto con él que le parecía increíble.
Se interesaba por su trabajo, hablaban de los artículos en los que estaba trabajando, y Frank le comentaba algunos de los asuntos que tenía entre manos.
Era el hombre perfecto para ella. El problema era cómo explicarle al señor Donaldson que se había enamorado de un judío una década mayor que ella, que votaba a los demócratas y que, además, era policía en Harlem; es decir, un hombre que encarnaba todo aquello que su padre odiaba.
Aquel primer domingo de junio de 1968, Walter Donaldson, un exitoso empresario que tenía en el negocio de construcción y reformas la base de su actividad, cumplía cincuenta y cinco años.
Poseía dinero y contactos importantes; lo necesario, en su opinión, para tener poder.
Uno de sus últimos grandes logros empresariales había sido convertirse en el principal proveedor de acero y aluminio en la construcción de las Torres Gemelas que iban a levantarse en el World Trade Center, a unos cientos de metros de su oficina en el Lower Manhattan, el distrito financiero de Nueva York.
Walter tenía una especial predilección por Nicole, la más pequeña de sus dos hijos.
Nicole admiraba a su padre y sentía un profundo respeto hacia él por lo que era, poderoso y fuerte como un león y, a la vez, tierno y sensible como un oso de peluche.
Padre e hija siempre habían estado muy unidos, aunque en los últimos tiempos se habían enfrentado por las decisiones que Nicole tomaba sobre su propia vida, que se desviaban del proyecto de futuro que el señor Donaldson tenía pensado para ella.
El primer encontronazo había sido cuando Nicole, una vez terminados los estudios en Barnard con unas notas excelentes, decidió que quería ser periodista.
Cursó un año académico en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.
Su primer trabajo había sido en la revista Newsweek repartiendo el correo; a los seis meses de empujar un carro lleno de correspondencia por los pasillos de la redacción, le surgió la oportunidad en el New York Times y no la desaprovechó, consciente de que en Newsweek podría llegar a ser, como mucho, investigadora, pero nunca podría ser redactora, escribir sus artículos y mucho menos firmarlos.
En el Times empezó de asistente de una redactora en la sección de sociedad y moda; luego pasó a ser documentalista en la redacción de nacional, dedicada a verificar la información que llegaba a sus manos; desde hacía un año se había convertido en investigadora del redactor Harold Becker.
Walter Donaldson detestaba el periodismo en general, y el Times en particular por estar en manos de judíos; desconfiaba de los periodistas y del poder que se arrogaban para alzar o acabar con la carrera o la reputación de cualquiera, y sobre todo no entendía qué podía aportar una mujer al periodismo.
Asimismo, le disgustaba la transformación que su dulce hija había sufrido.
Desde que había empezado a trabajar, Nicole había ido desechando la laca y los rulos a los que cada mañana debía dedicar más de una hora y media de su tiempo, y solía dejar su melena suelta o recogida con una simple coleta; además, para ir a la redacción, había sustituido los incómodos trajes de chaqueta, los vestidos a medida bien entallados y los tacones por cómodos pantalones, o lo que era peor, faldas excesivamente cortas, zapato plano o botas altas de charol blanco.
—Pareces una hippy de esas que no tienen dónde caerse muertas —le reprochaba el señor Donaldson sin ocultar su desagrado al verla.
—Es la moda mod , papá —repetía ella condescendiente—. Llegada directamente desde Londres —añadía con afable sorna y le daba un beso en la mejilla antes de salir corriendo de casa.
Su madre callaba, a pesar de que él le instaba a que metiera en vereda a su hija ante esas actitudes impropias de una chica sensata; y no decía nada porque en el fondo pensaba que le sentaba muy bien ese nuevo estilo, aunque nunca lo reconocería de forma abierta, y menos a su marido.
Físicamente, Nicole se parecía a ella, aunque más alta y más esbelta; las dos tenían las caderas pronunciadas, sus piernas eran largas y bien torneadas.
La forma del rostro era la de su madre, los mismos grandes ojos avellana, enmarcados en unas espesas pestañas, al igual que la abundante melena de pelo castaño y ondulado que le caía por los hombros, a diferencia de su madre, que siempre lo llevaba recogido con un gran cardado en la coronilla, lo que le hacía parecer más alta y también más mayor, a juicio de su hija.
De su padre Nicole había sacado el carácter, el tesón para conseguir lo que quería y luchar por ello sin descanso.
Ya en el taxi, Nicole rasgó el papel que envolvía el libro que le había regalado Frank.
Sonrió al ver el título y el autor, A sangre fría , de Truman Capote.
El fin de semana anterior había ocurrido algo extraordinario e inesperado; se encontraban en el apartamento de Frank cuando alguien llamó al timbre.
Una mujer delgada, de cabello corto y moreno peinado hacia un lado, estaba plantada en medio del rellano, de espaldas a la puerta abierta del apartamento vecino, del que salían voces, risas, música y jaleo de fiesta y celebración.
«Mi amiga, que es su vecina, me envía para pedirle unas cervezas; se le han terminado.
Y, por supuesto, me ha dicho que están invitados».
Nicole reconoció al momento aquel rostro redondeado, de frente amplia y despejada y mandíbula prominente: se trataba nada menos que de Nelle Harper Lee, la autora de Matar a un ruiseñor , novela que ella había devorado cuando se publicó ocho años atrás.
Frank le dio las cervezas y no dudaron en unirse a la fiesta.
Allí conocieron a Truman Capote, un hombre histriónico, brillante, extravagante y egocéntrico, además de sumamente magnético con esa voz nasal y muy afectada que le hacía parecer aún más especial.
Aquella había resultado ser una velada de lo más interesante.
Abrió la tapa del libro y leyó la dedicatoria del autor: «Para Nicole, por leer con el corazón abierto y ver más allá de lo que se cuenta». Iba seguido de su firma.
Se llevó el libro al pecho y sonrió para sí.
El taxista enfiló la Quinta hasta detenerse junto a la marquesina del 1035. Mientras pagaba la carrera, el portero de la finca, apostado en la entrada al portal, la vio y se apresuró a abrirle la puerta.
—Buenos días, señorita Nicole.
Ella le sonrió, con el libro en una mano y el bolso en la otra.
—Hola, Eddie. ¿Todo bien? —preguntó sin apenas detenerse.
—Todo bien, señorita.
Sentía simpatía por aquel hombre afable, servicial, siempre con su impoluta librea azul de botones dorados, sus guantes blancos, la sobria gorra rígida cubriéndole la cabeza, dispuesto a ayudar a los vecinos, derrochando paciencia con los más impertinentes y pesados.
Mientras el ascensor subía los diez pisos, Nicole se observó en el espejo y sonrió a su propio reflejo.
Al salir, en lugar de ir a la puerta principal, se coló por la entrada de servicio, sabía que el cerrojo no estaba echado.
Abrió con cuidado. Se asomó y vio a Dolores trajinando en la cocina.
Le llegó a la nariz el aroma a tomillo y hierbabuena.
Aquel día el trabajo era doble por la comida familiar.
Cuando la mujer la vio echó los brazos a lo alto y, acercándose a ella, le habló en voz muy baja.
—Bendito sea el Señor, por fin has aparecido. Tu padre ha estado preguntando por ti...
Nicole le dio un beso cariñoso en la mejilla.
—¿Qué le has dicho?
—Que habías llegado muy tarde y que estabas durmiendo. Menos mal que no se le ocurre asomarse a tu habitación.